Ahora todos podemos dirigir, tomando la valentía de nuestros antepasados. Hablo para todos los habitantes de esta tierra; para los que viven por donde sale el Sol: shuar, guaraní, secoya, siona, cofán. Para los que viven en las montañas y para los que viven donde se oculta el Sol. Para los cayapas rojos, que aman los árboles, para los miles que viven en nuestra Patria, para los blancos y los negros, para todos los que han venido de lejos. Ayudándonos entre todos seguiremos hacia adelante. No sólo de boca, hablando al aire. Avanzaremos haciendo lo que pensamos hasta terminar con la pobreza. Sólo así alcanzaremos la libertad.”

Fueron las palabras, pronunciadas en quechua, con las que Jaime Roldós inició su discurso de toma de posesión como Presidente de Ecuador el 10 de agosto de 1979. Era la lengua de casi un tercio de la población, la lengua mayoritaria de los indígenas de Ecuador, y sin embargo, en aquél recinto lleno de la élite política y económica, nadie la hablaba.

Roldós fue el primer presidente electo democráticamente en Ecuador desde que los militares tomaron el poder en 1972. El día que inició su gobierno, había dictaduras en Argentina, Bolivia, Perú, Chile, Paraguay, Uruguay, Brasil, Honduras, Guatemala y El Salvador. La de Somoza, en Nicaragua, había terminado 20 días antes con el triunfo de la revolución sandinista.

En ese contexto, inició un gobierno que cobijó a los perseguidos políticos de las dictaduras que lo rodeaban y pretendió posicionarse como el principal defensor de los derechos humanos en la región. En medio de múltiples crisis internas, fruto de la inestabilidad política a la que la oposición y los militares orillaron al país, así como de una tensa relación con el gobierno de Ronald Reagan, Roldós y su mujer fallecieron en un accidente aéreo el 24 de mayo de 1981.

En la lógica de los simbolismos, el que Roldós iniciara su gobierno dirigiéndose a los pueblos originarios de su país representaba una ruptura con el orden establecido. El verbalizar desde la más alta tribuna de la Nación la deuda que el Estado y la sociedad tiene con los marginados, naturalmente puede incomodar a los estructuralmente fuertes, aquellos que se benefician del olvido.

En México, existe la imperiosa necesidad de que el proceso electoral de 2018 cuente con actores que propicien una conversación sobre la dimensión de lo arrancado durante los años de la guerra y la barbarie; que verbalicen hacia dónde nos dirigimos como Nación si lo único que hemos sembrado desde 2006 han sido cuerpos. Hasta hace poco esa posibilidad era nula. Entre un partido en el gobierno que defenderá con cifras lo que no puede comprobar en las calles, una derecha calderónica que nos invitará a seguir olvidando y proteger privilegios, y una izquierda obtusa que promete amnistía a la impunidad, el abanico de opciones resulta desolador.

La irrupción de la potencial candidatura de una mujer indígena a la presidencia de la República, impulsada por los zapatistas, abre la posibilidad de hablar de lo arrancado desde la raíz, empezando por aquellos que no piden nada más que memoria, reconocimiento, justicia. Estamos también ante la oportunidad de que la generación de votantes jóvenes a los que la causa zapatista no les dice mucho, adquiera otro significado, una nueva apreciación de la magnitud de los problemas del país. El joven millenial debe ubicar que los noventas no sólo fueron cuando sus papás le regalaron el Súper Nintendo, sino que ahí también se gestaron la inmensa mayoría de las atrocidades que hoy padecemos.

Premonitoriamente, hace unos meses Emiliano Ruiz Parra hacía notar la falta que hacía una voz como la del Subcomandante Marcos que nos recordara que la política no se trata sólo de sumisión (http://bit.ly/2eldWTU ). Ahora, los zapatistas nos han regresado la esperanza de dar la batalla para, al igual que Jaime Roldós lo intentó, llevar a los recintos de poder la voz de los marginados, cambiar las balas por palabras y poner sobre la mesa lo arrancado. Dejarlos solos sería abandonarnos a nosotros mismos.

Por Rodolfo Castellanos

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