Imágenes de un refugio en El Salvador

Por Hannah Paris

San Salvador: abril – mayo 2002

Prometí a la revista Volcans un artículo.

Me quedo con el lápiz en el aire, escuchando la antigua canción que voces infantiles tararean bajo mi ventana:

¡Qué llueva, que llueva,

la Virgen de la Cueva!

Los pajaritos cantan,

las nubes se levantan…

La temporada de lluvias se retrasa. La radio anunció que esta tarde la temperatura subió en San Miguel a 43 grados.

La voz de Celia se mezcla con el coro infantil:

¡Que sí, que no,

que caiga un chaparrón…!

Su voz se eleva frágil y aguda, como las voces de todas las niñas. Sonrío: a los 23 años, mi preciosa hija, llena de gracia, aún no ha tomado distancia de las orillas de la infancia.

Recorro las líneas que ya escribí:

“La llegada a la capital es alucinante: cruces de camino equipados con pistas suspendidas, gasolineras gigantescas iluminadas como estudios de Hollywood, bancos donde el automovilista retira su dinero sin bajarse del vehículo, suntuosos centros comerciales. El lujo de los ricos siempre es más vistoso. En los alrededores de la capital veo a obreras precipitándose a las maquilas, esas empresas que se levantan por toda Centroamérica y México y que encierran sobreexplotación y la negativa a todo derecho laboral. En un barrio de Zaragoza, donde las familias que huían de las zonas de guerra se instalaron hace años en ranchos improvisados a lo largo de un riachuelo contaminado, me cruzo con hombres esqueléticos que, bajo sus harapos, suben descalzos del fondo del barranco llevando pesadas cargas de leña. Es difícil este momento del año, cuando las lluvias tardan en llegar por el efecto conjugado de la corriente de El Niño y la deforestación. Las mujeres salen temprano en busca de cualquier trabajo que aparezca: lavar ropa ajena, limpiar casa ajena. Y vuelven por la noche con las manos vacías. Los hombres esperan las lluvias para sembrar. La comida diaria se reduce al agua donde cuecen los frijoles. Hasta el maíz para las tortillas escasea. La miseria de los pobres siempre es más visible”.

Me gustaría terminar antes de la noche, que cae temprano en el trópico.

“Ciertamente, nadie vive ya en El Salvador con temor a ser torturado o asesinado por el simple delito de ser pobre o de pensar en cristiano como Monseñor Romero. Esto representa un avance esencial cuando uno recuerda que durante años, cuando la estrategia del ejército salvadoreño, inspirado por Estados Unidos, consistía en eliminar a la población civil —era el agua y la guerrilla el pez en el agua y quitando el agua moriría el pez—, bastaba con ser pobre para morir a manos de soldados o de un escuadrón de la muerte. Los Acuerdos de Paz permitieron poner fin a la guerra civil. Hoy en El Salvador se respetan ya los derechos civiles y las libertades. Pero los derechos económicos y sociales siguen siendo violados. La Policía Nacional Civil, fruto de los acuerdos, logró reconstruir su imagen pública después de muchas vicisitudes, pero es incapaz de detener la ola de violencia criminal que asola a la sociedad”.

Del jardín invadido por la penumbra no me llegan más que cuchicheos. Las niñas estarán cortando alguna rosa para llevarla a escondidas al conejo que se alimenta sólo de pétalos, cuidando no ser descubiertas por la Niña Noemí, la abuela que les prohíbe que le toquen sus flores.

“La impunidad por los crímenes cometidos durante la guerra fue otorgada muy rápidamente, y los Acuerdos de Paz que hubieran permitido una reconciliación verdadera, basada en el respeto de la memoria, fueron totalmente descuidados. A pesar de que algunas madres denunciaron al ejército por haberles robado a sus hijos, no se conformaron instancias oficiales encargadas de esos casos y tampoco se hizo justicia en esta materia. La Asociación Probúsqueda de Niñas y Niños Desaparecidos lucha con inteligencia, valor y tenacidad ejemplares para encontrar a los niños que desaparecieron durante el conflicto”.

Las amigas salvadoreñas que nos acogen me esperan para cenar. Celia sube a buscarme. Pasa su mano sobre mi hombro con su dulzura acostumbrada y deposita un beso en mi cabello. Ya está demasiado oscuro para leer. ¿Qué importa? Ella puede adivinar lo que escribo, ella sabe por qué volvimos a su país después de tan larga ausencia.

El pulgarcito de América

Octubre de 1986. Dejamos El Salvador contra nuestra voluntad. Sabíamos que nuestra salida era inevitable desde que el embajador de Francia había conseguido poner fin a mi misión. Su argumento contra mí era mi falta de neutralidad en el conflicto armado salvadoreño, todo un pecado mortal para un diplomático. Pero yo no había sido enviada a El Salvador en 1982 para ser neutral. Por el contrario, después de la reunión de Cancún y de la declaración franco-mexicana de 1981, me habían enviado para representar a Francia, país que en aquel entonces daba importancia a los derechos humanos en el Pulgarcito de Centroamérica, desgarrado por la guerra y alentado por vientos de liberación. Esta preocupación no era del gusto del gigante del norte, y Estados Unidos no tardó en hacer saber acremente al gobierno francés que si se metía en su traspatio, Estados Unidos sembraría cizaña en el pré carré africano [1].

