Lucha Reyes: La Reina del Mariachi (I)

Para Lumi

Mi infancia la viví en el barrio. Puedo decir orgullosamente y sin pena alguna que tuve la fortuna de pertenecer al barrio aunque haya sido por un instante. Y es que en el barrio uno se empapa de diversidad cultural: desde el caló empleado para comunicarse entre sí y que aún utilizo (aunque luego nadie me entiende), hasta el estilo de vida en el que hay que sortear la adversidad pero también llevársela tranquila, leve.

Dentro de esa variedad formativa o educativa encontré el conocimiento de la música, a la cual no puedo dejar de escuchar. Inconscientemente tuve acceso a una cantidad enorme de géneros musicales, porque, como dice el gran Catón (escritor y cartonero del periódico El Metro y Reforma de la Ciudad de México), si ya lo notaron mis tres queridos lectores, lo mío, lo mío es el rock en todas sus ramificaciones, vertientes y demás hierbas, sin embargo, no le hago el feo a otras corrientes sonoras auténticas, y con autenticas me refiero a aquellas que se tocan con instrumentos musicales de verdad y que realizan composiciones propias, porque, como mucha gente le hace, “si me gusta la escucho aunque sea a escondidas, y si no, pues no la escucho, la dejo pasar y ya”. Eso es lo que hago, porque, como muy soy amor y paz, simplemente no me pongo a criticar y ya.

Una de los géneros musicales a los cuales estuve ligado desde pequeño fue la música ranchera, pero aquella que se debe escuchar con tequila en mano, esa que los verdaderos hombres cuando se juntan escuchan y lloran. Sonaba desde las modestas habitaciones de las vecindades en las que viví, donde, cosa curiosa, como si se hablara un solo idioma o se tocara una sola canción, destacaba la música ranchera, junto con la cumbia, el rocanrol y las baladas románticas (los cuatro jinetes de mi apocalipsis musical), todo escuchado a exceso de decibeles. Las rancheras también me llegaron gracias a la familia, ya que mi abuelo materno tocaba en un mariachi, aunque no se ponía el traje y el sombrero. Siempre iba bien arregladito a tocar con sus comparsas al centro del pueblo, a deleitar con esos bellas notas de la también llamada música vernácula a la gente que se daba cita los sábados y domingos para realizar actividades recreativas, de sana convivencia y, cómo no, hasta romántica, como suele ser en los Pueblos Bonitos, hermosos, como Ario de Rosales Michoacán.

Locadio (mi abuelo), llamado también cariñosamente Lucas, tocaba el violín. Yo lo vi varias veces de la mano de Lumi, mi mamá, cuando íbamos a visitarlos. Era obligatorio asistir a esos recitales, verlo ejecutar el instrumento en forma virtuosa. Yo saboreaba algún dulce de la región mientras la autora de mis días, derramando una que otra lagrima, veía y escuchaba orgullosa a su papá.

Mi madre cuenta que en su niñez solía acompañarlo a sus ensayos o a lugares donde interpretaban sus melodías. Como una hija/o curiosa que gusta de asistir al trabajo de su padre, lo observaba callada, con sus ojitos abiertos, y de tanto seguirlo a sus presentaciones se aprendió de memoria las canciones del repertorio, y de vez en cuando, papá al violín e hija en la voz, las interpretaban nada más por el puro gusto allá en aquel pueblito; canciones que mi jefa lleva en el corazón y que hicieron por lógica que se convirtiera en fanática de la música ranchera, en especial de una intérprete de la cual tuvo el gusto de compartirnos y de la que hoy hablaré con mucho gusto en esta la columna de todos ustedes…

Esta historia comienza un viernes 23 de mayo del 1906. En Tlaquepaque, Jalisco, nace una niña regordeta, la cual fue registrada con el nombre de María de la Luz Flores Aceves. En aquel entonces era una niña común y corriente, una niña más en aquel México de principios de siglo, de principios de todo: de la modernidad, de los cambios, todo esto bajo el aura del régimen de Porfirio Díaz. Esa niña desconocida se convertiría en una cantante que le dio un giro de 360 grados a la interpretación clásica de la música popular mexicana, imprimiéndole un sello muy particular al cantarla bajo el nombre artístico de Lucha Reyes.

Lucha Reyes

¿Y cómo adoptó este nombre que le dio la vuelta al mundo? Gracias a su medio hermano, Manuel Reyes, el cual era el único que tenía y al que se aferró y con el que se encariñó bastante, pues era el único que la quería, que la escuchaba, que la defendía; su mamá le pegaba y la maltrataba por cualquier cosa. Con este escenario (la agresividad de su mamá, problemas económicos, las revueltas de aquella época con sus dosis de plomazos que pasaban zumbando), Lucha pasó sus primeros años de vida en Guadalajara. Ahí le ocurrió un hecho que a la fecha (cosa más gacha) no ha tenido explicación médica y psicológica.

Resulta que debido al maltrato de doña Victoria (que así se llamaba su madre), la pequeña Luz, a los cuatro años de vida, de pronto y de la nada, así nomás, se quedó sin voz, como si así hubiera nacido. Si ustedes no lo creen, pues yo tampoco, porque no es posible que la artista a la que su voz lanzaría a la fama haya padecido este pequeño incidente, tan pequeñísimo que le duró dos años y pico, pero esa es la verdad. La señora Victoria se justificaba diciendo que porque sus baños de tina no eran dados a tiempo, que la niña tenía la culpa, que si su trabajo que la absorbía y que tenía que dejarla sola, etc. Pero bien que descargaba su ira y frustración con ella, porque pensaba que la pequeña María de la Luz lo hacía por berrinche. Y por si fuera poco, la gente cercana comenzó a llamarla “La mudita”.

Con todo esto a cuestas, los problemas económicos y las vicisitudes, la familia dejó Guadalajara y se fueron a vivir a la capital, a la colonia Morelos, con una hermana de doña Victoria. Ahí Lucha y su hermano encontraron un cambio radical en las muestras de afecto, ahora enormes para ellos, y es ahí donde por fortuna Lucha recupera la voz en una carcajada, como si hubiera sido desencantada de un embrujo, como un cuento de hadas que apenas comienza.

Por Alex Fulanowsky

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