¿Qué piensa del fin el último de los poetas malditos?

Por Charles Bukowski

2 de octubre de 1991. 23:03hrs

La muerte les llega a los que esperan y también a los que no.

Un día hirviente hoy, un día hirviente y estúpido. Salí de Correos y el coche no arrancaba. Bueno, yo soy un buen ciudadano. Pertenezco a una asociación de ayuda en carretera. De modo que necesitaba un teléfono. Hace 40 años había teléfonos en todas partes. Teléfonos y relojes. Siempre podías mirar a algún sitio y ver la hora que era. Eso se acabó. Ya no te dan la hora gratis. Y los teléfonos públicos están desapareciendo.

Seguí mis instintos. Entré a Correos, bajé por las escaleras y allí, en un rincón oscuro, solitario y sin anunciar, había un teléfono. Un pegajoso y sucio y oscuro teléfono. No había otro en tres kilómetros a la redonda. Sabía cómo manejar un teléfono. Tal vez. Información. Oí la voz de la operadora y me sentí a salvo. Era una voz tranquila y aburrida que me preguntó qué ciudad quería. Le di el nombre de la ciudad y de la asociación de ayuda en carretera. (Tienes que saber cómo hacer todas estas pequeñas cosas, y tienes que hacerlas una y otra vez, o estás muerto. Muerto en la calle. Ni atendido ni deseado.) La señorita me dio un número, pero era el número equivocado. Era el del departamento comercial. Luego me pusieron con el taller. Una voz viril, relajada, cansada pero combativa. Estupendo. Le di la información. “30 minutos”, me dijo.

Volví al coche, abrí una carta. Era un poema. Dios. Hablaba de mí. Y de él. Nos habíamos cruzado, al parecer, un par de veces, hacía unos 15 años. Él me había publicado también en su revista. Yo era un gran poeta, decía, pero bebía. Y había vivido una vida miserable y arrastrada. Ahora los poetas jóvenes bebían y vivían vidas miserables y arrastradas porque creían que así era como se hacía. Además, yo había atacado a otras personas en mis poemas, incluyéndolo a él. Y me había imaginado que él había escrito poemas nada halagadores sobre mí. No era cierto. Él era en realidad una buena persona; decía que había publicado a muchos otros poetas en su revista durante 15 años. Y yo no era una buena persona. Yo era un gran escritor pero no era una buena persona. Y él nunca hubiera sido “colega” mío. Eso es lo que decía: “colega”. Y cometía continuas faltas de ortografía. La ortografía no era su fuerte.

Hacía calor en el coche. Estábamos a 38 grados, el primero de octubre más caluroso desde 1906.

No iba a contestar aquella carta. El tipo me volvería a escribir.

Otra carta de un agente, adjuntándome el original de un escritor. Le eché un vistazo. Muy malo. Por supuesto. “Si tienes alguna sugerencia sobre el manuscrito, o algún contacto editorial, le agradeceríamos mucho…”.

Otra carta de una mujer que me daba las gracias por enviarle cuatro líneas a su marido, y un dibujo, a petición de ella, que le había hecho muy feliz. Pero ahora estaban divorciados, y ella trabajaba por su cuenta, y que si podía venir a hacerme una entrevista.

Recibo solicitudes de entrevistas dos veces a la semana. Pero no hay demasiado de que hablar. Hay muchas cosas de las que escribir, pero no de las que hablar.

Recuerdo una vez, en los viejos tiempos, que me estaba entrevistando un periodista alemán. Yo lo había llenado de vinos hasta arriba, y le había hablado durante cuatro horas. Cuando terminamos, se inclinó ebriamente hacia mí y me dijo: “No soy entrevistador. Sólo quería una excusa para verle…”.

Eché el correo a un lado y me quedé allí sentado, esperando. Luego vi la grúa. Un tipo joven, sonriente. Un chaval simpático. Claro.

—¡EH, HOMBRE! —le grité—. ¡ES AQUÍ!

Entró de reversa con la grúa y me bajé del coche y le expliqué el problema.

—Remólcame hasta el taller de Acura —le dije.

—¿Sigue su coche en garantía? —me preguntó.

Sabía de entrada que no. Estábamos en 1991, y era un modelo de 1989.

—No importa —dije—. Remólcame hasta el concesionario de Acura.

—Tardarán bastante en arreglarlo, puede que una semana.