En El Salvador, un ejército de asesinos entrenados y asesorados por Estados Unidos —que dirigía una de sus cruzadas del Bien contra el Mal, encarnado entonces en las guerrillas marxistas de Centroamérica— martirizaba a un pueblo cristiano. El arzobispo de San Salvador, Monseñor Romero, había sido asesinado ante el altar por los escuadrones de la muerte. En su última homilía había pedido a los soldados que no obedecieran las órdenes de sus superiores cuando les mandaban masacrar a sus hermanos campesinos. Durante su entierro en Catedral, hombres armados emplazados en los techos de los edificios de la plaza dispararon a la muchedumbre que rendía el homenaje de despedida a su pastor. Las imágenes recorrieron el mundo: el pánico de la multitud, los cuerpos tendidos en la plaza, los zapatos de quienes huyeron escapando de la balacera…

Todavía me siento orgullosa de no haber sido neutral. Orgullosa también de haber impulsado la cooperación con lo que aún no se llamaba “sociedad civil”: universidades y organizaciones no gubernamentales cuya independencia con relación al poder era irreprochable.

En los refugios abiertos en la capital por el arzobispado para proteger a las familias que huían de las zonas de guerra, y a quienes eran amenazados por los escuadrones de la muerte, el hacinamiento era estremecedor. El humo de los fogones donde se cocían las tortillas picaba los ojos, el sofocante calor que envolvía los intensos olores de tanta gente aglomerada era insoportable. Hamacas y catres, replegados durante el día para que fuera posible circular, no dejaban ni un mínimo espacio libre en la noche. Mujeres y ancianos conservaban su dignidad en estos refugios, donde sobrevivían rodeados de centenares de niños. La ociosidad, la ansiedad por los desaparecidos, los múltiples duelos y las noticias de la guerra alimentaban relatos incansablemente repetidos en los que contaban y recontaban los sufrimientos padecidos. Los niños estaban especialmente afectados después de vivir durante tanto tiempo en una oscuridad continua. Algunos refugios estaban contiguos a iglesias, otros en sótanos de iglesias que servían de criptas.

Los domingos, los fieles que acudían a misa se quejaban del olor a orines. A menudo, patrullas militares disparaban ráfagas de ametralladora contra las puertas de estas casas de Dios. Los salvadoreños nacían a la Teología de la Liberación escuchando por la radio del arzobispado las homilías de Monseñor Romero. Y yo, que no creo en el Cielo, iba, sin saberlo, al encuentro de quienes sí creían: hombres y mujeres que identificaban su fe con la lucha por la justicia.

Una joven mujer vasca, Begoña, animaba con su bella energía y su sonriente tenacidad el refugio de la Basílica. Ella fue quien nos invitó a ir allí, quien nos presentó. A ella le preguntamos cómo contribuir a aliviar el dolor de los refugiados. Un día trajimos el proyector del servicio cultural de la embajada y organizamos una función de cine. La proyección tuvo tanto éxito que hubo que repetirla. Disponíamos de pocas películas adaptadas al público infantil. Después de la vigésima proyección de una de dibujos animados cuyo héroe era un ratón llamado Bigudí y de la que los pequeños no se cansaban, una mala copia de Surcouf nos permitió variar el programa. Los vastos espacios marinos y las velas desplegadas por el viento les hacían olvidar el encerramiento del refugio. Pero fue a La quimera del oro a la que debemos el haber escuchado las risas más bellas de nuestra vida, y por eso mantenemos una ternura agradecida a Charles Chaplin. ¿Cómo hacerle saber que tuvo allí al más entusiasta y noble de sus públicos?

La confianza de Begoña fue determinante. Estaba encargada de la alfabetización en los refugios. Conocía la historia de cada familia. La primera familia acogida en el refugio de la Basílica venía de Las Flores, en el departamento de Chalatenango. Un escuadrón de la muerte se había llevado al padre, lo había asesinado, había descuartizado su cuerpo y había regresado a depositar sus restos en una cesta que dejaron en la casa, al lado de la más pequeña de sus hijas. La madre la había encontrado aterrada. La nobleza y la inteligencia de Lilia, la mayor de las hijas, impactaban a Begoña: “Hace falta que esta muchachita pueda terminar sus estudios secundarios”, nos decía. ¿Por qué no ofrecer un hogar a niños como ella, un espacio protegido donde pudieran vivir seguros, escapar de las tensiones de los refugios, recuperar fuerzas? Confiamos nuestro proyecto a Begoña y a algunos amigos, y al darnos su inmediata aprobación, empezamos a buscar una casa.

La Marichi

Una monja belga era la encargada de velar por el refugio de Domus María, en el barrio popular de Mejicanos, en San Salvador. La historia de esta mujer merece ser contada. Fue la mayor de ocho hijos y apenas salía de la infancia cuando tuvo que reemplazar a su madre muerta ocupándose de sus hermanos y hermanas. Después de sacrificar su juventud y cualquier otro proyecto personal, pasó más de 30 años al servicio de sus compañeras monjas en el convento de Courtrai. Cuando la madre superiora pidió tres voluntarias para “las misiones”, una que supiera curar, una que supiera enseñar y una que pudiera hacer de todo, la madre Marichi, que no se consideraba buena para nada en particular, se ofreció para “hacer de todo”, y a los 53 años llegó a San Salvador. La enfermera y la maestra se quedaron poco tiempo, la Marichi se quedó para siempre.

