Ilustración de la serie ‘Venados’ Por Sanez

 

“Vamos a concluir tu contrato con la institución a partir del día de hoy. Te vamos a dar este cheque por x pesos, en donde te estamos pagando los cinco días que ya no vas a trabajar y la parte proporcional del aguinaldo y prima vacacional generados. Necesitamos que nos firmes de conformidad para ir a la Junta Local de Conciliación y Arbitraje y dar por concluida la relación laboral.”

Lunes 25 de marzo por la mañana, sin aviso previo, sin causa justificada y a dos semanas de dar inicio a mi licencia por maternidad.

Perdona, no quiero ser irrespetuosa pero nunca antes te había visto, ¿quién eres? El representante legal de la institución. ¿Mi jefa directa está al tanto? Se le acaba de notificar. Y ¿puedo conocer la causa? Terminación del contrato y falta de recursos. De acuerdo, tomo nota de la propuesta de convenio y quedo a la espera de la notificación formal. Esta es la única notificación que se te dará y hoy es tu último día de trabajo, así que si tienes efectos personales… Eso es lo de menos, tengo bienes muebles bajo mi resguardo y responsabilidades administrativas que cumplir. Agradezco la información, voy a platicarlo con mi jefa y la titular de administrativo. No importa con quien lo hables, el trámite solamente será conmigo.

A la 1 de la tarde del siguiente día, después de hora y media de presión e intimidación disfrazada de negociación, firmé el convenio por menos de la mitad de lo correspondiente a los 90 días de maternidad.

Por supuesto que sé que la vigencia de un contrato temporal no necesariamente da término a una relación laboral establecida, que la falta de aviso formal sobre la causa de terminación anticipada de contrato acredita el despido injustificado y que por donde se le vea la situación estaba siendo abiertamente irregular y a todas luces discriminatoria. Por supuesto que sé que la institución no carece ni puede argumentar, como lo hicieron, -y mucho menos comprobar- carecer de recursos para asumir el pago de mis prestaciones. Me queda claro que de haber habido causa justificada no habrían tenido problema en presentármela por escrito o por lo menos de boca de quienes, de hecho, me  contrataron. No habrían tenido prisa ni vergüenza. Es evidente que de haberse tratado de una simple no renovación de contrato no habrían tenido tanto apuro por finiquitarlo 4 días antes de su fecha de “término” ni necesidad de que les firmara un acuerdo ante la Junta. No me habría confesado el abogado que “después de firmar el convenio el trato podría volver a ser cordial”. Entiendo que de sucederme algo a mí o a mi bebé en consecuencia resultan totalmente responsables. Por supuesto que sé que en un juicio laboral tengo absolutamente todo a mi favor. No solamente por la cantidad de artículos de la Ley Federal del Trabajo flagrantemente violados, sino por la gravedad de despedir injustificadamente a una mujer embarazada a días de su incapacidad y dejarla fuera del mercado laboral sin la posibilidad de acceder a ningún otro tipo de ingreso; con las repercusiones que ello implica en términos de la Ley General de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia y todas las disposiciones que como abogada especializada en derechos humanos me conozco de memoria.

Por supuesto que identifico y puedo acreditar las prácticas de  hostigamiento, intimidación, disuasión y acoso laboral a las que fui sometida. Conozco las instancias y los medios para denunciarlas, me sé respaldada por una importante red de voces nacionales e internacionales y absolutamente capaz de articular una defensa estratégica; lo he hecho por otras personas. También tengo claro el alcance mediático del asunto, por su gravedad y por haberse suscitado en un organismo público autónomo creado para la defensa de derechos humanos, cuyo titular carga con un amplio historial de violencia en contra de sus trabajadores.