—Qué va. Son muy rápidos.

—Oiga, mire —dijo el chico—, tenemos nuestro propio taller. Podemos llevar el coche hasta allí, y a lo mejor arreglarlo hoy mismo. Si no, le tomamos nota y le llamamos lo antes posible.

Ya estaba viendo mi coche metido una semana en el taller. Para que luego me dijeran que había que cambiar la transmisión. O la junta de culata.

—Remólcame hasta el taller de Acura —dije.

—Espere —dijo el chico—. Primero tengo que llamar a mi jefe.

Esperé. El chico regresó.

—Me ha dicho que le dé batería.

—¿Qué?

—Que le dé batería.

—Bueno, muy bien. Vamos allá.

Me metí en el coche y lo dejé rodar hasta la parte de atrás de la grúa. El chico conectó los cables y el coche arrancó a la primera. Le firmé los papeles y se marchó y luego me marché yo…

Luego decidí dejar el coche en el taller de la esquina.

—A usted le conocemos. Viene aquí desde hace años —me dijo el encargado.

—Muy bien —le dije, y sonreí—. Así que no me den el palo.

El encargado se limitó a mirarme.

—Denos 45 minutos.

—De acuerdo.

—¿Quiere que le llevemos a algún sitio?

—Sí, gracias.

El encargado señaló con el dedo.

—Él lo llevará.

Un chico simpático, allí de pie. Fuimos hasta su coche. Le expliqué por dónde tenía que ir. Nos pusimos en marcha y subimos la cuesta.

—¿Sigue haciendo películas? —me preguntó el chico.

Yo, como notarán, era una celebridad.

—No —dije—. Que le den por el culo a Hollywood.

Eso no lo entendió.

—Para aquí —dije.

—Vaya, qué casa más grande.

—Es sólo donde trabajo —dije.

Era verdad.

Me bajé del coche. Le di 2 dólares al chico. Protestó, pero me los aceptó.

Subí por el callejón de entrada de mi casa. Los gatos estaban tirados por el suelo, ajenos a todo. En mi próxima vida quiero ser gato. Dormir 20 horas al día y esperar que me den de comer. Estar tirado todo el día, lamiéndome el culo. Los humanos son demasiado miserables e iracundos y monotemáticos.

Subí y me senté delante de la computadora. Es mi nuevo consolador. Mi escritura se ha duplicado en potencia y rendimiento desde que lo tengo. Es una cosa mágica. Me siento delante de él como la mayoría de la gente se sienta delante del televisor.

“No es más que una máquina de escribir glorificada”, me dijo una vez mi yerno.

Pero él no es escritor. No sabe lo que es que las palabras le hinquen el diente al espacio, y se encienda; que los pensamientos que te pasan por la cabeza se puedan convertir inmediatamente en palabras, que a su vez desencadenan más pensamientos, seguidos de más palabras. Con una máquina de escribir es como andar atravesando fango. Con una computadora es como patinar sobre hielo. Es un estallido de fuego. Claro que si no tienes nada dentro, da igual. Y luego está el trabajo de limpieza, correcciones. Qué demonios, yo antes tenía que escribirlo todo dos veces. La primera vez para ponerlo en el papel, y la segunda para corregir los errores y las meteduras de pata. Pero de esta manera se convierte en una sola carrera, llena de diversión, de gloria y de escapatoria.

Me pregunto cuál será el siguiente paso después de la computadora. Probablemente nos limitaremos a ponernos los dedos en las sienes y saldrá una masa perfecta de palabras. Por supuesto, habrá que llenar el depósito antes de arrancar, pero siempre habrá unos cuantos afortunados que lo puedan hacer. O eso esperamos.

Sonó el teléfono.

—Es la batería —me dijo el del taller—. Necesitaba una batería nueva.

—¿Y si no le puedo pagar?

—Entonces nos quedaremos con su rueda de repuesto.

—Voy para allá enseguida.

Cuando salía de casa oí la voz de mi anciano vecino. Me estaba gritando. Subí al porche de su casa. Llevaba puesta su pijama y una vieja camiseta gris. Me acerqué a él y le estreché la mano.

—¿Quién es usted? —me preguntó.

—Soy su vecino. Llevo 10 años aquí.

—Yo tengo 96 —dijo.

—Ya lo sé, Charley.

—Dios no me lleva con él porque tiene miedo de que le quite el empleo.

