¿Cómo es la vida de una trabajadora doméstica en la ciudad más próspera de México?

Por Evy Padilla Reiter

Imágen por Ana Chapa Guajardo

Flor Hernández conoció la ciudad hasta los 13 años. Cuando se graduó de primaria, supo que era tiempo de salir de su pueblo para empezar a trabajar y ganarse el pan. Nació el 16 de octubre de 1968 en el ejido de La Concepción, en Tanlajas, municipio del estado de San Luis Potosí. Su única realidad era la del pequeño pueblo que compartía con otras 200 familias del ejido, done limpiaba, cocinaba, cortaba leña, iba por agua al pozo y mantenía el campo en buenas condiciones.

La primera señora para la que iba a trabajar manejó desde Ciudad Victoria hasta su pueblo para recogerla y conocer a sus padres. “Nunca había salido tan lejos. Me sentí triste, iba sola, y cuando llegué no sabía nada”. Además, aunque entendía español, no lo hablaba; su lengua natal era el huasteco (tének). Eso no la detuvo para seguir con el trabajo; el tiempo le fue enseñando. Aquel lugar marcó el resto de su vida, pues aunque tres años después regresó a San Luis para casarse, Flor supo que pasaría el resto de sus días como empleada doméstica.

Así es como llegó hasta San Pedro Garza García, Nuevo León, donde halló un mundo completamente desconocido, en el que la vida para algunos es tan sencilla como pagar mil dólares por unos zapatos. Flor dejó todo atrás; tenía que trabajar para otra familia y sacar la suya adelante. “Lo más difícil”, me dijo sentada en un sillón chaparro y cuadrado, sin respaldo, y con un trapo amarillo en sus manos, “es dejar a tus hijos y no poderlos ver”.

Su vida ha consistido en trabajar para ganarse la vida y salir adelante. Una mujer de talla regular, estatura media, tez morena y ojos color negro escarabajo; debajo de ellos cuelgan bolsas de cansancio, la marca de una vida dura. Nariz gruesa, labios delgados y una boca que retiene las sonrisas. Ah, pero un cutis limpio, natural, sin pisca de polvo que cubra su belleza. Y si preguntan por esas marcas que asoman con los años: no se esconden porque no se ven. Son tan pequeñas que pasan desapercibidas.

El cabello —negro, muy oscuro y largo— cae hasta la cintura en una fina trenza, o a veces se sostiene enroscado en una cebolla. Flor viste su propia obra; los hilos que bailan al ritmo de sus manos pintan de colores opacos su figura. Faldas lisas, blusas sólidas y huaraches cómodos que amarran sus pies en un día cualquiera.

Una presencia pacífica y tranquila que se desliza silenciosamente entre cuartos, pasillos y escaleras; un rostro sin expresión, serio, callado, con una mirada franca pero indescifrable, y a veces —sólo a veces— una mueca en su sonrisa. Cuando platica, su risa se escucha en cada esquina, contagiosa en su alegría. Sus suspiros largos expresan la fatiga de un día en el trabajo. No teme decir la verdad porque, aunque parezca tímida, su dulce voz puede llegar hasta Roma. Pareciera que su alma es melancólica, pero quien se abre con ella conoce lo que hay detrás de su máscara.

En sus horas de descanso se pierde en su cuarto tejiendo su arte, la chispa que la lleva a ser una mujer soñadora. A ratos se detiene por un tiempo frente a la ventana, observa todo lo que hay: la ardilla que pasa entre los cables de luz, los colibrís que vienen uno tras a otro a comer de la miel que ella les prepara, el cerro de las Mitras que decora el panorama y los grandes árboles que cubren lo que hay más allá de la calle y el parque. Un espíritu frío que por su sufrimiento no dice mucho, pero cuando se entrega, es cariñosa y amorosa.

