Tengo años de estar trabajando en el sector servicios, ya sea como profesora de asignaturas de humanidades o en dependencias de derechos humanos. Recién egresada de la licenciatura pensé que el mundo era más grande que mi pequeño programa. Ser la gorda en la primaria no se compara con descubrir la misoginia encriptada en la mamonería ‘humanista’.

Al principio nos sorprende, ¿cómo es posible que hombres y mujeres educados, defensores de la dignidad humana, opriman? Parece que mientras la agresión no sea física, o una cifra verbal clara, se vale. Para la persona agresora se siente como segunda naturaleza en función de afirmar lo ‘cerebral’ o ‘valiente’ que se consideran las cualidades que emanan del manantial del alma masculina. Aquí, sobre todo en mujeres cómplices, está el imperativo de ser ‘listilla’ soportado por lo que llamó Adrienne Rich el prejuicio de la baja expectativa de honestidad femenina.

Mis primeras jefas fueron extraordinarias, pero somos educadoras de nivel medio, y ese es un terreno que las mujeres tenemos trabajado desde hace tiempo.

Estos otros jefes y jefas nos capotean de muchas maneras. Al ser nuevas, no se sabe exactamente por qué llegamos. Entonces comienzan las hipótesis, la circulación de información sobre nuestros expedientes, las miradas… Dentro de la cordialidad hay un período de gracia (en el que se nos estudia), pequeñas rupturas y eventualmente una confrontación. La posibilidad de una relación laboral sana es muy baja en este momento.

No importa que estemos rindiendo resultados o creando valor. Desde las visiones masculinas se nos considera “demasiado involucradas” si nuestro trabajo de campo es intenso. O excesivamente emocionales si estamos llamando a la consideración de las demandas de grupos vulnerables. Apretadas, si analizamos. La pasión es de mujeres pobres, o de las pobres mujeres.

Las cómplices mujeres nos cambian las reglas sin notificárnoslo por escrito, porque “ay somos mujeres” y por ende amigas. Entonces estamos en un juego en el que sólo podemos perder. Resistimos hasta que se nos acaban las cobijas de protección. Si nos convertimos en madres, porque somos madres. Pero si no somos madres, y sobre todo si somos solteras, somos putas, frustradas, hippies, feminazis, volubles, majaderas… Un coctel molotov altamente inestable.

Soportarlo implica sacrificar salud.

Aquí es donde me pregunto qué lugar tienen las filosofías de autoayuda. Nos dicen que debemos cambiar para que nuestra paz interior tenga un derrame positivo hacia fuera. Que hay que ‘hackear’ nuestro sistema interno y reprogramarnos para cosas buenas y no visualizarnos como víctimas de los hombres. Tiremos a la basura siglos de insights en las disciplinas que estudian la psique, especialmente el principio de realidad y la psicología social.

En esencia una tiene que moldearse. Hay que dejar que los hombres sólo se ‘hagan concha’, porque pobrecitos, no tienen remedios, “así es el hombre”. La colitis, las contracturas musculares, la gastritis y la crisis de alergia, son solo energías negativas individuales y no reflejos del sistema que se ha puesto de acuerdo para que yo sea una trabajadora eficaz y perfectamente invisible. Y yo camino el día a día vestida impecable y sonriendo. Hecho mi cambio de look ¿Puedo cavar mi propia tumba?

Por Cordelia Rizzo


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