¿Quiénes acechan a la moda entre las calles?

Por Malcolm Gladwell

Baysie Wightman conoció a DeeDee Gordon, muy apropiadamente, en una cacería-cool. Fue en 1992. Baysie era uno de los apellidos importantes en Converse, y DeeDee, que apenas tenía 21 años, atendía una boutique muy cool llamada Placid Planet, en Newbury Street, Boston. Baysie llegó con el equipo de camarógrafos que solía llevar a sus cacerías, y dijo: “He estado observando tu tienda, y también a ti. Por ahí dicen que tú sabes qué onda”. En Converse, el trabajo de Baysie consistía en encontrar gente que supiera qué onda, y le parecía que DeeDee sabía.

DeeDee dice que respondió con cierta reserva —“Le dije ‘Ajá, sobres’”—, pero Baysie le respondió que si quería trabajar en Converse, lo único que tenía que hacer era llamar. Nueve meses después, DeeDee llamó.

Esto fue en la época en la que los chicos cool decidieron que ya no querían pagar 250 dólares por unos tenis para básquet con 17 tipos de materiales de alta tecnología y colores y cojines en el talón. Querían simpleza y autenticidad, y Baysie pudo percibir sus deseos. Trajo de vuelta el Converse One Star, un zapato bajo, vulcanizado y de gamuza, todo un clásico de los ’70, y, de hecho, el One Star se convirtió pronto en el símbolo de la era retro. ¿Recuerdan lo que Kurt Cobain traía puesto en esa foto, tan famosa, de su cuerpo yaciendo inerte después del suicidio? Unos Converse One Star negros.

El gran hit de DeeDee fue haber predicho la manía por las sandalias. Estaba en Los Ángeles cuando notó que las adolescentes blancas andaban vestidas como cholos: pandilleros mexicanos que traían camisas interiores sin manga conocidas como wife beaters¸ con el elástico del bra asomando, más bermuda larga, calcetas altas y sandalias para baño. DeeDee recuerda: “Y yo estoy así de ‘De veras, Baysie, esto va a ser un hit. Hay demasiadas gente usándolas. Hay que diseñar una sandalia para baño’”. Así que Baysie, DeeDee y un diseñador tuvieron la idea de crear un tenis-sandalia retro, cortando la parte trasera del One Star y añadiéndole una gruesa suela exterior. Fue un éxito, y lo más increíble es que todavía lo es.

Estos días Baysie trabaja en Reebok como gerente general de mercadotecnia; es parte del equipo que intenta devolverle a Reebok la gloria que tenía a mediados de los ’80, cuando era una de las marcas de tenis más movidas en el país. DeeDee trabaja en una agencia publicitaria en Del Mar llamada Lambesis, donde publica un texto cuatrimestral llamado el “L Report” en el que habla sobre las cosas que los chicos cool están pensando, haciendo y comprando.

Baysie y DeeDee son mejores amigas. Hablan por teléfono a todas horas. Se reúnen cuando Baysie está en Los Ángeles. (DeeDee: “Es que, o sea, ¿cuántas veces puedes manejar frente a la casa de O. J. Simpson?”), y entre las dos pueden hablar por horas acerca del arte de la cacería-cool. Son como el Lewis y el Clark de lo cool.

Lo que ambas poseen es lo que todos parecen querer estos días: una ventana que dé directo al mundo de las calles. Antes, cuando las modas eran impuestas por las grandes casas costureras —cuando lo cool caía hacia abajo—, la calle no era importante. Pero algo dio la vuelta en las últimas décadas, y ahora la moda cae para arriba. Ahora todo es una persecución. Los diseñadores, vendedores y consumidores están en persecución constante de esa elusiva presa que es lo cool, y la alza de la cacería-cool como profesión es prueba de lo seria que se ha vuelto la persecución.

