Pensé que era un borbandeo”

Por Hannah Paris

Leer la primera parte aquí: Pobrecitos los pobres.

Celia

Celia parecía ser la más frágil de todos los niños que teníamos en nuestra casa. Cuando la Marichi nos la confió tenía el vientre hinchado de parásitos, los cabellos cortados para evitar los piojos, un aire bayunco y gestos torpes. Completamente silenciosa, giraba sobre sí misma, a veces durante horas, encerrada en una letanía en la que sólo captábamos, incansablemente repetida, una negación. Cuando nos respondía, siempre lo hacía en negativo:

—¡Sos linda!

—¡No!

—¡Sos gentil!

—¡No!

—¡Está muy bien lo que hacés!

—No!

Cuando no estaba inactiva, ordenaba la ropa y los zapatos de los demás niños. Siempre disponible para los otros, cada vez que alguien nos visitaba o cada vez que nos acompañaba y salía, Celia pasaba horas chineando —como se dice en El Salvador—, cargando en sus brazos bebés que pesaban tanto como ella.

La Marichi la encontró en el refugio de Domus María en aislamiento total: una mujer había venido a dejarla allí y se había retirado enseguida, dejando sólo el nombre de aquella niñita de entre dos y tres años. Si la mujer dejó más informaciones —un apellido, un lugar de procedencia—, nadie se acordaba. En medio de la guerra, hubiese sido una máxima imprudencia mantener un registro. ¿Y para qué? Celia pasó dos o tres años en aquel refugio, presa de la soledad, zambulléndose poco a poco en una especie de amodorramiento. Viéndola tan perdida, la Marichi la sacó de allí para llevarla a su orfanato.

Cada niño es un enigma. Estamos delante de cada niño como delante de un misterio que hay que respetar. Celia era el más profundo de esos misterios. Perdida en un ensueño permanente, era toda dulzura: un ángel caído del cielo que no estaba seguro de tener gran cosa que hacer entre los humanos. Su memoria estaba vacía, hasta el nombre de su madre se lo había tragado el olvido. Éramos más atentos con ella: era la más desamparada.

Dos años de atenciones, de dulzura, de solicitud, de cariño, de siestas tiernas en las hamacas, de canciones de cuna se llevaron lo que parecía ser autismo. Celia participaba en los juegos con cada vez menos reservas. Aprendía rudimentos de lectura y de escritura. Manifestó una alegría intensa cuando terminó su primer dibujo, cuando nos enseñó la primera página de su primer cuaderno. Luis observaba que recorría en forma acelerada las etapas por las cuales pasa todo niño, como si estuviera saliendo de un hechizo.

Detrás de su fragilidad aparente, bajo las sucesivas capas de desdicha que sobre su corazón había depositado la vida, debió haber una base sólida. Y para que Celia hubiera podido sobrevivir en la soledad del refugio después de perder a su familia, esa base tenía que haber sido inquebrantable. Teníamos una sola hipótesis: aun si vivió poco tiempo con sus padres, posiblemente sólo con su madre, aún si la separaron de ella cuando era muy chiquita, Celia debió ser una recién nacida profundamente querida. Ese comienzo le había dado la fuerza de sobrevivir y le daba energías para tener de nuevo ganas de vivir.

Esta niñita sin memoria me dio un día una primera clave. Ella estaba de pie delante de mí, inmóvil, mientras que, sentada en el sofá del salón, daba yo de mamar a Manuela, mi hija, tan deseada. En este país en guerra, donde cada día traía su cuota de combates y de víctimas, donde los escuadrones de la muerte sembraban la destrucción, me sentía dentro de un campo de fuerzas: fuerzas de muerte, fuerzas de vida. Quise inscribirme contra la muerte en un proyecto de vida y quise hacerlo del modo más elemental: quise dar vida, y Manuela acababa de nacer. Si mi decisión de ser madre la tomé antes de la de acoger niños bajo nuestro techo, me sentí colmada cuando mi hija nació entre tantos hermanitos y hermanitas. Y todos los niños la recibieron dichosos, encantados de tener una tierna entre ellos.

En la hora más calurosa de la tarde, en medio de la casa apacible, Celia, silenciosa como de costumbre, se quedaba sin moverse frente a mí. La invité a sentarse a mi lado. No hizo ningún movimiento, pero pronunció en un tono casi solemne esta pequeñísima frase:

“Mi mama también me quería”. Fue la primera señal que enviaba una memoria tan profundamente sepultada que creíamos anulada. Nuestro oído se fue afinando para escuchar la tenue voz de Celia revelándonos grandes verdades.

Días después, bajando a la ciudad, nos cruzamos con una columna de camiones militares que subían hacia los Planes de Renderos. Los niños se acurrucaron en sus asientos. Celia miró el convoy militar petrificada. Guardamos silencio. Y fue Celia quien lo rompió y, con una seguridad que no le conocíamos, increpó a los soldados: “¡Son malos! ¡Matan a los pobres y además les roban!”. Enfurecida, acabó su imprecación con estas palabras: “¡Pobrecitos los pobres!”.

