De cuando la desgracia produce oportunidades milagrosas

Por Ryszard Kapuściński

Mi piso de Dar es Salam se compone de dos habitaciones, una cocina y un cuarto de baño, situados en la primera planta de una casa que se alza en medio de cocoteros y de frondosos y emplumados plátanos, cerca de la Ocean Road. En una habitación hay una mesa y varias sillas, y en la otra, una cama, encima de la cual se extiende una mosquitera; su presencia solemne —pues recuerda el blanco y largo velo de una novia— más bien persigue el fin de producir una sensación de bienestar en el inquilino antes que protegerlo de los mosquitos: éstos siempre acabarán saliéndose con la suya. Estos agresores, pequeños pero molestos, todas las tardes deben de fijarse un plan de acción para mortificar a su víctima, pues si, pongamos por caso, son diez, no atacan todos juntos —lo que nos permitiría eliminarlos a todos de golpe y tener una noche tranquila—, sino que embisten uno a uno: primero parece salir el explorador en misión de reconocimiento mientras que el resto, a todas luces, observa el desarrollo de los acontecimientos. El explorador, descansado después de un día dedicado a dormir, ahora nos mortifica con su zumbido enloquecido hasta que, finalmente, medio dormidos y furiosos, organizamos la caza, matamos al agresor y volvemos a acostarnos tranquilos y pensando que ya podemos volver a entregarnos al sueño cuando, apenas hemos apagado la luz, el siguiente empieza sus rizos, espirales y circunvoluciones.

Después de observar a los mosquitos durante muchos años (o más bien, durante muchas noches), he llegado a la conclusión de que estos seres deben de tener muy arraigado el instinto suicida, una necesidad incontrolada de autodestrucción que hace que al ver la muerte de su predecesor (en realidad de su predecesora, pues son las hembras del mosquito las que nos atacan y transmiten la malaria), en vez de renunciar, de perder las ganas de guerrear, todo lo contrario, claramente excitados —o sea excitadas— y desesperadamente decididos —o sea decididas—, se lanzan uno tras otro —una tras otra— a una muerte inmediata e inevitable.

Cada vez que vuelvo a mi piso de un largo viaje, introduzco una gran confusión y discordia en la vida que en él encuentro. Es que durante mi ausencia, el piso no ha permanecido vacío, en absoluto. Apenas cerrada la puerta por dentro, tomaba posesión de mí el numeroso, activo y entrometido mundo de los insectos. De las rendijas del suelo y las paredes, de los marcos de las ventanas y los rincones, de los zócalos y los alféizares salían a la luz del día ejércitos enteros de hormigas y ciempiés, arañas y escarabajos, enjambres de moscas y polillas volando; las estancias se llenaban de las criaturas diminutas más diversas a las que no soy capaz ni de describir ni de nombrar, y todas ellas agitaban las alitas, movían las mandíbulas y hacían correr las patitas.

Las que siempre me causaron la mayor de las admiraciones eran unas hormigas rojas que aparecían de repente no se sabía de dónde, marchaban en fila perfectamente alineada y acompasada, entraban por un momento en algunos de los armarios, se comían lo que allí hubiese de dulce, tras lo cual abandonaban su cebadero y, en la misma perfecta formación de antes, desaparecían sin dejar rastro y sin que se supiese adonde.

La situación se repetía ahora, cuando volví de Kampala. Al verme, parte de la compañía se marchó de prisa y sin pensárselo dos veces, pero la otra se tomó su tiempo y se retiró no sin mostrarse molesta. Me tomé un vaso de zumo, eché una ojeada a las cartas y a los periódicos y me fui a dormir. A la mañana siguiente, apenas sí conseguí levantarme: las fuerzas me habían abandonado. Por añadidura, estábamos ya en la estación seca, es decir, en la época de un calor tremendo e insoportable que empezaba a apretar desde el mismísimo amanecer.

