Entrevista con Jonathan Swift

Por George Orwell

Orwell: Mi edición de las obras de Swift salió de la imprenta en algún momento entre 1730 y 1740. Son 12 pequeños volúmenes, con cubiertas de piel de ternero, un poco menos fina que la que se utiliza para las prendas de vestir. No es fácil leerlos. La tinta está borrosa y las eses largas son una molestia, pero me gustan más que cualquier otra edición moderna que haya visto. Cuando abro uno de estos libros, aspiro el olor del papel viejo y veo los grabados y las letras capitulares retorcidas; tengo la sensación de que puedo oír a Swift dirigiéndose a mí.

Guardo un vivo recuerdo de él en la memoria, con sus pantalones hasta la rodilla, su sombrero de tres picos, la caja de tabaco y los anteojos de los que habla en Los viajes de Gulliver, aunque no recuerdo haber visto un retrato de él. Hay algo en su manera de escribir que parece indicarnos cómo era su voz. Por ejemplo, he aquí uno de sus “Pensamientos sobre diversos temas”: “Cuando un verdadero genio aparece en el mundo…”.

Swift [con desdén]: “Cuando un verdadero genio aparece en el mundo puedes reconocerlo por esta señal infalible: todos los necios se confabulan contra él”.

O: Así que usaba usted peluca, doctor Swift. Siempre me lo había preguntado.

S: Así que tiene usted la primera edición de mis obras completas.

O: Sí, las compré por cinco chelines en una subasta.

S: Quisiera advertirle sobre las ediciones modernas, incluso la de Los viajes. Los malditos editores deshonestos se han ensañado conmigo como con ningún otro escritor. Mi desgracia es que usualmente me han editado los clérigos, que me ven como una tragedia para su gremio. Han hecho chapuzas con mis textos desde mucho antes de que el doctor Bowdler naciera o siquiera pensara en hacerlo.

O: Ya ve, doctor Swift, los ha puesto en una situación difícil. Ellos saben que usted es nuestro gran prosista, aunque utilice palabras y aborde temas que no pueden aprobar. De cierta manera, yo tampoco lo apruebo a usted.

S: Me deja usted desolado, señor.

O: Creo que Los viajes de Gulliver ha significado más para mí que cualquier otro libro que se haya escrito. No recuerdo cuándo lo leí por primera vez; debía de tener ocho años a lo mucho, y desde entonces se ha quedado conmigo de tal manera que no pasa un año sin que vuelva a releerlo, o al menos una parte.

S: Me siento inmensamente gratificado.

O: Y, sin embargo, no puedo evitar pensar que ha cargado usted demasiado las tintas. Ha sido demasiado duro con la humanidad y con su propio país.

S:¡Vaya!

O: Por ejemplo, he aquí un pasaje que he tenido siempre clavado en la memoria, e incluso un poco en la molleja. Pertenece al final del capítulo VI de Los viajes de Gulliver. Gulliver acaba de realizar ante el rey de Brobdingnag una larga descripción de la vida en Inglaterra. El rey lo escucha, y después lo levanta con la mano y le dice… Un momento, aquí tengo el libro, aunque quizá usted recuerde el pasaje.

S: Oh, sí. “De nada de lo que ha dicho resulta que entre ustedes sea precisa perfección alguna para aspirar a ninguna posición; ni mucho que los hombres sean ennoblecidos en atención a sus virtudes [sube el tono de voz], ni que los sacerdotes asciendan por su piedad y sus estudios, ni los soldados por su comportamiento y su valor, ni los jueces por su integridad, ni los senadores por el amor a su patria, ni los consejeros por su sabiduría… [Ya más tranquilo]. Pero, por lo que he podido colegir de su relato y de las respuestas que con gran esfuerzo le he arrancado y sacado, no puedo más que deducir que el conjunto de sus semejantes es la raza de odiosas alimañas más perniciosa que la naturaleza [crescendo] haya permitido nunca que se arrastraran por la superficie de la Tierra”.

O: Puedo aceptar “perniciosa”, “odiosas” y “alimañas”, doctor Swift, pero me detendría a pensar en el “más”. “La más perniciosa”. ¿De verdad estamos en esta isla peor que en el resto del mundo?

S: No. Pero les conozco mejor de lo que conozco al resto del mundo. Cuando lo escribí fue basándome en el principio de que, si existía un animal inferior a ustedes, yo sería incapaz de imaginarlo.

O: Eso fue hace 200 años. Seguramente admitirá que hemos hecho algunos progresos desde entonces.

S: Progreso en cantidad, sí. Los edificios son más altos y los vehículos más veloces. Los seres humanos son más numerosos y cometen una mayor cantidad de estupideces. Una guerra mata a millones cuando anteriormente mataba a miles. Y en cuanto a los grandes hombres, como usted insiste en llamarlos, debo admitir que su época supera a la mía. Antes un tiranillo alcanzaba el punto más alto de su fama si destruía una provincia o robaba media docena de pueblos (con un placer irónico), mientras que hoy sus grandes hombres pueden devastar continentes enteros y condenar a la esclavitud a un pueblo entero de hombres.