Hoy, acordándome de estas tres palabras, puedo asegurar que fue la única vez que escuchamos a Celia, siempre buena y tolerante, hablar así, con furia. Nos enseñó a ir a lo esencial. Dijo en tres palabras lo que no dicen ni los agudos análisis ni los largos discursos ni las pomposas declaraciones: pobrecitos los pobres…

***

En el verano de 1986, cuando el embajador de Francia me hizo saber que había decidido sacarme de El Salvador, la primera persona a quien confié mi desamparo fue al padre Ignacio Ellacuría. Teólogo, con una autoridad moral y espiritual reconocida en el mundo entero, pesadilla del sector más rancio de la oligarquía salvadoreña, este jesuita venido del País Vasco dirigía la Universidad Centroamericana, que se había convertido a lo largo de los años de un conflicto que había extinguido los demás focos intelectuales del país, en el lugar donde se elaboraba pensamiento crítico y donde se inventaba el modelo original de una universidad al servicio de los pobres.

Ellacuría nos honraba con su amistad. Desde hacía años teníamos con él diálogos frecuentes sobre todos los temas que nos preocupaban. La confianza entre nosotros era mutua. Le expliqué cuánto nos desgarraba el corazón salir de El Salvador. Queríamos quedarnos para seguir ocupándonos de los niños. A la vez que se declaró dispuesto a contratarme en la UCA si yo persistía en quedarme, se propuso disuadirme de esa intención: estaríamos en un gran peligro si yo no desempeñaba ninguna tarea diplomática. Lo menos que arriesgábamos era ser expulsados por las autoridades salvadoreñas; lo peor era fácil imaginar…Quedándonos, en ningún caso podríamos continuar protegiendo a aquellos niños.

Sus argumentos eran irrefutables. Tomamos la decisión de irnos. Entonces reunimos a nuestros amigos para un “consejo de familia”, tan atípico como la familia que habíamos formado después de dos años de vida en común con los niños. Los amigos fueron unánimes: “Ustedes comenzaron a crear con estos niños una relación estable que les es beneficiosa. Llévense a los que aquí nadie puede cuidar. Continúen criándolos con amor. Edúquenlos de tal modo que jamás olviden de dónde vienen para que puedan volver, ya adultos, a El Salvador, si ellos quieren”.

El arzobispado se encargó de hacer todo lo necesario para legalizar a los tres niños que iban a acompañarnos. Las gestiones tardaron varios meses. La última gestión me tocaba a mí: conseguir visados para que pudieran entrar en Francia. Después de varias semanas recibimos la grata noticia: la embajada de Francia tenía ya los tres pasaportes con sus respectivos visados.

Acababa de sentarme en el carro estacionado frente a la embajada, con los pasaportes en la mano, cuando la tierra tembló. Viendo en el retrovisor a un transeúnte caer en medio de la calle y mirando moverse las farolas de la calle, tranquilicé a Carlitos, que me acompañaba: “No es nada, es un temblor”. En el camino de regreso a la casa vimos a miles de personas desoladas por las calles, las casas derrumbadas, una obra en construcción de donde se llevaban el cuerpo de un hombre caído de un andamio. Comprendí que no era un temblor, sino un terremoto. Un terremoto de veras. El camino que sube a los Planes estaba impracticable, había deslizamientos en varios puntos. Dejamos el vehículo y subimos a pie. En la subida encontramos a un amigo mecánico atónito. Su mujer y su hija, que habían bajado temprano a la ciudad, habían perecido bajo una pared derribada sobre ellas. La gente con quienes nos cruzábamos contaba que en los Planes todo estaba destruido. Íbamos hacia el epicentro, entre gente enloquecida que subía o bajaba. Caminaba pensando: puede ser que no encuentre a nadie vivo… Carlos y yo demoramos medio día para alcanzar la cumbre donde vivíamos. Llegamos frente a la verja. Me sorprendió ver la casa en pie. Llamé y Luis apareció: “Todo el mundo está vivo en casa”. Rompimos a llorar abrazándonos a través de la verja. Cuando la tierra tembló, Luis había agarrado a Manuela, que dormía en su cuna y había sacado al jardín a un compa al que escondíamos en nuestra casa. Los demás ya habían salido fuera. Faltaba Celia. Luis había vuelto dentro de la casa mientras las sacudidas continuaban y había encontrado a Celia escondida debajo de la cama del cuarto de las niñas. La había tomado en sus brazos y la había llevado afuera. Estaba pálida: “Creí que era un borbandeo” [8], murmuró.

Diez días más tarde salíamos de El Salvador.

Los J……errantes

Un primer año en España sería una buena transición para nuestros pequeños salvadoreños antes de establecernos en Francia. Continuarían hablando su lengua y no tendrían demasiado frío. Eso íbamos pensando mientras llegábamos a Andalucía en un coche-cama de segunda mano comprado en Aubervilliers. Nos embriagaba el canto flamenco en los pueblos blancos alrededor de Jerez de la Frontera. Los niños dejaban que el Mediterráneo endulzara sus vidas y comprobaban con asombro cómo tantos edificios imponentes estaban desocupados en invierno, mientras que en su país los campesinos no tenían una casa donde vivir. Celebraron el Año Nuevo en una barca de pesca olvidada sobre las arenas de una playa. Habían tenido una idea curiosa: celebrar cada mes el día del nacimiento de Manuela, la hermanita mimada, el centro de todos los afectos, coronándola de flores. Esta vez fue con mimosas e hibiscos.

Esteban, un joven jesuita que habíamos conocido en El Salvador y con el que teníamos un fuerte lazo de amistad por su compromiso radical y su personalidad radiante, vino a compartir algunos días de nuestra vida andaluza. Una noche se quedó conversando hasta muy tarde con Carlitos, que le contó las últimas horas que había vivido en la casa de su familia en Aguilares:

—¿Y no te acordás del nombre del jesuita que los salvó a todos llevándolos donde la

Marichi?

