¿Hay garantías en este viaje?

Por Guillermo Guzmán

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Ometepe y su belleza tropical

Me despido de Granada, una visita que pasa para mí sin pena ni gloria. Decido irme rumbo a la Isla de Ometepe, situada casi en el medio del Lago Nicaragua. No tengo ni la más remota idea de cómo llegar. Rememoro el dicho de mi abuela: “Preguntando se llega a Roma”. Así que tomo las generales sugerencias de la dueña del hostal acerca de cómo llegar a Rivas. Horas más tarde, mediante una serie preguntas, llego al puerto de San Jorge. Las opciones son muy sencillas: esperar dos horas el ferry que va a Ometepe o abordar una “panga” que está a punto de salir. Me decanto por la segunda opción.

Subo a un pequeño navío de madera, con una chimenea en la cubierta donde hay canastas con plátanos, pan, trastes de cerámica y algunas aves de corral. El sobrecupo de personas es evidente. Hay una improvisada cabina de madera donde me resguardo del sol implacable. El rugido del navío exhala una gran fumarola de humo negro, nos ponemos en marcha. Las primeras olas de un lago que para nada es calmo golpean la proa de la barcaza. Como si ascendiéramos por montañas acuáticas, un sube y baja es el leitmotiv de la pequeña travesía. El viaje será aproximadamente de una hora, las olas grises se incrementan conforme nos adentramos más en el lago. Una ola golpea fuertemente la proa, pareciera que haremos agua; recuerdo tímidamente mis clases de natación. Pero, al parecer, salvo por los extranjeros, las demás personas siguen platicando cómo si nada ocurriera. Algunos sueltan sonoras carcajadas; unos chicos sentados en el suelo se arreglan las gorras beisboleras.

Ometepe2

Los destellos del sol con el agua impiden ver el volcán de la Isla de Ometepe, que como faro indicará que éste viaje ha terminado. Poco a poco, entre la brisa del lago, se asoma el volcán con una pequeña fumarola. Guardo la píldora contra el mareo que estaba dispuesto a tomar si éste viaje se prolongaba. Bajo rápidamente de la panga y busco el camión en Moyogalpa para Altagracia. Recuerdo una vez más la sugerencia de la chica del hostal: “Ve a Balgue, en la parte más pequeña de la isla”. Los empujones y el apretujamiento en este símil de “Chickenbus” me sacan de mis pensamientos. Un sudor terroso empieza a envolverme como velo. El camión se vuelve una caja de resonancias con gringos y sus monosílabos de español, niños que regresan de la escuela, hombres que vuelven del campo, chicas vendiendo gaseosas y frutas tropicales.

El camión avanza por un camino adoquinado que recorre toda la isla. Me inquieto un poco. El sol se está poniendo y Balgue no aparece. Le pregunto al chofer si falta todavía para llegar, me responde con palabras vagas, hasta que una señora me dice: “Bájese aquí, ésta es la desviación; camine un poquito y ya está Balgue”. Le agradezco el gesto. Bajo y empiezo a caminar. A la orilla del camino me escoltan árboles altos y frondosos, y algún pájaro azul con su canto. Un kilómetro adelante, el lago me refresca con la brisa de tarde.

El cielo se tiñe de anaranjado. El peso de mis dos mochilas me arroja un pensamiento: “Qué bueno que estoy caminando aquí y no acostado en mi sillón”. Un solitario sentimiento de orgullo me inflama el pecho. Después de algunos kilómetros más, un improvisado anuncio que dice “Balgue” me da la bienvenida. La noche parece querer extender su red. Es curioso, mi preocupación de no encontrar lugar donde llegar cambió por la sensación de que tenía todo el tiempo del mundo para encontrarlo.

Atravieso el camino adoquinado, que al parecer separa por la mitad al pueblo, un pueblo que no da la sensación de tener más de dos cuadras de extensión. Llego a una casa de huéspedes, una amable señora me recibe y ahí paro a descansar. En la casa, salvo por tres norteamericanos, no hay nadie más con quién conversar. Mi viaje hasta este punto ha sido solitario la mayor parte del tiempo. Una de las ventajas es que tengo más tiempo para pensar. Pregunto dónde se puede comer, me señalan una casa. Llegando ahí pido mi comida nicaragüense favorita: gallo pinto y carne asada. Hoy sé que me lo tengo más que merecido.

