Crónica al sur de la frontera (I)

¿Qué se ve en ese puente que conecta el norte y el sur de América?

Por Guillermo Guzmán

El viaje es un descubrimiento, un desdoblamiento del espíritu del viajero, un peregrinar por sitios, caminos y lugares. Imposible es describir su trayectoria de forma lineal. Al igual que las historias, se disgrega por líneas bifurcadas. Es el retorno al origen nómada de los seres humanos. Principio indómito que puede resumirse en una palabra: búsqueda.

Un fragmento de los tantos diarios del Che dice: “No es éste el relato de hazañas impresionantes, no es tampoco meramente un relato ‘un poco cínico’; no quiere serlo, por lo menos…”. Confieso que esta frase de Ernesto Guevara de la Serna no me viene por vía militante, ya que, si he de ser sincero, mi admiración por el personaje viene por la época en la que ni siquiera se distinguía por ser el futuro emblema de la revolución contemporánea, sino por su época juvenil, en la que sólo había, como él mismo lo dice más adelante, “identidad de aspiraciones y conjunción de ensueños”.

El mensaje de su libro Diarios de motocicleta (y digo libro porque considero que su prosa muestra un secreto deseo de publicación) es hoy, en estos días aciagos: creer en los sueños es un acto de resistencia. La historia juzgará sin artificios ni pleitesía al adulto Ernesto.

Hay que hacer claras distinciones entre el Ernesto joven y yo. Él tenía 23 años cuando inició su viaje; yo tengo 28 casi cargando 29. Él empezó por tierra desde Buenos Aires hasta la Patagonia, y de ahí a Venezuela; yo con trabajo iré desde México hasta Colombia. Además, él iba con el gordo Alberto Granados; y yo viajo en solitario.

Decidí empezar por Centroamérica porque, al igual que el joven Ernesto, pensaba que Latinoamérica era México y Sudamérica, sin tomar en cuenta esta franja que como un puente une ambas fracciones del continente.

Esta crónica no pretende ser una guía de viajes. Es más, ni siquiera busca prescribir lugares que visitar. En ella no hay recomendaciones o consejos (hay varios sitios en internet con datos más completos, de los cuales un servidor se nutrió para iniciar el periplo).

Mi relato sólo rescata impresiones de mi estancia en estas tierras, que hasta el momento de visitarlas eran desconocidas para mí, y algunas referencias sobre sus habitantes, en donde admito de antemano alguna arbitrariedad u omisión por carácter o estado de ánimo. Es más, podría decirse que esta crónica está influenciada por mi humor, del cual ha sido extraída sin quitarle el mínimo sustrato.

Camino a la frontera sur con Guatemala. Mayo de 2015

El inicio del periplo

Después de mucho pensar sobre ficticias penurias, de juntar todo lo que se tiene que juntar y de vencer mi gran renuencia, decidí emprender mi viaje.

¿Qué es lo que uno abandona al cruzar una frontera? Eso es aún un misterio para mí. De Oaxaca a Tapachula hay un tiempo de viaje de 12 horas. Es un trayecto que se hace largo, y más empezándolo a las siete de la noche. Cuando pasé por Tehuantepec, no sentí el alivio que otrora sentía, el viaje apenas empezaba. El autobús seguía su marcha por Juchitán. Me quedé dormido, despertando en Tonalá, o Huixtla, con el temor de que el camión se pasara de largo.

La central camionera de Tapachula tiene una suerte de desierto en las mañanas. Los taxistas en la puerta son más numerosos que los pasajeros en espera. Al salir de la terminal, fui rodeado por los conductores ofreciéndome “la mejor oferta”. Opté por no hacerles caso y abordar la combi con rumbo a Ciudad Hidalgo, en la frontera con Tecun Uman. Fue la mejor decisión, de no ser porque el conductor manejaba a 150 km/h, rebasaba en línea continua en curvas, subidas y bajadas. El tipo era un hombrón de cabello rizado y ojos claros; hosco y machacado en el hablar, con ese acento del trópico, rápido pero también apelmazado. Aunado a esto, uno de sus compañeros de parranda “sudando la cruda” se subió a las afueras de Tapachula y empezó a contar la cronología su juerga:

“No puej ji verga estuve tomando con la Telma y el Cajquito […] Que je me pone el verguita, mira pinche ejcuincle no te quiero reventar, cuando a ti te ejtaban limpiando el pañal yo ya estaba rompiendo madres […] Y luego que je me viene la Telma, le digo tu ni te metajs porque el pedo no es contigo es con la pendeja de tu mamá…”.