Desde que Flor salió de La Concepción, no conoce el descanso. “En esta vida una nunca descansa, nunca vamos a descansar”, dice mientras vamos en el carro. Después de trabajar tres años en Ciudad Victoria con la misma patrona, ganando 70 pesos diarios, regresó a su pueblo a casarse con Antonie Cruz, a quien ya conocía por familia. “Me regresé a San Luis a casarme de tonta”. Contrajo matrimonio a los 16 años, y en los primeros tres años dio luz a su hijo mayor y luego a una niña. En ese tiempo, además del trabajo de campo, piteaba cintos de hombre y hacía petates para ganar dinero. En ratos libres se dedicaba a esta labor, e incluso hacía sus propios hilos. Este era un trabajo pequeño que, además de dejarle dinero, la distraía.

Su día comenzaba a las tres de la madrugada, preparando el almuerzo para sus hijos, lo que le llevaba tres horas. Primero lavaba el nixtamal, luego lo molía, lo cual, resalta, es muy cansado. Después ponía la leña para la lumbre, volvía a moler entre el metate y formaba las tortillas para empezar a cocinarlas. A las seis la mañana terminaba, levantaba a sus hijos para almorzar y los mandaba a la escuela. Luego venían las labores comunitarias del ejido, en las que ocupaba el día completo, hasta las nueve de la noche. En La Concepción, las 200 familias se reparten trabajos a través de una lista de turnos y juntas de tres o cuatro horas para mantener en orden el campo. Cuando los hijos van a la escuela, comenta Flor, las madres tienen que ir a limpiarla y hacerles el lonche temprano. Flor era la promotora, mandaba al resto del grupo para llevar a cabo estos procedimientos. Había un comedor grande al que iban de madrugada cada dos días para preparar el almuerzo de todos los alumnos de primer a sexto año. Ponían frijoles, arroz, atún guisado o atole.

“En mi casa siempre hay algo que hacer”, comenta Flor. En las tardes lavan ropa, van por leña —lo que les toma de dos a cuatro horas—, limpian, atienden el centro de salud o van por agua al pozo. “Toda mi vida ha estado ese pozo. Está hondo, hondo, hondo. Y nunca se ha acabado gracias a Dios; está bien grande el pozo”.

En La Concepción, comenta Flor, todos trabajan y todos cargan desde chiquitos. “Allá todos aprenden. Tengo una comadre, íjuesu, desde chiquititos los niñitos, ¡vámonos!, y por eso los niños entienden, trabajadores. Cuando van a trabajar, ahora que son grandes, nunca pasan hambre porque hacen de todo y siembran de todo”. Cuando en su trabajo actual le dan vacaciones, o a veces en fin de semana, Flor viaja a su pueblo, pero de cualquier modo dice que no descansa. Aunque no esté en la lista porque ya vive en Monterrey, ayuda a su mamá con las labores para que el gobierno le siga dando su dinerito.

Platicando sobre su casa mientras cenábamos cereal en la barra de la cocina y la acompañaba viendo una telenovela, le comenté que llevaba mucho tiempo trabajando con nosotros y no conocía su casa, que me gustaría ir a conocer . Me dijo que mi mamá (su patrona) le había dicho lo mismo. “Le dije, pero yo allá no tengo nada bueno, le dije allá se va a quedar en el suelo, le dije. En el suelo va a dormir, le dije, porque no tengo camas. Pero ella me dijo ‘Ah, no importa, yo quiero conocer allá para distraerme’”, platicaba Flor riéndose. Su pequeño hogar está hecho de palitos y tierra. Se escarba la tierra y se pone una varita, luego otra encima, amarrándolas. Son casitas que duran 20 años y permanecen frescas en épocas de calor. “Tengo una hornillita y es un cuarto chiquitito. Hay una camita en donde se queda mi mamá. Ella tiene un colchoncito y luego hay un catre”.

