¿Puede un periódico ser un sitio de perdición para un joven literato?

Por Mario Vargas Llosa

Los tres meses que trabajé en La Crónica, entre el cuarto y el último año de secundaria, provocarían grandes trastornos de mi destino. Allí aprendí, en efecto, lo que era el periodismo, conocí una Lima ignota hasta entonces para mí y por primera y última vez hice vida bohemia. Si se piensa que no había cumplido aún 16 años —los cumplí ese 28 de marzo—, la impaciencia con la que quise dejar de ser adolescente, llegar a adulto, en el verano de 1952, quedó recompensada.

He evocado en mi novela Conversación en La Catedral, con los inevitables maquillajes y añadidos, aquella aventura. La excitación y el sobresalto con que subí esa mañana las escaleras del viejísimo edificio de dos pisos de la calle Pando, donde estaba La Crónica, para presentarme en el despacho del director, el señor Valverde, un caballero muy amable que me dio unas cuantas ideas sobre el periodismo y me anunció que ganaría 500 soles al mes. Ese día o al siguiente me dieron un carnet, con mi foto y sellos y firmas donde decía “periodista”.

En la primera planta estaba la administración y, luego de un patio de rejas y baldosas, los talleres. En el segundo piso, la redacción de la mañana, una salita donde se armaba la edición vespertina, y la casa del director, cuyas dos guapas hijas veíamos pasar a veces por la galería contigua a la redacción, con un silencio admirativo.

La redacción era un vasto espacio con una veintena de escritorios, al fondo del cual estaba quien dirigía aquella orquesta: Gastón Aguirre Morales. Los redactores de noticias locales, los de internacionales y los de la página policial se dividían el territorio, lotizado por unas invisibles fronteras que todos respetaban (los redactores de deportes tenían oficina aparte). Aguirre Morales —arequipeño, alto, delgado, amable y ceremonioso— me dio la bienvenida, me instaló en un escritorio vacío, ante una máquina de escribir, y me señaló mi primera tarea: la presentación de credenciales del nuevo embajador de Brasil. Y ahí mismo recibí de sus labios la primera clase de periodismo moderno. Había que comenzar la noticia con el lead, el hecho central, resumido en breve frase, y desarrollarlo en el resto de la información de manera escueta y objetiva. “El éxito de un reportero está en saber encontrar el lead, mi amigo”. Cuando le llevé, temblando, la noticia redactada, la leyó, tachó algunas palabras inútiles —concisión, precisión, objetividad total, mi amigo— y la mandó a talleres. No debo haber dormido aquella noche, esperando verme en letra impresa. Y, a la mañana siguiente, cuando compré La Crónica y la hojeé, ahí estaba el recuadro: “Esta mañana presentó sus cartas credenciales el nuevo embajador de Brasil, señor don…”. Ya era un periodista.

A eso de las cinco de la tarde iba a la redacción a recibir mis comisiones del día y de la mañana siguiente: inauguraciones, ceremonias, personalidades que llegaban o partían, desfiles, premios, ganadores de lotería o de la “polla” y el “pollón” —apuestas hípicas que en esos meses alcanzaron elevadísimos premios—, entrevistas a cantantes, empresarios de circo, toreros, sabios, excéntricos, bomberos, profetas, ocultistas y todas las actividades, quehaceres o tipos humanos que por una razón u otra merecían ser noticia. Tenía que ir de un barrio a otro de Lima, en una camioneta del diario, con un fotógrafo, a veces el mismo jefe de los reporteros gráficos, el gran Ego Aguirre, si el asunto lo justificaba. Cuando volvía a redactar las informaciones, la redacción estaba en su punto. Una espesa nube de humo sobrevolaba los escritorios, y las máquinas tecleaban. Olía a tabaco, a tinta y a papel. Se oían voces, risas, carreras de los redactores que llevaban sus cuartillas a Aguirre Morales, quien, lápiz rojo a la mano, las corregía y despachaba a talleres.

