Entrevista con Matilde Neruda

Por Joaquín Soler Serrano

Joaquín Soler Serrano: ¿Cómo se conocieron Pablo y usted?

Matilde Neruda: Es bien difícil para mí hablar de este tema. Nosotros nos conocimos hace muchos años. Exactamente fue en 1946. Nos miramos y nos amamos desde ese mismo momento.

JSS: En esa primera mirada… ustedes no hablan sido presentados… no habían cruzado palabra alguna…

MN: No.

JSS: ¿Fue una mirada desde lejos?

MN: No, no estábamos tan distantes…

JSS: ¿Fue en un lugar público?

MN: Había una amiga por medio, y yo le dije: ¿quién está al lado tuyo?, y me contesta: ¡es Pablo Neruda! ¿Tú no lo conoces?

JSS: Y usted sí lo conocía…

MN: De nombre, claro, había leído sus poemas, sus libros… Debí en ese momento haberle mirado con mucha intención, y Pablo preguntó a nuestra amiga en ese mismo momento: “¿Quién está al lado tuyo?”, y ella replica: “Es Matilde Urrutia”. Y en ese mismo momento, me habló. Y me convidó a ver la colección, muy hermosa y célebre, de caracolas que tenía, y que andando el tiempo regaló a la Universidad. El caso es que después empezamos a vernos, y así, a través de los años, nos separábamos, nos volvíamos a ver, y nos casamos en el 55 y ya no nos separamos más. Había muchos, muchos inconvenientes, y por eso pasaron tantos años.

JSS: Pero aquella primera mirada había sido una señal bien clara.

MN: Un compromiso.

JSS: Estaba Pablo casado en ese tiempo con una holandesa, ¿verdad?

MN: Sí.

JSS: Y ese matrimonio no era…

MN: No, aunque ellos estaban ya separados. Yo fui la tercera, ¿sabe? Dicen que a la tercera va la vencida.

JSS: De modo que hubo mucho tiempo por medio. Desde aquel día en que fue usted a conocer la colección de caracoles marinos del poeta…

MN: Sí, sí, muchos, demasiados años. Y al casarnos en el 55 nos fuimos a vivir a la casa de Santiago, en la que vivía yo…, en la que sigo viviendo ahora.

JSS: ¿Cómo era Pablo en la intimidad? ¿Era un hombre afectuoso, tierno?

MN: Era un hombre muy fácil para la convivencia… Tenía un carácter muy bueno. Nunca estuvo irritado.

JSS: ¡Un hombre alegre, un gran optimista!…

MN: Sí, que todo lo convertía en fiesta. Aun en los momentos malos, en los peores, decía que todo hay que convertirlo en alegría. Pablo odiaba la tristeza, no podía con ella. Y yo, a veces, ahora, cuando me pongo muy triste recordándole, que es tan a menudo, pienso que no debo, que a él no le gusta…, no…, no le gusta verme triste.

JSS: Y entonces tiene usted que sonreír una y otra vez.

MN: ¡Ah!, a veces no es posible, a veces ni queriendo se sonríe.

JSS: Sacando fuerzas de flaqueza, Matilde, porque la vida sigue…

MN: Me ha tocado a mí sacar muchas fuerzas, demasiadas, desde que Pablo murió.

JSS: ¿Dice usted que era Pablo un hombre muy cómodo para la convivencia?

MN: Era muy fácil vivir con él. Tenía un carácter muy bueno. Era inmensamente alegre. Jamás le vi irritado. Todo lo convertía en fiesta.

JSS: ¿Cómo la llamaba a usted?

MN: Me llamaba Patoja.

JSS: Y eso…

MN: Porque allá se le dice “patoja” a una mujer chica, a una mujer de pequeña estatura. Claro, para Pablo, con su estatura, yo era muy pequeña…

JSS: Era un hombre fuerte, corpulento. Impresionaba.

