Miami se especializa en asesinatos. Edna Buchanan también”

Por Calvin Trillin

En la redacción del Miami Herald existe un desacuerdo respecto a cuál es la entrada clásica de Edna Buchanan. Yo estoy de acuerdo con el grupo del pollo frito. La historia del pollo frito trata sobre un ex-convicto llamado Gary Robinson que, un domingo por la noche, llegó tambaleándose de borracho a un Church’s Chicken. Robinson se abrió paso hasta el frente de la fila y pidió un paquete de tres piezas de pollo. Una vez que lo convencieron de que esperara su turno, fue al final de la fila y llegó de nuevo al mostrador, cinco o diez minutos después, sólo para enterarse de que el local se había quedado sin piezas de pollo. La joven que estaba tras el mostrador le recomendó pedir unos nuggets; Robinson respondió a su sugerencia con un porrazo en la cabeza. El golpe desencadenó una serie de eventos que terminó con Robinson muerto de un disparo a manos de un guardia de seguridad. Edna Buchanan cubrió el asesinato para el Herald —hay policías en Miami que dicen que sin ella no hay asesinato—, y su artículo comienza con lo que el grupo del pollo frito todavía considera la entrada clásica de Edna: “Gary Robinson murió hambriento”.

Creo que los expertos concordarán en que la entrada por excelencia de Edna tendría que incluir uno de los elementos esenciales de la nota roja: la declaración simple y franca que se lee de golpe. La cuestión radica en dónde debería ir el golpe. Hay mucho que decir a favor de colocar el golpe justo al principio. A mí me agrada mucho la entrada de una historia que escribió Edna sobre una mujer que fue a juicio por planear un asesinato: “Cosas malas le suceden a los maridos de la Viuda Elkin”. Por otro lado, comprendo la preferencia de algunos por comenzar una nota roja con una o dos oraciones convencionales para luego sacudir al lector con una frase corta que golpea como un martillo. Uno de los estudiantes de este arte en el Herald se refiere a la técnica como el Golpe de Miller. Es una referencia a Gene Miller, ahora editor del Herald, quien, durante su extraordinaria carrera como reportero, enfocada en el crimen, ganó el Pulitzer por dos historias que resultaron en la liberación de gente encarcelada por asesinato. Miller prefiere las oraciones cortas —en el Herald se dice que escribe como si le pagaran por cada punto—, y tiene un gusto particular por escribir oraciones cortas después de unas cuantas alargadas. Hace unos años, Gene Miller y Edna Buchanan trabajaron juntos en una historia sobre un abogado ricachón de Miami que murió balaceado el día que planeaba relajarse en un campo de golf del La Gorce Country Club. La entrada decía así: “[…] llevaba sus palos de golf en la cajuela de su Cadillac. El miércoles parecía un día tranquilo. Se le ocurrió que podría jugar una partida con Eddie Arcaro, el jockey. No pudo”.

Estos días, Miller suele editar las piezas más extensas que Edna Buchanan escribe para el Herald, y ella usa con frecuencia el Golpe de Miller; como en una historia que escribió sobre las disputas ente dos amantes: “El amor de su vida alzó la manó y le dio una cachetada. Furiosa, ella le dijo que no volviera a hacer eso, nunca. ‘¿Qué vas a hacer? ¿Matarme?’, preguntó él, y le dio una pistola. ‘Ten, mátame’, le dijo. Y eso hizo”.

Pensándolo bien, creo que esa es la entrada clásica de Edna.

***

No hay desacuerdo sobre la frase clásica de Edna cuando llama a un sargento o investigador de homicidios que conoce: “Hola. Habla Edna. ¿Qué está pasando allá?”. En el Herald hay a quienes les gusta pensar que Edna Buchanan conoce a cada policía de la zona, aún cuando el Condado de Dade cuenta con 27 cuerpos policiacos independientes, con una fuerza compuesta por más de 4 mil 500 oficiales.

—Una vez le pregunté si de casualidad conocía a un sargento —me contó alguna vez un reportero del Herald—. Miró su reloj y dijo “Sí, pero su turnó acabó hace 20 minutos”.

Edna no conoce a todos los policías de la zona, pero ellos sí la conocen. Si el sargento que contesta el teléfono es alguien que Edna no conoce, ella le da su nombre completo y el nombre del periódico para el que trabaja. Pero incluso si no dijera más que “Habla Edna”, son muy pocos los policías que contestarían “¿Edna qué?”. En Miami, son muy pocas las personas cuyo primer nombre es mencionado constantemente por desconocidos. Una de ellas es Fidel. Otra es Edna.