—Podría hacerlo.

—Y podría quitarle el empleo al diablo también.

—Sí, podría.

—¿Y usted? ¿Cuántos años tiene?

—71.

—¿71?

—Sí.

—Es viejo también.

—Ah, ya lo sé, Charley.

Nos dimos la mano y bajé de su porche y luego bajé por la cuesta, pasando junto a las plantas cansadas, las casas cansadas.

Me dirigía a la estación de servicio.

Otro día pateado en el culo.

***

20 de octubre de 1991. 12:18hrs

Ésta es una de esas noches en las que no hay nada. Imagínense que fuera siempre así. Vacío. Apático. Sin luz. Sin danza. Sin asco siquiera.

De esta manera, uno ni siquiera tiene el buen sentido de suicidarse. La idea ni se le ocurre.

Te levantas. Te rascas. Bebes un poco de agua.

Me siento como un perro callejero en julio, sólo que estamos en octubre.

De todas formas, he tenido un buen año. Montones de páginas descansan en las estanterías, a mis espaldas. Escritas desde el 18 de enero. Es como si un loco anduviera suelto. Ningún hombre que estuviera bien de la cabeza escribiría tantas páginas. Es una enfermedad.

Este año también ha sido bueno porque he cortado más que nunca las visitas. Aunque una vez me engañaron. Un individuo me escribió desde Londres diciéndome que había sido profesor en Soweto. Y que cuando les había leído a sus alumnos algunas cosas de Bukowski, muchos habían mostrado un gran interés. Niños negros africanos. Eso me gustaba. Siempre me gustan las cosas a distancia. Más adelante, el hombre ese me escribió y me dijo que trabajaba para The Guardian, y que le gustaría pasarse a hacerme una entrevista. Me pidió el número de teléfono, por correo, y se lo di. Me llamó. Me sonó bien. Fijamos una fecha y una hora y ya estaba listo.

La noche y la hora llegaron y allí lo teníamos. Linda y yo le servimos vino y empezó. La entrevista parecía ir bien, sólo que era un poco brusca, extraña. Él me hacía una pregunta y yo se la contestaba, y luego él se ponía a contar alguna experiencia que había tenido, relacionándola más o menos con la pregunta y con la respuesta que yo le había dado. El vino seguía corriendo y la entrevista se había terminado. Seguimos bebiendo, y él habló de África, etc. Su acento empezó a cambiar, a alterarse, a hacerse, creo yo, más grosero. Y parecía estar poniéndose más y más estúpido. Se estaba transformando delante de nosotros. Se puso a hablar de sexo y ya no cambió de tema. Le gustaban las chicas negras. Yo le dije que no conocíamos a muchas, pero que Linda tenía una amiga mexicana. Entonces se disparó. Empezó a decirnos que le encantaban las chicas mexicanas. Tenía que conocer a aquella mexicana. A toda costa. Le dijimos que bueno, que no sabíamos si podría ser. Él siguió y siguió con lo mismo. Estábamos bebiendo vino bueno, pero su cabeza se comportaba como si estuviera pulverizada por whisky. Muy pronto la cosa se redujo a “Mexicana… Mexicana… ¿Dónde está esa chica mexicana?”. Se había disuelto por completo. No era más que un descerebrado y babeante borracho de tugurio. Le dije que la velada había terminado. Yo tenía que ir al hipódromo al día siguiente. Lo condujimos hasta la puerta. “Mexicana, Mexicana…”, decía.

—Nos enviará una copia de la entrevista, ¿verdad? —le pregunté.

—Por supuesto, por supuesto —dijo—. Mexicana…

Cerramos la puerta y desapareció.

Luego tuvimos que seguir bebiendo para olvidarnos de él.

Eso fue hace meses. Jamás nos llegó ningún artículo. El tipo no tenía nada que ver con The Guardian. No sé si realmente llamó de Londres. Probablemente llamaría de Long Beach. La gente usa le truco de la entrevista para meterse en la casa. Y como las entrevistas no se suelen pagar, cualquiera puede presentarse en la puerta con un magnetófono y una lista de preguntas. Una noche apareció un tipo con acento alemán con una grabadora. Afirmaba trabajar para una publicación alemana con una tirada de millones de ejemplares. Se quedó durante horas. Sus preguntas parecían estúpidas, pero yo me abrí, intentando darle respuestas animadas e interesantes. Debió de grabar tres horas de conversación. Bebimos y bebimos y bebimos. Pronto empezó a caérsele la cabeza hacia delante. Bebimos hasta dejarlo fuera de combate, y aún estábamos dispuestos a seguir. Organizar una fiesta de verdad. La cabeza le caía sobre el pecho. Le caían hilillos de baba por las comisuras de la boca. Lo sacudí. “¡Eh! ¡Eh! ¡Despierta!”. Se despertó y me miró. “Tengo que confesarle una cosa”, me dijo. “No soy entrevistador, sólo quería venir a verlo”.