Después de cuatro años de estar en San Luis Potosí, a los 20 dejó a sus dos hijos con sus papás y se fue a la Ciudad de México con su esposo: él para trabajar como albañil y ella en busca de un trabajo como empleada doméstica. Ahí vivió tres años y dio luz a su tercera hija, que mandó de inmediato a San Luis Potosí para que sus padres la cuidaran mientras ella trabajaba. En este tiempo trabajó en dos casas distintas, y tres años después a se vino a Monterrey a trabajar en San Pedro Garza García.

En la primera casa sólo duró un día porque la patrona no le daba de comer, ni la dejaba hacer ruido. Trabajó en tres casas más, donde fue aprendiendo a cocinar, según le enseñaban sus patronas. Incluso trabajó en la casa del dueño del periódico El Norte, pero no duró más de una semana, pues la casa estaba muy grande y era demasiado trabajo para ella. “Aprendí a cocinar cuando empecé a trabajar en Monterrey, antes no. Yo era la cocinera de una casa porque puedo guisar, pero no es como en el rancho; en el rancho cualquier cosita: frijol, arrocito y tortillas. Hacer ahí todo el nixtamal, lavarlo, molerlo, pasarlo en el metate, todo eso, por eso nosotros allá una cosa y aquí llega uno y no sabe, es diferente. Es diferente Monterrey, como Ciudad Victoria, como México. La gente y el guisado”.

Durante los siguientes ocho años que pasó trabajando en San Pedro Garza García dio luz a su cuarto y quinto hijo, a quienes también tuvo que mandar a su pueblo. Dependía de vacaciones y de que le fuera bien en el trabajo para ir a visitar a su familia. A los 31 años llegó a su empleo actual, en el que lleva ya 16 años. Empezando este trabajo se separó de su esposo, y desde ese momento su familia comenzó a depender de ella. Cuatro de sus hijos se vinieron a Monterrey terminando la primaria. Uno se vino a trabajar como albañil, sus dos hijas también como empleadas domésticas en la casa del vecino y el otro en un HEB, donde fue subiendo de puesto. Tres de sus hijos se casaron y le dieron tres nietos. Su hija más pequeña permanece en San Luis Potosí estudiando la preparatoria y ayudando a su abuela después de la muerte de su abuelo.

***

A pesar de que mi relación con Flor es cercana —no nada más por los años que lleva trabajando con mi familia, sino porque siempre hemos sido muy unidas—, me di cuenta de que, aunque creía conocer mucho de su vida, sabía poco. Al saber algo más sobre el viaje que hizo de su rancho a Monterrey, me interesaba su perspectiva como empleada doméstica. Entrar a estos aspectos fue más complicado, pues a pesar de que no le gusta hablar mucho sobre su vida personal, no es algo que le iba a contar a cualquiera, sino a la persona para la que siempre ha trabajado, aun cuando sabe que nunca se ha marcado una línea de desigualdad entre nosotras. Es extraño pensar que a veces para uno son como parte de la familia, pero las empleadas no siempre se sienten así, ya que la confianza es distinta para cada quien. Esto puede deberse a que se ponen un límite por tratarse del trabajo, o porque, aunque no se les trate como inferiores, siempre se van a sentir de esa manera, ya que crecen con la idea de que son menos y van a vivir con bajos recursos siempre.

Eran las doce del día y Flor estaba sacudiendo la recámara principal. Pasaba el sacudidor por el tocador de la señora, un mueble largo y negro a un lado de la cama; levantaba los perfumes con cuidado y los regresaba a su lugar. Se pasaba a ambos burós cuando entré y le pregunté sobre lo que le gustaba y no de su trabajo. Respondió que eran las doce y tenía que empanizar, luego se río mientras continuaba con la recámara y dijo que nada, que no le gustaba nada y se siguió riendo. Sin embargo, comentó que disfrutaba mucho coser y hacer ropa. Que si ella hubiera podido, si hubiera tenido dinero, habría estudiado eso. “No fui costurera porque necesitaba ir a la escuela para enseñarme muchas cosas. Yo vi una en el Centro, de recién llegada, pero pos me costaba caro. Pero con que haga yo mis faldas y blusas a como sea porque así ahorro mucho”.