Los compañeros de la Comisión Nacional para los Derechos Humanos, también los medios locales, estaban de visita para la presentación de una recomendación relacionada con violaciones a los derechos a la seguridad social de una mujer que se quedó viuda. Hubiera bastado un movimiento osado, valeroso, mínimo, para que se develara que tras el telón y reflectores, una joven mujer y la pequeña en su vientre estaban siendo impedidas en ilegalidad de acceder a su lugar habitual de trabajo, escoltadas hasta la puerta como delincuentes por personal de seguridad y de la unidad administrativa, corridas a toda prisa de una institución  de acceso a todo público “por instrucciones” de no ser vistas por los visitantes; castigadas, una por venir al mundo y la otra por embarazarse y hacerse “menos productiva”, o para citar textualmente “no por la calidad de tu trabajo, que es impecable” sino por “tu incapacidad actual de asumir el compromiso máximo a la par que el resto”; y consecuentemente privadas del mismo tipo de derechos que la mujer viuda. ¿A qué le habrá sabido a mis compañeros la palabra “dignidad” en ese evento público?, justo un día después de la marcha nacional contra las violencias machistas.

Claro que pude haber alzado la voz en frente de todas esas cámaras. Claro que pude haberme hecho acompañar de fe pública para acreditar que se me impidió el acceso a mi lugar de trabajo injustificadamente. Claro que pude haber levantado un acta administrativa para dejar constancia. Claro que pude haber puesto mayor resistencia y exigencia, las cartas estaban de mi lado.

Y entonces, ¿por qué no hice más?

Al contrario de lo que podría pensarse, mi lucha se jugó en el cuarto oscuro frente a sujetos individualmente deshumanizados que, respaldados por una violencia institucionalizada, “solamente hacían su trabajo”. Mi “defensa” se jugó en la sinceridad, “llamemos las cosas como son, lo que está sucediendo es y lo que me corresponde es”, ¿qué me aconsejarías, abogado, si yo fuera tu esposa y esta pequeña, que aunque no veas está aquí frente a ti, fuera tu hija? y ¿qué habrías hecho tú, contadora, si cuando te embarazaste dos veces seguidas de tus hijos, hoy adolescentes, te hubieran hecho lo mismo?, se jugó en la calidad de mis acciones previas y la imposibilidad de darme a la cara un motivo válido para la baja, en los pesos que logré aumentar a su ridícula “oferta”, en la puesta en evidencia de sus falacias sobre la mesa, en las pequeñas resistencias sin violencia que hicieron que costara mucho más esfuerzo sacarme, en el “créeme que no soy yo, a mí me mandan a hacer esto y me choca pero me dijeron que no me despegue de ti hasta que te vayas”, en los ojos que no pudieron sostenerme ni un segundo la mirada, en la ausencia de los tomadores de decisión que no tuvieron el valor para hablarme e intentar justificar de frente lo injustificable, escondidos tras manos ejecutoras, llamadas de monitoreo, mensajes de chat y videocámaras.

Quienes trabajamos en la atención a víctimas sabemos identificar perfectamente situaciones de violencia; asesoramos, orientamos, solicitamos medidas cautelares, alentamos, acompañamos. Pero pocas veces nos enteramos de nuestras propias violencias. Las que generamos y las que permitimos. Las que vivimos. Las que nos tocan. Cuesta más trabajo reconocer la violencia sutil, institucionalizada y normalizada que la burda y ajena, por eso aunque reaccionamos ante las violencias generalizadas podemos ser omisos –sin ni siquiera darnos cuenta- frente a las violencias directas y cercanas. ¿De qué sirve indignarse públicamente por la impunidad en el país si no somos capaces de cuestionar la vulneración de una colega sucediendo en nuestras narices?

Esas violencias que se materializan en “el patrón se va a enojar si te ve aquí, por favor vete”, “¿Están viendo cosas de la entrega? Ah… es que como vi que todavía estás aquí…”, “No sé si tu jefa no fue lo suficientemente clara, ya no trabajas para la institución, no puedes pasar”, “¿En serio tu jefa no te anticipó nada?, ¿a poco nunca te previno?”, “Los están viendo de presidencia a través de la cámara, vayan a sus lugares”; esa que se nutre de información a medias, de silencios, de instrucciones incómodas, de advertencias disfrazadas, de eufemismos y miradas que sin atreverse a ver pasan de largo. En el miedo a desacatar por la posibilidad de ser el/la siguiente, por saber que existe un antecedente sistemático de represalia a  la desobediencia, que va desde la manipulación mediática hasta la utilización de mecanismos del Estado para el hostigamiento directo. Esas prácticas individuales y aparentemente banales que, galvanizadas en dinámicas, se transforman en violencia sistémica. Esa violencia de la que fui crítica durante todo el tiempo que pertenecí a la institución.