Palabras más palabras menos, mi preocupación estaba en la velocidad de la camioneta, aderezada por la perorata de este “verga de gorra tejida del Cruz Azul”. Al llegar a Ciudad Hidalgo, di gracias a la deidad por no habernos hecho trizas. Algo que llamó mi atención durante el trayecto es la similitud que tiene la vegetación con la zona oaxaqueña del Papaloapan o de Bajos de Chila, y también la similar depredación de la que es objeto.

Durante el trayecto me tocó percibir la xenofobia que existe en nuestro lado de la frontera; físicamente nos parecemos a los habitantes de nuestro país vecino, pero los tratamos con un profundo desprecio. Bastó escuchar el comentario del conductor y su “noble” Sancho cuando frente a nosotros un grupo de inmigrantes fue detenido por la policía: “Les dan más comisión entre más agarran”.

Atravesé la frontera México-Guatemala “triunfalmente” en un triciclo, que me tranzó 150 pesos por un tramo de 400 metros. Si algo he de decir es que no hay que subir al triciclo. El puesto fronterizo está a 100 metros y se puede llegar caminando a la frontera de Guatemala.

Atitlán y su oculto lago

Al llegar a Guatemala, decidí que mi primer punto de visita sería el Lago de Atitlán, del cual sólo había visto una fotografía en una revista vieja. Quise conocer de cerca esa masa acuática sin fondo que, situada en el cráter de un volcán, se muestra imponente, al menos en las pantallas de las computadoras. He de decir que estuve poco tiempo ahí. ¿Valió el paisaje el viaje largo? Claro que sí, es un sitio que no se ve todos los días. Por eso me quise ir apenas tuve la oportunidad.

A punto de salir de Atitlán hacia Antigua Guatemala, voy rodeado de personas de lenguas escandinavas. Noruegos o suecos por lo que puedo escuchar. Me siento como en una jaula de aves desordenadas. Curiosamente, el imaginario colectivo de que el orden es una de las condiciones de los europeos queda en entredicho al ser los turistas carrereados por el conductor de la suburban, quien ha decidido no esperar más. La belleza de estas mujeres contrasta con su poca gracia y hermetismo. En Atitlán las personas tienen poca paciencia, o quizá poca amabilidad, que para el caso casi viene siendo lo mismo. Lo he podido corroborar; hasta hoy sólo dos personas han tenido hacia mí alguna camaradería. Un ex-chofer que conocí en un autobús entre Cocales y Atitlán, que me contaba sobre su experiencia cuando conducía un tráiler desde Chiapas a Nicaragua, un trayecto que realizaba en 34 horas. Me habló también de su paso como campesino sembrando plátano por un raquítico salario.

Lago Atitlán

También conocí a una mujer indígena que vendía en una calle pan de plátano. Al encontrarme, como si ya nos conociéramos de antes, me dijo: “Vos encontraste donde quedarte, porque yo nada más te veía caminar y caminar por la calle”. No deja de asombrarme la condición humana: ¿por qué esa necesidad de preocuparse por el otro? De siquiera contemplarlo, y más en éste sitio oculto, entre montañas, con un lago de azuladas aguas.

Mientras redacto esto, las curvas para salir de Atitlán me distraen; me pone un poco tenso el que nuevamente tengamos que recorrer ésta monstruosa carretera, peligrosa como ninguna que haya recorrido antes. Un camino angosto donde a veces sólo pasan dos autos, barrancos flanquean la improvisada carretera, coches que muchas veces tienen que detenerse totalmente para que el auto de enfrente pase; si es que les da su regalada gana.