Es un nombre a la antigua. Es probable que quien conteste una de las llamadas que Edna Buchanan hace al departamento de homicidios no conozca a otras Ednas. De hecho, resulta que Edna es una persona a la antigua.

—Ella habría estado trabajando durante los 20 o los 30 —me comentó un detective que la ha conocido por varios años—. Habría sido feliz con una tarjetita de prensa en el sombrero.

Edna suele decir cosas similares sobre sí misma. Lamenta que las máquinas de escribir del Herald hayan sido reemplazadas por procesadores de palabras. Le agrada pensar que sus artículos son almacenados en la morgue en vez de en una hemeroteca. Siente nostalgia por los criminales a la antigua. Cuando era niña en Paterson, Nueva Jersey, solía leerle los tabloides de Nueva York a su abuela—–una mujer polaca que no leía inglés—, y todavía hoy le gusta pronunciar los nombres de los criminales más memorables de aquellas historias: George Metesky, el Bombardero Loco, y Willie Stutton, el hombre que robaba bancos porque ahí estaba el dinero. Hasta la apariencia de Edna evoca una época: un tiempo alrededor de 1961.

Edna es una mujer delgada de cuarenta y tantos que viste pantalones, camisas de seda y zapato de tacón. Lleva el cabello hasta los hombros, rompiendo como una cascada rubia. Sus ojos son grandes y sus cejas suelen estar arrugadas en un gesto de preocupación. Parece atrapada en un estado de ansiedad constante por tal o cual cosa. ¿Habrá decidido no intentar una última técnica, la que habría convencido a la madre del convicto de abrir la puerta y conversar? ¿Olvidó echarle una moneda al parquímetro? Aunque ha pasado muchos años entre personas que usan un lenguaje de lo más brusco —prostitutas, traficantes de cocaína, policías, reporteros—, las conversaciones de Edna suenan como las de una de esas secretarias recatadas de 1952. Sus propios gatos —son cinco— tienen nombres como Misty Blue Eyes y Baby Dear. Cuando se siente impresionada por alguna noticia, la describe como algo “estupendo”. Cuando descubre, digamos, un giro espantoso en una historia ya de por sí bastante espantosa, puede que diga que es “¡endiabladamente interesante!”.

Entre miembros del gremio periodístico, la línea de trabajo de Edna se considera pasada de moda. El diarista de notas criminales —algo que entre reporteros se conoce como “cubrir a la policía”— todavía se asocia con el periodista a la antigua que tenía su escritorio en la jefatura y que no necesitaba que el sargento le dijera qué cosas tenía que omitir porque se le consideraba, de cierto modo, como otro miembro del cuerpo policíaco.

Cubrir nota roja es algo que suelde suceder durante los primeros años de carrera de un reportero; es una ocupación que proporciona tantas historias de guerra durante los primeros seis meses como para bastarle a un reportero que termina en las páginas municipales o de negocios. Incluso Gene Miller, un hombre con un gusto por las ilegalidades de todo tipo, dejó de cubrir nota roja para trabajar piezas más largas. El Herald, que suele aparecer en las listas de los diarios más prestigiosos de Estados Unidos, se enorgullece de proporcionar una cobertura de nota roja única entre los diarios de la nación, pero nunca se interesó en los aspectos más jugosos del crimen como los tabloides neoyorkinos que Edna le leía a su abuela. Cuando Edna Buchanan comenzó a trabajar nota roja par a el Herald, en 1973, ningún reportero había sido asignado de tiempo completo a cubrir crímenes.

En los últimos 12 años, Edna rompe la rutina de vez en cuando para trabajar piezas de largo aliento o alguna serie de artículos sobre crimen. Pero siempre vuelve al diarismo. Sigue vistiéndose todo los días con el zumbido de los escáneres de policía al fondo. A menos que ya tenga una historia que está trabajando, siempre se echa una vuelta por el departamento de Miami Beach y el municipal de Miami y el de Metro-Dade antes de ir al trabajo. Todavía hojea los reportes y registros de actividad criminal de la noche anterior. Todavía llama a la jefatura de policía y dice “Hola. Habla Edna. ¿Qué está pasado allá?”.

