Por Carmen Libertad Vera

De Firulais se podría decir cualquier cosa y sería absolutamente cierta o completamente falsa. Porque todo lo con él relacionado de inmediato adquiere tintes de una fabulada verdad a medias. Su vida fue el eterno bandazo entre lo pícaro-cortesano y la tragedia romántica, historia finalmente convertida, para su fortuna, en un melodrama sin moraleja.

En síntesis, la historia de Firulais no fue sino la del típico millonario que prefirió ser pordiosero. Llevó por nombre Federico y por apellido Ochoa. Nacido en la Hacienda La Purísima, municipio de Tecalitlán, Jalisco, era descendiente directo de conquistadores españoles y aristócratas terratenientes virreinales; emparentado también, en línea directa, con una de las más acaudaladas familias tapatías, la de los Solórzano, situación que por derecho propio, entre otras anécdotas, lo convertiría tiempo después en tío consanguíneo de personajes tan famosos como Jis, el conocido monero creador del humor pacheco con tendencias surrealistas y toques erótico-pornográficos, estilo que a Firulais no hubiera escandalizado en lo más mínimo.

Porque Firulais desde pequeño, avecindado en Guadalajara y siendo su madre propietaria de un céntrico hotel,  ya pintaba para ser lo que luego fue: todo un junior trotamundos.

En su juventud, después de haber sido enviado a realizar estudios básicos en instituciones norteamericanas, regresó a la ciudad convertido en un popular dandi, amante de la buena vida y aficionado muy práctico de la tauromaquia. Teniendo oportunidad de “calmar sus ansias de novillero”, llegó a alternar hasta con el gran matador Rodolfo Gaona. En esa época circularon algunas coplas en su honor: “¡Guadalajara está de fiesta! / Hay corrida en El Progreso. / Torea el gran Federico, / el milagro de carne y hueso”.

Todavía en vida de su madre, Elena Ochoa Vda. de Ochoa, y antes de que él dejara de ser el millonario Rodolfo Ochoa para transfigurarse en el menesteroso payaso Firulais, tuvo oportunidad de estudiar arte dramático en New York.

Ya huérfano, al no tener hermano, se convirtió en heredero universal de la fortuna familiar, misma que le duró hasta principios de los años 50, porque en cuanto quedó carente de madre, tarde se le hizo “pa’ darle vuelo a la hilacha”. 

Con el tiempo volvió a torear, pero ya no ganado de lidia, sino épocas de vacas muy flacas, y tuvo que hacer algo que nunca había hecho en su vida: ¡trabajar! Sobre todo porque él ya había formado familia con Francisca Vázquez, con la que procreara a Mónica, su única hija.

            Dicen que primero trabajó como chofer de casa rica, y luego, vestido de payaso, de anunciador ambulante. Aplicando su oficio de clown en el Canal 4 de la televisión tapatía, realizó programas de corte infantil. 

Firulais, hasta el final de su vida, contó con el aprecio solidario y el respeto de todos los que lo conocieron. Incluso, post mortem, recibió diversos homenajes, como el organizado por la promotora cultural Abarrotera Mexicana, que montó en su honor una exposición colectiva y multimedia en el Museo de la Ciudad, donde se realizó una mesa redonda y se promovió la edición del catálogo Firulais, fragmentos de la historia reciente de Guadalajara.

Con él, pareciera no quedar otra sino resaltar siempre lo por todos archiconocido: la pérdida de su enorme fortuna a causa del exceso en vino, juego, placeres mundanos y la afición que por ahí afirman tuvo por los para él muy nobles carrujos de marihuana.

Tuvo un amplio repertorio de chistes que incluían algunos de muy subido y picante color, pero esos los tenía reservados exclusivamente para los conocidos a quienes les tuviera absoluta confianza.

Al final de su vida solía encontrársele sentado, sobre una silla de ruedas, en alguna esquina de los céntricos Portales. Repartiendo sonrisas, pensamientos y volantes impresos.

Dos características lo identificaron siempre: su desaliñado y colorido traje de payaso, eternamente acompañado por un sombrero con afanes pedigüeños; y su sonrisa, dibujada con enorme amplitud sobre aquel su agridulce rostro de pizpireto mirar. Dejó publicada una especie de  memoria testimonial.

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