***

Ahora mismo, al estar escribiendo, bebo un late en un pequeño café de Balgue. Es rústico, más parecido a una casa. El viento del lago refresca la noche. Advierto que tengo una reminiscencia que no es para nada incidental: la similitud de éste café con la casa de mi abuela en Santiago Yaveo Choapam: un corredor que da a la calle, una amplia pieza dividida en sala y dormitorio, un mosquitero que cuelga del techo sobre la cama, un calor tropical que solo aminora en la noche.

Balgue, Ometepe

Ayer, después de instalarme en la casa de huéspedes, pedí a la dueña sugerencias de sitios para visitar en la isla. Sin titubear, me recomendó dos: el ojo de agua y la playa de Santo Domingo. Me habló también sobre una excursión para escalar el volcán. Así que renté una bicicleta para ir a conocer el ojo de agua y la playa. Como un expedicionario, salí con mochila en la espalda: agua, una linterna y un teléfono (por aquello de los extravíos prematuros). Después de media hora de pedaleo, llegué al ojo de agua, no sin antes haberle echado un vistazo a la playa de Santo Domingo, con su suave arena y su viento refrescante levantando las olas del lago.

Un camino de terracería rodeado de árboles me condujo al ojo de agua, que (hay que decirlo) es un oasis. Pagué la entrada, que bien vale la pena pagar. Noté una diferencia en el precio entre nicaragüenses y extranjeros de 30 córdobas. Si no hubiera hablado y mi acento no me hubiera delatado, habría pagado menos. Adentro del ojo de agua hay una piscina natural con una vegetación exuberante que la rodea. La sensación es incomparable después de venir en una bicicleta bajo el sol, y encontrar algo así: esto ha de ser lo más cercano al paraíso. Aprovechando mi algarabía, me arrojé de un trapecio que colgaba de un alto árbol. Un sueco y la mirada escrutadora de unas argentinas y alemanas me obligaron a vencer el vértigo, con un salto que, como diríamos por aquí, “Ya no había cómo echarse pa’ tras”. Lo demás fue sentarme en una de esas sillas llamadas perezosas a pasar el tiempo bajo la sombra de un árbol.

A veces el ritmo de nuestra vida nos hace dejar del lado estos placeres, en específico uno: el arte de la contemplación, el disfrute de nuestro ocio que bien ganado lo tenemos. Pero tampoco crean que la filosofía me ayudó el día de hoy. Entendí de la manera más burda que hay cosas que se tratan sólo de contemplar y otras de una acción decidida, que exigen frontalidad por parte nuestra. Resulta que una bella mujer de cabello rizado, esbelta figura, ojos azules, de mediana estatura me miraba fijamente a los ojos. Cómo la experiencia me lo ha demostrado, voltee hacia atrás para cerciorarme de que era a mí a quien miraba. Dos veces la sorprendí haciéndolo, la tercera vez nos miramos fijamente durante largo rato. Mientras idee la forma de lanzarme al abordaje, ya que por lo que escuché, no hablaba inglés o francés, sino alguna lengua que parecía escandinava. Ordené en inglés las frases de acercamiento y me dispuse a hablarle. A medio camino, unos amigos efusivos se reencontraron con ella; parecía que el encuentro fue prematuro, porque los abrazos se repartieron sin mesura. El adiós fue definitivo sin siquiera hablarle. Ella, al alejarse, me destinó una mirada gélida de reproche. Ésta situación que relato me recuerda a un pasaje de El arte de la novela de Milan Kundera: “Una pareja de amigos se aman, pero nunca se lo han dicho. Caminando por el bosque llegan a un claro bellísimo, con la atmósfera ideal para la declaración amorosa, pero, sin siquiera intentarlo, permanecen callados y no tocan el tema. Caminan y caminan para al final terminar hablando sobre hongos. Ambos saben a partir de ese momento que nunca más volverán a estar juntos”.