***

Como tantos otros reporteros a la antigua, Edna Buchanan parece operar bajo la suposición de que siempre habrá personas que, por razones perversas e inexplicables, intentarán impedir que consiga la historia que es por derecho suya y a la que Dios le ha designado un lugar específico: la primera plana del Miami Herald, de preferencia en la edición del domingo, que es la de mayor circulación. Hay testigos algo tímidos que prefieren no involucrarse en la historia. También están los abogados que le recomiendan a sus clientes colgar el teléfono cuando Edna llama para preguntarles si son culpables. (Podría considerarse difamatorio que un periódico describa a alguien como un sospechoso, pero éste puede dar a entender lo mismo citando al sospechoso en cuestión negando su culpabilidad.) Hay policías de labio sellado. Hay reporteros televisivos que usan equipo que estorba y hacen preguntas que impacientan a Edna. (En su opinión, a los reporteros televisivos que cubren una historia sobre asesinato sólo les preocupa conseguir imágenes del muerto para el noticiero de la seis). Hay editores que quieren mutilar la nota aún cuando la historia queda perfecta para unas mil palabras. También están los editores —generalmente los mismos editores— que intentan suprimir algún detalle interesante sólo porque les parece demasiado grotesco o de mal gusto.

—Uno de ellos solía decirme que la gente leía los periódicos durante el desayuno —me contó Edna, quien cree que una entrada exitosa es la que hace que el lector “escupa su café, se apriete el pecho y diga: ‘¡Por Dios, Martha! ¿¡Ya leíste esto?!’”.

Cuando Edna fue a Fort Lauderdale, no hace mucho, para hablar sobre la cobertura de nota roja ante varios reporteros jóvenes del Herald en su oficina del Condado de Broward, les dijo:

—Para la sanidad y la supervivencia, hay tres reglas esenciales en la sala de redacción: nunca confíes en un editor, nunca confíes en un editor y nunca confíes en un editor.

Edna gusta de y admira a muchos policías, pero cuando uno la escucha hablar sobre policías, da la impresión de que invierten mucha de su energía intentando negarle acceso a la información que ella requiere. Los policías insisten en sellar las escenas del crimen. (“La policía tiene demasiada cinta amarilla; quieren tapizar el mundo con ella”.) Hay departamentos enteros que han cambiado los reportes escritos a mano por versiones computarizadas, cosa que choca con las narrativas detalladas que Edna solía encontrar en el papel. Los investigadores en ocasiones se rehúsan a hablar sobre los casos en los que están trabajando. (Edna distingue grados de reticencia entre policías con comentarios como “Este no era tan paranoico como el otro”.) Hace algunos años, un hombre que fue jefe del departamento de Metro-Dade atrincheró a su escuadrón de homicidios colocando una puerta con alarma, cuya función era tan obvia que llegó a ser conocida como “la puerta de Edna Buchanan”. Los investigadores que llegan a la escena de un crimen y ven a Edna hablando con alguna persona asumen que está entrevistando a un testigo, que luego alejan de Edna a regañadientas, sermoneándolos sobre el error que constituye hablar con la prensa en vez de con las autoridades legales. Edna suele hablar sobre esta práctica tan común entre los policías como lo haría un miembro de la Comisión Ciudadana Contra el Crimen en referencia al incremento desmesurado en el número de homicidios múltiples.

***

Cuando la policía llega a una escena del crimen, Edna considera más efectivo regresar a las oficinas del Herald y trabajar por teléfono. La alternativa sería quedarse parada detrás de la línea amarilla, actividad que ella considera cosa de reporteros de noticiero. Puede que hasta intente recuperar un testigo que le arrebataron. Con un directorio telefónico es capaz de contactar vecinos que presenciaron el acto en cuestión antes de atrincherarse en sus casas y echarse un trago para el valor. Edna también intentará contactar a los familiares de la víctima.

—Pensé que le gustaría decir algo —le dice a una desconsolada esposa o hija—. La gente quiere saber cómo era.

La mayoría de los reporteros preferirían por mucho cubrir 30 semanas de debate sobre el waterboarding que llamar a un familiar cercano de alguna víctima de asesinato, pero Edna intenta ver el lado positivo.

—Ellos quieren hablar sobre qué tipo de persona era su esposo, o su padre. Además, es quizá la única oportunidad que tendrán de poner su nombre en los periódicos. Aprovechan para darle una buena despedida.