La paradoja es, por supuesto, que mientras los cazadores de lo cool se vuelve más eficaces en atrapar lo más reciente y llevarlo al mainstream, lo más reciente se vuelve cada vez más difícil de atrapar. Esta es la primera regla de lo cool: mientras más rápida la persecución, más rápido el vuelo. El acto de descubrir lo cool es lo que hace que lo cool de un paso más allá, lo cual explica la circularidad triunfante de la cacería-cool: como tenemos cazadoras como DeeDee y Baysie, lo cool cambia más rápido, y como lo cool cambia más rápido, necesitamos cazadoras como DeeDee y Baysei.

DeeDee es alta y glamurosa, con cabello corto que ha pintado tantas veces que, dice, ya no se acuerda cuál es su tono original. Maneja un Trans Am amarillo modelo ’77 con una línea color borgoña que lo atraviesa por el medio. También tiene un Mercedes 450 SL modelo ’73, y vive en una cabaña muy parca de estilo japonés en Laurel Canyon. Usa palabras como “rad” y “totally” y hace referencias constantes a la cultura popular, como cuando dice que “Pee-wee Herman lo es todo”. Al principio suena como una adolescente, como esas mismas adolescentes a las que sigue en Lambesis porque es su trabajo. Pero la jerga adolescente —particularmente la jerga adolescente femenina, con su obsesión por las frases que constatan la fuente (“Y entonces ella dijo”, “Y luego yo dije”, “Y después él dijo”) y su vocabulario de caras y gestos que las acompañan— trata menos de comunicar y más de cuadrar dentro del grupo. DeeDee usa el habla adolescente para diferenciarse, y el resultado es, a falta de una mejor palabra, bien cool. A diferencia de otras adolescentes, no eleva su voz una octava al final de cada oración. En vez de eso, alarga las vocales para añadir énfasis, así que cuando digo algo con lo que no está de acuerdo dirá “Maalcolm”, y cuando digo algo con lo que no está para nada de acuerdo dirá “Maaalcolm”.

Baysie es mayor; apenas pasa de los 40 (aunque nadie lo notaría). Estudió en Exeter y Middlebury, y dos de sus abuelos estuvieron en Harvard (aunque nadie notaría eso tampoco). Tiene cabello castaño chino y grandes ojos verdes y piernas largas y tanta energía que es difícil imaginarla durmiendo, o descansando, o estándose quieta por más de treinta segundos.

La cacería-cool es una de sus obsesiones, y también lo es para DeeDee. DeeDee solía sentarse en el cruce de West Broadway y Prince, en SoHo —cuando SoHo era cool— tomando fotos de toda la gente que pasaba durante una hora entera.

Baysie puede contarle a uno a dónde va precisamente durante sus cacerías para Reebok, cuando sale a buscar a los jóvenes blancos más cool y realmente alternativos (“A lo mejor voy a Portland y me la paso donde están los chicos que andan en patinetas, cerca del puente”), o cual de las montañas tiene los snowboarders más cool —Stratton, en Vermont, o Summit County, en Colorado—. (Summit, definitivamente.) DeeDee puede contarte, gracias a las investigaciones que hace para su “L Report”, qué tan atrás ha quedado Dallas de Nueva York en la escala de lo cool (“de seis a ocho meses”).

Baysie está convencida de que Los Ángeles no sucederá ahora. “A principios de los ’90 había muchas más cosas originándose en Los Ángeles. Tenían una moda tremenda con toda esa onda del cabello corto y las barbas de chivo a la Melrose Avenue. Había montones de lugares en los que podías comprar viniles. Era un buen lugar para ir a ver. Y luego volvió a ser horripilante”.

DeeDee está convencida de que Japón es lo que sigue. “Di con esto de la tecnología futurística hace como dos años. Y mira nada más, se ha vuelto algo enorme. Es como el resurgimiento de Nike —siendo que Nike es tan grande como el mundo—. Fui a Japón y vi jóvenes que traían los Nikes con la más alta tecnología, portando atuenditos y vestiditos, y pensé ‘¡Qué loco!’. Es el performance que se combina con la moda. Está bien pesado”.

