Un día en la edición cxxxi de la Feria de la Nieve de Santiago Tulyehualco

Por Yair Hernández

El piso está mojado. Los grandes bloques de hielo que varios tipos fornidos llevan de un lado a otro han hecho que desde temprano los visitantes caminen con las suelas empapadas. Pero a nadie parece importarle, todos continúan su marcha taciturna por las calles húmedas que también se tornan coloridas: verde, amarillo, rojo y azul son los colores predominantes, aunque también lucen varios más. Colores que resaltan de las lonas que cubren los puestos, de los anuncios con los precios, de la ropa, de la basura en el piso… de todo.

El aire de celebración se siente por doquier. Todo el pueblo está aquí, aunque hoy los turistas son mayoría. Pero ya dentro de las calles, en ese recorrido de sabores, olores y colores, nadie se siente ajeno. Las sonrisas predominan. No hay caras largas, sólo muecas de cansancio. Muecas que provienen principalmente de las personas que atienden los puestos y los que transportan los bloques de hielo. Es comprensible, ha sido una jornada larga. Pero está valiendo la pena. No todos los días te encuentras con una multitud alegre, deseosa del baile, el “vacilón”, el coqueteo, la risa, la música, las “garnachas”, la cerveza y la nieve. No, no la nieve que aparece sobre los montes, sino la que se disfruta en conos o vasos de unicel, con su respectiva cucharita colorida.

Hoy, esa nieve es la encargada de poner a la comunidad de Santiago Tulyehualco en el mapa. Hoy, esa nieve es la que ha traído a cientos de turistas a degustar sabores exóticos, como lechuga, víbora de cascabel y aguacate. Hoy, esa nieve deja el piso mojado.

Un turista dentro de la ciudad

El camino a Santiago Tulyehualco, partiendo del centro de la Ciudad de México, es largo. Primero hay que abordar el metro hasta el final de la línea azul (Taxqueña). Una vez en ese epicentro turístico (allí convergen la terminal de autobuses del norte, el metro y el tren ligero), hay que tomar el tren ligero con rumbo a Xochimilco, en el extremo opuesto. Tras un recorrido de aproximadamente media hora, hay que salir de la estación y buscar el sitio de microbuses más cercano, donde salen con rumbo a Tulyehualco. Y otra vez de punta a punta.

Los poco más de 40 minutos que dura la travesía desde la estación Xochimilco a ese poblado “chinampero” que se erige en las faldas del extinto volcán Teuhtli son pintorescos. Casas de no más de dos plantas, sembradíos, calles semi-pavimentadas, desniveles, prevalencia de las tienditas de la esquina, caballos, el mercado de plantas y flores Madreselva, el Bosque de Nativitas, un embarcadero a distancia, niños jugando en las calles y varios terrenos baldíos son aspectos que destacan a simple vista durante el recorrido. Todo lo anterior hace de quien está acostumbrado a los grandes edificios y congestionamientos viales un turista dentro de su propia ciudad, pues Santiago Tulyehualco sigue siendo la Ciudad de México.

Al llegar a la base, antes de estacionar el bólido blanquiverde, el chofer comenta con su chalan que “hay que aprovechar las vueltas porque la semana que viene va a estar muerto”, haciendo referencia a que acabando la feria, todo volverá a la normalidad; poca gente será la que llegue al final de la ruta.

El valor de lo frío

Raquel se mueve dentro de un puesto rodeado por lonas color amarillo. Arriba, en la única lona color negro, que indica el nombre del espacio de poco más de 4×4 metros por donde se desplaza, se leen varias frases. “Nevería Vázquez” es la que hace uso de letras más grandes, seguida de “Más de 20 años de tradición”, con una tipografía más pequeña.

Raquel es morena, veinteañera y esbelta. Estudia la prepa abierta con miras a una futura carrera de veterinaria. Ahora está de vacaciones y buscando un modo de generar dinero durante su tiempo libre para futuros gastos recreativos. Decidió aceptar la invitación de una amiga para ayudar a su familia durante la Feria. Hasta hace unos días, Raquel no tenía idea de que existía un mundo de sabores más allá de la vainilla, el limón y el chocolate. “Todo puede hacerse nieve”, comenta entre risas. Como es de suponer, Raquel no se apellida Vázquez.