Venciendo la debilidad, escribí varios telegramas sobre la situación de Uganda en las primeras semanas de su independencia y los llevé a correos. Siempre los llevaba a correos. El funcionario que los recogía me los escribía en un cuaderno, con la fecha y la hora. A continuación eran enviados por télex a nuestra oficina de Londres y, desde allí, a Varsovia: así salía más barato. Me dejaba estupefacto la habilidad de los mecanógrafos locales: copiaban en la cinta de sus télex los textos polacos sin cometer un solo error. Un día les pregunté cómo era posible. Porque, me contestaron, nos enseñaron a copiar no palabras o frases sino letra tras letra. De ahí que nos dé igual en qué lengua esté escrito el telegrama; en cuanto a nosotros, transmitimos signos y no sentido.

A pesar de que me había marchado de Kampala hacía ya bastante tiempo, en lugar de mejorar me sentía cada vez peor. Son secuelas de la malaria, me decía a mí mismo, y, por añadidura, de las insoportables temperaturas de la estación seca. Y a pesar de que en mi interior había empezado a percibir la presencia de un calor intenso y desconocido, creía que era el calor exterior lo que se había instalado dentro de mí y que desde allí irradiaba sobre mi organismo. El sudor me empapaba, pero también empapaba a los demás: el sudor salvaba a la gente de arder en la flameante pira del verano.

Había pasado un mes de aquella existencia miserable y lacia cuando me desperté una noche porque sentí la almohada excesivamente húmeda. Encendí la luz y me quedé de una pieza: la almohada estaba empapada de sangre. Corrí al cuarto de baño y me miré al espejo: tenía toda la cara manchada de sangre. En la boca notaba la presencia de una sustancia pegajosa que tenía un sabor salado. Me lavé pero no conseguí volver a conciliar el sueño.

Recordaba que sobre una de las casas de la calle principal, la Independence Avenue, se veía un rótulo con el nombre de un médico: John Laird. Fui hasta allá. El doctor, un inglés alto y delgado, daba incesantes vueltas por una habitación llena de baúles y cajas. Al cabo de dos días volvía a Europa, pero me dio el nombre y las señas de un colega suyo a quien yo debía acudir. Muy cerca, junto a la estación de ferrocarril, estaba el dispensario municipal y allí podría encontrarlo. El colega se llama Ian Doyle, añadió, y es irlandés (como si en la medicina, al menos en este país, no contase la especialidad sino la nacionalidad).

El dispensario ocupaba un viejo barracón en el que los alemanes habían tenido un cuartel en los tiempos en que Tanganica era su colonia. Ante el edificio acampaba una multitud de africanos apáticos que, probablemente, sufrían de todas las enfermedades posibles. Conseguí llegar al interior y logré localizar al doctor Doyle. Me recibió un hombre de mediana edad pero cansado y demacrado y que desde el primer momento se mostró muy cálido y cordial. Su mera presencia, su sonrisa y su bondad actuaron sobre mí como un bálsamo. Me dijo que por la tarde fuera al Ocean Road Hospital porque sólo allí había un aparato de rayos X.

Yo sabía que lo mío no era ninguna insignificancia pero culpaba de todo a la malaria. Tenía un gran deseo de que el doctor confirmase mi diagnóstico. Cuando salimos de la sección de rayos X —Doyle mismo me hizo la radiografía— me puso la mano en el hombro y empezamos a pasearnos por la suave colina donde crecían altas palmeras. El paseo era muy agradable porque las palmeras proyectaban sombra y una suave brisa soplaba desde el océano.

—Sí —dijo finalmente Doyle, apretándome el hombro con suavidad—, definitivamente se trata de tuberculosis.

Y se sumió en silencio.

Las piernas se me doblaron y se volvieron tan pesadas que no conseguía levantar ni una ni otra. Nos detuvimos.

—Te ingresaremos en el hospital —dijo.

—No puedo ir al hospital —contesté—. No tengo dinero.

(Un mes de estancia en el hospital costaba más que mi sueldo de tres meses.)

—Entonces tienes que regresar a tu país —dijo.