O: A eso iba. Una cosa que me siento inclinado a decir en favor de mi país es que ni producimos grandes hombres ni nos gusta la guerra. Después de la época de usted, apareció algo llamado “totalitarismo”.

S: ¿Es nuevo?

O: No es estrictamente nuevo, pero se practica con armas modernas y modernos métodos de comunicación. Hobbes y otros escritores del siglo xvii lo predijeron. Usted mismo, con una previsión extraordinaria, escribió sobre esto. Hay pasajes en la tercera parte de Los viajes de Gulliver que me dejan la impresión de estar leyendo un relato del juicio por el incendio del Reichstag. Estoy pensando en un pasaje específico de la cuarta parte en que el Houyhnhnm, que es el amo de Gulliver, le habla sobre los hábitos y las costumbres de los yahoos. Parece que cada tribu de yahoos tenía un dictador, o Führer, y que a este dictador le gustaba rodearse de lambiscones. El Houyhnhnm dice:

S [tranquilo]: “Había oído que existía una clase de yahoo que mandaba, que era siempre el que tenía el cuerpo más deformado, y tenía una disposición más maliciosa que los demás. Que ese líder tenía usualmente un [con ternura] favorito, tan parecido a él como fuera posible, cuyo empleo era lamer los pies de su amo y [acaramelado] llevar a las hembras yahoo a su perrera, por lo que era recompensado, una y otra vez, con una carnosa pieza de nalga. Este favorito era odiado por toda la manada y, para protegerse, se mantenía siempre cerca de su líder. Normalmente continuaba en el cargo hasta que llegaba uno peor; y en el preciso momento en que era depuesto, su sucesor, a la cabeza de los yahoos de ese distrito, jóvenes y viejos, hembras y varones, llegaban y…”.

O: Deberíamos evitar esa parte.

S: Gracias, doctor Bowdler.

O: Recuerdo ese pasaje cada vez que pienso en Goebbels o en Ribbentrop, o incluso en monsieur Laval. Mirando el mundo en general, ¿cree usted que el hombre sigue siendo un yahoo?

S: En mi camino hasta aquí he observado con atención a los londinenses, y le aseguro que no he encontrado muchas diferencias. Me he visto rodeado por las mismas caras horribles, por los mismos cuerpos amorfos cubiertos con las mismas prendas mal ajustadas que había hace 200 años.

O: Pero, aunque la gente no haya cambiado, ¿no ha notado cambios en la ciudad?

S: Desde luego, ha crecido prodigiosamente. Muchos de los verdes parques donde Pope y yo solíamos pasear después de la cena en las tardes de verano son ahora madrigueras de ladrillo y hormigón para las perreras de los yahoo.

O: Pero la ciudad es ahora mucho más segura, más ordenada de lo que era en su época. Hoy uno puede caminar sin la zozobra de llevarse un tajo en la garganta, incluso por la noche. Debe usted admitir que ha habido una mejora, aunque dudo que eso suceda. Además, es una ciudad más limpia. En su época todavía había leprosos en Londres, por no mencionar la peste negra. Ahora nos bañamos con frecuencia, y las mujeres no se dejan el cabello intacto durante un mes y llevan pequeñas agujas de plata para rascarse la cabeza. ¿Recuerda un poema suyo titulado “Descripción del guardarropa de una dama”?

S: “Strephon, que encontró la habitación vacía / y a Betty ocupada en otro asunto, / robó y efectuó un estricto estudio / de toda la basura que allí había, / de manera que, para dejarlo todo claro, / he aquí un inventario”.

O: Desafortunadamente, no creo que el inventario venga al caso en esta transmisión.

S: ¡Pobre doctor Bowdler!

O: Pero la cuestión es: ¿firmaría usted hoy este poema? Dígamelo con toda franqueza: ¿apestamos igual que antes?

S: Ciertamente los olores son distintos. Hay uno nuevo que he distinguido mientras recorría las calles [olisquea].

O: Se llama petróleo. Pero ¿no encuentra que, en general, la gente es más inteligente o, cuando menos, más educada? ¿Y qué me dice de los periódicos y de la radio? ¿No le parece que han abierto un poco la mentalidad de la gente? Ahora hay muy poca en Inglaterra que no sepa leer, por ejemplo.

S: Por eso es tan fácil engañarlos. [Sube la voz] Hace 200 años sus ancestros estaban llenos de supersticiones bárbaras, pero no eran tan ingenuos como para creerse [se pone amable] las noticias de sus periódicos. Como por lo visto usted conoce mi obra, quizá recuerde otra cosita que escribí, un “Ensayo sobre la conversación ingeniosa y gentil”.

O: Por supuesto, lo recuerdo bien. Es la descripción de unas damas elegantes y de caballeros que conversan; una horrenda profusión de tonterías que van y vienen sin parar durante seis horas.

S: En mi camino hasta aquí me encontré con algunos clubes de moda y con cafeterías de barrio, y escuché las conversaciones. Casi llegué a creer que estaban haciendo una parodia de mi pequeño ensayo. Lo único que ha cambiado es la lengua inglesa, que ha perdido algo de naturalidad.