La llegada del jefe de la página policial, Becerrita, era el acontecimiento de cada noche. Si venía sobrio, cruzaba mudo y hosco la redacción hasta su escritorio, seguido por su adjunto, el pálido y rectilíneo Marcoz. Becerrita era bajito y fortachón, con los pelos engominados y una cara cuadrada y disgustada de perro bulldog, en la que destacaba, trazado a cordel, un bigotito linear, una hebra que parecía pintada con carboncillo. Él había creado la página roja —la de los grandes crímenes y hechos delictuosos—, uno de los mayores atractivos de La Crónica, y bastaba verlo y olerlo, con sus ojitos ácidos y granulados, en desvelo perpetuo, sus ternos replanchados y brillantes, hediondos a tabaco y sudor, de solapas llenas de lamparones y el nudo microscópico de su corbata grasienta, para adivinar que Becerrita era un ciudadano del infierno, que los submundos de la ciudad carecían de secretos para él.

Si venía borracho, en cambio, lo precedía su risa mineral y feroz, unas carcajadas que retumbaban desde la escalera y estremecían los vidrios legañosos y las paredes desportilladas de la redacción. Milton se ponía a temblar, pues era su víctima preferida. Iba a su escritorio a burlarse de él, con chistes que la redacción celebraba a carcajadas, y, a veces, empuñando su arma —pues Becerrita andaba siempre armado, para parecerse más a su imagen caricatural—, lo perseguía entre los escritorios, pistola en alto. Una de aquellas veces, ante el espanto general, se le escapó un tiro que fue a incrustarse en las telarañas del techo de la redacción.

Pero, pese a los malos ratos que podía hacernos pasar, ni Milton, ni Carlos Ney, ni yo, ni ninguno de los otros redactores guardábamos rencor a Becerrita. Todos sentíamos por él una especie de fascinación. Porque él había creado en el periodismo limeño un género (que, con el tiempo, degeneraría hasta lo inimaginable), y porque, pese a sus borracheras y su cara destemplada, era un hombre al que la noche limeña transformaba en príncipe.

Becerrita conocía y frecuentaba, además de las comisarías, todos los burdeles de Lima, donde era temido y adulado porque una noticia escandalosa en La Crónica significaba la multa o el cierre del local. Nos llevaba a veces, con él, a su adjunto Marcoz, a Milton, Carlos y a mí (que nos volvimos inseparables), luego del cierre del diario, a eso de la medianoche, donde Nanette, en la avenida Grau, o a los burdeles de Huatica, o a los más elegantes de la avenida Colonial, y apenas cruzábamos el umbral, ahí estaba la patrona, en persona, y los canches de turno, dándole la bienvenida con besos y palmadas. Él no sonreía jamás ni contestaba los saludos. Se limitaba a gruñir, sin quitarse el pucho de la boca: “Cerveza para los muchachos”.

Luego, instalado en una mesita del bar, en medio de nosotros, bebía cerveza tras cerveza, llevándose de rato en rato el puchito a los labios, indiferente al bullicio del contorno, a las parejas que bailaban o a las riñas que armaban ciertos clientes belicosos a los que los cafiches sacaban a empellones a la calle. A veces, Becerrita se ponía a recordar, con voz pedregosa, anécdotas de sus peripecias de redactor policial. Había conocido y visto de cerca a los peores maleantes, a los más avezados criminales del hampa limeña y rememoraba con delectación sus patibularias hazañas, sus rivalidades, sus combates a cuchillo, sus muertes heroicas o innobles. Aunque con algo del espanto que inspira el que ha pasado su vida entre apestados, Becerrita me deslumbraba. Me parecía salido de una turbadora novela sobre los bajos fondos. A la hora de pagar la cuenta —las raras veces que le cobraban—, Becerrita solía empuñar su pistola y ponerla sobre la mesa: “Aquí el único que saca la cartera soy yo”.

Cuando, a las dos o tres semanas de estar trabajando en La Crónica, Aguirre Morales me preguntó si quería reemplazar a uno de los redactores de la página policial que estaba enfermo, acepté feliz. Aunque Becerrita era temible por su mal carácter, sus redactores le tenían una fidelidad perruna, y en el mes que trabajé a sus órdenes también llegué a sentirme orgulloso de formar parte de su equipo. Éste constaba de tres o cuatro redactores, aunque tal vez habría que llamarlos “dateros”, pues algunos se limitaban a traernos los datos que Marcoz y yo nos encargábamos de redactar. El más pintoresco era un esquelético muchacho que parecía salido de una tira cómica o de un espectáculo de títeres. He olvidado su nombre real pero recuerdo el nombre con el que era conocido en la radio —Paco Denegrí—, su figurilla evanescente y los espesos anteojos que agrandaban monstruosamente sus ojos miopes. Y su aterciopelada voz de galán de radioteatros, actividad que ejercía en sus horas libres, en Radio Central.

