¿Por qué una mujer lleva a sus nietos a robar ropa?

Por Leon Dash

I

Rosa Lee Cunningham guió a su nieto de 10 años a través de los angostos pasillos del bazar Oxon Hill, más allá de la multitud acumulada en los estantes con pantalones y camisetas de segunda mano, deteniéndose finalmente frente a las chaquetas y abrigos para niños.

El muchacho tomó una cazadora de imitación con un número enorme estampado en la espalda y el precio pegado con una grapa al cuello.

“Si la quieres”, dijo Rosa Lee, “tendrás que ayudarme a conseguírtela”.

“OK abuela”, contestó el niño, nervioso. “Pero hazlo sin que me atrapen”.

Como una hábil maestra instruyendo a su nuevo estudiante, Rosa Lee, de 54 años, le explicó al mucho qué hacer. “Haz como que te la estás probando. ¡No voltees! ¡No mires a tu alrededor! ¡Y no te rías como si fuera broma! Sólo póntela, y deja que la abuela mire cómo se te ve”.

El muchacho se quitó su vieja chaqueta y se puso la nueva. Le quedaba grande. Rosa Lee le dijo en voz baja: “Ahora ponte la otra encima”, y empujó el cuello de la chaqueta nueva bajo la otra, escondiéndolo.

“¿Y ahora qué?”, preguntó el niño.

“Sólo camina hasta la puerta. La chaqueta es tuya”.

Rosa Lee me relató aquel episodio cuatro días después, recreando el diálogo con modulaciones en su voz para distinguir entre sus palabras y las de su nieto. Era enero de 1991. Habían pasado cinco meses desde que me permitió acompañarla por un tiempo como parte de un reportaje sobre cómo varias generaciones de una misma familia de Washington vivían en la pobreza, el crimen y la drogadicción.

He pasado mucho tiempo en compañía de Rosa Lee, tanto que sus pequeños robos han dejado de sorprenderme. Un día antes de Navidad, regresó de la tienda y se puso a buscar algo en el fondo de su bolsa, vaciando los contenidos sobre la cama. Entre todo se asomaron docenas de botellas muy caras de colonia y perfume, además de un par de guantes de piel que aún conservaban las etiquetas con su precio: 60 dólares. Prefiere dejarles el precio; así, cuando revende, puede probar que es mercancía nueva.

“¿Te trajiste todo eso?”, le pregunto.

“Oh, no”, contesta. “Es el botín de toda una semana”.

Para Rosa Lee —particularmente durante su juventud—, robar tiendas constituía una buena porción de sus ingresos; así suplementaba los cheques de asistencia social y el dinero que juntó durante 15 años de trabajo como mesera en varios clubes nocturnos. Tenía ocho hijos que vestir y alimentar. Robar, dice, la ayudó a sobrevivir. Años más tarde, cuando se volvió adicta a la heroína, a mediados de los 70, pagaba por la droga robando mercancía.

Hurtaba tiendas de ropa, de abarrotes y farmacias tomando los artículos y escondiéndolos dentro del forro roto de su abrigo o en una enorme bolsa negra que llevaba a todos lados. Prefería por mucho robar en tiendas departamentales. Uno de sus hermanos mayores, Joe Louis Wright, comentó entre risas que Rosa Lee era “dueña” de toda una porción de Hecth’s y que había acabado con Lansburgh’s. “Hombre, se conseguía abrigos, vestidos de seda”, recordó. “Una vez me trajo un traje de mohair. Negro. De tres piezas. Ni sé cómo le hizo para sacarlos de la tienda”.

Su costumbre de robar ha causado rupturas y malos sentimientos en su familia, y es una de las razones por las que Rosa Lee no se lleva bien con varios de sus hermanos y hermanas. Ellos ven en el robo una reacción extrema y nada justificada al hecho de haberse criado en la pobreza. Dos de sus seis hijos, Alvin y Eric, siempre se han rehusado a participar en las actividades ilegales de su madre; al día de hoy, son los únicos hijos de Rosa Lee sin antecedentes penales.