Por supuesto, hay gente dispuesta a ahorrarse la despedida con tal de que las dejen en paz. Algunas de esas personas contestan a las llamadas de Edna con gritos, reclamándole por tener el descaro de importunarlos en un momento tan difícil, y luego cuelgan de golpe. Edna tiene todo un procedimiento para lidiar con casos así. Espera sesenta segundos y luego vuelve a llamar. “Habla Edna Buchanan, del Miami Herald”, usando su nombre completo e identificación , “creo que se cortó la llamada”. Cree que sesenta segundos son suficientes para que el entrevistado reconsidere las cosas. Tal vez alguien en la habitación diga “Debiste hablar con esa reportera”. Puede que ese alguien decida ahorrarle al entrevistado la molestia de contestar el teléfono, en caso de que vuelva a sonar, y tome la segunda llamada de Edna, dispuesto a hablar. Hace unos años, Edna llamó a la casa de un reparador de televisores, un hombre de sesenta y tantos que había sido asesinado durante un intento de robo; Edna ya había descartado que ese crimen fuera otro asalto común y corriente. (“En la noche de Año Nuevo, Charles Curzio se quedó más tarde de lo esperado en el pequeño local donde reparaba televisores. Quería asegurarse que sus clientes pudieran ver el Desfile del King Orange Jamboree”, comenzaba el artículo de Edna. “Su buena fe le costó la vida”.) Uno de los hijos de Curzio contestó el teléfono y, cuando escuchó quién llamaba, colgó el auricular con violencia.

—No sabes cuánto me molesta tener que marcar dos veces —me dijo Edna—. Pero si no lo hacía, podía haber perdido el testimonio.

A la segunda llamada, fue otro de los hijos de Curzio quien contestó, y estaba dispuesto a hablar. Tenía un par de cosas que decir, bastante elocuentes, sobre su padre y sobre la pena capital. (“Mi padre no tuvo juicio, no tuvo suspensión de sentencia, no tuvo una audiencia ante la Suprema Corte, no tuvo nada. Sólo un loco que le machacó los sesos con la culata de un rifle”.) Edna me dijo que si la segunda llamada no funcionaba, se hubiera dado por vencido.

—Una tercera llamada habría sido acoso.

***

Cuando Edna busca información, puede que azotar el auricular del teléfono sea la única manera de cortar la conversación. No es una persona de la que uno pueda deshacerse con facilidad. Cuando comienza a hacer preguntas, puede que se detenga ocasionalmente, como si el interrogatorio hubiera terminado, pero entonces, durante ese silencio que en cualquier otra conversación terminaría con un “Bueno, está bien” o “OK, gracias por la ayuda”, ella saca otra pregunta. Y puede que la pregunta no tenga nada que ver con la historia que está trabajando.

Me tocó estar presente cuando Edna conversaba con un detective de Metro-Dade sobre un caso que nunca se pudo resolver: un tiroteo sin motivo aparente; las víctimas fueron un restaurantero y su esposa, ambos ya entrados en años, sorprendidos por las balas en la entrada de su casa. Edna hacía preguntas y el detective negaba con la cabeza, diciéndole que ya había investigado tal o cual ángulo, sin resultados. Entonces, luego de una pausa que me hizo pensar que iban a hablar de otro caso, Edna hizo otra pregunta. ¿Se habrían equivocado de dirección? ¿La policía no investigó quiénes eran los que vivían en la casa de la otra cuadra? ¿El restaurante tenía vínculos con la mafia? ¿Qué hay de un ex-empleado? ¿Qué tal un yerno? A través de los años, Edna se ha topado con más de un mal yerno.

Más temprano me tocó escucharla interrogar con ese mismo tono a una policía que estaba a cargo de la recepción de la jefatura de Miami Beach.

—¿Qué cree que sea el resto del secreto de Bo? —le preguntó mientras husmeaba en los archivos, pasando reportes sobre fiestas demasiado escandalosas o robos en la cochera—. ¿Cree que Kimberly abortará?

Al principio pensé que estaba preguntando sobre un caso que recordó viendo los reportes en el archivo. Resultó que estaba hablando de Days of Our Lives, una telenovela a la cual ambas eran muy devotas. 15 minutos después, ya que habían cambiado de tema, Edna comenzó a decir:

—¿Crees que el nuevo personaje va a ser un amigo de Jennifer? El del choque.

Bob Swift, un columnista del Herald que alguna vez fue editor de Edna en el Sun de Miami Beach, me contó que una vez llegó a las oficinas del Sun echando lumbre porque alguien le había robado los tambos de basura.

—Estaba muy enojado —dijo—. Decía: “¡¿Quién querría robarse unos tambos de basura?!”. Y de repente escucho a Edna diciendo, con un susurro, “¿Estaban llenos o vacíos?”.