Mi lucha fue frente a esa violencia. Y fue ardua y fue frontal. Me faltaron al respeto desde el envío de un interlocutor con quien en la vida había tenido contacto para anunciarme la terminación injustificada de mi relación laboral, desde la pretensión de hacerme firmar un convenio en el que “benévolamente” me pagaban la totalidad de la quincena de la que había laborado ya 11 días, “incluidos los 5 días que ya no iba a laborar”. Me faltaron al respeto poniendo sobre la mesa un monto irrisorio en relación con las prestaciones por ley correspondientes a la maternidad, sacándome de la oficina de manera indigna, después de haber llegado por mérito, sin recomendación de nadie, a solicitud y bienvenida del titular. Me faltaron al respeto pretendiendo hacerme ceder a una negociación a todas luces ilegal e injusta. Y sin  embargo, firmé su convenio y la carta de renuncia que llevaban ya preparada, con todo y sus faltas de ortografía.

Como defensora de derechos y como mujer sé que pude haber hecho más, me pregunto si debí haber hecho más. Al final, el telón sigue en pie, las injusticias que han sucedido dentro de la institución seguirán sucediendo en impunidad. Porque si yo, que entendí perfectamente lo que sucedía, que tenía los medios y herramientas para hacerle frente, y que tengo la fuerza de visibilizar de manera importante el actuar y naturaleza de servidores públicos que se vanaglorian con un falso compromiso del respeto de derechos que sistemáticamente violan, no lo hice, ¿entonces quién? Hubiera sido tan sencillo como redactar la demanda, alertar medios, activar redes, interponer denuncias. ¿Por qué no lo hice?

¿Por qué no luché por mis derechos?

Ahí, sentada frente a los ejecutores del trabajo que nadie quiere hacer, frente a la presión de dos emisarios con la consigna de hacerme ceder. Ahí, previamente vejada, corrida de mi espacio de trabajo, aislada de mis compañeros, manifiestamente no deseada y sometida al estrés de la incertidumbre, sentí a mi hija en el vientre. Mi bebé, que el día anterior había pasado de ser un golpecito cada tanto a una efervescencia permanente, que en toda la noche no había dejado de moverse, tan fuerte que su papá alcanzó a sentir su movimiento en el vibrar de mis hombros, que se revolvía cual licuadora ante cada nuevo intento de cifra, contuvo de pronto toda mi atención. Me pareció que había algo más valioso que el miserable juego de pesos y centavos de quienes frente a una causa justa y dos vidas humanas privilegian “gastos” con menor impacto para la institución. Su juego no es mi juego. En ese preciso instante, toda una red de personas –consciente o inconscientemente- estaba mirando a mi hija como una carga, como un peso, como un costo incómodo, como un sacrificio necesario. No el valor de mi trabajo, ni el valor de su vida. Ante la impotencia e indignación de algunos de mis compañeros, ella y yo estábamos siendo víctimas de discriminación y de violencia, sin que nadie se atreviera a hablar por un ser indefenso que, en ese momento me di cuenta, solamente yo podía defender.

Para mí esto es nuevo. No he aprendido a ser madre todavía, éste es mi primer embarazo y cada nuevo día es un descubrimiento sobre lo que significa ser responsable de una vida más que la mía.  Cuando se atienden víctimas, la condición de vulnerabilidad se intuye, se imagina, se da por sentada, pero no se siente realmente. Son vulnerables los sin techo, los pequeños abandonados, los de edad avanzada, pero no los defensores. Nosotros no. Lo pinche es que lo saben. Conocen perfectamente cómo opera la condición de vulnerabilidad; por eso, por inverosímil que sonara aventurarse a vulnerar alguien como yo se atrevieron. Porque yo ya era vulnerable, y no lo sabía. Porque apostaron a que mi prioridad fuera ella y no se equivocaron. Mi hija me enseñó que el valor de su vida y el respeto por ella va por encima del capricho de nadie. Que no tenía por qué seguir sometiéndola a permanecer en frente de sus agresores. Y a pesar de ello, firmé las condiciones injustas con un sentimiento ambivalente, como si lo hiciera en contra de mí, de mis principios, de mis fortalezas y de mis convicciones.  Un día antes  manifestaba públicamente mi deber y decisión de seguir trabajando para brindarle a mi hija la oportunidad de un mundo libre de violencia contra las mujeres. A la mañana siguiente ambas fuimos violentadas y renuncié a nuestra seguridad social. Al mismo tiempo que sentí que la protegía sentí que la defraudaba. Habrá quien piense que con mi decisión abono a la impunidad y que era mi deber hacer más. Hay quien dice que no me correspondía a mi asumir una defensa frontal en el lugar donde me encontraba, sino a quienes estaban en condiciones para hacerlo. Hoy no es del todo claro, pero tengo la impresión de que con el tiempo lo iré entendiendo.

