Ilustración de la serie ‘muros rondando’ 

La puedo recordar muy bien frente al lavadero, a un lado de aquel durazno al final del patio, echándose agua en la cara, con falda, blusa de manga corta y botones, su cabello entrecano que no le llegaba a los hombros con un brochesito de cada lado, esa imagen de doña Otilia, en el patio, en su casa, la casa de la colonia Juárez, donde crecí hasta casi mis 9 años, espero poder recordar siempre aquellos años, cuando dormíamos en el cuarto de en medio, cuantas veces escuche antes de dormir su oración «bendigo mi cama de canto a canto» y otras más, ponía una silla de madera color azul a un lado de la cama, en ella el arnica y la pomada de la campana y una veladora, el olor del café que me preparaba en la tacita verde, en un tiempo mi abuela no fue una mujer fácil, se hacía presente con su carácter y palabras fuertes, en forma de regañar, olvídate de correr en la cocina mientras lavaba los trastes o tostaba Chile.

Quiero siempre recordarla caminado a la tienda, con su bolsa de red, con su pañoleta, dándole leche a la gata en una latita de atún, tostando Chile en su estufa blanca, arreglándose cuando iba a cobrar su pensión, espantando los perros del porche, refunfuñando con los vecinos que echaron la pelota al techo o al patio, regando sus malvones y geranios en latas y tinas de café combate.

Luego mi abuela se hizo dulce, paso de llevar las riendas de la casa, a disfrutar de sentarse a ver la tele, a los Sábados escoger lo que íbamos a cenar, a esperar los Sábados que yo o mi mamá le lleváramos un jamonsillo, quizá un dulce de guayaba de la gota de miel, a que la bañáramos seguido, le pusiéramos pañal, a platicar más frecuentemente de Pancho Villa y de su hermano que andaba con los dorados de Villa, a confundir a los miembros de la familia que no veía diario, a decir cosas graciosas y ser mucho muy cariñosa y reírse a carcajadas cuando veíamos todos la tele los sábados por la madrugada sentada arriba de la cama, paso a esperar a que Javier le diera su café de las 7 de la mañana, su pan tostado y su traguito de leche para que se le fuera el sabor del café y luego uno de agua para que se le fuera el sabor de la leche.

He pintado las paredes color azul por que ese azul me recuerda la casa de la Juárez, su cocina y el plato con la virgen de Guadalupe que tenía colgado en la pared y a un sueño donde estamos agarradas de la mano, he comprado la colcha morada con lila que me pidió el día antes de ir al hospital a morir, y le pongo sus chiles rellenos en la ofrenda que le hago el día de muertos, aún guardo su mirada que me siguió y me sigue cuando la deje con un poco de vida cuando salí de su cuarto en el hospital y el abrazo que le di a su cuerpo que ya no vivía, y me guardó todos sus «te quiero mucho» y su «¿cómo no te voy a querer si te críe desde chiquita y cabías en una caja de zapatos?»

Y como esa canción que tocaron cuando falleció, «olvídate de todos, menos de mi» lo cumplo y no la olvido, y cuando viene a mis sueños sé que ella no me olvida tampoco.

Algunas veces mi abuelita le agradeció a mi mamá por convertirse en su madre, y se lo decía a las
visitas, Velia ya es mi madre, me da de comer y hasta me cambia el pañal, nos hacia mucho reír con sus ocurrencias.

Mi mamá ahora también es abuela, un día será un poco más como Doña Otilia y yo ahora cuando me veo en el espejo veo un poco cada vez a mi mamá.

 Por Velia de la Cruz

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