Baysie tiene la teoría de que Liverpool es lo cool hoy día porque es ahí donde nació este look del “lad”, que involucra tipos a los que les gusta el fut y que van a los pubs con ropa bien fina, con piezas de Dolce & Gabbana y Polo Sport y con Rebook Classics en los pies. Pero cuando le pregunté a DeeDee al respecto, nada más entornó los ojos: “A veces Baysie agarra unas desviaciones… ¡Cómo me encanta esa mujer!”.

Solía pensar que si hablaba con Baysie y DeeDee lo suficiente podría escribir un manual sobre la cacería-cool, una enciclopedia de la onda. Pero luego me di cuenta de que ese manual estaría plagado de tantas notas y advertencias que sería ilegible. La cacería-cool no se trata de articular una filosofía coherente de lo cool. Más bien es una colección de observaciones espontáneas y predicciones que cambian de un momento a otro y de un cazador al otro. Pregúntale a cualquier cazador de dónde vino el look de los baggies, por ejemplo, y lo más probable es que recibas varias respuestas: los negros callejeros buscando imitar el look carcelero, los patinadores con necesidad de espacio y maniobrabilidad, los snowboarders que buscaban parecer esquiadores o, quizá, los tres orígenes al mismo tiempo, en gran concordancia.

O tomemos la cuestión de cómo fue exactamente que Tommy Hilfinger —un cuarentón pálido de Greenwich, Conneticut, que diseñaba ropa para universitarios ricachones— se convirtió en el diseñador preferido por los afro-americanos callejeros. Algunos dicen que todo se originó de aquella vez, hace mucho, cuando Hilfinger recibió el sello de aprobación por parte de uno de los grandes autores del hip-hop, Grand Puba, quien traía puesta una chaqueta Tommy negra con verde, de tonos oscuros, sobre una camisa Tommy color blanco mientras aparecía recostado en un Lamborghini negro en la portada de su álbum Grand Puba 2000. El gusto por Hilfinger no tardón en pegársele a otros raperos. (¿Cómo olvidar las rimas de Mobb Deep? “Tommy was my nigga / And couldn’t figure / How me and Hilfinger / used to move through with vigor”.)

Luego, cuando almorcé con uno de los diseñadores de Hilfinger, un muchacho de 26 años llamado Ulrich (“Ubi”) Simpson —de madre puertorriqueña y padre venezolano-holandés; que juega lacrosse, hace snowboard, surfea con tabla larga, va a conciertos de hip-hop, escucha a Jungle, Edith Piaf, opera, rap y Metallica—, estaba trabajando en un diseño con la ayuda de un muchacho de Montclair, negro y con rastas, de 27 años, un asiático-americano de 22 años que vive en el Lower East Side [Manhattan, NY], un muchacho de Fiji de 25 años y un grafitero blanco de Queens, de 21 años. Entonces se me ocurrió que tal vez la razón por la que Tommy Hilfinger puede hacer que la cultura blanca sea cool en el contexto de la cultura negra es porque trabaja con gente que es cool en ambas culturas al mismo tiempo. Aunque quizá sea todo culpa de Grand Puba. Quién sabe.

El mes pasado, Baysie me llevó a una de sus cacerías en el Bronx y en Harlem. Llevaba una bolsota de tela con 24 tipos diferentes de zapatos que Reebok está a punto de sacar al mercado. Mientras íbamos manejando por Fordham Road, Baysie asomaba su cabeza por la ventana del coche como una niña chiquita, viendo lo que todos los transeúntes traían puesto.