Becerrita era un trabajador incansable, tenía por su oficio una pasión desenfrenada, una fijación. Nada más parecía interesarle en el mundo, fuera de esos festines sangrientos —suicidios amorosos, arreglos de cuentas a cuchilladas, violaciones, estupros, incestos, filicidios, robos al escape, incendios criminales, prostitución clandestina, cadáveres varados por el mar o desbarrancados en los acantilados— que nosotros, sus peones, íbamos coleccionando día y noche en nuestros recorridos por las comisarías de los barrios peor afamados de Lima: La Victoria, El Porvenir y el Callao. Él pasaba revista a esos sucesos y un segundo le bastaba para barajarlos e identificar el que tenía la mugre adecuada: “Aquí hay noticia”. Sus instrucciones eran cortas y rotundas: “Entreviste a éste, vaya y verifique tal dirección, eso me huele a cuentanazo”. Y cuando uno volvía con la noticia, redactada de acuerdo a sus indicaciones, siempre sabía —le brillaban los ojitos y se le abrían las fauces mientras tachaba o añadía— destacar el rasgo o detalle espectacular, terrible, cruel, vil o tortuoso de lo sucedido. A veces, después de las cervezas del burdel, todavía pasaba una última vez por los talleres de La Crónica para comprobar si su página —una página que en verdad era dos o tres y a veces más— había salido con las intactas raciones de sangre y lodo que decretó.

Mi recorrido por las comisarías comenzaba a eso de las siete, pero era más tarde, a partir de las diez u once, que llegaban a esos locales los patrulleros con su carga de ladrones, amantes sanguinarios, malheridos en las riñas de bares y prostíbulos, o los travestistas, a quienes se perseguía con encarnizamiento y que merecían siempre los honores de la página policial. Becerrita tenía una red sutil de informadores entre PIPS (policías de investigaciones) y guardias civiles, a quienes había servido —ocultando o dando en su página las informaciones que les convenían—, y gracias a esos dateros, muchas veces le ganábamos la mano a nuestro rival: Última Hora. La página de Becerrita había sido la reina y señora de la muerte violenta y el escándalo por muchos años. Pero este diario nuevo, Última Hora, vespertino de La Prensa, que había introducido la jerga y la replana —los dichos y modismos locales— en titulares e informaciones, le disputaba el cetro y algunos días se lo arrebataba: eso enloquecía a Becerrita. Ganarle una primicia a Última Hora, abrumarlo con dosis superiores de muerte y lenocinio, en cambio, lo hacía gruñir y lanzar esas estrambóticas carcajadas que parecían salir de las entrañas de un túnel o una cantera, no de una garganta humana.

Pese a la competencia feroz que enfrentaba a nuestros diarios en su lucha por el reinado sensacionalista, llegué a ser muy buen amigo del jefe de la página policial de Última Hora: Norwin Sánchez Geny. Era nicaragüense y había venido a estudiar abogacía en la Universidad Católica de Lima. Empezó a hacer periodismo en sus horas libres y así descubrió su vocación. Y también su talento, si se puede llamar talento eso que tenían él y Becerrita (y que otros periodistas peruanos desarrollarían luego a extremos delincuenciales).