Para aminorar un poco mi desaguisado, decidí seguir recorriendo en bicicleta la isla hacia una parte que se llama Mérida, donde un camino de terracería de 15 km de ida con polvo, remolinos de tierra, árboles de mango, toros y el lago acompañan el trayecto. Al llegar a Mérida no había gran cosa que observar, salvo una playa pedregosa. Tampoco se veía un lugar donde poder comer, así que me acerqué a una casa de madera a orillas del camino, donde un hombre me ofreció una comida por un pequeño precio. Acepté; el hambre comenzaba a hacer mella en mí. En el patio de la casa, debajo de una enramada de palma, disfruté una comida que para nada fue frugal, sino muy sustanciosa (siempre utilizar “frugal” en una oración, sólo lo había leído en La montaña mágica de Thomas Mann). En fin: arroz, fríjoles, carne de cerdo frita, ensalada, plátanos fritos y un fresco de maracuyá. El combustible necesario para el regreso a Balgue: un lugar donde la gente se duerme temprano y las calles se vacían antes de las 9 de la noche.

Después de un duchazo, un acomodo de equipaje, un late en éste café que parece casa antigua, un pueblo llamado Balgue, donde el viento refresca las viviendas de patios grandes. 60 kilómetros de bicicleta, que no me han agotado lo suficiente para no pensar en M, en la calidez de su mirada de ojos verdes. Hoy me lo permito, la atmósfera nocturna es perfecta.

***

Hoy pensaba ir de excursión al volcán, pero el tour se sale del presupuesto. Es eso, o ir a Solentiname. Quería quedarme otro día en Ometepe, pero debo entender casi a fuerzas que el conocer nuevos lugares implica una acción de pronto desapego. Al igual que León, Ometepe me estaba conquistando, eso retrasaría la ruta y es algo con lo cual no estoy de acuerdo. Por la intempestiva decisión de viajero errante, decidí irme de Balgue un domingo, pensando que tal vez el ferry partiría de la isla ese día. Gran error: el ferry parte el lunes a las ocho de la mañana. Y el camión pasa sólo una vez al día a las 5:30 de la mañana, por lo que me tuve que quedar casi a regañadientes en Altagracia, un pueblo donde pocas personas andan en la calle. Quizá sea por el sol a plomo o el calor.

Me hospedé en un pequeño hotel donde el simpático dueño me explicó cómo llegar a Solentiname. Para los que gustan de la literatura, Solentiname es un lugar icónico. El poeta Ernesto Cardenal fundó ahí una comunidad artística en una isla del archipiélago. Julio Cortázar también visitó en los 80, durante la revolución nicaragüense. De esa visita a Solentiname se desprende el cuento “Apocalipsis en Solentiname”. Por las fotos que he visto, vale la pena el viaje hasta allá. Mi emoción literaria se desborda, y de súbito se detiene cuando él dueño del hotel me detalla los pasos para llegar: esperar un ferry que zarpa el martes, después aguardar a que haya otra embarcación que te lleve a Solentiname; un viaje que dura aproximadamente 12 horas. Posteriormente, para salir del archipiélago, aguardar hasta el lunes o el jueves de la siguiente semana. Eso en mi ruta no tiene cabida. Altera todo el itinerario, ya que debo llegar a Panamá el miércoles o viernes de esa semana, para zarpar rumbo a Cartagena de Indias y posteriormente ir a Bogotá. Me entristezco momentáneamente, ya que Solentiname es un sitio que consideré obligado a visitar en Nicaragua. Le agradezco los consejos y decido tomar una ducha fría para aminorar el calor que en ese momento envuelve Altagracia.

Considero que cada vida tiene o debería tener un soundtrack o playlist. Acabo de comprobar que tengo el mío. Lo descubrí durante la ducha. El algoritmo shuffle de mi reproductor no pudo ser más afortunado: el arpegio de la guitarra de Bob Dylan suena solitario con su ritmo folk hasta que un estribillo de su canción me parece sumamente ad hoc: “Don´t Think twice, It´s all right…”. No hubo nada más que pensar, si quería ir a Solentiname podía ir, si no, no pasaba absolutamente nada. Yo era el dueño de mi ruta.

Un poco más desperezado, me puse a lavar toda la ropa sucia que había acumulado durante el viaje. El viento sin tregua me recordó un tanto, lapidaria y poéticamente, que siempre llevaré tierra de la isla: toda mi ropa se caía del tendero con tan sólo intentar colgarla. Después de hacer la lavandería, me puse a platicar con Jorge, el dueño del hotel, (lo llamaré así porque no recuerdo su nombre). La simpatía con el fútbol, en específico por el Barcelona y Cruz Azul, nos hizo hablar largamente. Jorge usaba un bastón y tenía una férula en la pierna derecha; “el juego de las patadas” le había cobrado su afición, una barrida mortífera de un defensa central le partió en dos pedazos la extremidad. Pero no crean que él, ni de lejos, consideraba el retiro de las canchas. Auguraba decididamente que su regreso sería espectacular.