Se ocupaba de centenares de refugiados y había creado un orfanato donde acogía a unos 40 niños y jóvenes, resolviendo todas sus necesidades materiales y asegurándoles educación. Cuando la conocimos, ya algunos de los más grandes acababan de entrar a la universidad. Esta recia mujer nacida en el país flamenco recorría la ciudad en todos los sentidos, al timón de su camioneta para asegurar el alimento de decenas de personas, hacía frente a las autoridades cuando era necesario, encontraba solución a todos los problemas con una energía inagotable y sensibilizaba a sus amigos de Bélgica ante el drama de El Salvador. Con serenidad, vencía montañas de obstáculos enfrentando todos los peligros de la riesgosa situación en que vivíamos. Un día me confió entre carcajadas: “¡Yo comencé a vivir a los 53 años!”. Decenas de salvadoreños le deben la vida.

Nos preguntó un día si podíamos, mi esposo Luis y yo, acoger a los cuatro niños más chiquitos de su orfanato, que ya tenían edad para ir al jardín de niños. El barrio no ofrecía ninguna posibilidad de escolarizarlos y la Marichi se enorgullecía de no tener un solo niño que no estudiara. Estos pequeños, ociosos y aburridos, pasaban sus días en un espacio reducido de puro cemento sin vegetación y sin sombra, delante de la casa-refugio, mientras los demás ya iban a la escuela y la Marichi pasaba absorbida por mil y una tareas. Aceptamos en seguida. Un mes antes habíamos encontrado la casa ideal para nuestro proyecto: sobre una de las colinas que dominan la ciudad, a una decena de kilómetros del centro, una gran residencia con un jardín inmenso. Entre el jardín y la terraza, un espléndido árbol de mango parecía velar sobre todo aquel espacio. Celia, Tita, Sara y Tonito iban a ser nuestros primeros niños.

La Marichi nos pidió también llevarnos a un niño algo mayor que esos cuatro: Carlitos. Ya no sabía qué hacer con él. Lo habían expulsado de la escuela. Los maestros no lograban nada de aquel chico testarudo. Él mismo se negaba a regresar al aula, rechazaba toda disciplina. Tenía unos nueve años, era sobrino del padre Rutilio Grande, asesinado tres años antes en la carretera a Aguilares. Al padre y al hermano mayor de Carlos los habían asesinado delante de él. Guardaba una última imagen de su madre: ella atravesando el umbral de su casa en Aguilares y hablando de hacer justicia. Las hermanas mayores de Carlos fueron a reconocer su cuerpo dos días después. Un jesuita encontró a todos los niños de esta familia en la casa, temblando de miedo por si volvía el escuadrón de la muerte. Los llevó a todos a la capital y los dejó bajo la protección de la Marichi.

Tres años después de aquella tragedia era comprensible que Carlos fuera un alumno rebelde. Además, ya era suficientemente grande como para decidir su suerte. A petición nuestra, Marichi lo llamó. Se presentó ante nosotros: era un muchacho flaco y musculoso, mestizo, los cabellos negros como el azabache y la cara sin expresión. “Mirá, Carlitos, vamos a regresar en dos días, nos llevaremos a los cuatro pequeños para vivir en nuestra casa. Si te conviene, podés venir con ellos. Vos decidís”. Aquel descendiente del pueblo pipil nos observó con sus profundos ojos negros y guardó silencio.

Dos días después, cuando fuimos a buscar a los pequeños, Carlitos corrió hacia nosotros con una sonrisa ancha. Había decidido. Cinco niños llegaron aquella tarde con nosotros a la casa de los Planes de Renderos.

Los Planes de Renderos

Otros niños no tardaron en unirse a aquellos cinco primeros. De muchos lados nos remitían a niños desamparados. Las primeras en hacerlo fueron las monjas de la Asunción, que habían convertido en un refugio para unas 100 mujeres y niños su bella residencia María Eugenia, hasta entonces destinada a ejercicios espirituales. También nos mandaban niños los responsables de los refugios del arzobispado, así como Médicos del Mundo, que había abierto un campamento en Zaragoza. Recibíamos a los más desvalidos: los que se habían quedado sin familia y estaban hundidos por el peso de la soledad, los que habían sufrido tanto antes de estar bajo la protección de esta asociación que ni siquiera podían soportar los rigores de la vida en un campo de refugiados.

La joven Lilia, con vocación de maestra, nos ofreció su ayuda y tuvimos la alegría de instalarla en nuestra casa. Al mismo tiempo que reanudaba sus estudios, velaría por los más jóvenes, que tenían entre ocho y catorce años, según entraban unos y salían otros.

Los niños llegaban para pasar allí una temporada indeterminada: el tiempo que necesitaban para recuperar fuerzas y recobrar su equilibrio emocional. Unos gemelos de unos diez años pasaron en nuestra casa sólo dos semanas hartándose de comida. Después de que se fueron, nunca supimos nada más de ellos. Durante su brevísima estancia no nos hablaron. Era impresionante verlos lanzarse sobre la comida. A Carlitos le contaron que habían pasado diez días sin comer nada escondidos en un “tatú”, unos agujeros que los campesinos excavaban en las montañas para que sirvieran de guarida a quienes escapaban de los soldados que rastreaban los cantones rurales. Otros niños se quedaban durante unos meses hasta que aparecía algún familiar que los buscaba. Otros se quedaron con nosotros hasta nuestro regreso a Francia.

Los niños habían interiorizado ese peligro omnipresente de la guerra, cuando responder la verdad a las cuestiones más simples —¿De dónde venís? ¿Cómo te llamás? — podía tener consecuencias fatales. Intuitivamente asumieron las reglas de la clandestinidad y los más tiernitos daban con mucho aplomo un nombre falso y un lugar falso de origen cuando alguien los interrogaba. Decidimos no hacerles ninguna pregunta. Que quienes quisieran callarse guardaran silencio y que quienes quisieran hablar hablaran.