Fuimos a Dr. Jay’s, que es el lugar más cool para comprar tenis en el Bronx, y Baysie se puso en cuclillas y comenzó a sacar los zapatos de la bolsa, uno por uno, pidiéndole su opinión a los clientes que se acercaban y haciendo una pregunta tras otra, en ráfaga. Uno de los tipos a los que le prestó más atención tenía como 18 o 19 años, con una barba corta y un arete de diamante en la oreja. Traía puesta una gorra de beisbol Polo, una chamarra de cuero café y esas botas enormes de piel que uno encuentra por todo el norte de Manhattan. Baysie le daba un zapato y él lo sostenía, lo miraba desde encima y luego lo movía para arriba y para abajo para al final voltearlo. El primero no le gustó. “Oh-kay”. El segundo le pareció horrible: se le salió un gruñido de la garganta incluso antes de que Baysie le diera el zapato, como si estuviera diciendo “¡Deja eso en la bolsa, por favor!”. Pero cuando le pasó el nuevo DMX RXT —un zapato de corte bajo, diseñado para correr/caminar, de color blanco y azul, con malla una suela traslúcida color “hielo”, con un costo de 110 dólares—, éste miró el zapato por mucho tiempo y con mucha concentración, hasta que al final asintió con la cabeza y no dijo más que dos palabras, alargando cada una: “Sin duda”.

Baysie estaba interesada en lo que dijo porque el DMX RXT era, de hecho, un zapato para mujer que no había estado moviéndose mucho. Luego me explicó que el hecho de que a los hombres les encante el zapato es información crucial, pues indica que Reebok tiene todo un hit en potencia, siempre y cuando vendan la pieza como un zapato para hombre. Cómo logró destilar toda esta información de entre la multitud de adolescentes, cómo pudo hacer sentido de la docena de zapatos que traía en la bolsa cuando la mayoría (al menos para mí) lucían idénticos, y cómo supo en quién concentrarse me parece un misterio. Baysie es una WASP de Nueva Inglaterra, y estuvo ahí, de cuclillas sobre el piso de Dr. Jay’s, por casi una hora, hablando y bromeando con los jóvenes negros sin rastro de superioridad o auto-consciencia.

Casi al final de su visita, un muchacho se acercó y se sentó en la banca al lado de Baysie. Traía un gorro de lana negro con rayas blancas, bien bajado, una chaqueta azul North Face, un par de baggies Guess y, en los pies, unos Air Jordans. Seguro no tenía más de 13 años. Pero cuando empezó a hablar, podía notarse el brillo en los ojos de Baysie, porque, de algún modo, supo que ese muchacho era la mera onda.

—¿Cuántos pares de zapatos compras en un mes? —preguntó Baysie.

—Dos —contestó el chavito—. Y si al final encuentro uno más, me gusta comprarlo también.

Baysie estaba casi encima de él.

—¿Tu madre te mima?

El muchacho se ruborizó, pero un amigo al lado suyo rió y dijo:

—Le dan lo que pida.

Baysie rió también. Traía un par de DMX RXT de su talla. El muchachito se los probó. Comenzó a mecerse, calándolos. Le devolvió una mirada a Baysie. Ahora su semblante era de lo más serio:

—Asegúrate de que estos salgan.

Baysie le dio el nuevo “Rush”, de Emmitt Smith, que saldrá hasta el otoño. Uno de los chicos de inmediato declaró que estaba cool y otro miró a través de la suela marmolizada a la altura del tobillo y dijo, con todo gusto, “¡Esto está chido!”. Pero este chavito era el medidor, pues sabía lo que era cool. Hizo una pausa. Miró el zapato, muy concentrado. “Reebok”, dijo, con sobriedad y cuidado, “intenta minjurar”.

En el camino de vuelta a Manhattan, Baysie lo repitió dos veces: “No mejorar. ¡Minjurar! Ese chavito sí que tenía las ideas a flor de piel”. Baysie pasó una hora cazando en una tienda de zapatos y descubrió que los esfuerzos de Reebok estaban ganándose el respeto de la escena hip-hop. “Qué pinche listo era”.

*Fragmento de texto publicado en The New Yorker (1997). Traducción de Staff de El Barrio Antiguo.

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