—No puedo regresar a mi país —contesté. Notaba cómo la fiebre me corroía; tenía sed y me sentía muy débil.

En un instante decidí decirle toda la verdad. Aquel hombre me había inspirado confianza desde el primer momento y sabía que me comprendería. Le dije que la estancia en África era la oportunidad de mi vida. Que una cosa así había ocurrido en mi país por primera vez: nunca antes habíamos tenido un corresponsal fijo en el África negra. Que había ocurrido gracias a las difíciles y diligentes gestiones de la redacción de un periódico que era pobre, porque se trataba de un país donde cada dólar costaba a precio de oro, que si informaba a Varsovia de mi enfermedad, no dispondrían de medios para pagarme el hospital sino que me mandarían regresar y nunca más podría volver a África. Y que lo que era el sueño de mi vida —trabajar en África— se esfumaría para siempre.

El doctor lo escuchó todo en silencio. Reemprendimos nuestro paseo entre palmeras, arbustos y flores, entre toda aquella belleza tropical que en aquel momento era para mí una belleza envenenada por la derrota y la desesperación.

El silencio se prolongó durante un buen rato. Doyle pensaba en algo, reflexionaba ensimismado, y al final dijo:

—En realidad sólo hay una salida. Esta mañana has estado en el dispensario municipal. A él acuden a tratarse africanos pobres porque es gratuito. Pero desgraciadamente, las condiciones en que se encuentra son deplorables. Aunque no muy a menudo, yo sí que voy allí a veces porque soy el único especialista en tisis en este país tan grande y en el que la tuberculosis es una enfermedad muy común. Tu caso es bastante típico: una malaria fuerte debilita tanto el organismo que la persona fácilmente cae enferma de otra cosa, y muy a menudo precisamente de tuberculosis. Mañana te inscribiré en la lista de los pacientes del dispensario. Eso puedo hacerlo. Te presentaré al personal. Todos los días irás a que te pongan una inyección. Lo intentaremos. Ya veremos qué pasa.

El personal del doctor Doyle se componía de dos personas que prácticamente lo hacían todo: limpiaban, ponían las inyecciones y, sobre todo, dirigían el tráfago de los enfermos, dejando entrar a unos y echando a otros en la misma puerta del barracón, sin que supiese por qué (una sospecha de corrupción estaba totalmente fuera de lugar: aquí nadie tenía dinero).

El mayor, y más grueso, se llamaba Edu y el más joven, bajito y musculoso, Abdullahi. En muchas comunidades africanas al niño se le pone un nombre que hace referencia a un acontecimiento que ha ocurrido en el día en que nació. Edu era la abreviatura de education, porque el día en que Edu vino al mundo en su pueblo se abrió la primera escuela.

De ahí que en los lugares donde el cristianismo y el islam no se había implantado con fuerza, la riqueza de nombres que se ponía a la gente era infinita. En ello también se expresaba la poesía de los adultos, que dotaban a sus hijos de nombres como Mañana Fresca (si el crío nació al amanecer) o Sombra de Acacia (si vino al mundo bajo este árbol). En las sociedades que desconocían la escritura, con ayuda de los nombres se registraban los acontecimientos más importantes de la historia antigua y contemporánea. Si el niño nacía el día en que Tanganica había obtenido la independencia, recibía el nombre de Independencia (en swahili, Uhuru). Si los padres eran incondicionales partidarios del presidente Nyerere, podían llamar a su hijo precisamente así: Nyerere.

De esta manera, desde hace siglos se ha ido creando una historia, no tanto escrita como hablada, con fuerte —por personal— grado de identificación: mi identificación con mi comunidad la expreso con el hecho de que el nombre que poseo glorifica algún acontecimiento inscrito en la memoria de un pueblo del que soy parte.

La introducción del cristianismo y del islam redujo este rico mundo de poesía e historia al centenar escaso de nombres sacados de la Biblia y del Corán. Desde entonces, ya no había más que James y Patrick o Ahmed e Ibrahim.