La vida se organizaba al ritmo de las comidas, de lo que podría llamarse “clases” y de los juegos colectivos que nos permitían que descubrieran la música clásica y el baile. El baño de la última hora de la tarde lo tomaban de cuatro en cuatro en la bañera. La comida era frugal: frijoles negros, arroz y tortillas. Pensamos que era absurdo hacerles saborear lujos que jamás tendrían fuera de aquel lugar. Frutas en abundancia, algunas verduras, un huevo y a veces pollo o pavo enriquecían el plato que compartíamos con ellos y con los amigos que estaban de paso.

La jardinería ocupaba un lugar importante en nuestra vida diaria. Luis enseñaba a los niños el arte de sembrar. En el huerto que creó, los más contemplativos pasaban horas mirando los pequeños retoños. Regaban, escardaban, cosechaban y traían triunfalmente a la casa pepinos o tomates. Un cipote [2] se subía en los hombros de otro más alto para cosechar los güisquiles [3], verduras color verde claro que cuelgan como racimos. Otros preferían cosechar las frutas de los árboles. En mayo, la profusión de mangos era tal que, aunque todos nos hartábamos, sobraba para hacer mermelada y regalar en el vecindario y aun así no acabábamos la cosecha. En el fondo del patio sembramos una milpa [4]. Los niños adoraron ese rincón, les recordaba el rancho familiar que dejaron. También hubo tiempo para la cría de conejos. Dos gallinas atadas a una cuerda, compradas a una vecina con la intención de comérnoslas, fueron objeto de tanta solicitud de parte de Celia y Sara —las tomaban en sus brazos y las mimaban como bebés— que decidimos dejarlas libres.

Todos los niños pasaban las tardes jugando. El jardín, que descendía en terrazas escalonadas repletas de bananos, naranjos y limoneros, les brindaba trayectos inagotables y escondrijos. Las volteretas sobre el césped eran interminables, como lo eran las partidas de piedra-tijera-papel: el puño cerrado, que es piedra, gana frente a los dos dedos, que son tijera, del otro jugador, los dedos ganan frente a la mano extendida, que le gana al puño cerrado por ser papel que lo puede envolver. El taller de dibujo, abierto sin interrupción, parecía una colmena. Nunca antes habíamos jugado tanto.

Guardamos el proyector de películas en la casa y miramos juntos algunas películas. Encontré en una reserva secuencias de cine mudo: el ritmo al cual desfilan las imágenes era fuente de regocijo continuo. El único que no se dejaba impresionar era Manuel, un refugiado adulto que nos ayudaba a cuidar la casa y el jardín. Impávido ante cada escena, declaraba que ya conocía él los monumentos y los paisajes que desfilaban por la pantalla. Hablando así pensaba impresionar a los niños. En una de las películas salía una carrera de caballos. Carlitos, cómplice de Luis, puso la película a correr al revés: los niños se rieron a carcajadas, mientras Manuel aseguraba con aplomo que hacía tiempo en El Salvador ¡ya se celebraban carreras de caballos así! Después proyectamos la película en el sentido correcto. Espero que Manuel no nos haya guardado rencor por nuestra broma.

Nunca antes habíamos inventado tantas fiestas: un día eran cuentos, otro día una improvisación teatral, otro una comitiva de disfraces. Carlitos, tan flexible que pasaba de un árbol a otro saltando de rama en rama, siempre estuvo dispuesto a ofrecernos un espectáculo de acrobacias. Cada vez que celebrábamos un cumpleaños, colgábamos de una rama del árbol de mango la piñata: un muñeco inmenso hecho de papeles multicolores que lleva dentro un cántaro de barro repleto de caramelos y golosinas. Sujeta a una cuerda, la piñata sube y baja a merced de quién hala la cuerda, mientras los niños, vendados los ojos, intentan quebrar la jarra con un palo. Uno lo logra y la piñata deja llover sobre todos las golosinas encerradas en su vientre. Todos se precipitan a recoger los caramelos antes de que lleguen al suelo.

Uno de los mayores acontecimientos artísticos de este tiempo fue la interpretación del Carnaval de los Animales de Saint-Saëns. El coreógrafo Mauricio Béjart lo hubiera, sin duda, disfrutado. Celebramos también el Día de Reyes fabricando con bambúes, ramas y flores del jardín cetros y coronas tan hermosas que provocaríamos la envidia de las reinas.

Nos parecía que todos juntos estábamos consiguiendo que la desdicha soltara a sus presas…

Años antes, numerosos artistas salvadoreños se habían instalado en las alturas de los Planes de Renderos. Los vestigios de sus talleres recordaban aquel tiempo, próspero para algunos. El cercano Parque Balboa debió ser para San Salvador un equivalente del Bois de Vincennes para París. En los tiempos de la guerra, y cerca de aquel barrio medio desierto, el parque estaba casi en el abandono. No nos importaba: íbamos allí a menudo a pasear, y a los niños lo que más les gustaba era perderse en el laberinto formado por bambúes que nadie cortaba desde hacía años. Al final del paseo, y con sólo atravesar la calle, llegábamos a una pupusería a comer pupusas: tortillas de maíz rellenas de queso o de frijoles. Los niños se deleitaban.

