Ilustración de la serie ‘Murales por Atenco’ 

Esperas. Esperaste. Un día hiciste consciente el patriarcado en ti y te “reconociste” hombre para después fugar. Fugaste. Eras. Fuiste. ¿Y dónde dejaste a Freddy? Aunque más bien, ¿alguna vez fuiste Freddy?

Diría que no es que te reconociste, sino te desconociste. Porque fue el mundo, ese mundo social, simbólico y cultural, el que siempre quiso educarte, y por lo tanto imponerte una categoría. Porque fue el mundo y no tú quien leía en ti, lo que ni tu misma sentías.

Pero a esa edad qué ibas a saber explicarlo…

Aunque no saber explicarlo no significa que fuera invisible. Se veía. Se sentía. Todo estaba ahí desde antaño. Tu anatomía, tu aguda voz, tus suaves gestos, tus hermosos movimientos, tu mirada, tus ojos tímidos, la sororal forma de observar el alrededor y hasta el no adaptarte a ningún contexto y padecer tanto ese no caber allá o acá. Esa era Frida. Esa era Frieda. Esa eras tú, querida. Se veía. Se sentía. Pero este mundo social en aras de normalizar y/o seguir naturalizando todo te lo negó. Y llegaste incluso a creértelo. No es tu culpa. No eras tú, era él, el mundo, que para eso es funcional y dictador. Se veía. Se sentía. Esa eras tú querida.

Y eras tú desde antes del feminismo y de cualquier devenir que haya llegado después a tu vida. Te lo negaron. El feminismo fue sólo con lo que le diste un discurso a ese no caber y no sentirte parte de la membresía. El devenir fue ponerle práctica al dolor y dejar de padecerlo. Dejar de arrastrarlo. Se vino la rabia alegre. Se vino un día. Y aunque dolor sigue habiendo porque no toleras que te hayan mentido tanto tiempo sobre tu propia existencia, esta euforia no la para nada. A esta metamorfosis no la detiene nadie.

Ese día dejaste de ser el gusano que te impusieron ser, y elegiste salir del capullo capitalista al que te habían condenado… Y tuviste miedo. Pero al poco tiempo supiste, descubriste, te diste cuenta que tenías unas alas enormes con un destello impresionante, y entonces volaste… Con el aire en la cara, con el viento enredado en tus cabellos, con el fresco rosando tus mejillas y produciendo acústica en tus oídos, ¡volaste! Te fuiste. ¡Allá vas! Allá vas Frida…

No es que antes no te gustara tu cuerpo, es que ahora te gusta mucho más. No es que fueras totalmente infeliz viviendo en el ÉL que te socializaron, es que ahora vives mucho más plena siendo la ELLA que te autoconstruíste.

Ser Frida ha hecho que te sientas como nunca más segura en tu fortaleza emotiva, más hermosa para tu interior, aunque paradójicamente te ha hecho más insegura y vulnerable al exterior, porque las cargas culturales pesan. Y pesan mucho.

Pero ese no es tu asunto. No volverías atrás ni un paso. Y tampoco serás tú la que le abra los ojos al mundo pero sí la que destruya el mundo que te contaron. El mundo que te sembraron. El mundo que ahora tienes en tus manos. ¡Lo cazaste! Lo atrapaste entre tus alas, Frida. ¡Destrózalo!

La inseguridad y vulnerabilidad que vives ahora: acoso callejero, probabilidad más alta de ser asesinada por misoginia, el ataque de tu propio cuerpo con más tipos de cánceres y lupus, por ejemplo… La metamorfosis diaria, la autodestrucción biológica, el no saber permanentemente explicarte con un lenguaje social tu estado anímico-químico; el ver y sentir este apocalipsis hormonal que te rodea desde la ELLA que eres, y a veces tampoco poder olvidar el ÉL que te impusieron, porque allí, en el ÉL, también se te quedó la vida, una vida que tuvo algo de bella y que no se pudo recuperar tras la explosión. Y aunque género no son hormonas, claro, perfectamente sabes ahora, en carne propia, que vivir en un cuerpo con testosterona no es ni remotamente parecido a vivir en uno con estrógenos. Ahora estás aquí. Sabes.

Entre otras cosas conoces ahora el escarnio, el alejamiento de gente que se decía amiga, o dijo amarte, porque la transfobia aunque parezca un instrumento oficialista derechohumanista y una política pública cualquiera, existe. La transfobia existe.

En fin, esa inseguridad y vulnerabilidad al exterior de la que te hablo, de la que no piensas ocuparte ni desganarte porque quieres seguir mirando hacía dentro de ti, seguir mirando en esa fortaleza emotiva que te halló y te hallaste. Que se hallaron. Quieres seguir amando lo que elegiste y has construido.

¡Ahí estabas querida! ¡Ahí estuviste siempre! El mundo también te arrancó la mirada pero nunca, nunca pudo cegarte.

Y aunque el miedo sigue -no lo niegas-, miedo porque no sabes si lo harás bien o mal, sabes con certeza y alegría que no vas a morir siendo lo que te dijeron que tenías ser. Y esa ya es una revolución. Esa es ya tu revolución. Esa eres tú sola, sin colectiva, sin hermanas, sin compañeras, sin ONG’S, sin AC’s, sin comisiones, sin marchas, sin mantas, sin nada, sola tú y tu cuerpo, el que le arrebataste al sistema, el que re-expropiaste, porque más antes el mismo sistema te lo había robado.

Contigo se rompió la regla: Naces, creces, te reproduces, y mueres.

Morirás siendo lo que no naciste ni creciste pero siempre estuvo allí. Resistiendo. Resistiendo dentro del capullo. Y en ese sentido está tu propio ser yo, o como dijera la Susy Shock: «mi ser yo entre tanto parecido, entre tanto domesticado, entre tanto jalado de los pelos y metido en algo».

Morirás siendo lo que no naciste ni creciste, y que aún hoy por hoy te siguen midiendo en parámetros del órden y enjuiciando en tribunales de la buena conciencia, que aún hoy por hoy te siguen midiendo y enjuiciando desde las butacas del esencialismo barato y las éticas genitales. Tú siempre fuiste Frieda, querida. Qué va a saber esa gente sobre ti misma. Tú siempre fuiste Frida. Y ante ello ahora has lanzado este grito perturbador, imparable, ensordecedor: Género para qué te quiero si tengo alas para volar, género para qué te quiero si tengo cuerpo para mutar, género para qué te quiero si tengo una vida que habitar.

Esa eres tú, querida. Bienvenida -por fin- a ti. Yo te estuve esperando siempre.

Por Frieda Frida Bautista

*Publicado en el facebook personal de la autora.

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