—Yo fui futbolista profesional, hasta me convocaron a la selección nica, pero cuando me casé tuve cambiar de profesión a empleado de telefónica Claro, porque en éste país, a diferencia de México, no se puede vivir con un salario de futbolista. Pero ya volveré a jugar, porque por aquí ya saben cómo es uno de bueno…

Me dio también referencias de Ometepe, sitio que ahora mismo considera su hogar.

—La Isla es muy tranquila. Aquí todo se sabe, no hay para dónde hacerse: las rejas que ves en las casas sólo se ponen para que los perros no tiren la basura.

Y tiene gran razón: Ometepe es un lugar muy tranquilo, y Altagracia, es el pueblo donde no pasa nada.

Rumbo a Costa Rica

Hoy parto de la Isla de Ometepe con rumbo a San Jorge. A diferencia de mi llegada, esta vez zarpo en un ferry y no en una panga. El trayecto es menos agitado que la última vez. Cuando llegué al puerto la primera ocasión, lo hice en un autobús saturado de gente, donde la condición elemental parecía ser poner personas sobre personas. Con toda sinceridad, no quiero volver a subir a un autobús así, al menos no por ahora. Aclaro: no es por la condición mecánica de los cacharros esos, sino por el apretujamiento del cual no soy muy afín.

Por primera vez en el viaje me siento cansado. El periplo, por el deseo de conocer muchos sitios, es lento; a veces se navega y otras tanta se toman camiones que parecen que se van a desarmar con el andar. La idea es regresar rumbo a Managua y de ahí tomar un autobús rumbo San José. Mi plan sigue su curso hasta que un taxista me intercepta y dice “¿A dónde lo llevo?”. La desconfianza me aborda, su taxi parece ser un vehículo improvisado para tal efecto. “A Managua”, respondo. Negociamos el precio: “Deje su mochila atrás y pasesé para delante para ir platicando”.

Me pregunta qué de dónde soy, le contesto que de México. Me habla de la belleza de mi país y de las dificultades que presenta pasar a Estados Unidos por ahí. Antes de salir de Rivas me dice:

—¿Y a dónde va?

—A Costa Rica —le contesto.

Me mira y dice:

—Me hubiera dicho antes, yo lo puedo llevar a la frontera y de ahí usted puede tomar un camión a San José. Se ahorraría muchas horas, porque ya no iría a Managua.

La idea me parece buena. Lo único que me inquieta es el por qué de tantas preguntas. Acepto y nos dirigimos hacia la frontera con Costa Rica, atravesando una carretera recta y bien asfaltada, flanqueada por campos de siembra y, algunas veces, por generadores de energía eólica.

La conversación se destensa: el tópico es la política. Me cuenta acerca de un canal interoceánico que el gobierno pretende hacer atravesando el lago Cocibolca, mismo que pasará muy cercano a la isla de Ometepe. Externo las implicaciones ecológicas que eso conlleva, él me cuenta sobre la concesión que se le dará a los accionistas chinos durante 100 años. También del descontento que poco a poco se está formando en la población que no acepta el proyecto. Mientras seguimos hablando, llegamos a la frontera a Costa Rica.

Han pasado algunas horas desde que llegué a la ciudad. estoy sentado en una solitaria terminal de autobuses en San José de Costa Rica. Me aventuré a salir a la calle y buscar un supermercado. La conversión de monedas no es muy favorecedora; el colón costarricense tiene muchos dígitos en la conversión al dólar. Pero igualmente se va cómo arena. Diez dólares cambiados a colones me alcanzan para una comida en un parador, una botella grande de agua, unos cacahuates y un jugo de naranja. En Nicaragua todo resultaba mucho más barato; con eso me hubiera alcanzado para una noche de hospedaje, o tres comidas medianas o cuatro refrescos naturales (especialmente mi favorito: el de cacao). Dejé Nicaragua con gran gusto de haberlo visitado, con algunas córdobas en mi bolsillo y con unos buenos amigos en León. El país me encantó.

El autobús saldrá en cuatro horas, por lo que no quiero hacerlos partícipes, al menos de este pequeño lapso de aburrimiento. El rumbo es Panamá, y de ahí, la última parada: Colombia.