Norwin era joven, flaquito, bohemio empedernido, generoso, incansable putañero y bebedor de cerveza. A la tercera o cuarta copa empezaba a recitar el primer capítulo del Quijote, que se sabía de memoria. Los ojos se le llenaban de lágrimas: “¡Qué prosa grande, coño!”. Con frecuencia, Carlos, Milton y yo pasábamos a buscarlo a la redacción de Última Hora, en los altos de La Prensa, en el jirón de La Unión, o él nos recogía en la calle Pando, y nos íbamos a tomar unas cervezas o, los días de paga, a algún burdel. (El simpático Norwin regresó algunos años después a Nicaragua, donde se volvió un hombre formal, según me contó en una carta que recibí en 1969, inesperadamente, mientras daba unas conferencias en la Universidad de Puerto Rico. Abandonó el periodismo, estudió economía, se graduó y se hizo funcionario. Pero poco después tuvo un final de esos que explotaba Última Hora: murió asesinado, en una cantina de Managua, en el curso de una riña.) Los lugares que más frecuentábamos eran unos barcitos de chinos, en La Colmena y alrededores, viejísimos, humosos y hediondos locales atestados, que permanecían abiertos toda la noche, en algunos de los cuales las mesas estaban aisladas entre sí por biombos o delgados tabiques de madera —como en los chifas— acribillados de inscripciones a lápiz o navaja y quemaduras de puchos. Todos tenían unos techos tiznados y legañosos, pisos de baldosas rojizas a los que los mozos, serranitos que apenas chapurreaban español, echaban baldazos de aserrín para barrer más fácilmente los vómitos y escupitajos de los borrachos. En la macilenta luz se veía la ruin humanidad de los noctámbulos del centro de Lima: borrachines inveterados, maricas mesocráticos a la caza de lances, cafiches, rufiancillos de medio pelo, oficinistas rematando una despedida de soltero. Conversábamos, fumábamos, ellos contaban sus aventuras periodísticas, y yo los escuchaba, sintiéndome muy por encima de mis 16 años todavía por cumplir, todo un bohemio, todo un periodista. Y secretamente pensaba que estaba viviendo la misma vida que había llevado, aquí, al llegar a la capital desde su provincia trujillana, el gran César Vallejo, a quien empecé a leer por primera vez —seguramente por consejo de Carlos Ney— ese verano. ¿No se había pasado él las noches en los bares y lupanares de la Lima bohemia? ¿No lo testimoniaban sus poemas, sus cuentos? Éste era, pues, el camino de la literatura y de la genialidad.

Carlos Ney Barrionuevo fue mi director literario en esos meses. Era cinco o seis años mayor que yo y había leído mucho, sobre todo literatura moderna, y publicado poemas en el suplemento cultural de La Crónica. A veces, en la alta noche, cuando las cervezas le quitaban la timidez —la nariz ya colorada y los ojos verdosos rutilando de fiebre—, sacaba de su bolsillo un poema garabateado en una cuartilla del diario y nos lo leía. Escribía poemas difíciles de entender, de extrañas palabras, que yo escuchaba intrigado, pues me revelaban un mundo totalmente inédito, el de la poesía moderna. Él me descubrió la existencia de Martín Adán, muchos de cuyos sonetos de Poesía de extramares recitaba de memoria y cuya figura bohemia —entre el manicomio y las tabernas— Carlos iba a espiar, con unción religiosa, al bar Cordano, contiguo al Palacio de Gobierno, cuartel general del poeta Martín Adán los días que salía a la calle de la clínica psiquiátrica en la que había decidido vivir.

Mi educación literaria debe a Carlitos Ney más que a todos mis profesores de colegio y que a la mayoría de los que tuve en la universidad. Gracias a él conocí algunos de los libros y autores que marcarían con fuego mi juventud —como el Malraux de La condición humana y La esperanza, los novelistas norteamericanos de la generación perdida, y sobre todo Sartre, de quien una tarde me regaló los cuentos de El muro, en la edición de Losada prologada por Guillermo de Torre—. A partir de este libro iniciaría una relación con la obra y el pensamiento de Sartre que tendría un efecto decisivo en mi vocación. Y estoy seguro de que Carlitos Ney me habló, también, por primera vez de la poesía de Eguren, del surrealismo y de Joyce, de quien debió hacerme comprar ese Ulises, en la atroz traducción publicada por Santiago Rueda, que, dicho sea de paso, apenas pude leer, saltándome las páginas y sin entender gran cosa de lo que leía.