Edu y Abdullahi eran unos hombres con un corazón de oro. Enseguida nos hicimos amigos. Yo intentaba causar la impresión de que mi vida estaba en sus manos (y en realidad así era) y ellos se mostraban sumamente preocupados y emocionados por este hecho. Lo abandonaban todo cada vez que yo necesitaba ayuda. Iba a verlos a diario después de las cuatro de la tarde, cuando amainaba el calor del mediodía; el dispensario ya estaba cerrado y ellos dos barrían los viejos suelos de madera, levantando increíbles nubarrones de polvo. Luego todo transcurría siguiendo las disposiciones del doctor Doyle. En la vitrina del armario acristalado de su consulta se veía una enorme lata de metal (donación de la Cruz Roja danesa) en la cual había unas pastillas grandes y grises que se llamaban PAS. Yo tomaba veinticuatro al día. Mientras me dedicaba a contarlas y meterlas en una papeleta, Edu sacaba del agua hirviendo una maciza jeringuilla de metal, colocaba la aguja y de una botella extraía dos centímetros de estreptomicina. A continuación, tomaba un amplio impulso, como si quisiera lanzar la jabalina, y me clavaba la aguja. Yo hacía algo que con el tiempo se convirtió en todo un rito: pegaba un salto y emitía un penetrante silbido serpentino ante el cual Edu y Abdullahi, que siempre lo habían observado todo, estallaban en una carcajada homérica.

Nada une más a la gente en África que el reírse juntos de algo realmente gracioso, como por ejemplo, del hecho de que un blanco pegue un salto por una cosa tan insignificante como una inyección. Por eso acabé compartiendo con ellos aquel entretenimiento, y aunque me retorcía del dolor que me causaba la aguja clavada por Edu con un ímpetu tremendo, junto con ellos me desternillaba de risa.

En este patológico y paranoico mundo de desigualdad racial en que todo lo decide el color de la piel (incluso sus matices), mi enfermedad, a pesar de que físicamente lo pasaba fatal, me proporcionaba una inesperada ventaja: al convertirme en un ser débil y lisiado rebajaba mi prestigioso estatus de blanco como alguien que está por encima de todo y de todos, y creaba entre los negros una mayor oportunidad de igualdad. Ahora me podían tratar como a uno más; aunque seguía siendo un blanco, ya no era el de antes: ahora era un blanco empequeñecido, defectuoso y tarado. En mis relaciones con Edu y Abdullahi surgió esa clase de cordialidad que sólo es posible entre iguales. Habría sido impensable si me hubiesen conocido como un europeo fuerte, sano y poderoso.

Para empezar, me invitaron a sus casas. Poco a poco me fui haciendo un visitante asiduo de los barrios africanos de la ciudad y los acabé conociendo como nunca antes. Según la tradición africana, el huésped es tratado con todos los honores. El dicho polaco “Invitado en casa, Dios en casa” aquí cobra un sentido auténticamente literal. Los anfitriones pasan largo tiempo preparándose para la ocasión. Lo limpian todo, preparan los mejores platos. Hablo de una casa como la de Edu, un simple sirviente de un dispensario municipal. Cuando lo conocí, su estatus social era relativamente bueno. Bueno, porque Edu tenía trabajo fijo y personas como él no abundaban. La mayoría de la gente de las ciudades africanas tiene un empleo temporal de vez en cuando y la mayor parte del tiempo no trabaja en absoluto.

En realidad, el enigma más grande de la ciudad africana es éste: ¿de qué viven todas esas multitudes? ¿De qué y cómo? Es que estos hombres no se encontraron aquí porque se los necesitase sino porque la miseria los había expulsado de sus aldeas. La miseria, el hambre y la desesperanza de una vida semejante. Así que se trata de fugitivos en busca de salvación, de supervivencia; de refugiados maldecidos por el destino. Cuando nos topamos con un grupo de personas que, por fin, han llegado a los límites de la ciudad tras abandonar unas tierras fustigadas por la sequía y el hambre, vemos en sus ojos una expresión de terror y de pánico. Y aquí, entre las chabolas y casuchas de barro, empezarán a buscar su Dorado. ¿Qué harán ahora? ¿Cómo actuarán?