Rosa Lee ha cumplido ocho sentencias breves por varios robos desde la década de los 50, hace 40 años. Su estadía más larga en prisión fue de ocho meses: intentó robarse un abrigo de piel de una tienda departamental de Maryland, en 1965. Dice que se inscribió a los programas de rehabilitación en cada ocasión, pero que ninguno surtió efecto en ella. “Me inscribía para lucir algo en mis registros a la hora de estar frente a la junta de libertad condicional”.

Nada parece alejarla del robo, ni siquiera la posibilidad de pasar más tiempo en prisión. Ese día que robó una chaqueta para su nieto esperaba una sentencia de la Corte Superior de Washington D.C. tras haberse declarado culpable de robar unas sábanas en un Hetch’s.

II

Rosa Lee eligió su ropa con mucho cuidado cuando se presentó frente al comisionado John Treanor el 13 de noviembre de 1990, hace dos meses. Quería verse tan pobre como pudiera para despertar su simpatía.

Se vistió con un abrigo que le quedaba mal, overoles de algodón gris y un gorro blanco, también de algodón, que echaba hacia atrás para mostrar su cabello entrecano. También retiró la parte superior de su placa dental, creando así la apariencia de que no tenía dientes al sonreír. “Es mi look hogareño. Sin aretes. Sin labial. ¡Sin nada!”.

Aquel día, la sentencia del abogado concordaba con la apariencia de Rosa Lee. Su vida era un desastre, le dijo a Treanor. Era adicta a la heroína, hábito que desarrolló en 1975. Tenía VIH. Cuidaba de sus nietos porque su madre estaba en la cárcel.

Rosa Lee le dijo a Treanor que estaba haciendo un esfuerzo por cambiar. Ingería metadona a diario para controlar su adicción a la heroína, y había retomado el hábito de ir a misa. “Me bautizaron este domingo, a mí y a mis tres nietos” dijo, su voz a punto del quiebre. “Y le pido desde el fondo de mi alma que me dé una oportunidad para probar que he tomado ese bautizo muy en serio, porque que sé que ya no me queda mucho tiempo”.

Las lágrimas resbalaban por sus mejillas. “Una oportunidad, por favor”, rogó. “Sé que mi historial es largo”.

Rosa Lee estaba exagerando la verdad. Sí, la habían bautizado, y, efectivamente, estaba ingiriendo metadona. Pero no lo hacía nada más por el bien de sus nietos. La sentencia de su madre había terminado meses antes y ésta ya estaba de vuelta en el apartamento de dos habitaciones para hacerse cargo de los niños, con la ayuda de Rosa Lee.

Treanor no pareció conmoverse por el triste acto de Rosa Lee. La miró con desdén, y ella se preparó para el sermón que tenía por seguro iba a recibir. Ambos conocían muy bien sus papeles.

“Cada vez que usas tu dinero para llenarte el cuerpo de narcóticos”, dijo Treanor, “es como si robaras de la bolsa de tus propios nietos. Les quitas comida de la mesa, dejas sin ropa sus roperos y pones en peligro su futuro. Acabarás siendo una de las abuelas más jóvenes en morir en esta ciudad. Y dejarás tres niños que serán puestos en adopción o alocados en una de esas junior villages o quién sabe dónde”.

Esa fue la señal para Rosa Lee. “¿Puedo probarle que mi vida ha cambiado?”.

“Sí, puedes probármelo, es muy sencillo”, respondió Treanor. “Puedes alejarte de las drogas. Mira, haré un trato contigo… Vuelve a finales de enero y dime qué ha sido de ti desde entonces, luego hablaremos. Pero podrías acabar en la cárcel. Podrías acabar en el cementerio”.

Rosa Lee había ganado. No causar problemas hasta últimos de enero, eso fue la sugerencia de Treanor; así permanecería lejos de la cárcel.

