Verónica Zubirán de Priego fue una maestra de una sola pieza. Entendía el peso pedagógico de la personalidad, la paciencia y la preparación. Podría decirse que era de ‘las de antes’, pero nos urgen maestras efectivas como ella. Era la maestra a la que más respetábamos.  

La conocí siendo su alumna en el 1994 cuando era maestra de Historia Mundial en la secundaria del Colegio Inglés. Era una mujer dulce e inteligente que estaba en el lugar correcto.

Su clase era mi favorita. Cuidaba mi libro de historia como si fuera una biblia. Tengo imágenes mentales de los mapas de cada etapa de Europa. La historia del Sacro Imperio Romano y todos los referentes sobre el medioevo bárbaro los puedo trazar a una página del libro de World History. Carlomagno, Gengis Khan, Vishnu, nombres y las fechas escritos en negritas, las preguntas al final de cada lección.

Hubo un ensayo que nos pidió sobre el documental del primer emperador chino que vimos en la pantalla Omnimax del Planetario Alfa. Lo consideré mi obra maestra. Cuidé las palabras y me esmeré en producir un texto bonito y denso. Me fascinó el entierro de Ch’in Shi-Huang con los guerreros de terracota y comenzó ahí mi interés permanente por los rituales de despedida. 

Nos platicaba a veces de un viaje reciente a la India. Describía el olor del Ganges, y los rituales de entierro y de vida que se hacían a las orillas del río.

En tercero de secundaria hicimos un libro con nuestras historias de vida. Temo que lo tiré accidentalmente en la última limpia, pero a la primera persona que le pedí que escribiera algo en las páginas vacías fue a Miss Priego. Me escribió que ella no iba a alcanzar a ver todo lo bueno que me traería la vida, y al final le agrega “y un pequeño bebé como tú”.

Nos vimos algunas veces después del ’97. Platicábamos sobre todo de nuestra experiencia como profesoras. Me contó de su hija Maria Andrea en Inglaterra, cómo entendió que ya no era la mamá sino la abuela, y el respeto total que le merecían sus hijas e hijo ahora que formaban sus familias. La veo en fotos de su perfil de Facebook rodeada de nietas y nietos y la imagino con una vida privilegiada, alegre, plena.  

La última vez que nos vimos, hace unos 8 años, nuestra conversación amable terminó con algo de tensión. Amaba a mis profesoras y profesores, pero la memoria de mis compañeros estaba siempre vinculada al aislamiento, la intolerancia y a la incomprensión tras la renuncia de mi padre a la gubernatura.

Tuvo que escucharme decir que yo pensaba que mis ex compañeros –sus ex alumnos- me debían una disculpa. Lo dije con la memoria de mi propio dolor. La conversación se tornó un tanto amarga, y Miss Priego me instaba a ser más comprensiva. Yo insistí.

A mis treinta y cuatro entiendo que es pecado hablarle mal a una madre de sus otros hijos. Comprendo mucho mejor el mundo en el que cursé la primaria y la secundaria, y siento más compasión por los adolescentes. 

Miss Priego, la maestra y la madre orgullosa, se fue de este mundo a los 63 años. Me dicen que sucumbió al cáncer. Me cuesta pensar en su sufrimiento. Ya no voy a poder visitarla para contarle de las cosas buenas que llegaron a mi vida, a averiguar si sigo siendo la única alumna a la que dejó checar las “essay questions” en los exámenes, o a decirle que la vida no me ha endurecido del todo.

Cada vez que les pregunto a mis alumnos por sus conocimientos de historia mundial pienso que les faltó una maestra como ella.

Espero que además de amor de su familia, la haya acompañado en el final de juego la conciencia de trascender a través de sus alumnas y alumnos. Me quiero imaginar que en algún otro momento releyó o recordó la carta que le hice al final de secundaria, agradeciéndole su inteligencia tierna que me alentó a no claudicar ante las garras de mi depresión.

A su familia, mi abrazo y mi pequeña compañía en lo que es ahora el mundo sin Vero. Me despido imaginando que tiramos un puñado de sus cenizas en el Ganges. Ella es ahora de nuestra memoria. Otra vez, y de otra manera, vuelve a ser de la tierra que nos nutre.

Por Cordelia Rizzo

*Publicado en su espacio personal 

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