***

Aún antes de Miami Vice, Miami ya era nido y fuente de muchas historias espectaculares de violencia. Mucha gente, incluidos algunos reporteros y ex-reporteros del Herald, han retratado el crimen de Miami en novelas de misterio, shows de televisión y producciones hollywoodenses. Algunos miembros de la industria del espectáculo se han sentido atraídos por la playa, las palmeras y la exótica industria del narcotráfico latinoamericano: las primeras tomas en cada episodio de Miami Vice son tan glamurosas que funcionarios de la industria turística han aparecido citados en el Herald mencionando el impacto positivo que la serie ha tenido para la ciudad. Pero la variedad de crímenes reales en Miami ha sido tal que hace que los reporteros de nota roja se sientan como un inversionista en una convención médica: frente a una bonanza de oportunidades. Como la mayoría de los reporteros de nota roja, Edna se especializa en el asesinato, y, como lo expresaría ella misma, utilizando el Golpe de Miller para rematar el párrafo, Miami también.

Cuando Edna comenzó a reportear, los asesinatos en Miami eran una rareza. Una mujer que trabajó con Edna en el Sun de Miami Beach recuerda el revuelo que tenía lugar en la redacción del Sun cuando un cadáver aparecía en la playa.

—Yo tenía una cámara porque mi esposo me había regalado en Navidad. El editor en jefe dijo “¡Ve y tómale una foto a ese cadáver!”. Yo dije “¡Ni loca voy a tomarle una foto a un cadáver!”. Entonces escuché una voz que venía desde el otro lado de la sala: “Yo, yo lo haré”. Era Edna.

A finales de los 70, Miami, como otras ciudades estadunidenses, vio un fuerte incremento en la clase de asesinatos que suceden cuando, digamos, un hombre armado entra en pánico mientras intenta asaltar una tienda de abarrotes. También había bombazos políticos y uno que otro tiroteo entre pandillas que, dependiendo de a quién se le preguntara, traficaban droga o juntaban fondos para combatir a Fidel o usaban la lucha contra Fidel como una cortina para el tráfico de drogas. Al final de la década, el índice de asesinatos en el Condado de Dade se elevó de golpe.

Por ese entonces, los colombianos que fabricaban la droga que era distribuida por los cubanos en Miami decidieron eliminar a los intermediarios, y, considerando lo despiadados que solían ser en sus operaciones, eso implicaba eliminar también a la esposa del intermediario y a toda persona cercana a éste. Un par de años después de que los colombianos decidieran reducir sus gastos, Miami recibió a los refugiados del Éxodo de Mariel. En 1977 hubo 211 homicidios en el Condado de Dade. Para 1981, el año más sangriento en la historia del condado, el número de homicidios ascendió a 621. Eso significaba, según un detective con el que hablé, que Miami experimentó el mayor incremento de homicidios per capita de cualquier otra ciudad en la historia. También significaba que Miami tenía el mayor índice de homicidios en el país. Y que un reportero de nota roja podía manejar rumbo a la oficina en la mañana seguro de que habría por lo menos un asesinato que reportar.

***

A veces Edna extraña los días cuando el crimen de Miami era más simple. Cuando comenzó a trabajar de reportera, los asesinatos que cubría solían involucrar triángulos amorosos o robos a mano armada. Solía lidiar con “personas decentes que casualmente golpearon a sus esposas hasta matarlas”. En estos días, los asesinatos casi siempre tienen que ver con el narcotráfico latinoamericano, y son muy pocos los que cuentan con un sospechoso en particular. En sus intentos por recopilar información con cubanos y centroamericanos, Edna se topa con un problema aún mayor que la barrera lingüística.

—Algunos tienen un gusto latino por la intriga —dice—. Tenía un informante cubano que, me enteré, mentía a veces sólo para hacer las cosas más interesantes.

Es cierto que, incluso para un reportero de nota roja, los homicidios pueden ser demasiados. Edna dice que se sintió “un poquito pasmada” hace cuatro o cinco años cuando los homicidios en Dade alcanzaron su cifra máxima. Cayó en cuenta de que apenas si podía completar sus rondas.

—Solía hacer padas en la cárcel —dijo—. Solía hacer padas en la morgue, para asegurarme de quién estaba ahí.