O: ¿Y qué me dice sobre los avances científicos y tecnológicos de los últimos 200 años, como el tren, los automóviles, los aeroplanos y demás? ¿No ha quedado usted impresionado?

S: En mi camino hasta aquí pasé por la calle Cheapside. Casi ha dejado de existir. Alrededor de San Pablo no hay más que ruinas. Casi han hecho desaparecer el templo, y de la pequeña iglesia sólo queda la carcasa. Estoy hablando sólo de los sitios que conozco, pero tengo la impresión de que pasa lo mismo en toda la ciudad. Eso es lo que sus máquinas han hecho por ustedes.

O: Me hago cargo de lo peor de sus argumentos, doctor Swift, pero hay algo profundamente erróneo en su punto de vista. ¿Recuerda lo que dijo el rey de Brobdingnag cuando Gulliver le describió la pólvora y los cañones?

S: “El rey quedó horrorizado con la descripción que hice de esas máquinas terribles y con la propuesta que había planteado. Estaba asombrado; qué impotente y rastrero insecto era yo (así lo dijo) para entretenerme con esas ideas inhumanas y mantenerme inconmovible ante esas escenas de sangre y desolación que me eran tan familiares, y que había descrito para ilustrar los efectos de esas máquinas destructivas, de las que —dijo— algún genio diabólico, enemigo del género humano, tenía que haber sido el inventor. Por lo que a él mismo se refería, aseguró que, aun cuando pocas cosas le satisfacían tanto como los nuevos descubrimientos en las artes o en la naturaleza, prefería perder la mitad de su reino antes que estar al tanto de este secreto, que me ordenaba, si apreciaba en algo mi vida, no volver a mencionar nunca”.

O: Supongo que el rey podría haber hablado con más encono sobre los tanques o el gas mostaza. Pero no puedo evitar sentir que su actitud, y la de usted, demuestran cierta falta de curiosidad.

Quizá lo más brillante que ha escrito usted sea la descripción de la academia científica, en la tercera parte de Los viajes de Gulliver. Aunque, después de todo, estaba usted equivocado. Pensaba que todo el proceso de la investigación científica era absurdo, porque no podía creer que de ahí surgiera algún resultado tangible. Pero después de todo hubo resultados. La civilización de las máquinas modernas está ahí, para bien o para mal. Y la persona más pobre de hoy está mejor, en lo referente a las comodidades físicas, de lo que podía estarlo un noble en tiempos de los sajones, o incluso en los de la reina Ana.

S: ¿Y todo esto añade verdadera sabiduría o verdadero refinamiento? Permítame recordarle otra de las cosas que he dicho: “Los grandes inventos han tenido lugar en tiempos de ignorancia, como el uso del compás, la pólvora y la imprenta, y en las naciones más aburridas, como Alemania”.

O: Ahora veo en lo que podemos coincidir, doctor Swift. Creo que la sociedad, y por tanto la naturaleza humana, pueden cambiar. Usted no. ¿Sigue pensando esto después de la Revolución francesa y de la Revolución rusa?

S: Usted conoce a la perfección mi última palabra. La escribí en la última página de Los viajes de Gulliver, pero voy a repetírsela: “Mi reconciliación con la especie yahoo en general no sería tan difícil si ellos se contentaran sólo con los vicios y las insensateces que la naturaleza les ha otorgado. No me causa el más pequeño enojo la vista de un abogado, un ratero, un coronel, un necio, un lord, un tahúr, un político, un médico, un delator, un cohechador, un procurador, un traidor y otros parecidos; todos están en el curso natural de las cosas. Pero cuando contemplo una masa informe de fealdades y enfermedades, así del cuerpo como del espíritu, forjada a golpes de orgullo, ello excede los límites de mi paciencia, y jamás comprenderé como tal animal…” [la voz se desvanece].

O: Ah, ¡se está desvaneciendo! ¡Doctor Swift! ¡Doctor Swift! ¿Es esa su última palabra?

S [con una voz ligeramente más potente que finalmente se desvanece]: Jamás comprenderé cómo tal animal y tal vicio pueden ajustarse. Y ruego a los que tengan una pizca de este vicio que procuren no acercarse a mí.

O: Se ha ido. No he logrado convencerlo de casi nada. Fue un gran hombre, aunque estuviera parcialmente ciego. Era capaz de ver una sola cosa a la vez. Su perspectiva de la sociedad es muy penetrante, aunque es falsa si se analiza a fondo. No podía ver lo que ve una persona normal. Que vale la pena vivir la vida y que los seres humanos, aunque sean ridículos y sucios, son decentes en su mayoría. Sin embargo, si hubiera podido ver esto no habría escrito Los viajes de Gulliver. Bueno, dejémoslo descansar en paz en Dublín, donde, según reza su epitafio: “La indignación salvaje ya no puede lacerar su corazón”.

S: Ubi saeva indignatio ulterius cor lacerare nequit.

*Entrevista transmitida en BBC, Servicio Africano (1942).

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