MN: Sí, Pablo era grande y fuerte, muy fuerte. Estoy segura de que si no hubiera sido por esa enfermedad terrible (y por todos los acontecimientos de nuestro país, tan decisivos en su ánimo) hubiera vivido muchísimos años. Como todos los miembros de su familia, sólidos y de larga vida.

JSS: ¿Se sabe ya positivamente que fue un cáncer lo que mató a Pablo?

MN: Poco antes de que muriera, los doctores me habían asegurado privada y firmemente que aún le tendría conmigo seis o siete años. Y yo había tenido que hablar muy seriamente del tema con ellos, porque a Pablo había que sacarlo de la isla en el invierno. La isla es húmeda en el invierno, y un poco helada, y yo me quería construir una casa en Santiago, que se comenzó a fabricar. Así la quería yo: una casita sola de un solo piso en lo alto de un cerro… Porque la que teníamos está llena de escaleras, de modo que como me aseguraron los doctores que Pablo viviría seis años más, al menos me puse a construir la casa, sobre esa seguridad que los médicos me daban… Pero… la casa quedó a medio construir.

JSS. ¿Cómo se anticipó el desenlace al pronóstico de los médicos?

MN: Lo que certificaron los médicos fue paro cardíaco; sí, se le paralizó el corazón. Pero el cáncer de verdad que no estaba tan desarrollado como para darle la muerte… Lo que pasa es que él ya estaba… tocado, no tenía la fortaleza anterior, la enfermedad le iba minando día a día, había que cuidarle muchísimo… Por ejemplo, si se resfriaba, ese resfrío era grave y preocupante, había que curárselo en seguida. Cualquier cosa podía serle fatal.

JSS: Pablo, según tengo entendido, se sumió en un sueño profundo, y no despertó.

MN: Todo ocurrió en un día. Un día en que yo fui a buscar a la isla dos valijas de ropa y una de libros, que fue lo que traje para llevarnos a la embajada de México, porque nos íbamos, ¿sabe?, nos íbamos a México. El presidente Echeverría había mandado un avión para buscar a Pablo, cuando supo que estaba muy enfermo en la clínica. Ese día vinieron muchos amigos a verle. Yo no solía dejar entrar a nadie en su cuarto para que no le contaran las cosas del momento, porque sabía el daño que le iban a causar. Era el día 23, y el golpe militar había sido dado el día 11… Entonces nos hallábamos en ese comienzo terrible, en ese caos, en esa situación en la que a todo el mundo le pasaban desgracias, a los amigos, a los parientes… Y aquel día, como yo había ido a la isla, muchos entraron en el cuarto y le contaron todas aquellas cosas terribles. Cuando llegué, en la tarde, le encontré muy agitado, profundamente agitado, y diciendo: “Pero tú no sabes lo que pasa… están ocurriendo cosas horribles”. Yo quería calmarle, sosegarle: “No hagas caso, Pablo, la gente habla demasiado…”. Traté de calmarlo, pero habían sido demasiados los testimonios y todos coincidentes.

JSS: Y usted deduce que esas conversaciones influyeron en su estado…

MN: Sí, le aplastaron definitivamente. Desde el día 11, es decir, desde el golpe, Pablo se vino abajo. Es muy difícil imaginar que una persona pueda derrumbarse de un momento a otro, pero así fue. Cuando vimos por televisión, que lo pasaron cuatro o cinco veces, el bombardeo de la Moneda… fue tremendo… Pablo nunca había dejado de pedirme un aperitivo. Ese día no lo quiso, ni quiso comer, nada nada… A los dos días comenzó con fiebre…

JSS: Y el día 23…

MN: Como lo contaba, cuando yo llegué de la isla, le encontré agitadísimo, y con la fiebre subiéndole. Como a las ocho de la noche era ya muy alta, y comenzó a delirar. Era ya un delirio terrible, lleno de violencia, se rasgaba el pijama… A eso de la medianoche tuve que llamar a la enfermera para que le pusiera un calmante. Se lo pusimos, se quedó dormido, y se fue calmando poco a poco… Yo puse mi cabeza al lado de la suya, y le dije: “¿Por qué no dormimos un rato? Nos hace tanto bien dormir siempre…”. Y él me dijo: “Sí, vamos a dormir”. Se quedó dormido, y no despertó más.