Rosa Lee caminó hasta mí. Las lágrimas aún manchaban sus mejillas, pero su rostro radiaba alegría.

“¿Lo hice bien?”, preguntó.

“Sí”, le dije, sorprendido por su audacia.

“Gracias”, respondió sonriendo.

III

Cuando volvió para saber de su sentencia el 22 de enero de 1991, la Rosa Lee que estaba de pie frente a Treanor era otra. Se veía bien. Llevaba un reporte impecable de la clínica de metadona. Parecía haber hecho todo lo que Treanor le recomendó.

Ella suele vestir bien, pero esta vez se había superado: un traje de dos piezas blanco-gris, zurcido en algodón; botas de cuero bronceado y una cartera del mismo tono.

“¿Algo que quiera decir, Sra. Cunningham?”, dice Treanor.

“Bueno, su señoría, sé que no he sido una buena persona. Lo sé”, comienza.

Treanor la interrumpe. Su porte es más suave, sus palabras más simpáticas que las de noviembre. “Un momento. ¿Por qué dice eso?… Usted está cuidando de sus tres nietos, ¿no es así?”.

“Sí señor”, responde Rosa Lee, sin abandonar la fachada.

“Muy bien. Usted ya se ha hecho cargo de una familia, y ahora tiene que encargarse de otra más”.

“Sí señor”.

“Eso es mucho pedir para cualquiera. Así que me parece que no debe subestimarse. Usted está haciendo la obra del Señor. Su hija está en la cárcel por las drogas, ¿verdad?”.

“Sí señor”.

“Y usted ha librado una batalla difícil contra las drogas”.

“Sí señor”.

Entonces Treanor suelta otro sermón más sobre las drogas. No le pregunta a Rosa Lee la razón por la que roba. “Usted roba para mantener un hábito”, dice. “Es tan evidente como la nariz en su rostro”.

Pero no es tan evidente. Rosa Lee comenzó a robar mucho antes de caer en la drogadicción.

Finalmente, Treanor anuncia su veredicto: sin prisión. En vez de eso, le suspende la pena, con un año de libertad condicional y rehabilitación.

“Y ya no vuelvas”, le dice.

IV

Hay ocasiones en las que Rosa Lee porta una máscara que la muestra tal como le gustaría ser percibida por los demás. Es algo esquiva; omite un par de cosas, incluso cuando intenta comportarse con calidez. Según ella, se inició en el robo cuando era adolescente. Fue Ben Wright, su hermano mayor, quien me dijo que Rosa Lee cometió su primer robo a los nueve años. ¿Qué robaba?: el dinero que sus compañeros de cuarto año guardaban en los pupitres de la Escuela Primaria Giddings para comprar el lonche.

“¡Por Dios, Ben!”, grita Rosa Lee cuando le pregunto al respecto.

“¿Qué sucede? Dijiste que podía entrevistar a Ben”.

Es una tarde de enero, poco después de nuestra visita a la corte. Estamos conversando en mi automóvil, estacionados afuera del apartamento de Rosa Lee. Vemos el ir y venir de los adolescentes que distribuyen crack; están haciendo su rondín entre los complejos departamentales de Washington Highlands, un vecindario pobre del sureste de Washington, cerca de la frontera entre los condados de Prince George y D.C. El nieto y la nieta de Rosa Lee juegan sobre un parche de polvo en el que ya no queda ni un rastro de hierba. El sol comienza a hundirse tras los edificios mientras ella me cuenta sobre aquella vez de su primer robo.

El año era 1946, y el imponente edificio de la Escuela Primaria, ubicado entre la Tercera y la Calle G, era uno de los puntos rebosantes dentro del entonces segregado sistema educativo de Giddings. La escuela —hoy un centro educativo para adultos— era para los niños negros que vivían en los vecindarios de Capitol Hill. Algunos de ellos, como Rosa Lee, provenían de familias aparceras que llegaron a Washington durante la Depresión, y no tenían ni la ropa nueva ni el dinero que algunos de sus compañeros más afortunados.