También ha habido épocas en que han conseguido liarme fotógrafos. Afirman estar bien conectados, te envían muestras de su trabajo. Aparecen con sus pantallas y sus fondos y sus flashes y sus ayudantes. Tampoco vuelves a saber nada de ellos. Quiero decir, nunca te envían ni una foto. Ni una. Son los mayores mentirosos. “Le enviaremos el reportaje completo”. Uno de ellos me dijo una vez: “Le enviaré una copia de tamaño natural”. “¿Qué quiere decir?”, le pregunté. “Una foto de dos metros por metro y medio”. Eso fue hace un par de años.

Siempre he dicho que la obligación de un escritor es escribir. Si estos farsantes e hijos de puta consiguen calzármela es por mi culpa. He terminado con todos ellos. Que vayan a joder a Elizabeth Taylor.

***

22 de octubre de 1991. 16:41hrs

La vida peligrosa. He tenido que levantarme a las 8 de la mañana para darles de comer a los gatos porque el técnico de Westec Security había quedado en venir a las 8:30 para empezar a instalarme un sistema de seguridad más sofisticado. (¿Era yo el que solía dormir encima de cubos de basura?)

El técnico de Westec Security llegó exactamente a las 8:30. Buena señal. Lo llevé por la casa indicándole ventanas, puerta, etc. Bien, bien. Les iba a conectar cables, iba a instalar detectores de roturas de cristal, emisoras de ondas bajas y de ondas cruzadas, aspersores de extinción de incendios, etc. Linda bajó a hacerle algunas preguntas. Se le da mejor que a mí.

Yo sólo pensaba una cosa: “¿Cuánto tiempo va a llevar esto?”.

—Tres días —dijo el técnico.

—Dios —dije. (Dos de esos días estaría cerrado el hipódromo).

Así que cogimos un par de cosas y dejamos al técnico allí, diciéndole que volveríamos pronto. Teníamos un vale de regalo de 100 dólares para los almacenes I. Magnin que alguien nos había regalado por nuestro aniversario de boda. Y yo tenía que ingresar un talón de derechos de autor. Así que nos marchamos al banco. Firmé el talón por detrás.

—Me gusta mucho su firma —dijo la chica.

Otra chica se acercó y miró la firma.

—Su firma cambia constantemente —dijo Linda.

—Me paso la vida firmando libros —dije.

—Es escritor —dijo Linda.

—¿Ah, sí? ¿Qué escribe? —preguntó una de las chicas.

—Díselo —le dije a Linda.

—Escribe poemas, cuentos y novelas —dijo Linda.

—Y un guión —dije—. El borracho.

—¡Ah! —dijo una de las chicas, sonriendo—. Ésa la vi.

—¿Te gustó?

—Sí —dijo con una sonrisa.

—Gracias —dije.

Luego dimos media vuelta y nos marchamos.

—Cuando entramos, oí a una de las chicas decir: “Sé quién es ese señor” —dijo Linda.

¿Lo ven? Éramos famosos. Nos metimos en el coche y fuimos a comer algo al centro comercial, cerca de los almacenes I. Magnin.

Nos sentamos en una mesa y nos comimos unos sándwiches de pavo, con jugo de manzana para beber, y luego tomamos unos capuccinos. Desde la mesa podíamos ver buena parte del centro comercial. El lugar estaba prácticamente vacío. Los negocios iban mal. Bueno, nosotros teníamos un vale de 100 dólares para fundir. Ayudaríamos a la economía.

Yo era el único hombre que había allí. El resto eran mujeres, sentadas a las mesas, solas o en parejas. Los hombres estaban en otra parte. No me importaba. Me sentía seguro con las señoras. Estaba descansando. Mis heridas se estaban cicatrizando. Me iría bien un poco de sombra. No podía pasarme la vida tirándome por precipicios. Quizá después de un descanso pudiera lanzarme al abismo otra vez. Quizá.