—No…

Después, nos fuimos todos a dormir. Al día siguiente, al despertarse, Carlitos llegó

donde nosotros y nos dijo con una sonrisa radiante: “¡Ya sé! Se llama Barcelino. Lo vi esta noche en un sueño. Llegó, me miró y me dijo suavecito: ¡Sabés bien que soy Barcelino!”- Al escucharlo, Esteban dijo: “¡Marcelino! Seguramente fue Marcelino Pérez. Sí, era amigo de tu tío Rutilio. Lo conozco, está en Panamá ahora. ¡Escribile!”. Un bello intercambio de cartas siguió a este dialogo. Así, de un sueño, surgió un nombre que parecía borrado.

Un día dejamos el coche-cama estacionado a las afueras de un pueblo y caminamos hasta el centro. Por las estrechas calles desembocamos en una plaza perfectamente redonda con una iglesia de proporciones armoniosas en el mero centro: “Vamos a visitar la iglesia de Santa María”, dijo Luis. Celia y Silvia iban agarradas de nuestras manos, Carlos cargaba a Manuela en su espalda según su costumbre. Era una de esas hermosas tardes de invierno con ese cielo límpido que el Mediterráneo ofrece tan generosamente. Íbamos en silencio, colmados por la luz, por la belleza del momento y por la ternura que circulaba entre nosotros. En aquella calma que nada enturbiaba, Celia soltó nuestras manos y se quedó inmóvil como si estuviera ante una revelación que ella acababa de hacerse a sí misma y dejo caer estas palabras: “Mi madre se llamaba María”. Así surgió, del silencio, un nombre que parecía para siempre olvidado.

Otro día, fue el nombre de su padre: Tiburcio. Otro día, la evocación de un hermano, Chepito, de quien Celia recordó que era mucho mayor que ella y que la cuidaba. Con su paso, el tiempo hace volver del fondo del pozo chispas del pasado como trozos furtivos de luz en la oscuridad. También va borrando poco a poco las heridas de la infancia. Al cabo de un año nos tocó volver a Francia, donde los niños tendrían que aprender un nuevo idioma y donde estudiarían su primaria. Reemprendimos entonces el viaje en sentido contrario.

Un amigo nos acogió en Ramatuelle, un valle en donde los alcornoques y los pinos reales componen un paisaje de una armonía absoluta. Una tarde estaba esperando a Celia y a Silvia, que se habían quedado entre los arbustos siguiendo la pista de alguna tortuga o buscando alguno de esos tesoros que ignoramos los adultos. Las vi llegar brincando por el camino de tierra que bajaba en suave pendiente entre las viñas y la maleza. Un helicóptero apareció volando sobre el valle. Sin duda iba a sulfatar las viñas que se veían en la llanura. Como siempre que oía un avión o un helicóptero, Celia se asustó y echó a correr por el camino. Luego vi que se paró y regresó a paso normal hacia Silvia. Las esperé. Celia estaba tranquila. Comprendió aquel día que no todo helicóptero es una amenaza. Nunca más la vi manifestar aquel temor. Pero hicieron falta seis años sin peligros para conjurar el miedo…

Poco tiempo después interrumpimos nuestro vagabundeo y encontramos para abrigarnos una casa que nombramos “La casa de los J… errantes”, libre cada quien de poner tras la J lo que quisiera: judíos, jesuitas, jodidos…

Un día de verano volvíamos con unos amigos de una caminata hasta los Voirons, nuestra montaña tutelar en el Chablais [9]. Como la noche ya había caído, propuse atravesar las praderas para acortar la marcha. Caminábamos uno detrás del otro en medio de hierbas más altas que los niños. Les dije: “¡Muchachas! ¡Nunca hemos caminado así por la noche en el campo!”. Esta inoportuna observación de mi parte provocó una respuesta que proyectó una luz sobre un trozo del pasado:

—¡Pues si lo hicimos! —respondió Celia con un aplomo inusitado— ¡En las guindas lo hacíamos y había que ir en silencio!

¿Las guindas? Así es como los salvadoreños llamaron a las marchas nocturnas para evitar las zonas de combate y escapar de los soldados. Mujeres y niños marchaban en columnas, en un silencio absoluto, porque el menor ruido hubiera revelado su presencia. Y sabemos cómo acallaban los llantos de los recién nacidos… Así, antes de los tres años, Celia huyó en una noche salvadoreña. Aquel recuerdo se había borrado hasta aquella noche de verano alpina, cuando las sensaciones de la marcha en la oscuridad y posiblemente el contacto con una maleza tan alta, le devolvieron la memoria de un episodio tan lejano.

Nos gustaban particularmente los ríos. El Cirque du Fer à Cheval, las cascadas del Hérisson fascinaron a los niños, también las Gorges du Verdon, donde pasaron un día de verano nadando en pozas de agua, saltando sobre los peñascos, inventando aventuras alocadas. Cuando por fin se cansaron, se reunieron alrededor de Luis en un cerro sombreado desde donde se domina parte del río y Luis les explicó el ciclo del agua: nubes, lluvia, arroyo, río, mar, donde el agua se evapora y sube y se condensa y forma de nuevo nubes. Celia no reaccionó en seguida, pero el cuento le encantó. Al anochecer, a la vuelta, dijo, como si hablara para sí misma, sumergida en un ensueño:

—Quisiera ser una gota de agua…

—¿Por qué, Celia?

—¡Para no morirme jamás!