Ir al mar era la salida preferida. Vivíamos a sólo unas decenas de kilómetros del Océano Pacífico. La carretera descendía en curvas hasta el puerto de La Libertad, donde iba hacia el sur orillando la costa hasta llegar a San Diego. Bañarnos en aquel océano era una aventura. Después de una ola memorable que cubrió a los niños, a los que afortunadamente logramos agarrar por un pie o por un brazo para que no se ahogaran, renunciamos a aquel riesgo y nos fuimos a una laguna vasta y poco profunda que les ofrecía un baño sin peligros a los más pequeños. Al borde de la laguna, unos pescadores habían instalado armazones de bambú techados de palma donde descansar y comer pescado asado. Debajo de las mesas cojas, pandillas de perros y de tuncos [5] se peleaban por las cabezas de pescado y devoraban hasta la última espina. ¡El hambre da estómagos a toda prueba!

Los niños iban frecuentemente al refugio María Eugenia, a unos centenares de metros de nuestra casa, donde vivían decenas de otros niños refugiados. El segundo año matriculamos a los mayores en la escuela del barrio, a donde acudían cada mañana. A menudo, dos o tres niños nos acompañaban al mercado, a un encuentro o a un espectáculo. No nos quedábamos entre las “paredes” de nuestro jardín, aun cuando era el más bello de los espacios para nuestros niños: casi todos nacieron y crecieron en el campo. El cuadrado de césped verde entre la terraza y el árbol de mango era el lugar donde comenzaban todos los juegos y se instalaba nuestra “escuela al aire libre”. Carlitos y Osmín, los dos mayores, daban clase a los más pequeños. Un pizarrón a la sombra del mango, unas tizas, una pizarrita para cada “alumno”: nuestros maestros improvisados, que sabían apenas leer y escribir, se revelaron como pedagogos apasionados.

Todos los amigos que nos visitaban, rivalizando en generosidad y en inventiva, participaban en la vida de aquella comunidad, ajena a cualquier norma. Violeta, venida de México para asesorar a los profesores de francés de las universidades salvadoreñas, trajo pinturas y colores para enseñar a nuestra pequeña tropa cómo maquillarse. Ya listos, los niños nos ofrecieron un espectáculo de payasos. Pierre, venido de Francia para dar conciertos de guitarra clásica, ensayaba cada día delante de los niños, que lo escuchaban subyugados. Georges, mi colega en México, y su esposa Carmen, trajeron pinceles y botes de pintura y el taller de “muralistas” tuvo récord de asistencia durante una semana. Los murales que cubrieron toda la pared del recinto del jardín, una obra ejecutada conjuntamente por nuestros niños y por los tres suyos, testimoniaron durante un buen tiempo su paso por nuestra casa. Marc, venido del Instituto Nacional de Investigación en Agronomía para organizar la cooperación con la Universidad Centroamericana UCA, nos dejó, con un mensaje tan discreto como él mismo, todos sus viáticos, para pagar con ellos los estudios de Lilia hasta que llegara al bachillerato. La casa se llenaba a menudo con cantos. Unos amigos salvadoreños que fundaron un grupo musical encontraron en nuestra casa su público más entusiasta. Los niños cantaban en coro:

Sólo le pido a Dios

que la guerra no me sea indiferente

es un monstruo grande y pisa fuerte

toda la pobre inocencia de la gente…

De la camioneta de la Marichi o de la de Miguel Campbell, amigo escocés que velaba por los refugiados centroamericanos, bajaban grupos de niños de otros refugios que invadían el jardín para pasar allí el día. Se mezclaban jubilosos con los nuestros.

Estuvimos amenazados por otra clase de invasores. Unos soldados se presentaron varias veces delante de la reja de la casa queriendo entrar. Sin duda, unos vecinos habrían denunciado la presencia en nuestra casa de demasiados niños. Pero nuestro estatuto de diplomáticos —colocamos a la entrada una imponente placa grabada: Residencia Diplomática de la Agregada Cultural de la Embajada de Francia— y la autoridad de Luis (“¿Quién es el oficial al mando? ¿No está? ¡Pues dígale que lo recibiré cuando se presente!”, les dijo en un tono que no admitía réplica con su apariencia de aristócrata británico y con la maestría de todo un militar) lograron alejar a los soldados. El aplomo de Luis creó un sentimiento de confianza entre los niños y hasta cierto punto disipó el miedo que sentían ante los uniformados.

La visita que más alegría nos daba siempre era la de Ignacio Martín Baro, jesuita vicerrector de la Universidad Centroamericana. Abrazaba a los niños, agarraba la guitarra para cantarnos “Le métèque” de Moustaki, “Caminito del Indio” de Atahualpa Yupanqui o “Cuando calla el cantor” de Silvio Rodríguez. El que todos llamábamos afectuosamente Nacho dirigía el Departamento de Psicología de la Universidad y a menudo dialogaba con nosotros sobre las reacciones de los niños enfrentados a la guerra y sobre cómo los afectaba la prolongación del conflicto. Sobre estos temas escribía artículos y preparaba varios libros. Lo que hacíamos con los niños le interesaba: comprobaba con nosotros que, en este grupo fuera de reglas y normas, nos beneficiábamos todos. No solamente los adultos hacíamos bien a los niños, también los niños se hacían bien mutuamente y nos lo hacían a los adultos. Su presencia nos aliviaba del peso omnipresente de la guerra. Los niños que pasaban una temporada en nuestra casa escapaban poco a poco de esa angustia que alimentaban los trágicos relatos, repetidos hasta la saciedad en los refugios. La mayoría de los niños mostraba una formidable capacidad de revivir, de recobrar una vida “normal”, de reconstruirse. No nos hacíamos ilusiones. Imaginábamos que el camino sería muy duro para cada uno después de todo lo que habían sufrido, pero lo que experimentábamos a diario era que la vida sale adelante inexorablemente.

