Un largo paseo en tren por otro mundo

Por G.G.M.

Al cabo de muchas horas vacías, sofocados por el verano y la parsimonia de un tren sin horario, un niño y una vaca nos vieron pasar con el mismo estupor y en seguida empezó a atardecer sobre una interminable llanura sembrada de tabaco y girasoles. Franco —con quien me había reunido en Praga— bajó el vidrio de la ventanilla y me mostró el resplandor remoto de una cúpula dorada. Estábamos en la Unión Soviética.

El tren se detuvo. Se abrió una compuerta en la tierra, a un lado de la vía y un grupo de soldados con ametralladoras surgió de entre los girasoles. No pudimos averiguar adónde conducía esa compuerta. Había blancos para práctica de tiro con figuras humanas recortadas en madera, pero ninguna edificación cercana. La única explicación verosímil es que allí existía un cuartel subterráneo.

Los soldados verificaron que no había nadie escondido en los ejes del vagón. Dos oficiales subieron a examinar los pasaportes y las credenciales del festival. Nos miraron con una atención aplicada, varias veces, hasta cuando se convencieron de que nos parecíamos a nuestros retratos. Es la única frontera de Europa donde se toma esa precaución elemental.

Chop —a dos kilómetros de la frontera— es la población más occidental de la Unión Soviética. La estación estaba todavía adornada con recortes de la paloma de la paz, letreros de concordia y amistad en muchos idiomas y banderas de todo el mundo, aunque hacía una semana que habían pasado los últimos delegados. Los intérpretes no nos esperaban. Una muchacha en uniforme azul nos informó que podíamos dar una vuelta por el pueblo, pues el tren de Moscú no saldría hasta las nueve de la noche. En mi reloj eran las seis de la tarde. Después comprobé en el reloj de la estación que en realidad eran las ocho de la noche. Yo llevaba el tiempo de París y debía adelantar el reloj en dos horas para acordarlo al tiempo oficial de la Unión Soviética. Eran las doce del día en Bogotá.

En el salón central de la estación, a ambos lados de un portal que conduce directamente a la plaza del pueblo, había dos estatuas de cuerpo entero acabadas de pintar con barniz plateado: Lenin y Stalin vestidos de civil en una actitud muy doméstica. A causa del alfabeto ruso me pareció que a los avisos se les estaban cayendo las letras a pedazos y eso me produjo una sensación de ruina. Una muchacha francesa estaba impresionada por el aspecto de miseria de la gente. A mí no me pareció particularmente mal vestida. Debe ser porque ya tenía más de un mes de andar por la cortina de hierro. La muchacha estaba experimentando la misma reacción inmediata que yo sufrí en Alemania Oriental.

En el centro de la plaza —un jardín bien cuidado y de muchos colores en torno a una fuente de cemento— se paseaban algunos militares con sus niños. En los balcones de las casas de ladrillos, recién pintadas de colores alegres y primitivos y en la puerta de los almacenes sin vitrinas, la gente tomaba el fresco del atardecer. Un grupo cargado de maletas y sacos con cosas de comer esperaba el turno del único vaso frente a un carrito de refrescos. Había un aire rural una estrechez provinciana que me impedían sentir la diferencia de diez horas que me separaba de las aldeas colombianas. Era como la comprobación de que el mundo es más redondo de lo que uno cree y que a sólo 15 mil kilómetros de Bogotá, viajando hacia el Oriente, se llega otra vez a los pueblos del Tolima.

El tren soviético llegó a las nueve en punto. Once minutos después —como estaba previsto— el altoparlante de la estación transmitió un himno y el tren arrancó entre una agitación de voces y pañuelos que nos despedían desde los balcones. Son los vagones más confortables de Europa. Cada compartimiento es un camarote íntimo con dos camas, un receptor de radio de un solo botón, una lámpara y un florero sobre la mesita de noche. Hay una sola clase. La mala calidad de las maletas, los bultos con cacharros y víveres, la ropa y ese aspecto mismo de pobreza de la gente contrastaban de una manera notable con el lujo y la escrupulosa limpieza de los vagones. Los militares en viaje con sus familias se quitaron las botas y la guerrera y andaban por los corredores en camisilla y pantuflas. Después había de comprobar que los militares soviéticos tienen las mismas costumbres sencillas, domésticas y humanas de los militares checos.