Nicaragua Nicaragüita…

A pesar de sentirse feliz de vivir en Francia y de estudiar, Carlitos, nuestro hijo mayor, nos dejó: quería regresar a El Salvador para participar en la lucha de liberación de su pueblo. Por fidelidad a su padre, a su tío, a su madre, todos aquellos asesinados por el ejército o los escuadrones de la muerte. Sin ningún espíritu de venganza, pero para que no hubieran muerto en vano. Consideramos que no teníamos derecho a retenerlo.

Luis y yo teníamos la costumbre de invocar a Guillaume Apollinaire: “Apo, protégenos de la dulzura de vivir en Francia”. Protégenos de la felicidad de vivir rodeados de tanta belleza y gozar de tanta seguridad que nos haga olvidar la miseria y la opresión en la que viven tantos hombres y mujeres en tantos lugares del mundo. Y parece que nuestro querido poeta velaba por nosotros. En la primavera de 1989 me propusieron de nuevo un puesto diplomático en el extranjero. Nuestra sangre nómada bullía. Sería en Nicaragua. Un amigo, buen analista, predijo que presenciaríamos la derrota de los sandinistas que, diez años antes, habían derribado la dictadura de Somoza. Y así fue: perdieron las elecciones en febrero de 1990 y tuvieron que abandonar el gobierno.

Escogimos Nicaragua porque nuestras hijas vivirían allí en un entorno parecido al de su tierra natal: la misma lengua, el mismo clima, los mismos árboles, las mismas frutas, culturas e historias cercanas, luchas similares. Pensamos que en Nicaragua les sería más fácil a Celia y a Silvia reconstruir lazos con su país.

La capital, Managua, se hundía en un calor sofocante. Todavía mantiene las huellas del terremoto de 1972 y los esqueletos de edificios de hormigón rodean las orillas de un lago contaminado. “Managua yace al lado de su propio cadáver”; así la describió Salman Rushdie.

A poca distancia de la ciudad encontramos un hogar: una modesta casa de madera, con un jardín lleno de árboles frutales. Vivir allí nos permitía estar en contacto estrecho con los amigos salvadoreños que iban y venían entre los dos países. En Nicaragua pudimos seguir la ofensiva lanzada por el FMLN en el otoño de 1989, con gran esperanza y también con gran inquietud. La guerrilla decidió ocupar la capital para demostrar que el gobierno no la podía vencer, pero tampoco la guerrilla podía vencer al gobierno. Luis aconsejó a los comandantes no quedarse en San Salvador más de tres o cuatro días para no darle al ejército tiempo para recuperarse de su sorpresa y entrar en combate, lo que necesariamente se traduciría en grandes pérdidas entre la población civil. No siguieron su consejo.

Al amanecer del 16 de noviembre, una llamada de teléfono nos despertó. Jesús Cardenal, uno de los responsables más queridos y respetados de la guerrilla, nos anunciaba la impensable noticia: seis jesuitas de la Universidad Centroamericana de San Salvador habían sido asesinados en plena noche, entre ellos Ellacuría y Nacho. Nuestras hijas nos acompañaron esa tarde a una misa improvisada en la Universidad hermana de Managua donde se reunió una muchedumbre conmovida. Estoy escribiendo trece años después y todavía no logro ni terminar mi duelo ni agotar el sentido de estas muertes. Lo más probable es que nunca lograré hacer ni lo uno ni lo otro. Unos meses más tarde, una llamada de otra amiga, María López Vigil, nos despertaba: Jesús Cardenal había caído en una emboscada en Arcatao y estaba muerto. Poco tiempo antes habíamos celebrado en casa el nacimiento de su hijo Gabriel…

Sabíamos que la guerra no podía continuar: ambos bandos estaban agotados. Muchos de los guerrilleros que entraban en combate, en su inmensa mayoría extremadamente jóvenes, habían perdido un brazo o una pierna; pero la guerrilla disponía de suficientes misiles tierra-aire para derribar aviones y helicópteros del gobierno. El asesinato de los jesuitas había causado tal rechazo en todo el mundo que continuar financiando la guerra en El Salvador era cada vez más delicado para el gobierno de Estados Unidos.

Seguimos al compás de los latidos del corazón el lento progreso de las negociaciones de paz. En febrero de 1992, por fin, los acuerdos de paz se firmaron en Chapultepec. Fue un inmenso alivio.

Cuando regresamos a Managua, después de pasar algunos días en México, la amiga a quien habíamos confiado las dos niñas nos enseñó un dibujo inmenso que Celia pintó después de haber oído por radio la noticia de la firma de los acuerdos. Pintó soles y arcoíris navegando en una profusión de naranjas y monos, reencontrando así, sin saberlo, el estilo y la exuberante paleta de los pintores y artesanos salvadoreños.

“Me gustaría regresar un día a mi país para ver”, nos dijo Celia con su estilo siempre parco. Era la primera vez, desde que vivía con nosotros, que expresaba ese deseo. Desde hacía seis años veníamos manteniéndole vivos los recuerdos de su país, le habíamos hablado con orgullo de la lucha de su pueblo, conservábamos contacto con sus compatriotas exiliados, evocábamos con amor a los amigos dejados allá, pero sentíamos que Celia era reticente: El Salvador seguía siendo el país de los “borbandeos” y de los terremotos, del peligro y del sufrimiento. El retorno de la paz hacía ahora de El Salvador un país en el que ella podía de nuevo pensar y al que podía comenzar a amar.

