Descansa en paz, Paola

Por Ana Lucía Heredia & Timo Dor

Un ataúd bloquea avenida Insurgentes el martes 4 de octubre a las 13:00 horas. A un lado, una camioneta que lleva la insignia funeraria y un camión a servicio de la misma contribuyen al cierre del paso. En el féretro, Paola encuentra su último refugio. A la altura de la avenida Puente de Alvarado, compañeras de Paola se convierten en su voz. Exigen la presencia del Procurador de Justicia de Ciudad de México. Exigen justicia.

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Paola era valiente. Era una mujer con convicciones, sabía lo que quería. Ser mujer trans en este país no es cosa fácil. Tenía entre 24 y 27 años. Era originaria de Campeche y trabajadora sexual.

La madrugada del 30 de septiembre le arrebataron la vida.

Era una noche como cualquier otra. Paola se encontraba en “el punto” en el cual trabajaba junto a sus otras compañeras, entre ellas Kenya. Un Nissan gris se acercó, el conductor preguntó el precio de sus servicios. Sólo estaba dispuesto a pagar 200 pesos. Kenya se negó, consideró al tipo sospechoso y la paga no le pareció justa. Paola decidió subir. Kenya siguió el auto con la mirada y minutos después escuchó que su compañera pedía su ayuda. Se escucharon detonaciones. Al llegar corriendo al auto, Kenya observó que el feminicida empujó el cuerpo todavía agonizante de Paola hacia la ventana del copiloto.

Kenya buscó ayuda e interceptó a una patrulla que estaba cerca. Era una patrulla perteneciente a la Secretaría de Seguridad Pública. Los elementos detuvieron a Arturo Felipe Delgadillo Olvera, que aún se encontraba en el auto con el arma: una pistola semiautomática, italiana, 9mm, fabricada por Pietro Beretta, una de las empresas armamentísticas en activo más antiguas del mundo.

Arturo Delgadillo balbuceaba su inocencia —“Yo no fui. Yo no fui— hacia la cámara del celular que Kenya utilizaba para grabar lo ocurrido. Delgadillo trabaja como escolta del empresario Jaime Aldape, que cuenta con licencia para portar un arma.

Según la Secretaría de la Defensa Nacional (SEDENA), el trámite para obtener esta licencia tiene un costo de 2 mil 124 pesos. Algunos de los requisitos son:

1. Enviar solicitud

2. Carta de modo honesto de vivir firmada por el titular de la institución o el titular del lugar de trabajo del solicitante.

3.Certificado médico y psicológico para demostrar que el solicitante cuenta con sanidad en todas sus facultades.

4.Carta de antecedentes no penales.

5.Certificado toxicológico demostrando el no consumo de drogas, enervantes o psicotrópicos.

El acreditamiento quedará siempre a criterio de la SEDENA.

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El tráfico está detenido; el sol, en uno de sus puntos más altos. Se escuchan gritos y el sonido de los cláxones reclamando el paso. La gente se acerca a ver qué pasa.

Entre 20 y 30 personas que bloquean la avenida Insurgentes gritan: “¡Queremos al asesino!”.

Lo que parecía haber sido un logro de parte del Poder Judicial en el momento de la detención de Delgadillo se desplomó en cuestión de días. El juez Gilberto Cervantes Hernández puso en libertad al presunto culpable. Argumento oficial: falta de pruebas.

A los policías de tránsito se les salió de control la situación. Aparecieron los medios de comunicación. Sus preguntas rebotan entre el ataúd y una mujer que mide no menos de metro ochenta. Con una voz rasposa se presenta como Kenya Cuevas. “Hubo mucha incapacidad por parte del Ministerio Público”. Su rostro, sobre todo los ojos, develan el desgaste de los últimos días. Aun así, su cuerpo sigue firme. Tiene un torso tonificado y esbelto que transmite fuerza que pareciera inagotable.

“Por respeto, no le hubieran dejado libre”, escribió alguna persona de la multitud sobre una cartulina. Repentinamente se abrió una pequeña brecha entre las manifestantes y un metrobús quiso aprovechar el movimiento para pasar. Kenya se interpuso tenazmente frente a éste, exigiéndole el alto. Acostada en el asfalto, reiteró que no se movería hasta tener una respuesta de la Delegación Cuauhtémoc. Las peticiones eran claras: que se vuelva a abrir el caso, que se hagan los peritajes adecuados, incluyendo todas las evidencias faltantes en el expediente oficial, las grabaciones de cámaras de vigilancia de la sucursal Nissan que estaba frente al lugar del asesinato. Que se haga justicia.

Media hora más tarde llega el cuerpo de granaderos. Con sus escudos y cuerpos protegidos les fue fácil orillar a las manifestantes.

“¡Ayúdenos, compañeras!”, grita una mujer. Ocho personas, rodeadas por los medios de comunicación, cargan el ataúd, convirtiéndole en ariete para romper la fila de los granaderos. No funciona.

Cambio de plan. Vuelven a meter el ataúd a la carroza y suben al camión que presta servicios a la funeraria.

La situación es frenética. Una niña de aproximadamente cuatro años está sentada silenciosamente en uno de los asientos. Por la ventanilla observa a la fila de granaderos cercando el camión.

Próxima parada: Delegación Cuauhtémoc. Las compañeras de Paola exigen tener una reunión con el juez responsable. No está, o no tiene tiempo, según algún encargado. Insisten. Por fin, se les permite tener una plática con la Fiscalía Descentralizada que llevó a cabo la investigación del caso.