Pero, más aún que aquello que me hizo leer, debo a mi amigo Carlos Ney, en esas noches de bohemia, haberme hecho saber todo lo que yo desconocía sobre libros y autores que andaban por ahí, en el vasto mundo, sin que yo hubiera oído siquiera decir que existían y haberme hecho intuir la complejidad y riqueza de que estaba hecha esa literatura que para mí, hasta entonces, eran apenas las ficciones de aventuras y algunos cuantos poetas clásicos o modernistas.

Hablar de libros, de autores, de poesía, con Carlitos Ney, en los cuchitriles inmundos del centro de Lima, o en los bulliciosos y promiscuos burdeles, era exaltante. Porque Carlos era sensible e inteligente y tenía un amor desmesurado a la literatura, la que, por cierto, debía representar para él algo más profundo y central que ese periodismo al que consagraría toda su vida.

Siempre creí que, en algún momento, Carlitos Ney publicaría un libro de poemas que revelaría al mundo ese talento enorme que parecía ocultar y del que, en lo más avanzado de la noche, cuando el alcohol y el desvelo habían evaporado en él toda timidez y sentido autocrítico, nos dejaba entrever unas briznas. Que no lo haya hecho, y su vida haya transcurrido, más bien, sospecho, entre las frustrantes oficinas de redacción de los periódicos limeños y las “noches de inquerida bohemia”, no es algo que me sorprenda, ahora. Pues la verdad es que, como a Carlitos Ney, he visto a otros amigos de juventud, que parecían llamados a ser los príncipes de nuestra república de las letras, irse inhibiendo y marchitando, por esa falta de convicción, ese pesimismo prematuro y esencial que es la enfermedad por excelencia, en el Perú, de los mejores; una curiosa manera, se diría, que tienen los que más valen de defenderse de la mediocridad, las imposturas y las frustraciones que ofrece la vida intelectual y artística en un medio tan pobre.

Cuando teníamos algún dinero, en vez de ir a los chinos de La Colmena, íbamos a un sitio de bohemia chic: el Negro-Negro. En ese sótano de los portales de la plaza San Martín yo me sentía en el soñado París, en una de esas caves en las que cantaba, allá, Juliette Gréco, escuchada por los escritores existencialistas. El Negro-Negro era una boîte con empaque intelectual; en ella se daban funciones de teatro y recitales y se oía música francesa. Al amanecer, en sus mesitas diminutas y entre sus paredes con carátulas de The New Yorker, se concentraba una fauna exquisita y estrafalaria: pintores como Sérvulo Gutiérrez, que había sido boxeador y que, allí, contaban, una noche había desafiado a un militar a trompearse encerrados en un taxi; actores, actrices o músicos que salían de sus funciones, o, simplemente, bohemios y noctámbulos de corbata y saco. Fue allí, una noche de muchas cervezas, en que un arequipeño, llamado Velando, me hizo probar la “pichicata”, asegurándome que, si aspiraba esos polvitos blancos, se me desaparecerían de golpe y porrazo los vapores del alcohol y me quedaría fresco y dispuesto para el resto de la noche. En verdad, la pichicata, por exceso de dosis o por alergia constitutiva, me produjo una sobreexcitación nerviosa, un desasosiego y malestar peores que los muñecos de la borrachera y me quitó las ganas de repetir esa experiencia con drogas. (Ese jalón de cocaína tendría una melodramática resurrección, 40 años más tarde, durante la campaña electoral de 1990.)

En aquel verano, y debido al trabajo de La Crónica, vi por primera vez un cadáver. La imagen ha quedado en mi memoria, que me la devuelve de cuando en cuando para apenarme o deprimirme. Una tarde, al llegar al diario, Becerrita me despachó a El Porvenir en busca de una primicia que acababa de comunicarle un datero. El hotel San Pablo era un albergue miserable, prostibulario, en una transversal de la avenida 28 de Julio, un barrio entonces malafamado, de prostitución, rapiña y sangre. Los policías me dejaron pasar con el fotógrafo y al cabo de unos pasillos oscuros, con cuartitos simétricos, me di de pronto con el cadáver desnudo y acuchillado de una cholita muy joven. Mientras la fotografiaba desde distintos ángulos, el gran Ego Aguirre iba haciendo bromas con los PIPS. La atmósfera chorreaba sordidez y grotesco, por encima de la subterránea crueldad. Durante varios días llené páginas enteras de La Crónica con el misterioso asesinato de la “mariposa nocturna” del hotel San Pablo, escarbando su vida, rastreando sus amistades y parientes, yendo y viniendo en busca de datos sobre ella por bares, lupanares y miserables callejones, y escribiendo luego esos tremebundos reportajes que eran el plato fuerte de La Crónica.