Muchos años después, el azar —aunque no creo en ningún azar— me hizo encontrar a uno de aquellos niños que pasó algunos meses en nuestra casa antes de ir a estudiar a Bélgica. Adulto, volvió a su país para fundar un hogar donde proporcionaba estudio y alimento a unos cien niños de un barrio miserable de Zaragoza. Me emocionó el agradecimiento que me expresó. Le dije que no hacíamos nada excepcional, le recordé que hasta las comidas eran más que frugales y apenas diferían de las de una familia pobre. Él sonrió:

—Ana, usted no se da cuenta, pero, ¡llegar a su casa de los Planes era como llegar al paraíso!

—¿Pero qué había allí que fuera extraordinario?

—Eso mismo: estábamos seguros de comer varias veces al día, estábamos seguros de dormir tranquilos, estábamos seguros de que nadie nos haría daño ¡Eso era extraordinario!

Palabras de niños

Aunque los niños se sentían a gusto en el jardín, era imposible que estuvieran ahí de

noche. Ninguno se atrevía a atravesar ese espacio después del crepúsculo por miedo de

toparse con un cipitillo, pequeño ser horriblemente feo que surge desnudo en la oscuridad y puede jugarnos muy malas pasadas. Los hombres temen más a la ciguanaba, una mujer espléndida que se le aparece de noche a quienes se extravían y los subyuga con su belleza, pero una vez que los ha llevado a un lugar apartado, se transforma en una criatura espantosa y los mata. El rechazo obstinado de los chicos a aventurarse de noche en la terraza nos permitió medir la vitalidad de estas creencias: bromeamos sobre ellas, confiados en la fuerza de la risa para desbaratar los miedos.

Una tarde, la conversación giraba sobre todos esos espantos en los que creían los niños. Blanca, una pilluela de ojos maliciosos, que se recuperaba en nuestra casa de una

enfermedad grave, casi se enfadó ante nuestro escepticismo y nuestras irrespetuosas burlas. Obviamente contrariada, tomó la palabra con vivacidad:

—¡Pues yo creo en el diablo!

—¡Pero el diablo no existe! Es una tontería que los sacerdotes viejos repiten para asustar a los pequeños y también a los grandes.

—No —respondió con vehemencia—, ustedes son unos mentirosos. ¡Yo vide al diablo!

—¿Viste al diablo vos? —ironizó Carlitos.

—¡Sí! Yo estaba en la orilla del camino y vide al diablo treparse al camión. Agarró el timón y lo puso a andar. Había gente tendida en el camino. ¡Y él les pasó encima y los apachó a toditos! ¡Yo me tiré al guindo para escapar del diablo!

Nos quedamos estupefactos: Blanca no mentía. El diablo en El Salvador llevaba el uniforme del ejército. Y no sólo ella; muchas otras personas lo habían visto actuar…

***

Una mañana Sara nos vino a despertar subiéndose a nuestra cama. Una pequeña carita guasona y risueña, una inteligencia siempre al acecho, una bola de energía y de gracia, una forma de enfrentar la vida tan directa y tan límpida que su presencia era una alegría constante. Réplica femenina del Kid de Chaplin, réplica infantil de la Gelsomina de La Strada, Sara tenía todo para enternecernos. Ella percibía perfectamente nuestra empatía: de todos los niños era la más espontánea con nosotros.

Aquella mañana, sentada en la barriga de Luis, lo sometió a una serie de preguntas con tanta energía que no pudo escapar. Eran preguntas sobre su familia, un tema que a Luis no le gusta abordar porque no conoció a su madre, que murió diez días después que él naciera. Y su padre, de quien se había separado desde hacía tiempo, murió de vejez lejos de él.

—¿Y tu madre dónde está?

—Murió.

—¿Y tu padre?

—Murió.

—¡Humm..! ¿Quién los mató?

Aquella pregunta, hecha con toda naturalidad, nos desgarró. Un niño francés hubiese pensado en una enfermedad o en un accidente de tránsito. Lo que venía a la mente de una niña salvadoreña de cinco años era que los padres habían sido asesinados. De todas las palabras escuchadas en El Salvador, aquella pregunta de Sara será siempre la más reveladora del universo mental de los niños que crecieron en el escenario de la guerra: Y a tus padres, ¿quién los mató?

***

Tonito no estaba solo en este mundo. Nos enteramos de eso el día en que la Madre Marichi nos entregó una carta que recorrió un largo camino hasta llegar a aquel niño. La escribía su tío, el hermano de su padre, que estaba “en la montaña”, según la expresión con que se nombraba a quienes participaban en la guerrilla.

La carta fue todo un acontecimiento. Era la única carta que había recibido uno de

nuestros niños durante la temporada que pasaron en nuestra casa. Nos reunimos alrededor de la mesa y le pedimos a Carlitos que la leyera en voz alta para Tonito, que no sabía leer, y para toda aquella pequeña comunidad.

Era muy breve y estaba escrita en una hoja arrancada de una libreta. Eran sólo unas

líneas para explicarle a Tonito el orgullo que su tío sentía de estar luchando por la libertad de su pueblo y cuán necesario era ese combate. También le hablaba con cariño y le decía que algún día vendría a buscarlo.

Al doblar la hoja de papel, el tío había colocado dentro una moneda. Tonito la tomó en sus manos con cara incrédula: su tío le enviaba un colón [6] para que se comprara una golosina. Tremendamente orgulloso de haber recibido semejante carta, Tonito guardó su moneda en la mano a lo largo de toda la cena, que estuvo muy animada y que aquel día se prolongó más allá de la hora acostumbrada. Al día siguiente por la mañana, cuando vi a Tonito llegar a la cocina antes que los demás con su colón en la mano, mientras estaba todavía sola preparando café, me reí pensando que seguramente había apretado la moneda en su mano toda la noche. Le di un beso, y como lo vi quedarse inmóvil frente a mí, le pregunté qué quería:

—Ana, ¡quiero que comprés un pastel para todos! ¡Con este colón, pues!