Afuera, Daniel Torres está recargado en una pared. Dice que era amigo de Paola. Dos horas antes del asesinato habían platicado. “Me mandó a la chingada”, dice sonriendo. Cuenta que no es la primera vez que matan a una persona trans, pero que los casos siempre quedan impunes. “Nunca han agarrado a nadie. Éste es el primero que detienen y ahora lo ponen en libertad”.

Paola era “cariñosa, sencilla, amable, humilde”, narra Elizabeth Mendoza Martínez en la sala de espera de la Fiscalía. “Existen prejuicios contra la población trans. Si hubiera sido al revés, sería distinto. El juez se lavó las manos”, sentencia ella, aparentemente agobiada. Afuera de la Fiscalía cuentan que Arturo Felipe Delgadillo Olvera andaba dando vueltas en su auto por la zona desde las 22:00hrs. Iba desvestido del torso y se presume decía a las trabajadoras sexuales: “Miren, les tengo un regalo”, mostrándoles su pistola.

Saliendo de la reunión con el encargado de la Fiscalía Descentralizada, Kenya anuncia los acuerdos. La Fiscalía se comprometió a brindarles medidas de seguridad para garantizar la integridad física de las personas que habían declarado y que son testigos. A entregar el expediente y a aceptar una apelación del mismo. Kenya añadió enérgicamente: “¡El trabajo sexual es un trabajo, el homicidio un delito!”.

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Ya es miércoles. Desde la funeraria Rudiño, ubicada en avenida Eduardo Molina, compañeras, amigos y personas cercanas a Paola se despiden de ella. Afuera de la funeraria cartulinas exclaman justicia, apelan a sus derechos y acusan al Ministerio Público de haber sido comprado para liberar al feminicida.

Adentro, en el primer piso se empieza a escuchar bullicio. Entre canciones, llantos y risas, la gente recuerda a Paola y lo sucedido en las últimas horas. Su cuerpo se encuentra ahí, en una caja color azul rodeada de flores. Hay quienes se acercan a platicar con ella, la miran a través del vidrio que las separa. Se le ve un rostro tranquilo. Sus compañeras la maquillaron y vistieron para aquella ocasión. Descansará en el Panteón de San Lorenzo Tezcono, en Iztapalapa.

Hay pollo, tortillas y huaraches. La comida se coloca al centro, se comparte. Se celebra la vida en el vaivén de la muerte. También hay anís, mucho anís. El olor de éste se impregna en los muebles mezclado con el humo de lo que se fuma en esa sala.

No faltan los medios de comunicación. Algunos que han acompañado desde el inicio, otros que apenas llegan; sólo quieren su entrevista rápida, largarse pronto y nunca más volver. La rapiña del dolor ajeno se hace presente.

Ha llegado el momento de partir.“Ya déjala ir”, dice una mujer a Kenya. Sacan el ataúd de la funeraria y empieza el camino a Iztapalapa. Abriendo paso va la camioneta que lleva el cuerpo de Paola y detrás le sigue el camión con 26 pasajeros.

El camino parece una excursión. El ambiente se llena de porras, bailes y canciones. En el cementerio la sobriedad retorna. Empieza el camino luctuoso, once compañeras cargan la caja de Paola desde la entrada hasta donde será su tumba. El sol nuevamente está en el cenit. Consignas, versos, el padre nuestro y el ave maría acompañan el traslado.“¡Queremos al homicida tras las rejas!”.

Se acerca un trío y empieza a tocar la guitarra, el acordeón y el contrabajo. Con canciones de despedida —„Te vas ángel mío”, “Amor eterno” y “Puño de tierra”, el grupo avanza entre tumbas y polvo. Kenya echa un chorro de anís sobre el ataúd. “¡Ahí te va!”. Una mujer con voz entusiasta “¡Ánimo, ánimo, se hará justicia!” exclama a la mitad del camino.

Llegando a la tumba vacía de Paola hay dos entierros más. En esta ciudad ni siquiera hay privacidad para despedir a tus seres queridos.

Abren el ataúd, se inclina Kenya y dice a los oídos ya sordos de su amiga promesas que habrá que cumplir. Una mujer con lentes oscuros y cubrebocas señala hacia las demás: “¡Sullivan está también con ustedes!”.

Kenya y Abigail agradecen en nombre de los familiares de Paola. No pudieron acompañarles, pero aseguran desde Campeche que no es un adiós sino un hasta pronto.

Kenya se proclama como la voz en México de las mujeres transgénero.

Estamos hartas de estos crímenes que se quedan en el escritorio. Se va a denunciar cada acto de violencia y transfobia, cada uno lo vamos a hacer público para que vean que estos casos son reales. Los vamos a denunciar no con nuestros nombres de hombre sino como mujeres transgénero.

Pide a los músicos “El cielo rojo”.

Paola puso su vida en estos casos de transfobia. Puso su vida como evidencia, para que vean lo que sufrimos.

Trabajadores del panteón bajan cuidadosamente el ataúd a su nuevo lugar de descanso. Flores y más anís caen encima. Una cartulina con dos fotos de Paola y el nombre del asesino acompañan la caja. La tierra cubre poco a poco lo que germinará en la evidencia de la transfobia y la visibilización de otro grupo violentado.

Paola, en donde quiera que estés, cuídanos.

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