Sólo los trenes de Francia son tan puntuales como los soviéticos. En nuestro compartimiento encontramos un itinerario impreso en tres idiomas que se cumplió al segundo. Es posible que la organización de los ferrocarriles hubiera sido reajustada para impresionar a los delegados. Pero no es probable. Había cosas más esenciales que impresionaron a los visitantes occidentales y que sin embargo no fueron disimuladas. Entre ellas los receptores de radio con un solo botón: Radio Moscú. Los receptores son muy baratos en la Unión Soviética, pero la libertad del auditor está limitada a escuchar Radio Moscú o no utilizar el receptor.

Es comprensible que en la Unión Soviética los trenes no sean sino hoteles ambulantes. La imaginación humana tiene dificultades para concebir la inmensidad de su territorio. El viaje de Chop a Moscú, a través de los infinitos trigales y las pobres aldeas de Ucrania, es uno de los más cortos: 40 horas. De Vladivostok —en la costa del Pacífico— sale los lunes un tren expreso que llega a Moscú el domingo en la noche después de hacer una distancia que es igual a la que hay entre el ecuador y los polos. Cuando en la península de Chukotka son las cinco de la mañana, en el lago de Baikal, Siberia, es medianoche, mientras en Moscú son todavía las siete de la tarde del día anterior. Esos detalles proporcionan una idea aproximada de ese coloso acostado que es la Unión Soviética, con sus 105 idiomas, sus 200 millones de habitantes, sus incontadas nacionalidades de las cuales 1 vive en una sola aldea, 20 en la pequeña región de Daguestán y algunas no han sido todavía establecidas y cuya superficie —tres veces los Estados Unidos— ocupa la mitad de Europa, una tercera parte de Asia y constituye en síntesis la sexta parte del mundo, 22 millones 400 mil kilómetros cuadrados sin un solo aviso de Coca-Cola.

Esas dimensiones se sienten desde el momento en que se atraviesa la frontera. Como la tierra no es de propiedad privada no hay cercas divisorias: la producción de alambre de púa no figura en las estadísticas. Uno tiene la sensación de estar viajando hacia un horizonte inalcanzable, en un mundo diferente donde las cosas no están hechas a la medida humana, donde hay que cambiar por completo el sentido de las proporciones para tratar de entender el país. Uno se instala a vivir en los trenes. La única manera de viajar sin experimentar el vértigo de la distancia, la desesperación de un tiempo vacío que puede conducir al suicidio, la única posición razonable es la posición horizontal. En las ciudades más importantes hay una ambulancia en la estación. Un equipo de un médico y dos enfermeras sube a los trenes a atender a los enfermos. Quienes presentan síntomas de enfermedades contagiosas son hospitalizados en el acto. Hay que desinfectar el tren para que no se desencadene la peste.

En la noche fuimos despertados por un insoportable olor de podredumbre. Tratamos de penetrar la oscuridad y averiguar el origen de ese tufo indefinible pero no había una remota lucecita en la noche inconmensurable de la Ucrania. Yo pensé que Malaparte sintió ese olor y le dio una explicación criminal que ahora es un capítulo famoso de su obra. Más tarde los mismos soviéticos nos hablaron de esos olores pero nadie pudo explicarnos su origen.

A la mañana siguiente todavía no habíamos acabado de atravesar la Ucrania. En las aldeas adornadas con motivos de amistad universal los campesinos salían a saludar el tren. En las plazas floreadas, en lugar de monumentos a los hombres públicos, había estatuas simbólicas del trabajo, la amistad y la buena salud, hechas con la burda concepción staliniana del realismo socialista: figuras humanas de tamaño humano pintadas con colores demasiado realistas para ser reales. Era evidente que aquellas estatuas habían sido repintadas hace poco. Las aldeas parecían alegres y limpias, pero las casas dispersas en el campo, con sus molinos de agua, sus carretas volcadas en el corral con gallinas y cerdos —de acuerdo con la literatura clásica— eran pobres y tristes, con paredes de barro y techo de paja.

Es admirable la fidelidad con que la literatura y el cine rusos han recreado esa visión fugaz de la vida que pasa por la ventanilla de un tren. Las mujeres maduras, saludables, masculinas —pañuelos rojos en la cabeza y botas altas hasta las rodillas— trabajaban la tierra en competencia con sus hombres. Al paso del tren saludaban con sus instrumentos de labranza y nos lanzaban sus gritos de adiós: “¡Daschvidañia!”. Era el mismo grito de los niños trepados en las carretas de heno, grandes, despaciosas, tiradas por percherones titánicos con la cabeza adornada de flores.