Earl Wright, padre de Rosa Lee, era un alcohólico que trabajó en una empresa de pavimentación hasta que comenzó a dedicarse de lleno a la bebida. Murió de un malestar en el hígado cuando Rosa Lee acababa de cumplir los 12 años. Su madre, Rosetta Lawrece, mantenía a la familia trabajando como empleada doméstica en Capitol Hill durante el día y vendiendo platillos caseros en la tarde-noche; todo lo cobraba en efectivo, para que los de asistencia social no supieran que tenía dinero extra. Vivían en una casa rentada en la cuadra 800 de la Calle 3, sin electricidad ni sanitarios.

Otras niñas en la primaria llevaban cambio para comprar brownie thins: unas galletas que la profesora vendía de a centavo para acompañar la leche que venía con el almuerzo. La familia de Rosa Lee era tan pobre que no podían darse el lujo de gastar siquiera unas cuantas monedas. Dice que sabía que robar el dinero de sus compañeras estaba mal, pero tampoco soportaba vivir en la pobreza.

Rosa Lee no tardó en darse cuenta de que tenía varias oportunidades para el robo, pero sólo si contaba con las agallas. Cuando iba de puerta en puerta vendiendo periódicos durante el verano de 1948 (a sus 11 años, los martes y jueves), aprovechaba para meterse a las casas y hurgar en las carteras que las señoras dejaban sobre la mesa del comedor. Washington era un lugar más seguro entonces, y Rosa Lee descubrió que era común que los dueños de las casas se fueran a platicar al patio trasero, dejando al frente sólo la puerta de malla, para que el aire se llevara el calor de las noches.

Encontró otra fuente de ingresos durante el otoño: el guardarropa del Templo Bautista Mount Joy, una iglesia cercana a la que su familia asistió por varios años. Comenzó trabajando como portera en misa de domingo y luego fue asignada al guardarropa. Notó que los feligreses solían dejar dinero en los bolsillos de sus abrigos. “Sentí que si querían [el dinero] no lo habrían dejado en sus bolsillos”.

Rosa Lee cuenta que esperaba hasta que comenzaran “los cantos y plegarias” para empezar a inspeccionar las hileras de abrigos; palmeaba cada uno, buscando el tintineo de monedas. Muy de vez en cuando le salían billetes.

Sus saqueos en el guardarropa continuaron sin percances hasta que, un domingo, el reverendo Raymond M. Randall, ministro de Mount Joy, anunció a los congregados que alguien había sacado un puñado de dólares de la chaqueta de uno de los feligreses en plena misa del domingo pasado. Randall ofreció su perdón y le pidió al culpable que diera un paso al frente. Si el ladrón tenía hambre, dijo, la iglesia intentaría ayudarlo.

Rosa Lee no fue capaz de confesar ahí, justo frente a su madre, su familia y sus amigos. “¡Mi madre me habría MATADO! ¿Me oyes? ¡Me habría MATADO!”, anunció a gritos mientras recordaba la escena. “¿Y quién se subiría ahí, a confesar que estaba hambriento? ¡Habría pasado pura vergüenza, nada más!”.

Rosa Lee se mantuvo alejada del templo durante las semanas posteriores. Cuando volvió a sus deberes, tuvo mucho cuidado: sólo robaba monedas. Era común que no supiera qué hacer con el dinero robado. Sus necesidades inmediatas eran pequeñas y simples: 35 centavos para ir a la matiné de los sábados en el viejo Atlas Theatre, sobre la Calle H, o una moneda de diez para comprarse los conos de nieve que tanto le encantaban. Le regaló pequeñas cantidades de dinero a sus hermanos, hermanas y amigos, pero nunca lo suficiente como para llamar la atención de su madre.

Rosa Lee se aseguraba de que su madre no encontrara ese dinero. “Lo enrollaba dentro de un calcetín”, me contó; luego ponía el calcetín bajo la alfombra, o bajo el colchón, o entre su ropa interior.