“Pues sólo vine por este fin, entre semana creo está más relax. Pero hoy está cansado, desde tempra hay mucha gente pidiendo. Luego hay cada cliente que no sabe qué pedir y hacen perder el tiempo, o piden algo y cuando se los das no quieren. Es un relajo, pero es divertido. Creo que ya probé todas; la de Torres 10 es la más buena. La que no me gustó fue la de mamey”, señala Raquel.

Ante la pregunta de cómo se hace una nieve de cualquier sabor, titubea un poco y responde: “No sé mucho, sólo ayudo a despachar. Pero, por lo que he oído, cada una varía. Hay unas de leche y de base en agua. Lo que sí es que todas llevan hielo. Luego veo que las andan agitando”.

Respecto a los precios, señala que oscilan dependiendo el producto. “Pues los básicos son más baratos, tipo limón, coco, mamey o fresa; esos están en 20 el vaso y son los que piden más. Ya otros, como ‘el Torito’, que es un shot de tequila con el sabor de nieve que quieras, están en 40. O la banana split en 50. La de Jack [Daniels] igual es cara”.

Por trabajar un fin de semana (viernes, sábado y domingo), Raquel se va a llevar entre 700 y 1000 pesos, nada desalentador considerando que puede probar la nieve que quiera en el momento que quiera. “Estoy ahorrando para un celular, pero espero no irme de fiesta, si no ya valió”, remata entre carcajadas.

Los años dan la tradición

Este 2016, la Feria de la Nieve de Santiago Tulyehualco cumple 131 años, pero la historia de la nieve en México data desde la época prehispánica.

Fueron los xochimilcas quienes comenzaron la tradición. Ellos crearon la denominada “ruta de la nieve”, que tenía como destino los volcanes Popocatepetl e Ixtaccíhuatl, de dónde extraían bloques de hielo para luego cargarlos en cubiertas de pieles y hierbas hasta los principales mercados de la ciudad, como Tlatelolco. Un punto importante de la ruta era el sitio hoy conocido como Santiago Tulyehualco. Allí, “los emisarios del hielo” tomaban ligeros descansos para posteriormente seguir el viaje, ya fuera de ida o de regreso.

Durante la Conquista, la tradición continúo y se asentó. La nieve resultó un producto exótico para los conquistadores, por lo que aumentó su demanda y obligó a formalizar los sitios de su consumo, como Santiago Tulyehualco.

Cuentan algunos de sus locatarios más longevos que la feria “no ha cambiado mucho” en forma y procesos culinarios. Se sigue llevando a cabo durante Semana Santa (esta ocasión tuvo lugar del 19 al 28 de marzo) en la Plaza Quirino Mendoza y Cortés y sus calles aledañas, y miles de personas aún acuden en cada edición. La programación artística se renueva cada año, y el patronato de la feria cuida que los proyectos musicales resulten llamativos para los asistentes.

Aunque, como en todo evento multitudinario, existe un pero: cada año proliferan los puestos de bebidas alcohólicas, que algunos locatarios, además de ver como un peligro económico, responsabilizan de los roces ocasionales entre personas, principalmente jóvenes, que acuden a una feria que busca mantener un enfoque familiar.

El piso mojado

Varias gotas de sudor resbalan por la frente de Humberto. Desde temprano, sus pasos han seguido la misma ruta. A pesar de que las manecillas ya indican que han pasado pocos minutos después de las cinco de la tarde, sabe que su labor aún va para largo. Humberto es una de tantas personas que hoy abastece los locales con bloques de hielo, el motor de la feria. Al grito de “Va el golpe”, se abre paso entre cientos de asistentes que cubren las calles de Tulyehualco.

Es su tercer año en la feria. Entró de cargador gracias a sus primos, quienes hoy también van de un lado a otro con el “oro blanco”. Para el traslado, algunos se apoyan con diablos, pero Humberto prefiere las pinzas porque “no ocupan tanto pinche espacio”.

A pesar del mar de sabores que se le presentan, prefiere lo clásico. “Puro limón, lo demás está muy extraño, aunque sí me chingo las de tequila o mezcal”.

Humberto no tiene mucho tiempo para conversar. Tiene que volver a recorrer las calles, a dejar que más gotas caigan por su frente. La gente sigue llegando y la jornada aún va a la mitad.

Humberto es un elemento vital de la feria. Tal vez no es el hielo. Tal vez el sudor de él y el de sus colegas es el responsable del piso mojado.

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