La vida nos iba a ayudar inesperadamente. Seis meses antes, el compañero encargado de darnos noticias de Carlitos nos había anunciado que había muerto en combate. No sé por qué intuición —¿desconfianza hacia aquel hombre al descubrir poco a poco hasta qué punto no era serio en su vida personal, temor de su falta de escrúpulos o esa esperanza loca según la cual lo peor jamás lo sentimos seguro? —, Luis y yo nos dijimos que teníamos que confirmar aquella noticia. Y nos la guardamos. Pero es imposible esconder algo a los niños y las dos niñas sintieron, bien por nuestros silencios o por cierta pesadez que se instalaba entre nosotros a pesar nuestro, que alguna mala noticia nos iba carcomiendo. Reaccionaban expresándonos más ternura.

Apenas pude fui a San Salvador con la idea de encontrar a las hermanas mayores de Carlitos y a los compañeros que combatían con él para escuchar un relato menos escueto que la noticia que habíamos recibido. La primera persona que llamé al llegar era una amiga. “¡Hola! Tengo una carta de Carlitos para ti. ¡Te lo perdiste por poco, estuvo aquí hace tres días!”. Estuve a punto de desmayarme. Los amigos se movilizaron y descubrieron que Carlitos debía estar en El Paisnal, uno de los campamentos provisionales donde estaban concentrados los guerrilleros bajo la protección y el control de Naciones Unidas. El día en que fui hasta allá Carlitos no estaba, había salido a cumplir una misión. Pero sus compañeros me acogieron y sacaron de su mochila fotografías que me tranquilizaron totalmente. Dejé en esa misma mochila para Carlitos algunas fotografías recientes de sus hermanas. Las mezclé con las suyas. Las encontraría al volver y sabría que yo había estado allí.

Regresé a El Salvador para la Pascua con Luis y con Manuela. Carlitos estaba. Gracias al reencuentro nos volvimos a sumergir en el río feliz de los días. La vida nos permitió cumplir la promesa hecha a Manuela cuando tenía tres años: te reunirás un día con tu hermano mayor, que te dejó para luchar por su país. Estábamos muy conscientes de la suerte que teníamos —una suerte negada a tantos otros—, al reencontrar vivo a este hijo. Para nosotros, como para Celia, El Salvador era ya el país donde la vida recomienza.

La carta

Tres años de felicidad en Chipre siguieron a los años nicaragüenses. Celia floreció en esta isla del Mediterráneo donde todo le gustó: la cordialidad de los chipriotas, la dulzura del clima, la bondad de nuestros amigos, el mar omnipresente, las primeras amistades adolescentes que uno quiere guardar para toda la vida.

De regreso en nuestro pueblo de Alta Saboya pasó cuatro años estudiando.

Intercambiábamos regularmente cartas con Carlitos, que en San Salvador se había integrado a la policía. Los Acuerdos de Paz establecieron que la nueva Policía Nacional Civil estaría integrada mitad por ex-guerrilleros y mitad por ex-policías. Carlitos se había casado y había dado a su primer hijo un nombre francés: Jean Louis.

En la constelación de nuestros amigos esparcidos por el mundo los salvadoreños continuaban alumbrándonos. Estábamos a distancia suficiente para que la luz de las estrellas apagadas —entre ellas las de nuestros amigos jesuitas asesinados, estrellas de mayor envergadura— nos alcanzara, tanto como la luz de las estrellas de los vivos. Las cartas de los sobrevivientes relataban las dificultades y las frustraciones de la postguerra.

Antes de salir de El Salvador en 1986 habíamos dejado a varios amigos indicaciones para comunicarse con nosotros en caso de que alguien buscara a Celia. Era posible: la paz alcanzada, las familias que aquella larga guerra había dispersado iban a intentar reencontrarse, como lo habían hecho, medio siglo antes, los sobrevivientes de los campos de concentración nazis al final de la segunda guerra mundial. Guardábamos la esperanza de que al menos un pariente de Celia estuviera todavía vivo, aun cuando la Marichi nos había entregado a esta niña como huérfana. Pero, en una guerra como aquella, ¿de qué podía uno estar seguro? La historia de la pequeña Anita permanecía en nuestra memoria.

La esperanza fue disminuyendo con los años. Siete años después del fin de la guerra, ¿por qué seguir esperando una señal, cada vez más improbable? Celia había encontrado su propio camino: la Escuela Hotelera. Primero, sin otra motivación que seguir allí a su mejor amiga. Después, asumiendo esos estudios como una verdadera vocación cuando optó por el oficio de catadora de vinos. Nos divirtió esta elección suya, que la anclaba tan claramente en su país de adopción.

Un día de junio de 1999 recibimos la llamada de un amigo médico: “Tengo en mis manos una carta dirigida a Celia por la Asociación Probúsqueda, que busca a los niños desaparecidos durante el conflicto. Es un primo el que se la envía. Quería asegurarme que su antigua dirección es siempre válida. Les envío la carta”. La carta llegó a nuestro buzón en vísperas del día en que Celia pasaba sus exámenes de fin de estudios. Se la remitimos cuando regresó de la prueba. “Soy tu primo Israel, el hijo de un hermano de tu padre Tiburcio. Tu madre, María Claudia, tu padre y tu hermano fueron asesinados por los soldados. Te perdimos cuando tenías apenas tres años. La guerra nos dispersó. Los cinco hermanos y hermanas de tu madre viven. Tienes aquí tías, tíos y primos que quieren saber si estás viva y que quieren volver a verte”.

Los nombres, las fechas y los lugares: todo coincidía. Manuela abrazó a su hermana mayor y la envolvió con un caudal de palabras cariñosas: “No llores, me tienes a mí, soy tu hermana. ¿No te basto como hermana? ¡Te quiero, estoy aquí!”.