40 años más tarde, Rosa Lee aún esconde el dinero todas las noches, pero no de su madre, sino de sus cinco hijos drogadictos. A veces se va a la cama con un montón de billetes metidos en una calceta. “Si no lo escondo, me lo quitan”, dice.

V

Si a Rosa Lee le mortificaba no tener un par de monedas para comprar una galleta en cuarto año, se sentía mucho peor de no tener un guardarropa con el mismo estilo que el de sus amigas de séptimo grado. Detestaba la ropa de segunda mano que le compraba su madre; casi nunca estaba a la moda.

Se sentía en desventaja a la hora de llamar la atención de los muchachos, y pensó que unas prendas bonitas le servirían de ayuda. “Mi piel era oscura”, dijo. “No era cómo las muchachas de pelo largo y piel clara. Los muchachos siempre las buscaban a ellas”.

Una mañana, una amiga le prestó a Rosa Lee una falda, nueva y de color gris, “con dos bolsillos en las caderas”; la última moda. “Mi mamá nunca me compraría una”, me confesó, su voz aún encendida con resentimiento. A Rosa Lee le encantaba cómo se le veía puesta.

Durante el almuerzo, una de sus amigas le preguntó, frente a todo mundo, si quería compartir su almuerzo (de 35 centavos) con ella. “No quise darle nada”, me dijo. “¡Tenía hambre!”.

Su amiga respondió llena de brusquedad: “¡Yo no te dije eso cuando me pediste prestada mi falda!”.

Los compañeros de Rosa Lee se caían a risotadas. Mientras me lo cuenta, puedo notar que el tiempo no ha sanado aquella herida; su rostro carga el poder puro del recuerdo. “Me dolió”, dice. “Pensé ‘Por Dios, esto no volverá a pasarme’”.

Al día siguiente, Rosa Lee entró a una tienda de segunda mano sobre la cuadra 600 de Pennsylvania Avenue. Tomó una falda gris y una blusa blanca de encaje, dobló ambas prendas en dos bultos muy pequeños, los metió bajo la falda que llevaba puesta y caminó lentamente hasta salir de la tienda. Cuando llegó a la esquina, abrazó la falda y la blusa contra su pecho, alegre.

Escondió ambas prendas de su madre. Y armada con una nueva osadía, Rosa Lee comenzó a repetir el truco en otras tiendas de Capitol Hill. “Estaba determinada a tener lo mismo que otras chicas”.

En una fiesta a principios de 1950, conoció a un muchacho de piel blanca que atraía la atención de las otras chicas. Rosa Lee quería impresionar a sus amigas ganándose la atención de aquel muchacho. Disfrutó mucho sus miradas de envidia cuando él se ofreció a acompañarla a casa.

Pensó que tener relaciones sexuales asentaría su compromiso. Pero se embarazó. “No lo he visto desde entonces”, me dijo.

Cuando la administración de la escuela se enteró de que estaba embarazada, le dijeron que tendría que dejar la escuela hasta que naciera el bebé. Rosa Lee nunca volvió. En noviembre de 1950, dio a luz a Bobby, nombrado en memoria de Robert Earl Wright.

Poco después de que Bobby naciera, Rosa Lee decidió ir al templo usando una de sus prendas robadas. Sabía que era riesgoso, pero estaba harta de vestir ropa donada cuando los demás llevaban buenas prendas. Su madre, apenas le notó la falda gris, la confrontó al respecto.

“¿De dónde sacaste eso?”, dijo Rosetta.

“Lo robé de una tienda. ¡Por favor, mamá, no me obligues a devolverla”.

Rosetta estaba furiosa. “No te diré nada sólo porque dijiste la verdad, pero ya no vuelvas a traer nada robado a la casa. ¿ENTENDIDO?”.

“Sí, mamá”, respondió Rosa Lee, temblando en espera de un golpe.

Pero su madre sólo dijo: “Póntela. Veamos cómo te queda”.