¡Qué cipote! Por primera vez tenía dinero para comprarse una golosina y me lo ofrecía. Se me llenaron los ojos de lágrimas y al mismo tiempo me reí de su ingenuidad: con un colon podía comprar uno o dos caramelos…¡y él quería comprar un pastel!

—¿Estás seguro, Tonito? Ese colón es tuyo…

Tonito estaba seguro. Nunca lo había visto tan determinado. Y viendo cómo se animaba imaginando el pastel, enorme en sus sueños, sentí que era inútil discutir. Tomé la

moneda que me tendía, reunimos a los más grandes y decidimos que el gesto de Tonito merecía ser celebrado. Fui a comprar cantidad de pasteles y golosinas y preparamos una merienda inolvidable. Jamás habían probado cosas tan deliciosas. Marina tomó la palabra para declarar que era Tonito quien nos ofrecía a todos aquella merienda, comprada con el colón que le había mandado su tío y con cada bocado nos reímos. El tímido Tonito estaba radiante.

***

Nuestros amigos de Médicos del Mundo estaban preocupados. La población del campamento a su cargo, en Zaragoza, estaba estable y ya no tenían enfermos suficientemente numerosos como para justificar mantener la pequeña unidad sanitaria que hasta ahora acogía día y noche a los pacientes. Iban a cerrarla. Pero, ¿qué hacer de dos pequeñas que acogían allí, una bebé y una niña? Sus padres habían muerto, según les dijo la mujer que les había traído a las niñitas al campamento, y se había ido luego a no se sabía dónde.

Médicos del Mundo podría guardar a la bebé, de la que se había encariñado la médica que dirigía el equipo, si nosotros nos llevábamos a la mayorcita. Así llegó Anita a

nuestra casa. Tenía una sonrisa muy dulce, la piel oscura e inmensos ojos brillantes. La nombré “Pequeña perla negra”. Estaba tan acostumbrada a andar descalza que rechazó las sandalias que le ofrecimos y la dejamos seguir su costumbre. Nuestra pequeña salvaje tenía unos cuatro años. Las otras niñas, todas mayores que ella, se encariñaron con Anita, una muñeca viva, siempre repartiendo sonrisas. Pasaba de mano en mano, chineada [7] y mimada.

Dos días después de su llegada, en vez de levantarse con los demás, se quedó en su

cama. Pequeño pájaro agotado. Nos sentamos a su cabecera, tratando de entender lo que le pasaba. Luis, que trabajó varios años en un servicio de cardiología, tuvo la intuición de que se trataba de un problema cardíaco: sus labios estaban morados y tenía dificultad para respirar. Su pequeño torso, curiosamente hinchado, formaba como un escudo. ¿Tendría una malformación congénita del corazón? El médico y el especialista que consultamos confirmaron el diagnóstico. Una operación a corto plazo era indispensable para salvarla.

Corrimos a buscar al equipo de Médicos del Mundo. ¿Cómo pudieron no darse cuenta mientras tenían allí a la niña desde hacía meses? Tanto trabajo, tantos casos graves,

tantos problemas para resolver, tanto cansancio… Entendimos, nos calmamos. Nos propusieron encargarse de la delicada operación. Se la podrían hacer en Canadá o en Francia. Pero, ¿quién tomaría la decisión y quien podría autorizar a esta niña a salir de El Salvador? Nos dimos cuenta de que lo primero era encontrar a su familia si todavía la tenía. ¿La mujer que la dejó en el campamento indicó algún nombre, algún lugar de origen? Quizás queriendo reparar el descuido, la médica se ofreció para investigar.

Resultó más eficaz de lo esperado: no pasaron dos semanas y nos llamó. Había

encontrado rastros del padre. Ignoramos con cuáles cruces de informaciones, en base a

qué indicios. Ni se lo preguntamos. Probablemente comenzábamos a amoldarnos a la cultura de clandestinidad propia de un pueblo sometido a la guerra. Tanto sufrimiento en nuestro entorno nos hacía fatalistas y no nos sorprendíamos de que el destino fuera mezclando las cartas de todas aquellas vidas sacudidas por la guerra y que, a veces, fuera también el destino el que juntara cartas que jamás debieron separarse.

El padre estaba preso en la cárcel de Mariona, en la sección de presos políticos. Médicos del Mundo obtuvo permiso para que Anita fuera a visitarlo. La médica vino a

buscarla y nos la regresó la misma tarde. Después de la visita, la niña lucía tranquila y un poco perdida. Anita apretaba en sus brazos el regalo que su padre le había hecho: un payaso de fieltro de colores. Como otros presos políticos, trabajaba fabricando muñecos que la administración de la cárcel vendía afuera. La doctora nos contó que Anita no le había soltado la mano a ella durante toda la visita. No parecía acordarse de su padre.

Begoña, que nos visitaba con frecuencia, conoció a Anita en nuestra casa desde el día de su llegada. Le contamos lo poco que sabíamos de su historia. Algunas semanas más

tarde nos anunció: “Es posible que haya encontrado a la madre de Anita. Una mujer llegó a la Basílica para descansar allí un tiempo. Venía con un niño de unos doce años y una niña de diez y buscaba como loca a sus dos últimas hijas. Las dejó de ver hace más de un año, cuando el ejército invadió su cantón y todos huyeron. Perdió a una recién nacida y a una niña de unos siete años ahora… Ella dice que se llamaba Argelia y que la reconocería enseguida porque tiene el pechito abombado…”.