Panamá: el Miami de Centroamérica

Un muchacho nicaragüense con el que viajaba en el autobús desde Costa Rica me dijo: “Panamá es el Miami de Centroamérica, porque se gana en dólares”. Justo ayer llegué a Panamá City, después de un viaje de 15 horas. Tengo que ser honrado: no quise escribir nada, estaba tan cansado por el viaje y por los sucesos que ocurrieron en el transcurso que no quise tomar el lápiz ni nada. Llegamos a la aduana de salida de Costa Rica a las cinco de la mañana. La apertura es a las seis, por lo que tuvimos que esperar un poco para pasar, ya que no éramos los únicos. Cuando finalmente acabó el trámite en Costa Rica, entramos caminando rumbo a la frontera con Panamá.

Durante el viaje he cruzado cinco fronteras, y en ninguna había sentido tal despotismo y desprecio hacia las personas como en ésta. Empezando por la fila de ingreso, donde tres prepotentes gendarmes te piden el pasaporte, 500 dólares en efectivo (o tarjeta de crédito) y boleto de salida del país. Parece ser que Panamá es el nuevo destino de migración en Centroamérica. Una de las cuestiones principales que llamó mi atención al salir de Costa Rica fue que a los nicaragüenses, para su ingreso, les piden requisitos absurdos. La xenofobia es una cuestión burocratizada para ellos.

Durante el viaje platiqué con un muchacho nica de varios temas: fútbol (que es el mejor tópico cuando se habla entre extranjeros hombres), sobre las generalidades de nuestros países y, finalmente, de política. Me contó sus impresiones respecto a la migración rumbo a Estados Unidos, en específico la experiencia de un pariente suyo que al cruzar por México logró escapar de una banda de secuestradores. La anécdota me dejó helado. Mi hizo pensar en la doble moral de la política migratoria mexicana, que por un lado exige una “reforma” pero por el otro condena la migración de los centroamericanos, aboliendo sus derechos humanos en el cruce, tratándolos como menos que nada, sirviendo de segunda frontera a los Estados Unidos.

El chico me pareció muy simpático. También habló sobre su deseo de darle a su familia una mejor vida, en especial a su esposa y a su hijo recién nacido. Él era mucho menor que yo: tenía 22 años. Después de la charla, finalmente pasamos con los oficiales de la aduana. Fue como una triste epifanía que él mismo había anticipado: “La cuestión aquí para pasar no es cumplir con todos los requisitos. Todo depende del humor de quien te atienda: si el policía decide que no pasas, no pasas”. Él traía todos los requisitos para ingresar, pero las bruscas preguntas, sin ningún tipo de respeto, hicieron que lo separaran del resto de los pasajeros y lo confinaran por separado a una oficina. El muchacho tuvo que quedarse en la aduana para esperar a ser deportado. Él, en una inconsciente confidencia, había dicho antes: “Vengo a probar suerte a Panamá”.

Su detención me parece paradójica. El policía que no lo dejó pasar era estrábico. A pesar de éste defecto físico, él realmente no podía ver bien, en sentido metafórico, porque también estaba miope para percibir el sacrificio que es dejar todo por la oportunidad de brindarle una mejor calidad de vida a tu familia. Al chico, sin mediar nada, lo encerraron en una apestosa oficina para esperar juntar otros “clientes” y deportarlos juntos.

El rostro de ese muchacho tras los cristales empañados nunca se me va a olvidar. Si bien era triste, también denotaba una gran firmeza de carácter y dignidad. Posterior a este suceso, la funesta función apenas comenzaba. Nos pasaron a 40 personas a un cuarto circular para la revisión de equipaje. Todos nos mirábamos con cara de fastidio; llevábamos en la aduana panameña más de cuatro horas. En este cuarto, personas con unas camisas estampadas, que más que agentes migratorios parecían empleados de una paquetería, nos trataban como retrasados mentales, gritándonos sobre cómo no arruinar la declaración de aduana. Aunado a toda la parafernalia, dos señoras de cabello teñido gritaban nuestro nombre en una lista. Un hombre calvo con una camisa desabotonada y sus ayudantes revisaban nuestro equipaje sin ningún asomo de saber qué estaban haciendo.