VI

Rosa Lee ignoró las órdenes de su madre. Cuando le preguntaba sobre tal o cual prenda nueva, Rosa Lee sólo tenía que negar que la había robado. “Mi mamá me decía ‘Ya deja de mentir’ y ahí lo dejaba”.

Pero el juez no fue tan amable cuando, meses después, la atraparon robando una tienda departamental del centro. Fue su primer arresto. El juez la mandó a la correccional por 19 días, a principios de 1951. Pero parece que la lección no hizo efecto en la joven Rosa Lee, de apenas 15 años; no tardó en retomar el robo.

La madre de Rosa Lee se hacía cargo del pequeño Bobby (de 1 año) mientras ella estaba fuera. Rosetta, que tuvo su primer hijo a los 15 años, cuando vivía en Carolina del Norte, aceptó el primer embarazo de Rosa Lee, pero estaba furiosa porque su hija se había vuelto a embarazar. Su padre era otro adolescente del vecindario. Rosa Lee recuerda las palabras de su madre: “¿Qué haces trayendo tanto niño a esta casa?”.

Rosetta le exigió a Rosa Lee abortar el bebé, pero ella no iba a dejar que su madre le ordenara qué hacer —respecto a bebés, el robo o cualquier otra cosa—.

Ansiosa por ganarse el afecto de su madre, Rosa Lee decidió robar algo para ella. Un día, después de que Rosetta volvió del trabajo, Rosa Lee sacó una bufanda de algodón, pintada de muchos colores, del interior de su abrigo y se la entregó a su madre.

Rosetta tomó la bufanda, la recorrió con sus dedos y miró confundida a su hija. Rosa Lee agitó ambas manos, una señal para que no hiciera preguntas.

Su madre no hizo ninguna. “¡Rose, NUNCA he tenido algo como esto!”.

Rosetta rodeó a su hija con ambos brazos. “Me abrazó, y yo la abracé”, recuerda Rosa Lee. “¡No podía creerlo!”.

Pero aquella bufanda y las prendas robadas que le siguieron no le consiguieron la relación profunda que quería. Rosa Lee dice que a su madre no le gustaban sus robos y seguía regañándola al respecto. Siempre había tensión entre ambas, lista para estallar. Un día, cuando Rosa Lee tenía 22 años, criaba 5 hijos y vivía en un apartamento al lado del de su madre, así sucedió.

Rosa Lee y su vecino estuvieron gritándose por un rato después de que éste golpeó a uno de sus hijos. Cuando Rosetta se enteró, estaba furiosa. Irrumpió en el apartamento de su hija.

“Me dijo que sólo causaba problemas”, recuerda. “Yo le dije que [el vecino] no tenía por qué pegarle a mi hijo. Y mamá contestó: ‘No eres más que un jodido fastidio’, y bam, justo en mi boca”.

El golpe de Rosetta dejó en su hija una marca para recordar la naturaleza de su relación: una placa dental que reemplazaba los dientes que le había tumbado a Rosa Lee.

También dejó una impresión en Bobby, que presenció el encuentro. A sus ocho años. “Fue escalofriante”, me dijo. “Se suponía que nadie podía golpear a Mamá. No importaba de quién se tratara. Ella nos daba ropa y comida”.

VII

Sr. Dash”, comienza Rosa Lee mientras la llevo a su apartamento en febrero de 1991. “Haga una parada en el High’s. Tengo que comprarme una barra de pan”.

Volteo a verla, y ella sabe lo que estoy pensando. “No voy a robar nada”, responde.

Le he dicho a Rosa Lee que no puedo involucrarme en ninguno de sus robos. Nos detenemos en el estacionamiento del High’s; ella se asegura de hacer notar que ha dejado su bolsa negra dentro del auto. Cartera en mano, camina rumbo a la tienda.