Terminamos de comer y fuimos hasta los almacenes I. Magnin.

Necesitaba camisas. Estuve mirando camisas. No encontré ni una maldita camisa que me gustara. Parecían diseñadas por retrasados mentales. Pasé. Linda necesitaba un bolso. Encontró uno con un descuento del 50 por ciento. Costaba 395 dólares. No tenía pinta de valer 395 dólares. Más bien 49 dólares con 50 centavos. Linda también pasó. Había dos sillas con cabezas de elefante en el respaldo. Guapas. Pero costaban miles de dólares. Había un pájaro de cristal, guapo, a 75 dólares, pero Linda dijo que no teníamos dónde ponerlo. Lo mismo ocurría con el pez de rayas azules. Yo me estaba cansando. Mirar cosas me cansaba. Los grandes almacenes me desgastaban y machacaban. No había nada en ellos. Toneladas y toneladas de basura. No me la llevaría ni regalada. ¿No venden nunca nada atractivo?

Decidimos dejarlo para otro día. Fuimos a una librería. Yo necesitaba un libro sobre mi computadora. Necesitaba saber más. Encontré un libro. Fui a la caja. El dependiente registró la cantidad. Pagué con tarjeta. “Gracias”, me dijo. “¿Sería tan amable de firmarme esto?”. Me entregó mi último libro. Ya ven, era famoso. Reconocido dos veces en el mismo día. Dos veces era suficiente. Tres veces o más y ya tienes problemas. Los dioses me estaban poniendo las cosas a punto. Le pregunté cómo se llamaba, escribí allí su nombre, le garabateé una dedicatoria, se la firmé y le hice un dibujo.

Al volver a casa paramos en una tienda de informática. Necesitaba papel para la impresora láser. No tenían. Le agité el puño al dependiente. Aquello me recordó los viejos tiempos. El dependiente me recomendó un sitio. Lo encontramos a la vuelta. Allí encontramos de todo, a precios de saldo. Compré papel de impresora como para durarme dos años, y sobres, bolígrafos y clips. Ahora lo único que tenía que hacer era escribir.

Llegamos a casa. El técnico de la empresa de seguridad se había marchado. El albañil había venido y se había ido. Había dejado una nota: “Volveré a las cuatro”. Sabíamos que el albañil no volvería a las cuatro. Estaba loco. Infancia problemática. Muy trastornado. Pero buen baldosista.

Guardé las compras arriba. Ya estaba listo. Era famoso. Era escritor.

Me senté y puse en marcha el ordenador. Abrí el programa de JUEGOS ESTÚPIDOS. Y empecé a jugar al Tao. Cada vez se me daba mejor. Raras veces me ganaba la computadora. Era más fácil que ganarles la partida a los caballos, pero de algún modo no tan satisfactorio. Bueno, estaría otra vez allí el miércoles. Apostar a los caballos me apretaba las clavijas. Era parte del esquema. Funcionaba. Y tenía 5 mil hojas de papel de impresora que llenar.

***

22 de noviembre de 1991. 12:26hrs

Bueno, mi 71° año ha sido un año terriblemente productivo. Es probable que haya escrito más palabras este año que en cualquier otro año de mi vida. Y aunque el escritor es un mal juez de su propia obra, sigo pensando que mi escritura es tan buena como siempre; es decir, tan buena como la que he producido en mis mejores momentos. Esta computadora que empecé a utilizar el 18 de enero ha tenido mucho que ver con ello. Es sencillamente más fácil registrar las palabras, se transfieren más rápidamente desde el cerebro (o de dondequiera que salga esto) a los dedos, y de los dedos a la pantalla, donde se hacen visibles inmediatamente; nítidas y claras. No es la velocidad en sí misma, sino cómo todo va fluyendo: un río de palabras, y si las palabras son buenas, las dejas correr con soltura. Se acabó el papel carbón, se acabó el tener que volver a teclear los textos. Yo solía necesitar una noche para hacer el trabajo, y luego la siguiente para corregir los errores y los descuidos de la noche anterior. Las faltas de ortografía, los errores de tiempos verbales, etc., se pueden corregir ahora en el texto original, sin tener que volver a teclearlo todo, ni insertar fragmentos ni tachar cosas. A nadie le gusta leer un texto emborronado, ni siquiera al autor. Ya sé que todo esto debe de sonar a tiquismiquis o a exceso de cuidado, pero no lo es; lo que hace es permitir que la fuerza o la suerte que puedas haber engendrado salga claramente a la superficie. Es un gran adelanto, la verdad, y si es así como se pierde el alma, me apunto ahora mismo.