Dejó de sacudir y se quedó pensando un rato. Dijo que lo que más le gustaba de su trabajo era la planchada y lo que menos —susurró al decirlo— la cocina. Luego volvió a reír. Aunque dice disfrutar la cocina, no le gusta tanto en su empleo, ya que es mucho trabajo tener que hacer todo el aseo y además preparar la comida. Mientras continuábamos con el tema, me decía que ya nos bajáramos porque tenía que ponerse a empanizar los pescados.

Tomaba los pescados lentamente y, uno por uno, los enjuagaba en el fregadero de la cocina para colocarlos en un plato delicadamente. En otro plato esparció pan molido de All Bran, sazonó los pescados con sal, limón y pimienta y empezó a empanizarlos hasta que quedaban bien cubiertos. Mientras hacía todo esto, contaba en lo que consistía su trabajo. Se levanta a las 7:30 de la mañana y, dependiendo del día, empieza con distintas labores. A veces sale a barrer o a limpiar el jardín; otros días comienza lavando ropa. A diario asea todos los cuartos y baños; tiende camas, sacude muebles, aspira y trapea. Entre 9:30 y 10:00 almuerza y comienza a preparar la comida entre las 11:00 y las 12:00 del día, dependiendo de lo que vaya hacer, ya que el señor come a las 1:30 de la tarde. Ella se sirve de comer alrededor de las 2:30, y a partir de esa hora, cuando no le toca lavar ropa, sus tardes varían. Para las 6:00 de la tarde o antes (depende del día), ha terminado. Se pone a coser, tejer, ver telenovelas, leer el periódico, entre otras cosas. Aunque su trabajo es flexible, también es agotador; no tiene quien la apoye. “Pero yo mejor me apuro sola a tener a alguien más que me ayude. Me va mejor”.

Mientras cocinaba los pescados, comentaba que su vida ha ido cambiando, ya que pasó mucho sufrimiento años atrás, pero que hoy en día ya no es tanto. Sin embargo, no quiso seguir con ese tema. Al preguntarle qué es lo que más extrañaba de su casa, comentó que le gustaba su rancho porque allá todo estaba tranquilo y en silencio; no había carros, ruidos, ni nada. Terminó la comida, llegó el señor a comer y dejamos la charla para otro día.

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Bajo un jueves alrededor de las 5:30 de la tarde para encontrar a Flor sacudiendo el cuarto de tele del señor. Un cuarto que durante el día se ilumina por la enorme ventana que también es puerta al jardín, pero que este día se encuentra con media cortina abajo. Me siento en un sillón café frente al televisor. Nos ponemos a platicar, y cuando empiezo con las preguntas se ríe y se sienta en un pequeño sillón cuadrado sin respaldo, con un trapo amarillo en sus manos que coloca entre sus piernas. Nos miramos frente a frente y se crea un ambiente de confianza, pues sabe que no hay nadie en la casa más que ella y yo. Esto la hace sentirse más a gusto para expresarse.

Comenzamos nuevamente con el tema de su empleo actual. Me dice silenciosamente que a pesar de todo disfruta de su trabajo. “Disfruto estar contigo, yo creo que por eso no me he ido. Me siento a gusto contigo, con la familia. No me exigen, yo sé lo que tengo que hacer, no me tienen que decir”. Además, sabe que no se ha ido porque lleva muchos años en el miso hogar e irse implicaría buscar otro empleo, lo cual no es fácil. De pronto hace una breve pausa y retrocede al pasado, cuando llevaba apenas un año en este trabajo. Recuerda que casi se va porque tuvo una fuerte discusión con su patrona. No obstante, menciona que no se fue porque necesitaba el trabajo. Cambia de tema rápidamente.