Aprovechamos las vacaciones de verano para largas conversaciones indispensables.

Le conté a Celia cómo muchos niños salvadoreños fueron adoptados por familias extranjeras. La mayoría no eran víctimas directas de la guerra, huérfanos o niños robados a sus padres en las zonas en conflicto, sino hijos de mujeres pobres, empleadas domésticas cuyos patronos no aceptaban que un bebé viviera bajo su techo, mujeres empujadas por la miseria a renunciar a sus derechos sobre sus hijos a cambio a veces de una cantidad de dinero que les permitía cubrir durante un tiempo las necesidades de sus otros hijos, a cambio más frecuentemente de la simple promesa de que su niño, criado en el extranjero, tendría una buena educación y cuidarían su salud. Decenas de madres salvadoreñas fueron presionadas para aceptar que desconocidos se llevaran a sus hijos.

Una vez en El Salvador yo había asistido a una escena patética: una joven madre salvadoreña, arrepentida de haber abandonado a su recién nacido, venía a reclamarle a la mujer a quien se lo había entregado. Esta mujer, que había organizado una red francesa de adopción, esperaba esa misma tarde a la pareja que venía de Francia a buscar al niño que le habían prometido. Ignoro cuál fue el destino de aquel pequeño. En aquella época yo había alertado, en balde, a las autoridades francesas sobre las prácticas de aquella red.

Con Celia nos interrogamos sobre la dinámica de las familias donde los padres adoptivos escondían a los niños la verdad sobre sus orígenes. Luis nos aportaba su experiencia de psicoterapeuta en Cuba. Hacía muchísimo tiempo había recibido en su consulta a un hombre maduro: la idea de que su madre podía estar viva sin que él la hubiera conocido lo torturaba al punto de impedirle tener una vida afectiva equilibrada. Llevaba el apellido Valdés, el nombre de un obispo de La Habana que ponían a todos los recién nacidos a quienes sus madres abandonaban en el torno de un convento, queriendo tapar así el fruto de amores clandestinos o prohibidos. Durante mucho tiempo este hombre había negado hasta la existencia de su madre, pero cuando llegó a los treinta años afloró en él un sentimiento nuevo: pensaba diariamente en ella. Como las monjas le habían entregado a él la ropa que llevaba cuando lo recogieron en el torno —una toalla del hospital donde su madre había dado a luz y un pañuelo de tela finísima que llevaba iniciales bordadas a mano—, el hombre se obsesionó con la idea de que una investigación le permitiría descubrir quién era su madre. La imaginaba indigente y solitaria y quería ayudarla y darle su amor.

Evocamos también la dictadura en Argentina. Cuántas jóvenes mujeres embarazadas, militantes de izquierda, fueron capturadas y encarceladas por el ejército y asesinadas después del nacimiento de sus hijos en prisión… La mayoría de esos recién nacidos fueron adoptados por familias vinculadas al poder, a veces hasta por los mismos verdugos de sus padres y fueron criados con un nombre falso. Las madres y abuelas de desaparecidos argentinos luchan para encontrar a esos niños robados. Yo me reunía con esas Abuelas en Ginebra cuando venían a dar sus testimonios a la Comisión de Derechos Humanos de Naciones Unidas. Una vez me contaron del caso de un joven que se dirigió a ellas por propia iniciativa: “Estoy seguro de ser uno de los niños que ustedes buscan”. Desde hacía tiempo le parecía rara la ausencia de alguna fotografía de su madre embarazada en un hogar burgués en donde cualquier episodio del pasado estaba cuidadosamente conservado en álbumes de fotos. Un vecino había terminado por ceder frente a sus insistentes preguntas: “Ella nunca estuvo embarazada. Te trajo un día a la casa envuelto en pañales”.

Celia entendía. Comparaba su vida con la de quienes crecieron en la ignorancia de sus orígenes, incluso en la mentira y tenían, por eso, un camino más difícil de recorrer que el suyo. “Tengo suerte, porque ustedes jamás me mintieron. Siempre supe de dónde era”. Nuestro amor al pueblo salvadoreño le había permitido a Celia llevar a su madre en el corazón. Ahora que miembros de su familia entraban en contacto con ella, Celia iba a saber por fin cuáles episodios habían marcado la vida de su madre, lo que había pensado y sentido y cómo había muerto. Y por fin iba a poder trabajar su duelo.

Aquel verano tuvimos varios encuentros con una pareja amiga y sus dos niños: Marlon, magnífico chico nacido en la Costa Caribe de Nicaragua, de piel cobriza y cabellos crespos, y la rubia Flora, nacida después de la aparición de Marlon en la familia. Como Celia, Marlon siempre supo de su historia todo lo que sus padres adoptivos pudieron saber: el responsable sandinista de Bluefields lo había encontrado frente a su puerta, un bebé herido por charneles de granada. La paz de un hogar cariñoso reparó al niño magullado. Después de escuchar la historia de Marlon, Celia tuvo un sueño: llegaba a nuestra casa donde todos nuestros amigos estaban reunidos y el padre adoptivo de Marlon estaba encendiendo el horno en la cocina. Cuando Celia le preguntó qué hacía, él le respondió: “Preparamos una fiesta para consolarlos, a Marlon y a vos, porque ustedes no tienen a sus familias”.