Delante de mí, un panameño le decía a un chileno: “A los que revisan más son a los mexicanos y a los guatemaltecos, porque ellos son los que pasan más droga”. Por alguna razón me dirigieron una sonrisa. Yo les contesté con otra sonrisa, enseñándoles mi pasaporte mexicano. Ambos voltearon apenados. Cuando la “revisión” concluyó, eran las 11 de mañana; ya habían pasado cinco horas desde nuestra llegada a la aduana. Al abordar nuevamente el autobús, yo cargaba una sensación de enojo pero también de fastidio. Como si un cúmulo de sentimientos se agolparan y atrincheraran en mi garganta. Sin lugar a dudas, lo que más me mantenía en vilo era la situación del muchacho que se quedaba en la aduana en espera de ser deportado, esta horrible sensación de quien sólo puede intelectualizar la desgracia ajena.

El autobús emprendió lentamente la marcha. El rostro del muchacho nos veía, desapareciendo tras los cristales sucios. Al alejarnos, uno de sus compatriotas sentado al lado mío, con el que el muchacho también estuvo platicando, suspiró aliviado, pensando que pudo haber sido él quien se quedara. No sé, me parece poco honroso intelectualizar la tristeza ajena. Reconozco que la gran mayoría de los seres humanos tenemos una naturaleza “conmovible”, pero no deja de ser una intelectualización del otro, un alejamiento. Por lo demás, la moral dicta que si bien ese otro se quedaba, y del cual el único conocimiento que yo tengo es un intercambio de palabras, no deja de ser éticamente necesario conmoverse.

Entre la depredación por la construcción de una carretera que se extiende durante horas en Panamá, el viaje no deja de ser tedioso. El reloj marca las cinco de la tarde. Un sándwich y una Big Mac de McDonalds, que contra todo prejuicio militante he tenido que comer, es lo único que llevo en el estómago en todo el día. Estamos entrando a Panamá City. A simple vista, me parece que la ciudad tuvo la suerte de ser un centro comercial gigantesco convertido en ciudad.

El canal pasa al lado con sus ferrys y trasatlánticos. Los rascacielos y centros comerciales, los autos de lujo y la amplia variedad de extranjeros cerrando sus negocios son comunes en esta urbe. A primera vista no me gusta la superficialidad citadina, donde es más fácil encontrar una tienda Louis Vuitton o Gucci que de comestibles. Panamá me cobra mi renuencia y escepticismo: saliendo del metro con camino al hostal, me roban la cartera. Un amigo francés que me acompaña me ayuda a buscarla tirada en el piso, pero el hurto ha sido perpetrado silencioso. La única frase en machacado inglés, que a manera de consuelo pronuncia es: “You should think positive. You have health and your Passport, all you need…”. No me da gran consuelo, pero sí me parece el paso natural.

A primera hora de la mañana decido irme de Panamá. El plan de pasar por ferry desde Colón hasta Cartagena de Indias se ve truncado por la temporada de huracanes que recién empieza. Recuerdo un comentario de una amiga sobre una aerolínea de bajo costo hacia Bogotá. El administrador del hostal dice que ha escuchado de los vuelos, pero nunca los ha podido encontrar. Los aviones despegan desde el Aeropuerto Internacional Panamá Pacífico. Pregunto al taxista sobre la aerolínea, él me contesta que no sabía siquiera que funcionara el aeropuerto. Después recuerda una cumbre de líderes donde los presidentes aterrizaron en ese aeropuerto.

Llegamos por fin. Es una sala con pocos pasajeros, con anuncios desmontables, sillas, una fila de personas y unas dependientes haciendo check in de equipaje. Después de larga espera, compro un pasaje; en mí hay un fuerte deseo de largarme de aquí. La recepcionista me dice: “Tranquilo, papi, ya checamos tu equipaje”. Me quito los zapatos, vacío mis bolsillos, paso mi mochila de mano y abordo el avión. No sé porque pienso en la película Sobreviven al abordar. Las turbinas suenan, el avión recorre la pista despacio, se mueve de lado, toma velocidad y despega. Todo es nuevo para mí. Los movimientos son aleatorios cuando el avión atraviesa las blancas nubes. La ciudad queda minúscula mientras la dejamos atrás. Mar, montañas y franjas verdes de selva son el paisaje que observo mientras no leo mi libro de viaje, un regalo de graduación de un querido amigo: Todas las familias felices, de Carlos Fuentes.

Después de una hora, las casas rojizas me indican que estamos llegando al último punto de la ruta: Bogotá, Colombia.