Hay un instinto de animalidad en este primer país que visito. Casi podría decir que esta inconsciencia premeditada nos hermana. Establezco un provisional y subjetivo juicio: un mexicano y un guatemalteco tienen en común una cultura del agandalle. Ante el sopor de esta suburban y de las pláticas nórdicas, recuerdo la novela de Carlos Fuentes, Todas las familias felices, que ilustra la tozudez del indio que ha sido durante varios siglos brutalizado; que fue sobajado por el blanco y también por el mestizo. Un ente que reclama esta tierra porque sabe que es mayoría.

Después de tres horas de viaje, la camioneta baja la velocidad. Gasolineras con logos de Shell, Esso y Texaco flanquean nuestro arribo. Hemos llegado a Antigua.

Antigua y la casa sustituta

Es día de la Santa Cruz en Antigua, mismo que se celebra con una gran procesión que recorre las calles. El orador del evento menciona la asistencia de un millón de fieles a lo largo de dos kilómetros. Me parece un poco exagerada su apreciación. A simple vista se nota que la nutrida audiencia se compone por diferentes estratos sociales: indígenas, clase media y una clase alta que se distingue por bloques notoriamente delimitados en el desfile. Un río de gente mana sin intermitencia.

Antigua es una bella ciudad que inevitablemente me recuerda a Oaxaca. Conserva sus casas con techumbres a dos aguas de tejas rojas. El olor del incienso y los rituales de santiguación me hacen sentir como sí siguiera en México. Intuyo que al igual que en Oaxaca, la pobreza se encuentra en la periferia. Antigua es colorida, con sus calles estrechas y empedradas. Sus habitantes tienen motivos de sobra para sentirse orgullosos de su ciudad. Admiro la plaza de armas. La procesión sigue su curso, filas de gente caminan bajo el sol, el estadio del equipo local de fútbol los espera, me cuentan que se celebrará una misa, mientras el equipo local juega de visitante.

Antigua

Las personas de Antigua tienen una gran calidez, siendo muy distintas a las de Atitlán, donde la relación es con reservas. Te ofrecen un servicio por un pago, una mera relación comercial de miradas hoscas y huidizas. El clima sigue siendo un factor determinante del carácter, o al menos así lo percibo. Por ejemplo, las personas de la frontera son de muchas palabras pero de poca sinceridad, siempre mirando con desconfianza al otro.

Considero que la reserva y la indiferencia hacia el mexicano es por la política migratoria tan xenófoba que ejerce el gobierno mexicano. Una política esquirola de los gringos, donde al centroamericano se le trata como un intruso que requiere ser expulsado, haciendo el trabajo sucio como “policías de la segunda frontera” de Estados Unidos.

Me parece inaudito que si compartimos una historia prehispánica, un legado de opresión europea, un mestizaje muy claro y una misma lengua española, ¿por qué no podríamos tratarnos como hermanos? Una nación que no sea Centroamérica, Norteamérica o Sudamérica, sino una patria grande llamada Latinoamérica.

Esta utopía errática se diluye en mi mente mientras atardece en la plaza central de Antigua.

Fuente de Antigua

Camino a San Salvador

Hoy dejé atrás la bella Antigua. De vuelta a la cuadratura del trato en Guatemala capital. El regreso a la ineficiencia de las compañías de autobuses, a las instrucciones poco claras. A la relación entre las personas en función del dinero. Parto rumbo a Managua, haciendo una pequeña escala en San Salvador, El Salvador.

La carretera a ambos lados está acompañada por una vegetación tropical que resguarda la pobreza de las localidades. A orilla del camino se ven niños descalzos, personas vendiendo frutas tropicales, autopartes, aguas frescas, mujeres con coloridas y sucias faldas. Hombres de expresión dura, como si dentro de sí guardaran una rabia hacia algo o alguien. En el camino rumbo a El Salvador es común ver árboles y postes pintados de los colores de partidos políticos. Una de las propagandas que más me llama la atención es la del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FLMN). Inmediatamente me hace pensar en las cruentas revoluciones que se llevaron a cabo en Centroamérica en la década de los 80, donde la violencia cobró altos dividendos: miles de muertos, desplazados, desaparecidos y problemas sociales, que aun en la actualidad; en cada uno de los países, es motivo de conflicto.