Al volver a la sección de locales, me quedó cierta nostalgia de aquel submundo que el trabajo a órdenes de Becerrita me hizo entrever. Pero no tuve tiempo de aburrirme. El jefe de redacción me puso a perseguir y entrevistar a los ganadores de la polla y el pollón. La primera o la segunda semana de esta cacería, nos hicieron saber que el ganador de los varios millones estaba en Trujillo. Me montaron en una camioneta del diario y con un fotógrafo partimos tras sus huellas.

En el kilómetro 70 o 71 de la carretera, un camión que venía en dirección contraria obligó a nuestro chofer a salirse de la pista. Dimos una o dos vueltas de campana sobre el arenal y yo salí despedido, rompiendo el vidrio con mi cuerpo. Cuando recuperé el sentido, una camioneta roja, de un conductor compasivo, me llevaba de regreso a Lima. A mí y al fotógrafo, que tenía también heridas leves, nos internaron en la Maison de Santé y La Crónica publicó un pequeño recuadro con la noticia del accidente, presentándonos como héroes de guerra.

Un momento de alta peligrosidad se produjo. Uno de esos días que estuve en la Maison de Santé, cuando compareció de pronto, en la habitación que compartía con el fotógrafo, una mariposa nocturna de la avenida Colonial, llamada Magda, con la que yo vivía un romance desde días atrás.

Era joven, de carita agraciada, cabellos retintos y cerquillo, y una noche, en aquel burdel, había accedido a fiarme sus servicios (la plata me alcanzó apenas para el cuarto). Nos vimos después, de día, en un Cream Rica que estaba junto a La Cabaña, en el Parque de la Exposición, y fuimos al cine, cogiéndonos de la mano y besándonos en la oscuridad. La había visto dos o tres veces más, donde trabajaba o en la calle, antes de aquella súbita aparición que hizo en mi cuarto de la clínica.

Estaba sentada en la cama, a mi lado, cuando divisé a mi padre, por la ventanilla, acercándose, y mi cara debió mostrar tal espanto que ella, al instante, comprendió que algo grave podía sobrevenir, y rápidamente se incorporó y salió del cuarto, cruzándose con mi progenitor en el umbral. Éste debió pensar que la maquillada damita era una visita del fotógrafo, porque no me preguntó nada sobre ella. A pesar del trabajo y las canas al aire de aquel verano de hombre grande, frente a la figura paterna seguía siendo un niño.

Menciono a Magda —no sé si era su nombre— por esta anécdota, y porque creo que me enamoré de ella, aunque entonces, sin duda, no se lo habría confesado a ninguno de mis amigos de bohemia, pues, ¿qué hombre en sus cabales se enamoraba de una puta? Aquel día de la clínica fue la última vez que la vi. Los acontecimientos se precipitaron bruscamente. Pocos días después de darme de alta en la Maison de Santé debí viajar a Piura y la noche que fui a buscarla, a aquella casa de la avenida Colonial, ella no había ido a trabajar. Y un año más tarde, cuando volví a Lima, y fui a curiosear a ver si la encontraba, la casa ya no era burdel y (como yo) se había vuelto respetable.

Al mes o mes y medio de estar trabajando en La Crónica, tuve una conversación con mi padre sobre mi porvenir. Para variar, una vez más nos habíamos mudado, del departamento de la calle Porta a una casita de Juan Fanning, también en Miraflores. Como yo regresaba muy tarde del trabajo —al amanecer, en verdad—, mi padre me había dado llave de la casa. Conversamos en el comedor, con la solemnidad melodramática que a él le gustaba. Como siempre en su presencia, yo me sentía incómodo y desconfiado, y, un poco balbuceante, le dije que el periodismo era mi verdadera vocación. Me dedicaría a él luego de terminar el colegio. Pero, ya que estaba trabajando en La Crónica, ¿por qué no conservaba mi puesto mientras hacía el quinto de media? En vez de cursarlo en el Leoncio Prado, podría matricularme en algún colegio nacional, como el Guadalupe o el Melitón Carbajal, y trabajar y estudiar al mismo tiempo. Luego, entraría a la Universidad de San Marcos, y seguiría los cursos sin renunciar a La Crónica. Así, iría practicando mi profesión al mismo tiempo que estudiaba.