La nublada Bogotá

Este relato está llegando a su fin, siendo que lo consecuente serán experiencias que tienen que ver más conmigo, y que por ahora conservaré para mí. A diferencia de la incertidumbre por lo desconocido, en Bogotá me esperan mis viejos amigos. Al bajar del avión, el clima frío sacude mi escepticismo sobre el estado del tiempo en Colombia.

Bogotá

Bogotá es fría, nublada y lluviosa. A partir de ahora me queda claro que no toda Colombia es tierra caliente. Durante la fila para entregar la declaración aduanal, un rolo y una paisa (gentilicios que ocupan para nombrarse entre las personas de Bogotá y Medellín) me exponen porqué una ciudad es mejor que la otra y cual vale más la pena visitar.

—Bogotá es muy cultural. Tiene muchos museos y gran movimiento. Usted sólo se pone la bufanda y la chaqueta y a disfrutar se ha dicho.

Pero la mujer, con otro acento colombiano, contrarresta:

—En Medellín olvídese usted de este frío, puede caminar sin saco por las calles, conocer la obra de Botero, andar en metro por la ciudad…

Ambos son buenos argumentos, mismos que son interrumpidos cuando el encargado de aduanas me llama. Mis datos están bien, todo marcha, hasta que me pide una dirección de llegada, que, como típico mexicano (pero creo que específicamente oaxaqueño), no tengo. Recuerdo duramente que aquí no basta decir “Voy ahí de Felipe, o de Juana…”. Singular descuido de mi parte, me falta la dirección de mis compas. Pido un teléfono, me dice que pase con una de sus compañeras para que me ayude.

Entro en una amplia sala blanca donde hay dos mujeres israelíes sentadas en unas sillas de espera; al parecer, tienen el mismo problema. En precario inglés hablamos de la torpeza de nuestro descuido. Pido el teléfono para pedir la dirección. El encargado de la sala me contesta que me conecte al WiFi. Insisto, me vuelve a contestar:

—Don Guillermo, usted debe darse cuenta de la importancia de contar con su dirección de llegada. Es por su seguridad. ¿Qué tal si se enferma o algo?

A estas alturas, después de pasar por una aduana como la de Panamá, esto me parece un paseo en un parque de recreo. Es más, la idea de la deportación ni siquiera me asusta. Un golpe de fortuna: Andrés está conectado. Me brinda su dirección y asunto resuelto. Me desean buena estadía y me voy.

Mi mochila gira solitaria en la banda transportadora. Tomo un café y un croissant para regresar a la batalla. Salgo a la calle, tomo el Transmilenio con dirección a Las Aguas, transbordo en algunas estaciones. Miro por la ventana: veo los grafitis, la gente que camina abrigada, las casas rojizas, los monumentos a Simón Bolívar. Bogotá me atrapa al instante; con su mezcla de edificios antiguos y nuevos. Sus calles estrechas, el estadio El Campín, la Universidad Nacional, los verdores que se pierden en los edificios de ladrillo rojo, la plaza de la Macarena, el barrio de Chapinero, el de Teusaquillo, el Museo Nacional. Yo no tengo pudor en admitir que puedo pasar horas contemplando edificios, y eso en Bogotá es un gozo ineludible.

Llego a Las Aguas, el Parque de los Periodistas me recibe. Bajo de Transmilenio, a un costado de la estación veo los libros de viejo, busco algunos títulos conocidos y hurgo entre algunas “novedades” editoriales. De repente siento en el hombro una mano, volteo y es Felipe. Entre los intercambios de güey y parce y la alegría por el encuentro después de algunos años, nos ponemos al día respecto a las novedades de la vida del otro. El Monserrate imponente vigila la ciudad, caminamos hacia la Plazoleta del Rosario.

El sol cae tras la cortina de nubes que poco a poco envuelve las montañas. Yo tomo mi segundo tinto del día. Hay luces que se mueven en paralelo por las calles bogotanas. En la estación de Transmilenio, las personas se agolpan en el Volvo para poder entrar. Algunas bicicletas pasean con su mecánico canto, se marchan en direcciones azarosas. Sentado en una jardinera de piedra, pienso en el verso de una canción de Gustavo Cerati: “Si algo aprendí en ésta ciudad, es que: no hay garantías / nadie te regala nada”. Y así fue el periplo hasta acá: sin garantías ni artificios; el recuerdo es lo único que me quedará.

Bogotá, Colombia, junio de 2015

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