En las estaciones se paseaban hombres en pijamas de colores vivos, de muy buena calidad. Yo creí en un principio que eran nuestros compañeros de viaje que descendían a estirar las piernas. Después me di cuenta de que eran los habitantes de las ciudades que venían a recibir el tren. Andaban por la calle en pijama, a cualquier hora, con un aire natural. Me dijeron que ésa es una costumbre tradicional en el verano. El Estado no explica por qué la calidad de los pijamas es superior a la de la ropa ordinaria.

En el vagón restaurante tomamos nuestro primer almuerzo soviético, enredado en salsas fuertes, de muchos colores. En el festival —donde había caviar desde el desayuno— los servicios médicos tuvieron que instruir a las delegaciones occidentales para que no dejaran el hígado hundido en esas salsas. Las comidas —y esto aterraba a los franceses— se acompañan con agua o con leche. Como no hay postres —porque todo el ingenio de la pastelería se ha aplicado a la arquitectura— uno tenía la impresión de que el almuerzo no se acababa nunca. Los soviéticos no toman café —que es muy malo— y cierran la comida con un vaso de té. También lo toman a cualquier hora. En los buenos hoteles de Moscú se sirve un té chino de una calidad poética, tan delicadamente aromado que dan ganas de echárselo en la cabeza. Un funcionario del vagón restaurante utilizó un diccionario de inglés para decirnos que el té es una tradición rusa que no tiene sino doscientos años.

En una mesa vecina se hablaba en perfecto español con acento castellano. Era uno de los 32 mil niños, huérfanos de la guerra española, asilados en 1937 por la Unión Soviética. La mayoría de ellos, casados y con hijos, son ahora profesionales al servicio del estado soviético. Pueden escoger entre las dos nacionalidades. Una muchacha —que llegó de seis años— es juez de Instrucción en Moscú. Hace dos años más de 3 mil regresaron a España. Han tenido dificultades de adaptación. Los obreros especializados —que en la Unión Soviética tienen los sueldos más altos— no encuentran la manera de acomodarse al sistema de trabajo español. Algunos han tenido complicaciones políticas. Ahora están regresando a la Unión Soviética.

Nuestro compañero de viaje venía de Madrid con su mujer —rusa— y su hija de siete años, que como él hablan perfectamente los dos idiomas. Llevaba el propósito de quedarse definitivamente. Aunque conserva la nacionalidad española y habla de España, de lo eterno español —¡vamos!—, con más exaltación patriotera y más palabrotas que un español corriente, no entiende cómo se puede vivir bajo el régimen de Franco. Entendía, sin embargo, que se hubiera podido vivir bajo el régimen de Stalin.

Muchas de sus informaciones nos fueron confirmadas después en Moscú por otros españoles del mismo origen. Fueron educados en español hasta el sexto grado para que no olvidaran el idioma. Recibieron lecciones especiales de civilización española y se les infundió el fervor patriótico que todos manifiestan con el mismo entusiasmo. A ellos se debe en parte que el español sea la lengua extranjera más hablada en Moscú. Nosotros los encontrábamos revueltos con la multitud. Se acercaban a los grupos que hablaban español. En general decían estar satisfechos con su suerte. Pero no todos se referían al régimen soviético con la misma convicción. Se les preguntaba por qué habían regresado a España y algunos respondían sin mucha seguridad, pero muy a la española: “Es el llamado de la sangre”. Otros admitían que era simple curiosidad. Los más comunicativos aprovechaban el menor indicio de confianza para evocar con inquietud la época de Stalin. Me pareció que estaban de acuerdo en que las cosas habían cambiado en los últimos años. Uno de ellos nos reveló que había estado cinco años en prisión porque fue descubierto cuando trataba de fugarse de la Unión Soviética metido en un baúl.