Les presento a Edu y a unos primos de su clan. Pertenecen al pueblo sangu, que vive en el interior del país. Antes trabajaban en el campo pero su tierra dejó de dar fruto y entonces, hace varios años, caminaron hasta Dar es Salam. Su primer paso consistió en encontrar a otros sangu. O a hombres de otras comunidades ligados con los sangu con lazos de amistad. El africano conoce muy bien toda esa geografía de amistades y odios interétnicos, tan vivos como los que ahora se manifiestan en los Balcanes.

Por el hilo hasta el ovillo, acabarán descubriendo la casa de su paisano. El barrio se llama Kariakoo y su disposición resulta bastante geométrica: calles cubiertas de arena pero trazadas en línea recta. La edificación resulta esquemática y monótona: predominan las llamadas swahili house —una especie de komunalkas soviéticas—; en un edificio de una sola planta hay entre ocho y doce habitaciones y en cada una de ellas vive una familia. Se comparte la cocina, el retrete y el lavadero. La estrechez alcanza grados inimaginables, pues aquí las familias son muy numerosas; cada casa es una guardería. Todos los miembros de la familia duermen juntos sobre el suelo de barro, sólo cubierto por finas esteras de rafia.

Ante una casa así, se sitúan a cierta distancia Edu y sus paisanos, y Edu grita: Hodi! Como en esta clase de barrios no existen las puertas y cuando las hay siempre están abiertas, y como no se puede entrar sin pedir permiso, ya desde lejos se grita precisamente eso, Hodi!, lo que equivale a la pregunta: ¿Puedo pasar? Si dentro hay alguien, contesta: Karibu! Significa: Adelante, bienvenidos. Y Edu entra.

Ahora empezará la infinita letanía de saludos rituales. Al mismo tiempo es el momento del reconocimiento, pues ambas partes intentan averiguar qué parentesco las une. Serios y concentrados, se internan ahora por el espesísimo bosque de los árboles genealógicos de que se compone cada comunidad, clan y tribu. Para alguien de fuera, resulta imposible situarlo todo, pero para Edu y sus compañeros, se trata de un momento del encuentro muy importante: un primo cercano significa una dosis de ayuda grande y uno lejano, mucho más pequeña. Aunque tampoco en el segundo caso se irán sin nada. Seguro que aquí encontrarán un techo donde guarecerse. Siempre se encontrará un poco de sitio en el suelo; y es que, a pesar de que no hace frío, resulta difícil dormir en el patio: allí hay mosquitos que mortifican y arañas que pican, y cárabos, y todos los demás insectos del trópico.

A la mañana siguiente, empezará para Edu su primer día en la ciudad. Y aunque para él todo esto es un medio nuevo, un mundo nuevo, el caminar por las calles de Kariakoo no despierta asombro, no causa sensación. Todo lo contrario que a mí. Si alguna vez me meto por unos callejones alejados del centro del barrio y menos frecuentados, los niños pequeños huyen despavoridos y se esconden en los rincones más inaccesibles. Es porque, cuando hacen alguna diablura, sus madres les dicen: Sed buenos, que si no ¡se os comerá el mzungu! (En swahili, mzungu significa blanco, europeo.)

En una ocasión, en Varsovia, conté a unos niños cosas de África. Durante aquel encuentro, se levantó un niño pequeño y preguntó:

—¿Ha visto usted a muchos caníbales?

No sabía que, cuando algún africano regresase de Europa a un Kariakoo y se pusiese a contar cosas de Londres, de París o de otras ciudades habitadas por mzungu, un niño africano de la misma edad que el de Varsovia bien podría levantarse y preguntar:

—¿Has visto allí a muchos caníbales?

*Fragmento de Ébano (2000).

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