Han habido momentos peores. Recuerdo que una noche, después de teclear durante cuatro largas horas o algo así, sentí que había tenido una asombrosa racha de suerte, y de repente —presioné alguna tecla— hubo un fogonazo de luz azul y las muchas páginas que llevaba escritas se esfumaron. Intenté todo para recuperarlas. Pero sencillamente habían desaparecido. Sí, lo tenía puesto en “Guardar todo”, pero no sirvió de nada. Aquello me había pasado otras veces, pero no con tantas páginas. Y pueden creerme: es una sensación infernal y horrible cuando las páginas se desvanecen. Ahora que lo pienso, he perdido tres o cuatro páginas de mi novela en otras ocasiones. Un capítulo entero. Lo que hice esa vez fue simplemente volver a escribir todo el maldito capítulo. Cuando haces eso, pierdes algo, pequeñas brillanteces que ya no recuperas, pero también ganas algo, porque mientras reescribes te saltas algunas partes que no te convencían del todo y añades otras partes que son mejores. ¿Y entonces? Bueno, en esos casos la noche se alarga mucho. Los pájaros empiezan a cantar. Tu mujer y los gatos creen que te has vuelto loco.

Consulté a algunos expertos informáticos sobre el fogonazo azul, pero ninguno de ellos supo decirme nada. He descubierto que la mayoría de los expertos informáticos no son muy expertos. Ocurren cosas inexplicables que sencillamente no vienen en el manual. Ahora que sé más de computadoras, creo que ya sé de algo que me hubiera permitido recuperar el trabajo que perdí con el fogonazo azul…

La peor noche fue cuando me senté frente a la computadora y se volvió completamente loca y empezó a soltar bombazos, extraños ruidos, a todo volumen, seguidos de momentos de oscuridad, una oscuridad de muerte, y luché y luché pero no pude hacer nada. Luego me fijé en algo que parecía un líquido, endurecido sobre la pantalla y alrededor de la ranura que hay junto “cerebro”, la ranura por donde se insertan los disquetes. Uno de mis gatos había regado semen sobre mi máquina.

Tuve que llevarla al taller. El técnico no estaba, y un vendedor retiró una porción del cerebro; un líquido amarillo le salpicó la camisa blanca y gritó: “¡Semen de gato!”. Pobre tipo. Pobre tipo. Pero bueno, dejé allí la computadora. No había nada en la garantía que cubriera el semen de gato. Prácticamente tuvieron que destripar el cerebro. Tardaron ocho días en arreglarla. Durante ese tiempo volví a usar mi máquina de escribir. Era como intentar romper rocas con las manos. Tuve que aprender a mecanografiar desde cero otra vez. Tenía que emborracharme bien para hacer que aquello fluyera. Y, nuevamente, necesitaba una noche para escribir la primera versión y otra noche para corregirla. Pero me alegré de tener allí la máquina. Llevábamos cinco décadas juntos, y habíamos pasado muy buenos momentos.

Cuando me devolvieron la computadora me entristeció un poco volver a guardar la máquina de escribir en su rincón. Pero volví a la computadora y las palabras empezaron a volar como pájaros locos. Y ya no había fogonazos azules ni páginas que se esfumaban. La cosa iba mejor todavía. Esa ducha que le dio el gato a la máquina lo arregló todo. Sólo que ahora, cuando dejo la computadora, lo cubro con una toalla grande de playa y cierro la puerta.

Sí, ha sido mi año más productivo. El vino mejora si envejece en condiciones.

No estoy compitiendo con nadie, ni pienso en la inmortalidad; me importa un carajo todo eso. Es la ACCIÓN mientras estás vivo. La verja que se abre bajo el sol, los caballos que se abalanzan entre la luz, los jockeys, esos valientes diablillos con sus brillantes blusas de seda, yendo a por todas, corriendo a toda pastilla. La gloria está en el movimiento y en la osadía. Al carajo con la muerte. Es hoy y es hoy y es hoy. Sí.

*Fragmentos de El capitán salió a comer y los marineros tomaron el barco (1998).

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