La entrada en El Salvador es un poco accidentada. Mi nombre no aparece en una lista de pasajeros aprobados, y tengo que bajarme del autobús. Un buen susto me acompaña, similar creo yo, al de un indocumentado que es puesto en evidencia por su captor. El contraste es instantáneo, ya que el frio del aire acondicionado del autobús y el gélido escalofrió de mi reciente temor es diametralmente opuesto al clima tropical de la aduana salvadoreña, un lugar que parece un edificio escolar abandonado, con largas filas de personas en camisetas, shorts y sandalias. Niños juegan descalzos en los pasillos.

El encargado de la aduana revisa la lista de pasajeros en una computadora que parece un televisor de cinescopio. Finalmente, aparezco. Con un bolígrafo hace las correcciones en la lista del empleado de la aduana. Regreso al interior del autobús y me percato que hay un prepotente policía interrogando a los pasajeros. Observa los pasaportes. Al ser yo el pasajero del último asiento, quiero pasar a sentarme. El empoderado gendarme me dedica una mirada de desprecio y me dice en voz alta “Espérate”. Supuse de antemano que enfrascarse en discusiones áridas con estos acomplejados “señores feudales” es estéril. Así que simplemente le contesto en forma amable; lo cual lo aturde, ya que comienza a hacerme preguntas como si fuera un delincuente. Después de este trago amargo continuo el camino hacia San Salvador, que he de decir es una ciudad brava, donde por la tenue iluminación el ambiente se respira tenso, y se percibe desde que uno hace arribo. Son las ocho de la noche, y casi nadie se encuentra en la calle.

La mayoría de las casas de la ciudad tiene rejas y mallas por donde sólo pasaría un dedo índice. Casi todas, salvo poquísimas excepciones, tienen rollos de alambre con filosas cuchillas en sus bardas. Es impactante la desconfianza que al menos en esta ciudad puede causar el otro. Es tal la inseguridad que en la puerta de la terminal el guardia carga una escopeta de grueso calibre e inmediatamente, al llegar, cierra el portón de acero. Las empresas de transporte como parte de su oferta ofrecen que no tengas que salir del paradero de autobuses, el hospedaje está en el mismo punto de descenso: seguridad como parte del paquete. Después de escuchar la reseña del administrador del hotel sobre la colonia en la que estamos, he decidido romper mi ayuno de sopas instantáneas de casi 10 años para no asomar las narices en la calle.

Para pasar el tiempo, en el sillón de la recepción nos hemos juntado un salvadoreño, una hondureña, un nicaragüense, un mexicano y un costarricense para hablar de un tópico que a la mayoría nos deja contentos: la comida de nuestros países. Es un cuadro peculiar y colorido.

Nicaragua nos aguarda

Es inevitable contemplar cómo a pesar de la brutalidad, la belleza florece en todos lados. Un bello amanecer me acompaña al dejar San Salvador. Me espera un camino de 12 horas hasta Nicaragua, una ruta que atraviesa dos fronteras: Honduras y Nicaragua. Con el paso del camino es inevitable que los paisajes vayan cambiando: selva, bosque, pastizal; todo en ese orden. A mi lado se sienta un hombre mayor, blanco y de ojos verdes. Supuse inmediatamente que se trataba de un finquero. No soy un vidente ni nada que se le parezca, pero su mirada esquiva, su natural e imperativa voz y su gusto por el campo y el whisky lo delataron.

Cómo dos felinos, nos medimos sin hablar; sólo miradas en formas de cuchillo.

—Vos eres de México —dijo, rompiendo la tensión entre ambos, al ver mi pasaporte para llenar un formulario.

—Sí, ¿y usted?

—Soy nica.

Rompió el hielo. Me contó sobre su gusto por las corridas de toros, su visita a la Plaza México. Yo le comenté mi opinión sobre ese “arte”. Me platicó del largo camino que hizo en un viaje del DF a Monterrey. Me preguntó también sobre el derrotero que había seguido el caso de los 43 normalistas de Ayotzinapa. Con tristeza, me dijo:

—Es una barbarie sin sentido: sólo una mente perversa haría algo así.

