25 de diciembre, 8 de la mañana. Por encima de la ciudad una ligera neblina gris flota entreverada con los tibios rayos de sol navideño. La contaminación es visible y provoca cierto picor en los ojos, contradiciendo al reporte IMECA que mediante circulito verde en su mapa virtual califica como “buena” la calidad del aire en ese sector urbano.

Contrario a su rutina, a esa hora el Arrabal apenas se despierta. Modorro, desolado y más basuriento. Todavía la noche anterior era sitio donde un hervidero de andantes buscaban con pasos presurosos, cual pastores a Belén, aquello que faltara para celebrar su Navidad como los mass media les imponen y mandan.

Esta mañana, en cambio, contadas eran las personas que transitaban por ese espacio. El día por ley era feriado y además domingo. Por lo que ni siquiera aparecíeron a la vista los tempraneros habituales que a diario ocupan un lugar fijo. Nadie de ellos. Ni el vendedor outsourcing de tamales y atole, ni los repartidores de agua o refrescos. Ni siquiera el don Vergas del barrio que frecuente suele amanecerse en su pública pachanga particular de potentes bocinotas incluidas, con las que ruidoso ameniza a sus invitados.

La memoria evoca entonces estampas de otra época. Del recuerdo brotan mañanas navideñas donde para chiquillos y chiquillas era obligado salir de casa, ¡a veces en pantuflas y pijamas!, a presumir los nuevos juguetes con sus amiguitos.

Ahora, en cambio, eran las redes sociales donde sin descanso se muestran extrovertidas imágenes domésticas que pregonan una incomparable dicha familiar y amiguera, misma que como amelcochado río de miel en penca desparrama los ecos de la recién revivida Navidad.

Todas son imágenes llenas de exuberantes reflejos y sonrisas tintineantes. Mesas colmadas de platillos con apariencia de pantagruélicos manjares. Árboles y nacimientos como escenografías idóneas para mostrar regalos con artística envoltura en la que no falta el cuco moño pom pom. Brindis y descorches acompañados de multiplicados buenos deseos. Música, bailes y cantos. Abrazos y besos. Suspiros melancólicos y una que otra lágrima o rezo por alguna triste ausencia. Y en medio de todo eso, el amor comercial como un Dios.

Conforme avanza el día, el sol calienta un poco más y la contaminante bruma se disipa. Pero el Arrabal permanece casi desolado.

Desde un escalón de piedra, un descalzo menesteroso vive su Navidad en la intemperie, sentado al borde de la catatonia observa como una recién estrenada pelota amarilla rebota por toda la plaza.

Tras ese rebotar anda un escuincle larguirucho que en solitario persigue, alcanza y patea la pelota, hasta lograr colocar un tiro dentro de la imaginaria portería que su mente conformó entre dos enquencles arbolitos de arrayán. Auto festeja su gol con los brazos en alto y jubilosos grititos.

No le duró mucho el gusto ni el estreno del juguete navideño. Porque poco antes del mediodía, en la plaza cercana al templo del Arrabal comenzaron a aparecer niñas emperifolladas con vestidos blancos y niños entacuchados con trajecitos formales, lo que los hacía parecer maniquíes de aparador.

Todos iban a cumplir con una añeja y regional usanza navideña: recibir la primera comunión en el mero día del Niño Dios. Tradición que persiste a diferencia de otras que casi se han extinto, como la Misa de Gallo celebrada a medianoche, las tarjetas de Navidad impresas y enviadas por correo, los faroles plegables iluminando las puertas de las casas, las posadas vecinales con cánticos aprendidos y repetidos durante generaciones.

A esas decenas de comulgantes lo acompañaban sus orgullosos pater mater familias, y las respectivas madrinas o los correspondientes padrinos, todos cargando velas, rosarios y canastas de ofrendas en las manos; no pocos de ellos intentaban disimular el desvelo o la cruda derivada de los excesos etílicos en el festejo de su prolongada y anterior noche de paz.

Sumados parientes, invitados y fotógrafos, el arremolinamiento en torno a los comulgantes llegó al momento en que se volvió voluminoso y apretujado. Tanto, que la pelota amarilla con la que el solitario chamaco andaba practicando el chanfle de sus tiros directos, rodó perdiéndose entre esa multitud y nunca más volvió a aparecer. Cómo si se la hubiera tragado la tierra.

Cuando estuvo consciente de su pérdida, el chiquillo fue a rumiar su desencanto recargado en el poste de un arbotante. Su Navidad llegó en forma de pelota amarilla pero desapareció antes de lo esperado. Algo tan lamentable como el comprender que en el caso del miserable descalzo, la Navidad ni siquiera pudo llegar.

Mientras tanto, un nuevo año se aproxima. Las esperanzas por un mejor futuro cíclicas se renuevan. Aunque no haya doce uvas ni brindis espumosos. No nos queda de otra.

Por Carmen Libertad Vera

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