Me dejó llegar hasta el final y asintió: era una buena idea. A quien no le hizo gracia el proyecto fue a mi madre. Ese trabajo que me tenía todas las noches fuera de la casa le ponía los pelos de punta y la hacía sospechar lo peor (es decir, la verdad). Yo sabía que muchas noches ella se quedaba despierta, esperando mi llegada, pues alguno de esos amaneceres la sentí, entre sueños, levantándose en puntas de pie para venir a doblar y colgar el terno que yo arrojaba de cualquier modo por el cuarto. (Después de la que ha sentido por mi padre, las otras pasiones de mi madre han sido la limpieza y el orden. La primera de éstas se la he heredado: la suciedad me es intolerable; en cuanto al orden, nunca ha sido mi fuerte, salvo en lo que concierne a escribir.) Pero, aunque le asustaba la idea de que yo siguiera trasnochando en La Crónica mientras hacía el último año de colegio, no se atrevió a contradecir la decisión paterna, algo que, por lo demás, tampoco hubiera servido de gran cosa.

Así, pues, cuando ocurrió el accidente de trabajo en la carretera al norte —a mediados de marzo—, yo ya había sacado mis certificados de estudios, anunciado al Leoncio Prado que no volvería, y hecho vagas averiguaciones en dos o tres colegios nacionales para matricularme en el quinto año. En todos ellos me pusieron en lista de espera, y confiado en que alguno me aceptaría, me despreocupé del asunto. Pensaba que en el último momento alguna recomendación me abriría las puertas del Guadalupe, del Melitón Carbajal o de cualquier otro colegio nacional (debía ser un colegio público porque eran gratuitos y porque los imaginaba más flexibles con mi trabajo periodístico).

Pero todos estos proyectos se desmoronaron, sin que yo lo supiera, mientras los médicos de la Maison de Santé me curaban las contusiones de la volcadura. Además de mi madre, también mis tíos y mis tías vivían alarmados con mis andanzas nocturnas. De aquí y de allá se enteraban de que me habían visto en bares o boîtes, y una noche, para remate, me di de bruces con el más alegre y jaranista de los tíos, Jorge, en el Negro-Negro. Yo estaba sentado en una mesa con Carlitos Ney, Norwin Sánchez y el dibujante Paco Cisneros, y había también allí otros dos o tres tipos a quienes apenas conocía. Pero el tío Jorge los conocía muy bien, y en una conversación aparte, me dijo que eran unos forajidos, borrachos y pichicateros y que qué podía hacer yo, un mocoso, en semejante compañía. Mis explicaciones, en vez de tranquilizarlo, lo inquietaron más. Hubo consejo de familia y los tíos y las tías decidieron que yo estaba en franco camino a la perdición y que había que hacer algo. Lo que decidieron fue temerario: hablar con mi padre. No lo veían nunca y sabían que él los detestaba. Consideraban que el matrimonio de mi madre había sido una desgracia, pero, por ella, habían hecho el esfuerzo de abrirle a mi padre sus casas y tratarlo, cuando se lo encontraban, con cordialidad. Él, sin embargo, no daba su brazo a torcer ni disimulaba sus sentimientos. No los visitaba jamás. Iba a dejar a mi madre a casa de la tía Lala, o de la tía Gaby, o donde los abuelos, pero no se bajaba del auto a saludarlos, ni tampoco en las noches, cuando volvía a recogerla. La decisión de hablar con él fue un trago amargo que tomaron por lo que creyeron una causa mayor.

El tío Pedro, el tío Juan y el tío Jorge fueron a su oficina. Nunca supe cómo transcurrió la conversación. Pero imagino lo que le dijeron. Que, si seguía en ese trabajo, jamás terminaría el colegio ni estudiaría una carrera. Y que, para tener algún futuro, debía dejar ese oficio noctámbulo en el acto.