Voy a mantener el anonimato  de los personajes de esta historia porque no es mi intención ni me interesa someterles al escarnio público. Este testimonio no es una tentativa formal de denuncia ni es una acción legal. Es más bien un desahogo, un deber y un intento por nombrar, no la violencia abstracta, sino algo que fue real para mí y para mi hija; por verlo de frente y no pasarlo de largo. Una respuesta al ¿qué se sentirá? Esto se siente. Una pregunta que me hago y comparto. ¿Qué complicidades voluntarias e involuntarias permitieron que ambas pasáramos por esto? Una invitación a preguntarnos ¿cuántos silencios y cuántas abstenciones hemos aportado? No culpo a mis compañeros por  no “defenderme” o levantar la voz en mi auxilio, cada quien tiene sus causas, sus prioridades y sus formas. Las culpas son muy fáciles. Quisiera decirles solamente – y no sólo a ellos-  que esa mierda que sintieron correr por sus venas mientras nos veían a mí y a mi pequeña ser maltratadas, y que han sentido tantas veces (tantas que quizá ya es costumbre) NO es normal. Y sin embargo, es real, es relevante y es trascendente, porque en ese sentimiento está la verdadera esencia de los derechos humanos.

Estoy segura de que mañana, es decir hoy, habrán encontrado la manera de operar sin mi presencia, estarán buscando mi remplazo, poco a poco olvidando. Por mi parte, yo tengo que cerrar este ciclo. Dando gracias por un trabajo que, aunque en condiciones adversas, autoritarias y contradictorias, me dio la oportunidad de dar inicio a mi familia, de conocer realidades de a pie y de asistir a muchas personas. Que me dejó genuinas amistades y  grandes aprendizajes. Un lugar que me obligó a permanecer auténtica entre falsos discursos, donde conocí de primera mano las consecuencias de la normalización de la violencia institucional y aprendí que es el compromiso con los derechos de cada persona lo que nos forja como defensores y defensoras y que éste no puede ser selectivo porque pierde el sentido. Una experiencia que no me dejará olvidar nunca que cuando las situaciones de injusticia son corrientes perdemos noción de la libertad.

Hice una promesa con los habitantes de esta ciudad hace cinco meses al asumir mi cargo público y hoy puedo decir con satisfacción y orgullo que la he cumplido. Me hubiera encantado salir de aquella institución a la que le tomé gran cariño de la misma manera en la que entré, no asediada, presionada y vigilada. Me hubiera encantado que me permitieran notificar a los ciudadanos que confiaron en mí que ya no estaré atendiendo sus problemáticas pero que no deben preocuparse, poner al día los asuntos pendientes. Sin embargo, me siento contenta de saberme libre y reconocida por aquellas personas cuyo reconocimiento me es valioso. Lo demás, es lo de menos.

Solo te mando mensaje para decirte que estoy a tus órdenes, tienes todo mi apoyo y mi respeto. Un abrazo muy grande para ti y tu pequeña.”

Te juro que me estoy muriendo de coraje por cómo te sacaron de aquí. Vete con la satisfacción de que hiciste un muy buen trabajo, eres una excelente profesionista  y persona. Nos enseñaste mucho a todos.”

La verdad es una injusticia el trato que te dieron, pero seguro estarás más tranquila sin este ambiente y tendrás mejores oportunidades. Se te estima y cualquier cosa cuentas conmigo”

Me quedo con eso. 

Por Elvira Viviendo

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*Publicado en el blog personal de la autora

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