Celia comenzó a intercambiar cartas con su primo Israel y con una de las hermanas de su madre. Les enviamos decenas de fotografías de Celia, tomadas desde el momento en que ella llegó a nuestra casa a los seis años hasta hoy. Queríamos que su familia pudiera imaginar algo de su vida fuera de El Salvador y pudiera sobreponer a la imagen de la bebé que perdieron la imagen de la joven mujer que Celia era ahora.

Las respuestas que recibía eran similares: Celia se parecía increíblemente a su madre, tenía sus mismos ojos claros, su misma tez blanca, su mismo pelo rubio… Celia quería tener alguna foto de ella, pero nadie guardaba una. Saber que se parecían no le bastaba y la interrogación se hizo obsesiva: ¿Cómo era mi madre? En un sueño, Celia la vio: la mitad del cabello castaño oscuro, la otra mitad rubio, componiendo así una imagen donde mezclaba a sus dos madres: yo, que la crié y la madre cuyo rostro no recordaba.

El proyecto de ir a El Salvador para encontrarse con su familia maduró durante cuatro años. Las cartas transmitidas por Probúsqueda lo alimentaron. Al acercarse el viaje, Celia se debatía entre sentimientos contradictorios, entre los cuales la impaciencia era apenas más fuerte que el miedo. A petición de ella, la acompañé.

ProBúsqueda

Apenas llegamos a San Salvador, en este mes de abril 2002, visitamos la Asociación ProBúsqueda. Nos reencontramos allí con uno de nuestros amigos sobrevivientes de los años candentes: el sacerdote jesuita Jon Cortina, uno de esos irreductibles convencidos de la opción por los pobres, uno de ésos a los que cualquier injusticia, en cualquier parte en donde se produzca, más aún si es contra gente humilde, le indigna. Y le indignó hasta el último día de su vida. ¿Sería así porque estuvo, a los tres años, en la Guernica bombardeada y escapó de la muerte porque su abuela lo puso a salvo del diluvio de fuego? ¿O sería así por haber sido durante años uno de los pilares de la comunidad que animaba la Universidad Centroamericana, conciencia moral de El Salvador? ¿O fue así por haber escapado de la matanza de sus hermanos de la Compañía de Jesús a manos del ejército en noviembre de 1989, porque habiéndose ido unos días antes a Chalatenango para acompañar a las comunidades azotadas por la guerra no regreso a la capital? Seguramente los retenes militares le habrían impedido regresar y los campesinos lograron disuadirlo de correr semejante riesgo.

Cuando Celia y yo llegamos a El Salvador, el incansable Jon compartía su tiempo entre sus clases en la Universidad, su trabajo en Chalatenango, donde pasaba los fines de semana —porque allá respiraba, entre los campesinos a quienes debía la vida— y la Asociación ProBúsqueda, que él fundó.

En 1992, después que las armas callaron en El Salvador, Jon acompañó a Chalatenango a una delegación de la Comisión de la Verdad, la comisión especial que establecieron los Acuerdos de Paz para hacer luz sobre las violaciones de los derechos humanos que la población sufrió durante la guerra civil. Sabía que la gente de este departamento rural, humildes entre los humildes, no se atrevería a viajar hasta la capital para dar sus testimonios. Sabía también que tenían historias terribles que contar y que era indispensable que los escucharan. Consiguió convencer a los miembros de la delegación para que se desplazaran y recogieran los testimonios de estos hombres y mujeres. Entre ellas, madres a quienes los soldados les habían robado sus hijos, arrancándoselos de sus brazos, llevándoselos en sus helicópteros. Madres animadas por la esperanza de que sus niños todavía estaban vivos y determinadas a todo para encontrarlos.

Aunque los testimonios de estas mujeres fueron formalmente recibidos, no se dio seguimiento a ninguno de sus casos. La ley de amnistía cayó sobre el pueblo salvadoreño como un balde de agua fría. ¿Iba a perpetuarse la impunidad de la que los criminales siempre se habían beneficiado? Jon no lo aceptó y apoyándose en la determinación de las familias y en un pequeño grupo de militantes de los derechos humanos registró las primeras declaraciones.

Sin duda alguna, hace falta que el artículo que planeo dar a la revista Volcans cuente la historia de la Asociación. Dejo volar mi lapicero en esta segunda noche en San Salvador, inspirada por el relato que Jon acaba de hacernos:

“En 1993 se efectuó la primera asamblea de las familias de niños desaparecidos, de donde nació la Asociación ProBúsqueda de Niñas y Niños Desaparecidos. Su objetivo: buscar los niños desaparecidos durante la guerra civil y reunirlos con sus familias. Doce casos fueron registrados durante el primer año, la lista sobrepasó los 50 en 1994. Hoy 665 casos han sido registrados. La Asociación localizó a 207 niños y ya permitió los reencuentros de 130 niños con sus familias.

“A lo largo de los años más intensos del conflicto la desaparición forzada de niños llegó a ser una práctica sistemática. Constituyó una de las modalidades de la represión masiva ejercida por la fuerza armada sobre la población civil en las zonas de conflicto. Durante las campañas de contrainsurgencia miembros del ejército arrancaron literalmente a centenares de niños de los brazos de sus madres. En otros casos, los soldados se llevaban a los niños que habían sobrevivido a las matanzas y a los enfrentamientos armados. En las ciudades, la persecución sufrida por los miembros de las organizaciones clandestinas políticomilitares dejó también decenas de niños desaparecidos. También los miembros del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) tuvieron responsabilidad en la desaparición de niños entre sus propias filas: algunos jefes ejercieron fuertes presiones sobre las familias para que se separaran de sus niños. Las condiciones impuestas por la guerra, los desplazamientos masivos y la desarticulación de las familias se conjugaron para hacer de la separación familiar una problemática que afectó a millares de salvadoreños.