En Kiev nos hicieron una recepción tumultuosa, con himnos, flores y banderas, y muy pocas palabras de idiomas occidentales calentadas en quince días. Nos hicimos entender para que nos indicaran dónde podíamos comprar una limonada. Fue como una varita mágica; por todas partes nos cayeron limonadas, cigarrillos, chocolates, revueltos con insignias del festival y libretas de autógrafos. Lo más admirable de ese indescriptible entusiasmo era que los primeros delegados habían pasado quince días antes. En las dos semanas que precedieron a nuestra llegada pasó por Kiev un tren con delegados occidentales cada dos horas. La multitud no daba señales de agotamiento. Cuando el tren arrancó habíamos perdido varios botones de la camisa y tuvimos dificultades para entrar al compartimiento a causa de la cantidad de flores que habían tirado por la ventanilla. Aquello era como haber penetrado en una nación de locos que inclusive para el entusiasmo y la generosidad habían perdido el sentido de las proporciones.

Yo conocí un delegado alemán que en una estación de Ucrania hizo el elogio de una bicicleta rusa. Las bicicletas son muy escasas y costosas en la Unión Soviética. La propietaria de la bicicleta elogiada —una muchacha— le dijo al alemán que se la regalaba. Él se opuso. Cuando el tren arrancó, la muchacha ayudada por la multitud tiró la bicicleta dentro del vagón e involuntariamente le rompió la cabeza al delegado. En Moscú había un espectáculo que se volvió familiar en el festival: un alemán con la cabeza vendada paseando en bicicleta por la ciudad.

Había que ser muy discreto para que los soviéticos no se quedaran sin nada a fuerza de hacer regalos. Lo regalaban todo. Cosas de valor o cosas inservibles. En una aldea de Ucrania una vieja mujer se abrió paso entre la multitud y me regaló un pedazo de peinilla. Era el gusto de regalar por el puro gusto de regalar. Uno se detenía a comprar un helado en Moscú y tenía que comerse veinte, con galletas y bombones. Era imposible pagar una cuenta en un establecimiento público; ya habían pagado los vecinos de mesa. Un hombre detuvo a Franco una noche, le estrechó la mano y le dejó en ella una valiosa moneda del tiempo de los zares. Ni siquiera se detuvo a esperar las gracias. En un tumulto a la puerta de un teatro una muchacha que no volvió a ser vista jamás le metió a un delegado un billete de 25 rublos en el bolsillo de la camisa. Yo no creo que esa desmedida generosidad multitudinaria obedeciera a una orden para impresionar a los delegados. Pero en el caso improbable de que así hubiera sido, el gobierno soviético debe estar orgulloso de la disciplina y la lealtad de su pueblo.

En las aldeas de Ucrania había mercados de frutas: un largo mostrador de madera atendido por mujeres vestidas de blanco, con pañuelos blancos en la cabeza, que ofrecían su mercancía con gritos acompasados y alegres. Yo creí que eran cuadros folklóricos por cuenta del festival. Al atardecer, el tren se detuvo en una de esas aldeas y descendimos a estirar las piernas aprovechando que no había grupos de recepción. Un muchacho que se acercó a pedirnos una moneda de nuestro país pero que se conformó con el último botón de nuestras camisas, nos invitó al mercado de frutas. Nos detuvimos frente a una de las mujeres sin que las otras interrumpieran su pregón bullicioso e ininteligible. Se acompañaban con las palmas de las manos. El muchacho nos explicó que eran las vendedoras de las granjas colectivas. Subrayó con un legítimo orgullo, pero también con una intención política demasiado evidente, que aquellas mujeres no se hacían la competencia porque la mercancía era de propiedad colectiva. Por ver qué pasaba yo le dije que en Colombia era lo mismo. El muchacho se quedó frío.

La llegada a Moscú estaba anunciada para el día siguiente a las 9:02 AM. Desde las ocho empezamos a atravesar un denso suburbio industrial. La cercanía a Moscú es una cosa que se siente, que palpita, que va creciendo adentro como una desazón. No se sabe cuándo empieza la ciudad. De pronto, en un momento impreciso, uno descubre que se acabaron los árboles, que el color verde se recuerda como una aventura de la imaginación. El interminable aullido del tren penetra por un complicado sistema de cables de alta tensión, de señales de alarmas, de siniestros paredones que trepidan en una conmoción de catástrofe y uno se siente terriblemente lejos de su casa. Después hay una calma mortal. Por una callecita humilde y estrecha pasó un autobús desocupado y una mujer se asomó a una ventana y vio pasar el tren con la boca abierta. En el horizonte, nítido y plano, como la ampliación de una fotografía, allí estaba el palacio de la Universidad.

*Texto publicado en Obra periódística 3: De Europa y América (1983).

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