JSS: Y ésa fue su última conversación con él, las últimas palabras que le oyó.

MN: Bueno, antes, al llegar yo, me estuvo contando cuanto le habían dicho sus amigos, porque él creía que yo lo ignoraba, ya que estaba con él siempre en la clínica, y sólo aquel día habíamos salido para ir a la isla. Después fue entrando en un estado febril y me decía cosas que nunca me había dicho, cosas muy tiernas y dulces, que no eran normales ni acostumbradas en él, un hombre muy entero y nada empalagoso. Y aquel día me decía cosas muy hermosas, cosas inolvidables de tan bellas, y entrando en estado febril que le cuento…

Su muerte fue muy hermosa, porque pasó del sueño a la muerte. Y no sufrió, no le vi sufrir después de todo lo que aquellos días había sufrido. Y quedó su cara con una semisonrisa irónica, algo muy curioso, toda la gente se quedaba sobrecogida al ver esa cara tan hermosa, con aquella placidez, y aquella sonrisa un poco irónica, como le digo, y que en realidad era “su” sonrisa, la sonrisa que él siempre tenía… Yo lo miraba, y pensaba: “Se debe de estar riendo de mí, porque me siento tan inmensamente triste…”.

JSS: Fue muy duro para usted encajar esa pérdida…

MN: Yo creo que no, que nunca lo encajaré.

JSS: Y luego vinieron esos días atroces, los días del definitivo adiós, y la soledad, y los silencios…

MN: La soledad fue muy terrible en ese momento, porque yo tenía una inmensa cantidad de amigos en Chile…, éramos gente con muchísimos amigos, siempre con ellos y rodeados de ellos. Y yo estaba sola, sí, en ese momento sola, absolutamente sola, porque todos mis amigos tenían problemas tan graves en aquellos momentos, tan insuperables, que yo no contaba, ni la muerte de Pablo, ni el dolor… Así es que tuve que arreglarme sola, completamente sola. Y luego irme a la isla… sola, también sola. Sola, sola, sola…

JSS: ¿Cuáles son los versos de Pablo que a usted más le gustan?

MN: No sé, no podría decírselo ahora… Para mí es maravilloso todo lo que escribe Pablo… y el que acaba de terminar y pone ante mis ojos es el que me emociona en ese instante…, son tan distintos los libros de él…

JSS: Había otra imagen femenina muy importante en su obra: la de su madre, ¿verdad?

MN: Él adoraba a su madre, es decir, él conoció a su madrastra, que Pablo llamaba “mamadre”, y sentía una gran veneración por esa mujer tan sencilla, por esa pobreza de las casas del sur de las que él habla tanto, una mujer que desempeñó un papel de total abnegación, y además de abnegada era muy tierna, muy cariñosa… Eso es lo que motivaba que Pablo le dedicara páginas tan hermosas.

JSS: Y su padre…

MN: Era completamente el polo opuesto.

JSS: Nada partidario de que se dedicara a los versos.

MN: Quería que fuese un profesional, un hombre que se ganara la vida en un oficio o una carrera. No le cabía en la cabeza que escribiendo versos se pudiera llegar a ninguna parte. Combatió ferozmente la vocación de Pablo, su vocación de poeta, llegando a quemarle sus libros, lo que a Pablo le hacía sufrir grandemente… pero él seguía, y contra viento y marea escribía y mandaba versos a las revistas, y para que su padre no se diera cuenta se cambió el nombre, y así se puso “Pablo Neruda”. Ésa y no otra es la razón del nacimiento de su seudónimo.

JSS: Sólo para no contrariar la voluntad de su padre…

MN: Exactamente.

JSS: Alguna vez me contaron una anécdota de la abuela de Pablo, que dijo en cierta ocasión: “Pablo ve, como poeta, lo que nadie ve”. ¿Es cierto?