Pasan 15 minutos. Mis pies comienzan a entumecerse de tanto frío, así que decido ir a ver por qué tarda tanto. Puedo ver su cabeza asomándose por encima del pasillo de productos enlatados. Está poniendo algo en el interior de una bolsa de papel marrón, demasiado concentrada como para notar que he entrado a la tienda.

“¡ROSA LEE!”, grito.

Da un brinco al escuchar su nombre y me ve de pie junto a la puerta de vidrio manchado. Arruga la parte superior de la bolsa y camina hacia mí. Siento el frío de su rencor cuando pasa a mi lado rumbo a la puerta.

“¡Es la última vez que te espero afuera de una tienda!”, le grito mientras caminamos al coche. “¡Me dijiste que no ibas a robar nada!”.

Responde, y sus palabras se materializan en nubes de vapor que se expande: “Intento alimentar a mi familia y no tengo dinero. ¡Sólo hacemos lo que hace falta para sobrevivir!”.

“¡Eso no sirve! Guárdatelo para los jueces. Acabas de gastar cientos de dólares en droga para tus hijos; ese dinero se fue al caño”.

“Qué sabiondo me saliste”, responde furiosa cuando enciendo el coche. “¡Debería romperte la cabeza!”.

“Me amenazas a cada rato con romperme la cabeza”.

Se ríe, y la tensión se evapora. Me muestra lo que lleva en su bolsa: el pan que compró y los artículos robados; dos latas de almidón en espray y otra de frijoles horneados.

Estoy molesto con Rosa Lee por haber roto mi confianza; también estoy molesto conmigo mismo. Este incidente es una lección para mí: ¿por qué creí que se comportaría de otro modo en mi presencia?

VIII

Semanas después del incidente del High’s, Rosa Lee y yo nos encontramos conversando en su apartamento. Después de haber pasado tanto tiempo con ella, me doy cuenta de que casi nunca pregunto las cosas que deben preguntarse.

“Rosa Lee”, le digo, “hay algo que quiero descifrar respecto a cómo ves el mundo”.

Le recuerdo aquella vez que fue con su nieta a robar un abrigo. Iban rumbo a misa, pero Rosa Lee notó que el abrigo de la niña se veía muy desgastado, así que fueron al bazar a robarse uno.

Rosa Lee asiente.

“¿Cómo concilias ambas cosas? Ir a la iglesia para que te bauticen y andar robando tiendas al domingo siguiente”.

“No lo sé”, responde. “No quería llevarla a la iglesia con un abrigo tan feo”.

“Pero, ¿por qué la llevas a robar contigo”.

Protesta diciendo que el dueño de la tienda es un blanco que se aprovecha de sus clientes, que son en su mayoría negros. “No entiendo cómo un bazar puede cobrar tanto por sus productos”, dice. “¿Sabe que cobra $8.95 por cosas que no cuestan tanto ni cuando son nuevas?”.

“Eso lo dices para ti, y no me convence”.

Esa noche, me sorprendió encontrar un mensaje de Rosa Lee la contestadora de mi oficina. Dejó dicho que había “pensado las cosas” respecto a llevar a su nietos a robar. Al día siguiente, me lo explica. “Me pusiste a pensar las cosas”, dice. Habló con sus nietos y les dijo que nuestra conversación le había hecho darse cuenta que estaba mal robar abrigos para ellos.

Su nieta fue de inmediato hasta el closet y sacó el abrigo rosado que Rosa Lee le había ayudado a hurtar.

“¿Qué quieres hacer con él?”, le preguntó a su abuela.

“Quédatelo. Quédate con él. Pero ya no robaremos nada”, contesta ella.

“¿Y planeas mantener tu palabra?”

“Dios me ayude: eso haré”.

Rosa Lee se me queda viendo, en espera de mi reacción. Estudio su rostro. No ha prometido dejar de robar; sólo que ya no involucrará a los niños. De todos modos, parece sincera.

“Tienes una influencia tremenda sobre esos niños”, le digo.

“Lo sé”.

*Texto publicado en The Washington Post (1994). Traducción de Staff de El Barrio Antiguo.

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