“Hay que añadir a este cuadro que las instituciones públicas salvadoreñas, cuyo deber era proteger a los niños, no lo hicieron. Al contrario, contribuyeron a veces a colocarlos en familias donde los niños perdían hasta su identidad. Las redes de adopción funcionaron ampliamente en aquella época, sin ningún escrúpulo en cuanto al origen de los niños. Fue un comercio muy rentable en redes bien organizadas, en las que intervenían abogados que sacaban de esos casos un provecho sumamente jugoso. Lo oscuro de estas redes era ignorado por las familias de adopción, que siempre pagaban precios elevados”.

En ProBúsqueda conocimos a Antonio: al presumirse que era huérfano, fue adoptado en Francia. Años después reencontró a su madre en San Salvador. No se había adaptado en un pueblo francés donde sus rasgos lo confundían con un magrebí. Acabó decidiendo volver a vivir en El Salvador. Intentaba reintegrarse a su país. Su familia francesa lo acompañaba y lo apoyaba lo mejor que podía, pero nada era fácil para él. Su padre había sido ejecutado por los campesinos de la aldea sospechando que era un traidor, porque lo habían visto en compañía de soldados. La voz de Antonio se ahogaba cuando contaba esta historia, tan dura de asumir. A menudo, venía a buscar algún consuelo con sus amigos de ProBúsqueda.

En la Asociación me cuentan que muchos niños —ahora jóvenes adultos—, cuyo rastro encontraron en el extranjero, no se atreven a enfrentarse con el regreso a El Salvador. Algunos no han superado el shock de escenas traumatizantes. Un padre adoptivo estadounidense se quejaba de la agresividad de su hijo, experto en montar y desmontar armas de fuego: el niño vivió varios años en un cuartel antes de ser adoptado, y tan larga estancia en un ambiente militar había dejado su huella… Otros crecieron ignorando su pasado y sus orígenes, y cuando les fueron revelados, sufrieron un trauma. Nos relatan la historia de una madre salvadoreña que encontró a sus dos hijos, de 23 y 25 años, adoptados en Estados Unidos. Como ellos se negaban a viajar a El Salvador, ella tomó la iniciativa de visitarlos. La recibieron fríamente. Admitieron que podía ser su madre biológica, pero afirmaron que ellos eran americanos y que no querían saber nada ni de su país ni de la historia de su padre.

A pesar de todo, la inmensa mayoría de los reencuentros eran felices: los que reconocen a sus familias lo viven como un proceso reparador, aunque doloroso. Un joven, adoptado en Bélgica, que reencontró a su madre después de 18 años de separación, dice: “Ahora tengo dos países y dos familias”. Otro, adoptado por una familia francesa en un pueblito de Bretaña donde nadie hablaba español, practicó su lengua materna durante todos los años que pasó en Francia: escuchaba cada tarde uno de tres casetes de canciones tradicionales que se había llevado cuando sus padres adoptivos habían llegado a buscarlo en San Salvador. Aquella música fue su único equipaje.

Según Jon Cortina, el espíritu de los Acuerdos de Paz firmados en 1992 no ha sido aplicado: si el conflicto armado terminó y la democratización estaba en parte realizada con la conversión del FMLN en un partido político con participación en la vida pública, los dos otros ejes de los Acuerdos —el respeto a los derechos humanos y la reunificación de la sociedad salvadoreña— quedaron sólo en el papel. La reconciliación basada en la memoria, la compensación a las víctimas y la reparación habían sido olvidadas.

ProBúsqueda luchó para la creación de una Comisión Nacional de Búsqueda. La Asamblea Legislativa rechazó dos veces el proyecto y el Fiscal no fue capaz de resolver ni uno de los casos de desaparición que le fueron sometidos. Esta resistencia se explica porque el poder y un sector de la sociedad salvadoreña consideran la búsqueda de las familias como un asunto político. Para ProBúsqueda es un asunto ético: “No pedimos que los autores de estos crímenes sean juzgados. Pedimos que la VERDAD sea conocida. Si hay que hacer justicia, la verdad exigirá que la justicia se haga. Y si hay unas instancias verdaderamente democráticas en este país, esa verdad reconocida hará que estas instancias exijan que la justicia se haga. Reclamamos que la verdad entera sea conocida. Vamos a continuar proclamando la verdad. ¿La verdad de quién? De los niños desaparecidos y de sus familias”.

Mañana Celia irá al encuentro de la suya.

Todos los pueblos de América Latina que fueron afectados por dictaduras militares y guerras contra la población civil buscan juntos esa verdad. En noviembre de 2000, el Primer Encuentro de Familias de Niños Desaparecidos reunió en Ciudad Guatemala a unas sesenta familias guatemaltecas y salvadoreñas. En julio de 2002, un Encuentro Internacional de Jóvenes Encontrados reunió en San Salvador a argentinos, guatemaltecos y salvadoreños. Estos jóvenes son la esperanza de un continente crucificado que jamás aceptó que su dignidad fuera pisoteada.

*Fragmento de L’enfant du refuge (2002). Texto en español revisado por María López Vigil.

**Los extractos reproducidos en el texto pertenecen al artículo “En busca de los niños desaparecidos” en el número 49 de la revista Volcans (otoño de 2002).

[8] borbandeo: palabra con que popularmente se nombra el “bombardeo”.

[9] chablais: región de Francia al norte de los Alpes

 

 

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