Pocos días después de salir de la Maison de Santé y reincorporarme a mi trabajo, una tarde, al entrar a La Crónica, el señor Aguirre Morales me comentó con amabilidad: “Qué lástima que nos deje usted, mi buen amigo. Lo vamos a extrañar; ya lo sentíamos de la familia”. Así me enteré de que mi padre me acababa de renunciar.

Fui a su oficina y me bastó verle la cara —la de los grandes trances: algo lívida, con los labios resecos y entreabiertos, y los ojos muy fijos, con la lucecita amarilla en el fondo de la pupila— para saber lo que se venía. Sin informarme de la visita de mis tíos, comenzó a amonestarme con dureza, diciéndome que, en vez de entrar a La Crónica a trabajar como alguien responsable, había entrado a enviciarme y a degenerarme. Bramaba de ira y yo estaba seguro de que pasaría a los golpes. Pero no me pegó. Se limitó a darme un plazo de pocos días para que le enseñara la matrícula del colegio en el que iba a hacer el quinto de media. Y, por supuesto, que no se me ocurriera alegar que no había vacante para mí en algún colegio nacional.

Así, de la noche a la mañana, pasé de frecuentador de cantinas y antros, a desamparado escolar en busca de aulas donde terminar el colegio. Había perdido demasiado tiempo. Eran los últimos días de marzo y en ninguno de los planteles que recorrí quedaba sitio. Y entonces tuve una de las ideas más acertadas de mi vida. Fui a la central telefónica y llamé al tío Lucho, a Piura. Le conté lo que pasaba. El tío Lucho, que, desde que yo tenía uso de razón, solucionaba los problemas de la familia, resolvió también este. Conocía al director del colegio nacional San Miguel de Piura, próximo a su casa, e iría a hablarle de inmediato. Dos horas después, me llamó él a la central para decirme que ya me había matriculado, que las clases comenzaban tal día, que la tía Olga estaba feliz de que viviera con ellos. ¿Necesitaba plata para el pasaje?

Me presenté donde mi padre tragando saliva, convencido de que me echaría sapos y culebras y desautorizaría el viaje. Pero, por el contrario, le pareció muy bien, y hasta se permitió decirme algo que me abrió el apetito: “Ya te veo haciendo periodismo en Piura al mismo tiempo que estudias. A mí no me metes el dedo a la boca”.

¿Por qué no, pues? ¿Por qué no trabajar en algún periódico piurano a la vez que hacía el quinto de media? Pregunté a los amigos de La Crónica y el amable Alfonso Delboy, el cabecero, que conocía al dueño de La Industria, me dio una recomendación para él. Y otra Aguirre Morales.

La despedida fue también la celebración de mi cumpleaños, el 28 de marzo de 1952, tomando cerveza con Carlitos Ney, Milton von Hesse y Norwin Sánchez Geny, en un chifa de la calle Capón, el barrio chino de Lima. Fue una despedida lúgubre, porque eran amigos que llegué a apreciar y porque tal vez intuía que no volvería a compartir con ellos esas afiebradas experiencias con las que puse final a mi infancia. Así fue. Al año siguiente, al regresar a Lima, no volví a frecuentarlos ni a ellos ni a esos ambientes, que mi memoria conservaría, sin embargo, con agridulce sabor, y que traté de recrear mucho después, con fantaseosos retoques, en Conversación en La Catedral.

Con mi último sueldo de La Crónica me compré un pasaje a Piura en la compañía de ómnibus Cruz de Chalpón. Y mi mamá, llena de lágrimas, me hizo la maleta, en la que metí todos los libros que tenía y el manuscrito de la obrita de teatro.

Pasé las 4 horas del viaje, por los interminables desiertos de la costa norte, en un ómnibus zangoloteante, presa de sentimientos encontrados: tristón por haber dejado ese trabajo aventurero y algo literario de La Crónica y los buenos amigos que me deparó, pero contento con la perspectiva de volver a ver al tío Lucho y curioso y excitado imaginando lo que sería esta segunda residencia en la remota Piura.

*Texto publicado en El pez en el agua (1993).

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