¿Qué pasa cuando un investigador cae de bruces en una novela policiaca?

Por G.G.M.

A pesar de que siempre había sido utilizado en investigaciones de gran importancia, el comisario Dides se sentía esta vez —ni más ni menos— como un investigador de novela policíaca. Trabajaba hasta dieciocho horas al día. Después de la medianoche, agotado, se retiraba a sus habitaciones privadas y examinaba por última vez el contenido de su cartera. Antes de acostarse lo guardaba con llave. En otras ocasiones la había dejado en su comisariato, protegida por la complicada combinación de la caja fuerte. Pero el caso de las infidencias era tan delicado que el comisario Dides no volvió a separarse de sus secretos durante el tiempo que duró la investigación. Todo lo que él sabía —y que no lo sabían más de veinte personas en el mundo entero— andaba por toda la ciudad debajo de su brazo.

A fines de agosto, el comisario Dides estaba sobre una pista segura. Parecía agotado por el recargo de trabajo, pero no se le ocurrió pedir una semana de descanso. Sus adversarios no merecían una tregua. Durante el verano, mientras Europa volvía a las playas, el comisario Dides se vistió con ropas ligeras, estuvo a punto de asfixiarse con el calor, pero no suspendió su tarea. En el otoño tenía una idea precisa de lo que estaba ocurriendo. Su autor favorito —Georges Simenon— no habría podido escribir una novela mejor, más inteligentemente tramada que la que él mismo vivía aquellos meses.

Sin embargo, en el otoño tropezó el comisario Dides con un inconveniente. Fue una situación desconcertante no prevista en la novela de su vida. Mientras él subía y bajaba escaleras con su asombrosa virtud de hombre invisible, alguien debió darse cuenta de que un ciudadano que aparentemente no hace nada y, sin embargo, se filtra por una cerradura con una cartera debajo del brazo, es un hombre que tiene algo entre manos.

Así, mientras el comisario Dides acumulaba secretos, alguien acumulaba en otra cartera el secreto de que el comisario Dides tenía grandes secretos acumulados. Era como el juego del “Da que te vienen dando”. Tan prudente, tan responsable era el comisario, que no informó a su inmediato superior, el prefecto Baylot, porque quería estar seguro de la autenticidad de sus averiguaciones antes de dar el paso decisivo. Había logrado penetrar hasta donde no había penetrado antes investigador alguno; tenía un “informador sagrado” en cuyo bolsillo reposaban todas las claves. En entrevistas diez veces secretas, el comisario Dides fue entrando en posesión de esas claves.

Debió ser su exceso de virtuosismo lo que le perdió. Un día del otoño, un semanario publicó un artículo titulado “Hacia una nueva liga fascista”. En ese artículo —y el comisario estuvo a punto de romperse la cabeza— se revelaban todas las exquisitas maniobras investigativas del señor Dides. Toda Francia se enteró entonces de que el hombre de la cartera debajo del brazo podía filtrarse por una cerradura.

***

El comisario Dides no había tenido nunca mucho sentido del humor. Pero esta vez perdió los últimos rastros. El artículo lo puso en un problema: allí se decía que el comisario Dides sabía cosas que ignoraba su superior, el prefecto Baylot. El investigador se presentó alarmado a la prefectura, hizo protestas de su inocencia y el prefecto Baylot descubrió tanta sinceridad en su expresión que le ratificó la confianza. Pero en realidad, aquélla fue una falla del comisario Dides, motivada por su excesiva responsabilidad: no quería informar nada a su inmediato superior mientras no verificara la autenticidad de sus datos.

El investigador decidió entonces trabajar por lo alto. Buscó en la lista del gabinete una persona conocida y se encontró con un nombre que le parecía fabricado expresamente: el ministro de los Estados Asociados, señor Christian Fouchet, a quien el comisario Dides había conocido en el seno de la RPF. No se veían con mucha frecuencia, pero el investigador sabía que era un hombre en quien se podía confiar. Además sabía que el ministro de los Estados Asociados tenía acceso al Comité de Defensa Nacional. No podía pensarse en una persona más apropiada para abrir la cartera delante de ella, leerle las informaciones y preguntar:

—¿Es cierto todo esto?

1) Que cuando el comisario Dides fue encargado de su comisión, era conocido por su pasión anticomunista.

2) La tesis: “El informador es sagrado”.

3) Que hasta el momento en que verificó sus datos con el ministro Christian Fouchet, el comisario Dides no había informado a su superior, el prefecto Baylot.

Si el ministro Christian Fouchet respondía que sí, el comisario Dides sabría exactamente cuál era el paso siguiente. Mientras se dirigía al ministerio de los Estados Asociados el comisario debía ir pensando en la Legión de Honor.

¿Hasta dónde debe llegar un secreto?

El ministro Christian Fouchet recordaba el nombre. Además, estaba informado por el prefecto Baylot de que el comisario Dides —su viejo conocido en el seno de la RPF— era un hombre en quien se podía confiar. Como al fin y al cabo el investigador habría podido penetrar por la cerradura, el ministro de los Estados Asociados decidió evitarle esa molestia. Le abrió la puerta.

El comisario Dides, influido por su mundo de novela policíaca, tenía la costumbre de cerciorarse en todo caso de que no lo seguían. Esa precaución estaba facilitada por la extraordinaria movilidad de su cabeza. Aún en el despacho ministerial, con las ventanas herméticamente cerradas y el interior atemperado por un calentador de seis unidades, el comisario Dides se convenció de que no había nadie escondido detrás de los armarios. Sólo entonces abrió la cartera.

El señor Christian Fouchet debió sentir un pedazo de hielo en el estómago; era cierto lo que decía el semanario acerca de las actividades del comisario Dides, a pesar de que el prefecto Baylot no tenía ninguna información directa. El ministro de los Estados Asociados leyó cuidadosamente los datos que le ofreció el comisario.

—¿Son auténticos?

Con el dolor de su alma, el ministro respondió que sí. El comisario recogió los papeles, los guardó en la cartera y dijo que eso era todo lo que quería saber. ¿Cómo había obtenido esos datos? Sencillamente: “un informador sagrado” los había obtenido en el comité central del Partido Comunista. El comisario Dides estaba en su elemento.

Reventando de felicidad, el investigador se despidió con la promesa de que seguiría confirmando nuevos datos. Cuando la puerta se cerró, el ministro Fouchet abrió la gaveta de su escritorio. Allí tenía las notas de la conferencia del Comité de Defensa Nacional, efectuada el 28 de junio. El ministro de los Estados Asociados había asistido a ella. Recordaba perfectamente los detalles.

Después de examinar sus notas, llegó a una conclusión alarmante; sólo una persona que hubiera asistido a esa reunión podía haber suministrado los datos que acababa de ver en posesión del comisario Dides.

El ministro llamó por teléfono al inspector Baylot, pero éste no estaba en su oficina. Decidió esperar. Volvió a leer sus notas, refrescó sus recuerdos y confirmó su impresión de que —nuevamente— los secretos del Comité de Defensa Nacional habían trascendido. A la hora del almuerzo estaba tan alarmado que ya no pensó en telefonear al prefecto Baylot.

Ordinariamente, el señor Fouchet ordenaba a su secretario hacer una comunicación telefónica. Pero esta vez no lo hizo. Un poco antes de las doce, descolgó el teléfono y, con un dedo seguro y resuelto, marcó un número. Cuando acabó de hablar, el ministro de los Estados Asociados estaba seguro de que el autor de las indiscreciones no estaría mucho tiempo en libertad.

*Fragmento de Obra periodística III (1983).

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