Edna se dio cuenta de que la tremenda cantidad de homicidios superaba a cada homicidio individual como una gran historia. “El índice de asesinatos en Dade ha alcanzado alturas impensables esta semana gracias a la ola de violencia que dejó 14 muertos y 5 heridos de gravedad en tan solo cinco días”, comienza un artículo de Edna Buchanan publicado en junio de 1980. Después de unos cuantos párrafos en los que compara las cifras de homicidio de ese año con las de años anteriores, continúa: “Durante la última oleada de violencia, un adolecente fue degollado y su cuerpo lanzado al canal. Una ex-azafata murió aporreada y con un par de tijeras clavadas entre los hombros. Cuatro espectadores (todos ellos inocentes) murieron en un tiroteo que tuvo lugar en un bar. Un hombre de 80 años sorprendió en su casa a un ladrón, quien procedió a romperle la cabeza con un martillo. Una joven golpeó a su pareja hasta matarlo con unas mancuernas que utilizaba para mantenerse en forma; dijo que “se sentía usada”. Y lo que parece ser una víctima de robo murió de un disparo al intentar huir de sus agresores”.

El índice de violencia se anivelado desde 1981, pero Edna a veces escribe lo que son prácticamente resúmenes de los homicidios de la semana.

—Me siento mal, y hasta un poco culpable, porque los asesinatos ya no ameritan todo un artículo, sino un párrafo y nada más —dice—. Eso los deshumaniza.

Un párrafo de una síntesis no es lo que Edna consideraría una despedida.

Un día que me tocó acompañar a Edna en sus rondas, la policía reportó que dos “marielitos” habían comenzado a discutir en la calle y que el pleito terminó con uno de ellos muerto a tiros. Eso alcanzaba para un párrafo, cuando mucho. Pero Edna se enteró de que el asesino y su víctima ya se conocían en Cuba y que el tiroteo fue realmente su manera de saldar viejas rencillas que traían arrastrando desde la prisión. Eso me pareció un asesinato que resaltaba entre el montón. Edna pensó lo mismo, pero su entusiasmo permaneció limitado.

—Ya tuvimos un par de esos —me dijo.

Edna ha cubierto unos cuantos miles de homicidios, y ya ha visto un par de ejemplos de todo. Ha escrito historias sobre un hombre que murió apuñalado por pisarle los dedos a alguien mientras iba rumbo a su asiento en el cine y sobre un bebé de dos años al que intentaron acusar del asesinato de un compañero de juegos y sobre un hombre de 89 años que fue arrestado por matar a su ex-esposa a golpes y sobre un niño que fue asesinado por un cocodrilo. Ha escrito historias sobre una mujer que cometió suicidio porque no podía arreglar las goteras de su casa y sobre un repartidor de periódicos que también se suicidó porque había una escasez de petróleo y no tenía cómo conseguir gasolina. Ha escrito historias sobre un hombre que logró suicidarse con dos cuchilladas al corazón y sobre un hombre que le aventó una cabeza a un oficial de policía, dos veces. Escribió una historia sobre dos hermanos que mataron a su tercer hermano porque interrumpió su juego de damas chinas. (“Y yo que creía tener los hijos mejor criados del mundo”, dijo su madre). Ha escrito una historia sobre un padre asesinado en una fiesta sorpresa organizada por sus 30 hijos. Ha escrito una historia sobre un hombre que murió porque 14 de los 82 condones llenos de cocaína que traía en el estómago comenzaron a derramarse. (“Su última cena tuvo un costo de 30 mil dólares, y terminó matándolo”.) Ha escrito más de un par de historias sobre cadáveres encontrados en la bahía por turistas, pescadores o científicos de la Universidad de Miami haciendo investigaciones submarinas. (“‘Es un poco molesto cuando uno planea pasar el día investigando el arrecife’, comentó el profesor Peter Glynn, del Colegio Rosentiel de Ciencias Marinas y Atmosféricas”.) Hablando con Edna sobre los homicidios que ha cubierto, un detective de Metro-Dade dijo:

—En Dade, ya no quedan sorpresas.

Edna concordaría en que, en Dade, las sorpresas se han vuelto más difíciles de encontrar. Aún así, las encuentra. Hojeando página tras página de reportes policíacos, hablando con sus fuentes por teléfono, conversando con los detectives, así se topa con, digamos, un asesinato en un centro comercial cometido por una nueva pandilla de estudiantes, o un asesino que quedó accidentalmente encerrado con su víctima gracias a un sistema de seguridad bastante sofisticado. Entonces, con una expresión ansiosa, dirá: “¡Eso es endiabladamente interesante!”.

*Fragmentos de texto publicado en The New Yorker (1986). Traducción de Staff de El Barrio Antiguo

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