MN: No fue su abuela, fue una tía de Pablo la que se lo contó a una escritora, biógrafa de él, que viajó con nosotros y vio a sus tías, y les escuchaba contar historias y más historias… Esa biógrafa es Margarita Aguirre.

JSS: ¿Pablo le ha contado a usted toda su vida anterior?

MN: Más bien me lo ha contado la hermana. Por ella he sabido muchas cosas: había sido un niño extraño. Un niño solitario (todo lo contrario que sería de mayor), un niño raro, introvertido. De mayor vivió cultivando la amistad donde quiera que iba… Y ha dejado muchos amigos en todas partes.

JSS: Eso es algo que le ha quedado a usted. A cualquier lugar del mundo al que vaya, allí están (seguro) los amigos y lectores de Pablo.

MN: Ésa es la más grande herencia que se puede recibir: un mundo sembrado de amigos. Por donde quiera que voy, los encuentro en seguida.

JSS: Viene usted ahora de isla Negra, de esa casa tan llena de recuerdos para usted…

MN: Y que se conserva exactamente igual. Está como cuando murió Pablo.

JSS: ¿También la biblioteca?

MN: No. La biblioteca la tuve que trasladar a Santiago, porque la isla es muy húmeda, y es muy difícil cuidar los libros y las cosas ahora que ya no está habitada… Yo voy los fines de semana, pero es muy difícil mantener la casa tantos días con la calefacción adecuada… y los libros hay que cuidarlos mucho.

JSS: Esa casa, a través de libros y fotografías, se ha hecho famosa en el mundo. Todos la conocemos vagamente, recordamos los mascarones de proa, las anclas, los nombres de poetas y amigos de Neruda escritos en las vigas de madera… ¿Esa casa era para usted, Matilde, “la” casa?…

MN: Sí, porque la hemos hecho juntos, y con mucho esfuerzo. Cuando yo llegué a ella sólo había un living y unos cuartitos pequeños. Nos fuimos a vivir en ella, y la fuimos ensanchando, agrandando. Pablo buscaba puertas y ventanas en los derribos, en las demoliciones… Él era un arquitecto de alma, le gustaba mucho construir, siempre estaba construyendo…; así es que, por todas esas razones, a esa casa le tengo un enorme cariño.

JSS: Matilde, es usted (así lo siento ahora) como un poema, como acabada de escribir por el poeta que la ha dejado como un último mensaje a sus amigos del mundo, como un poema de carne y hueso, un poco crispado y tenso, porque usted lucha por evitar que se le desborden la angustia y el dolor.

MN: Siempre que hablo de él me pasa lo mismo…

JSS: Pero recuerde lo que Pablo le decía: todo hay que convertirlo en alegría.

MN: Eso me decía en muchos poemas. Los últimos son los de Jardín de Invierno, pero también hay un poema en el que me dice muy especialmente lo que quiere que yo haga cuando muera, es de los Cien sonetos de amor que él me dedicó…, es el poema 64.

JSS: ¿Quiere usted leerlo?

MN: ¿Por qué no lo lee usted? Yo no sé si podré…

JSS: Pruébelo… Es él quien le habla…

MN: Bueno…

JSS: Muchas gracias, Matilde.

MN: Dice así:

Si muero, sobrevíveme con tanta fuerza pura

que despiertes la furia del pálido y del frío.

De sur a sur levanta tus ojos indelebles.

De sol a sol que suene tu boca de guitarra.

No quiero que vacilen tu risa ni tus pasos.

No quiero que se muera mi herencia de alegría.

No llames a mi pecho. Estoy ausente.

Vive en mi ausencia como en una casa.

Es una casa tan grande la ausencia

que pasarás por ella a través de los muros

y colgarás los cuadros en el aire.

Es una casa tan transparente la ausencia

que yo sin vida te veré vivir

y si sufres, mi amor, me moriré de nuevo.

*Texto publicado en Escritores a fondo (1986).

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