Le pregunté sobre Nicaragua. Se retrajo, y con frases cortas mostró su descontento por la política. Dejamos el tema por la paz. El punto medular de la larga conversación que siguió lo dio la cinematografía. El viejo era todo un erudito, sobre todo del cine norteamericano de los 30, 40 y 50. Los nombres desfilaron: Brigitte Bardot, Humphrey Bogart, Rita Hayworth, Ingrid Bergman, Clint Eastwood, John Wayne, Clark Gable. Desde la frontera de Honduras hasta Estelí Nicaragua, hablamos de cine. Yo con mis recursos, que son pocos, y él con la avalancha de títulos, anécdotas y actores. El tiempo, a pesar de la distancia, se hizo corto.

La llegada a Managua fue más silenciosa. Camino a la terminal de llegada, tal como un abuelo que ha encontrado al nieto favorito, me dio una lista de recomendaciones sobre taxis, sitios y otras generalidades. Me miró como quién no sabe cómo despedirse (lo sé porque también he tenido esa mirada), y me tendió la mano.

—Amigo, ha sido un placer conocerlo. Le deseo mucha suerte.

Dio media vuelta, alejándose con su chofer.

Managua es una ciudad calurosa, donde la militancia de izquierda es más que notoria. Las imágenes de Augusto César Sandino abundan donde sea: en las plazas públicas, en las oficinas gubernamentales. También las del Che, y en algunos lugares las de Hugo Chávez. El sopor tropical se percibe inmediatamente al bajar del autobús. La noche de luces amarillas me invita a adentrarme en un país que sufrió 80 años de guerra civil y que, como un fénix, quiere retornar de las cenizas.

Abordo un taxi para buscar el hospedaje. El libreto de los viajes muestra que al ser viajero, todo mundo, en especial los taxistas, creen que tienes dinero. Esta no es la excepción. Después de un férreo regateo, hago que me cobre más o menos lo justo. Llego al hostal. Parece una casa de los años 70, con una piscina cuadrada; solamente faltan las camisas hawaianas y los daiquiris. Me instalo y casi instantáneamente, gracias a la ayuda de un escandaloso y extrovertido joven tico que venía en el autobús conmigo, entramos en la conversación. Mesa variada: un canadiense, dos taiwaneses, un británico, un tico, dos nicas y un mexicano; completamos el cuadro. Los temas son variados: política internacional, la importancia del inglés como segunda lengua y los pros y contras de la masturbación; de éste último me reservo los generales.

León y su revolución

Una mañana calurosa en Managua, siento que ya he pasado suficiente tiempo aquí y decido irme rumbo a León. Hasta ahora Nicaragua me ha parecido un bello país, con su gente cálida y amable. Al dejar Managua, la propaganda gubernamental invade las afueras. No es para menos: Daniel Ortega es el presidente y uno de últimos referentes vivos de la Revolución Sandinista. En la cultura nicaragüense, Sandino tiene gran significado, ya que es uno de los representantes de las Revoluciones Latinoamericanas; pequeño de talle, pero de gran inteligencia y valentía.

León se encuentra a hora y media de Managua. Una ciudad colonial pero con el ambiente tropical en la sangre: casas coloridas, enormes iglesias, calles angostas y una plaza central muy bella. Paradójicamente, frente a la catedral de León se encuentra situado el museo de la revolución, un sitio austero pero con una riqueza histórica contada en voz de sus propios participantes; los guías son excombatientes de la revolución sandinista.

Museo de la Revolución (León)

Me asignan un guía. Es un hombre tostado por el sol, alto, con brazos largos como ramas de un viejo árbol; sus venas marcadas son la cartografía de la dura faena. Me presenta una semblanza detallada de toda la lucha nicaragüense. Es una historia rica en detalles, plagada de referencias y crudeza de los combates. El drama por los caídos en batalla es un relato desgarrador pero al mismo tiempo jubiloso, que tiende sus redes hasta que me atrapa. Sin preverlo, un nudo lentamente se instala en mi garganta. Es por una de las partes del relato:

—Mi hermano menor fue asesinado por el ejército de Somoza a unas cuantas calles de aquí. Lo partió a la mitad la metralla de un tanque; él sólo tenía 14 años.