Considerando el ambiente en el que nos encontrábamos, tomamos un camino más personal, más íntimo. Sigue sentada en la misma posición y le pregunto qué es lo más difícil que ha vivido. Una pregunta que no es fácil contestar y a la que da muchas vueltas. Primero menciona que estar lejos de su casa y familia es doloroso, y más cuando solamente puede ir cada dos o tres meses, ya que el boleto de ida y regreso cuesta 2 mil pesos. “Cuando me toca la renta de la casa, no hay dinero. Es bien difícil estar lejos”. Flor no nada más tiene una familia que mantener en Monterrey, sino también en San Luis Potosí. Renta una casita en Santa Catarina en donde pasa los fines de semana con su hijo y con una cuñada. Además, su mamá y su hija menor viven en su pueblo, lejos de Monterrey.

Le comento que sería más sencillo si su mamá y su hija se vinieran a Monterrey. De inmediato contesta que ellas no quieren. “Ella quiere que nos vayamos allá, que por qué estamos aquí lejos. Que comoquiera orita nos tratan bien y eso siempre nos ha dicho toda la vida, que nada más estamos aquí trabajando y mañana o pasado estamos enfermos y ya no podemos hacer el trabajo y pa’ fuera. Y la verdad a veces sí me pongo a pensar, porque cuando ya me enferme, ya no voy a poder trabajar y no me van a querer tener aquí”.

Me atrevo a preguntarle cómo le haría si se regresa a su rancho, si no tiene un trabajo. “Pos como dice mi mamá: pos como has vivido antes, no te has muerto de hambre, yo aquí dice no me muero de hambre. Y así vas a vivir también, como hemos estado siempre. Ella siempre ha hecho ropa y le llevan para hacer y ya gana su dinerito. Por eso a mí siempre me dice, y cuando estaba mi papá me decía cómprate una máquina de coser para así mañana o pasado no tienes nada pero te conoce la gente que tú arreglas y haces vestidos y puedes cocer y viene la gente y te busca. Ya tienes para el frijol y la maseca, eso es todo”.

Estos son pensamientos que pasan por la mente de Flor cada día: la voz de sus padres diciéndole que no necesita trabajar en la ciudad si comoquiera no tiene nada. Además, es un trabajo demandante, ya que tiene que trabajar todos los días, todo el día. Y aun así no logra obtener una casa para ella misma, lo cual la hace dudar sobre su estancia y trabajo como empleada doméstica. “Por eso dice mi mamá que nos vayamos, que allá no vamos a pagar agua, nada más 30 pesos de luz que llegan cada mes. Dice ‘Vénganse, aquí vengan a trabajar la tierra, aquí siembran, no se van a morir de hambre’”. Al pensar en esto, a Flor le gustaría en un futuro no nada más regresarse a su casa, sino poder trabajar por su lado vendiendo tamales o gorditas. “Tengo amigas que sí sacan dinerito así”.

En tan pocos años su vida se ha balanceado entre momentos difíciles y unos para recordar. A pesar de que ha tenido que recorrer ciudades y empleos, actualmente se encuentra estable en un trabajo en donde dice sentirse a gusto ya que ha durado 16 años. No obstante, su vida continúa girando en un entorno complicado, pues si no fuera porque necesita el dinero, estaría cuidando a su mamá en San Luis y tejiendo al ritmo de sus dedos como siempre lo ha hecho.

A través de los años se ha tenido la idea de que las empleadas domésticas son tratadas inferiormente y de mala gana. Sin embargo, la perspectiva de cada persona es distinta. Sabemos que Flor trabajó en varios hogares y que en uno de ellos duró solamente un día, ya que no era tratada bien. El trato varía, pero quienes son conscientes del trabajo duro de las empleadas, quienes se toman el tiempo para conocerlas, llegan a aceptarlas y hasta a invitarlas a ser parte de la familia. Estamos hablando de gente que no nada más trabaja ahí, sino que respira, come y duerme por años bajo el mismo techo.

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