El acto de largarse de una reunión sin despedirse de nadie se llama en Francia “largarse a la inglesa”, y en Inglaterra “despedirse a la francesa”. Este comportamiento ligeramente brutal pero comodísimo para todos los afectados —no hay nada más molesto que interrumpir la conversación y levantarse a estrechar manos cada vez que a alguien se le ocurre irse de una fiesta— es una omisión perfectamente definida y aceptada en todas las sociedades.

En este artículo quiero tratar de un acto semejante, equivalente y simétrico de la largada a la inglesa o despedida a la francesa, que es muy nuestro y que creo que debemos rescatar y agregarlo al acervo de nuestras características nacionales: la presentación a la mexicana.

La presentación a la mexicana fue invento de mi generación y todo parece indicar que es producto de un accidente. Consiste en lo siguiente: El que hace la presentación pregunta, dirigiéndose a los dos presentados: “¿No se conocen?”, y sin esperar la respuesta hace con la mano un gesto ondulante, entre bendición y compás de vals, al mismo tiempo que dice la palabra “Arzdumbánduman”.

Los dos presentados sonríen vagamente y se estrechan la mano diciendo: “Muchs brdan de Cortina (¿o Colina?)”.

El otro contesta: “Enztadt Fstimpart radmandarte Gutiérrez”.

Dicho esto ambos presentados están listos para entablar una conversación que puede ser larga o corta y animada o aburridísima, según la timidez y la locuacidad de los participantes, que tarde o temprano acaban preguntándole al que hizo las presentaciones:

—Óyeme, ¿quién fue el que me presentaste el otro día?

La respuesta generalmente aclara varios puntos que habían quedado oscuros en el primer encuentro:

—¡Ah, pues con razón se ofendió tanto cuando le dije que…, etcétera!

Dije que este género de presentaciones es invento de mi generación y producto de un accidente, porque antes de nuestro advenimiento las presentaciones se hacían de acuerdo con fórmulas muy rigurosas, universalmente aceptadas y tan sencillas que no dejaban lugar a ninguna duda.

—Fulano, tengo el gusto de presentarte a Mengano. Mengano, tengo el gusto de presentarte a Fulano.

Cuando tuve uso de razón y mi madre me explicó que así es como debería yo presentar a dos personas que me conocieran y se desconocieran entre sí, sentí que un abismo se abría a mis pies. Había algo en mí que me impedía decir aquellas frases tan sencillas.

Lo mismo les ha de haber pasado a muchos de mi generación, por eso, nunca nos presentábamos. Pero si bien éramos bastante evolucionados para sentir que era una ridiculez decir todo aquello de «tengo el gusto de… etc.», éramos también lo bastante convencionales como para tener reticencias de hablar con alguien que no nos hubiera sido presentado.

Esta situación produjo al niño jetón, que se ofende porque nadie quiere hablar con él, al niño sardónico, que pretende no querer hablar con nadie, y al niño supersociable, capaz de traspasar las más ásperas barreras de la incomunicación. Cabe agregar, como un paréntesis, que los niños jetones que conocí escalaron hasta llegar a los más altos puestos de la banca y el Gobierno, los niños sardónicos son ahora alcohólicos empedernidos, y los supersociables andan en la calle con trajes lustrosos por el uso, contando que acaban de ofrecerles la oportunidad de emprender una nueva vida, dirigiendo una empresa importantísima que acaba de establecerse en la Sierra de Güemes.

Pasaron los años, llegamos a la adolescencia y probablemente ya estábamos saliendo de ella cuando se inventaron las nuevas fórmulas, que iban a sustituir a las de “Tengo el gusto de…” Son las de “¿No se conocen?”, de que ya hablé, o bien, otra igual de confusa: “Esta es Pepita, este es Pepe”. Estas fórmulas estaban destinadas a transformar nuestra sociedad, haciéndola pasar del provincianismo a la barbarie.

Conviene agregar que resultan anticuadas y que tienden a ser sustituidas por nuevas modalidades que he estado observando últimamente.

Cuando entra la criada cargando al niño, el dueño de la casa, marxista, me dice:

—Quiero presentarte a una colaboradora.

O bien. Un joven presenta a su padre al peluquero que lo atendía cuando era niño:

—Papá, quiero presentarte a un amigo de la infancia.

¿De la barbarie a dónde estaremos pasando?

Por Jorge Ibargüengoitia

*Texto publicado en Excélsior (1973).

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