Catedrál de León Nicaragua

“¿Qué hacía yo a esa edad?”, me pregunto internamente. La respuesta me da vergüenza, más al estar en un sitio como este, donde la sangre se encarnó en la tierra. Como un intruso, viene a mi mente una línea de un poema de Nicanor Parra: “Sin embargo yo fui tal como ustedes / Joven, lleno de bellos ideales”…

Rubén Darío (León)

Rubén Darío (León)

La tarde cae. Me despido del guía con un fuerte apretón de manos y volteo una última vez. Él se pierde como una sombra en la oscuridad de la entrada del museo. Camino hacia la plaza central, el kiosko extiende su última sombra. Doy unos pasos más, compro un granizado de grosella con dulce de leche. Cansado por la caminata de aquel día, tomo un descanso en una de las bancas de la plaza ocupada por dos señoras. Acontece una situación incidental: hago un comentario sobre una personalidad de la televisión nicaragüense (que no conocía) que es rodeada por un remolino de gente en la plaza.

—¿De donde sos vos?

—De México —respondo.

Comienza el ajuste de cuentas históricas:

—Aquí nosotros recibimos a todos, no corremos a nadie —una clara referencia a la política migratoria mexicana—

—Esa política me parece una tontería con la que no simpatizo —le comento, tratando un poco de excusarme.

En su voz percibo un profundo resentimiento, y posteriormente un viso de intimidación.

—No crea, mexicano, que todos los nicaragüenses son buenos.

Minutos después me alejo de la banca, con una despedida seca.

Granada: la soledad y sus bellas calles

Unos días antes de salir de León, conocí a un simpático amigo italiano, con el cuál estuve platicando largamente del juego de aquel día: Bayern Múnich vs Barcelona, sobre todo del golazo que anotó Messi. Más tarde salí con unos amigos del hostal. Una joven pareja —él nicaragüense y ella polaca— nos acompañó, también una bella chica australiana. Fuimos a un bar donde supuestamente tocaban jazz en vivo; sólo había música electrónica para el público adolescente. Salimos de ahí sin el simpático italiano, ya que la combinación de medio litro de ron y cervezas hizo mella en él. Buscamos otro sitio para estar más a gusto, y llegamos a un café-bar que continuaba abierto a pesar de la proximidad de la madrugada. Platicamos hasta las tres de la mañana sobre política, literatura e historia.

Un día de sol a plomo, decidí irme de León. Mi regla para este viaje es: “Cuando estés más a gusto en un lugar, debes partir”. Y así lo hice. Me fui rumbo a Granada, una ciudad al este de Managua que varios nicas me habían recomendado y otros tantos me dijeron que omitiera. Después de tomar algunos autobuses, llegué.

Granada1

Granada

Granada es una ciudad colonial de casas coloridas un poco distinta a León. Cerca de donde bajé del autobús, al costado del mercado, hay una zona de casas semiderruidas, donde la atmósfera es pesada. Abundan personas en su mayoría indigentes que caminan por las calles pidiendo dinero (presumo que para drogas). Según los habitantes de Granada, es uno de los puntos más peligrosos de la ciudad.

Después de caminar largamente, llegué al hostal: una casa que antiguamente perteneció a un poeta local. El lugar es sumamente apacible: una casa espaciosa y limpia, con un corredor por donde se cuela la brisa fresca del Lago Cocibolca. Es un sitio ideal para escribir. Después de descansar, salí a caminar un poco por la ciudad. El calor de la tarde me terminó minando. Me refresqué tomando un fresco de cacao y mitigué mi hambre con una comida tradicional que consiste en chicharrones, yuca y vinagre. La ciudad, a pesar de su belleza, tiene un ambiente que no me agrada, así que decidí que mi estancia sería corta y me iría a la primera oportunidad.

Granada

Granada

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