Toda la historia llamó la atención de Begoña, aunque ni el nombre ni la edad correspondían a los de Anita, que tenía la altura de una niña de cuatro años. Pero pocos niños salvadoreños habían tenido un desarrollo normal y a la desnutrición de generaciones se había añadido el hambre de los tiempos de guerra. ¿Y el nombre? Tantos niños perdieron su nombre, demasiado pequeños en el momento en el que perdían a su familia para acordarse de cómo los llamaron o suficientemente grandes para inventarse otro nombre cuando se sentían amenazados y querían despistar a sus perseguidores.

No recuerdo cuál de nosotros propuso a Begoña ir hasta la puerta del cuarto de las niñas, ocupadas en un juego —sólo nos alcanzaba el murmullo de sus vocecitas— y lanzar en voz alta ese nombre: Argelia. Nos pareció menos duro que llevar a la pequeña ante aquella mujer si no tenían nada que ver una con la otra. Las niñas, absorbidas en su juego, no se percataron de la presencia de Begoña, que apoyada en el marco de la puerta llamó con voz clara: ¡Argelia! Anita se sobresaltó y miró hacia la puerta. No había duda, era ella.

No vacilamos un segundo. Consultada, Anita dijo enseguida que quería ver a su madre. Le preparamos una bolsa con algo de ropa y se fue en brazos de Begoña apretando contra el pecho su payaso. En poco tiempo la madre recuperó a sus dos niñas perdidas. El equipo de Médicos del Mundo le llevó enseguida a la bebé que habían acogido semanas antes.

Apenas pudo, Begoña vino a contarnos el reencuentro. La felicidad de la madre y de los hermanos de las niñas. La emoción, alrededor de aquel pequeño grupo, de los demás refugiados, todos con el mismo sueño de estrechar algún día a los sobrevivientes cuando terminara la guerra. Anita-Argelia fue acogida por los otros niños y, mientras jugaban, uno se apoderó de su payaso, otro lo agarró y al final el muñeco acabó despedazado, con gran pena de Anita.

Nuestros niños, que nos escuchaban hasta aquel momento del relato con extrema

atención, se alejaron cuando Begoña se puso a hablar de la vida en otros refugios. Con ella comentamos las noticias de los últimos días: la represión, la desaparición de unos compañeros, temas repetitivos en nuestras conversaciones. No prestábamos mucha atención a los niños, convencidos de que habían vuelto a sumergirse en sus juegos. Mientras yo seguía distraídamente sus vaivenes por el pasillo, uno de ellos echaba de vez en cuando una mirada hacia la puerta del salón donde estábamos sentados. Nuestra conversación se prolongaba. Cuando Begoña se levantó para irse, los niños vinieron corriendo hacia ella, la llevaron al pasillo y la pusieron ante un montón de ropas y de juguetes.

—¡Begoña, todo esto es para Anita!

—¡Le llevas todo para que no llore más por su payaso, que se lo rompieron!

—Y pusimos juguetes para los otros niños, ¡para que dejen tranquila a Anita, pues!

En una bolsa guardamos aquel tesoro, mientras los niños se quitaban la palabra uno a otro, en su afán de hacerle a Begoña todas las recomendaciones para una justa

distribución de los regalos.

En nuestro hogar todo era colectivo y todo se compartía, pero le dábamos a cada niño a su llegada un objeto que fuera suyo, que le perteneciera: una muñeca o un juguete. Tal vez nos inspiraba el recuerdo de la pequeña Cosette, en la novela de Víctor Hugo Los

miserables, quien recibe el primer obsequio de su vida cuando Jean Valjean le regala una muñeca. Todo lo demás era colectivo. El gesto de las niñas nos dejó sin palabras: veíamos en ellas a Cosette ofreciendo su muñeca a quien estaba aún más desamparada… ¿Quién nos creería en Francia si contáramos esta historia? Aquella noche la cena —sopa, arroz y frijoles negros— nos pareció un festín.

Al día siguiente, todas las niñas me rodearon. Unas se sentaron sobre mis rodillas, otras se pegaron a mis piernas.

—Ana, ¿no están bravos Luis y tú?

—No, ¿por qué?

—Por lo que hicimos ayer. Regalamos los regalos de ustedes…

—Al contrario, estamos muy felices. Estamos orgullosos de ustedes.

—¡Vaya, pues!

Sara, la más pequeña, tomó la palabra a nombre de todas:

—Queríamos decirte que no te preocupes: les regalamos sólo cuatro muñecas. Guardamos una… ¡Con una podemos jugar las cinco!

 

*Fragmento de L’enfant du refuge (2002). Texto en español revisado por María López Vigil

**Los extractos reproducidos en el texto pertenecen al artículo “Los olvidados de los acuerdos de paz” en el número 48 de la revista Volcans (verano de 2002).

[1] pré carré africain: expresión francesa que designa las ex-colonias de África donde Francia quiere mantener su dominio.

[2] cipote: palabra salvadoreña para designar a un niño chiquito.

[3] güisquil: palabra salvadoreña para designar el chayote.

[4] milpa: así llamamos en Centroamérica a un campo sembrado de maíz.

[5] tunco: palabra salvadoreña para designar al cerdo.

[6] El colón fue la moneda de El Salvador… antes del dólar.

[7] chinear: palabra salvadoreña que indica acunar a un niño en los brazos.

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