Por Alejandro Medina

Ilustración de la serie ‘Personajes urbanos en el #64000’ Por David Pulido

Era un miércoles de febrero. Nadia y yo nos estacionamos en la Macroplaza de Monterrey, le pusimos monedas al parquímetro y nos llevamos cargando nuestras cámaras fotográficas en una mano y los cafés del Oxxo en la otra. Eran las 7:00 de la mañana, el sol se asomaba apenas en el horizonte y hacía frío.

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Nos dirigimos a la entrada de la calle Morelos y esperamos a que hubiera más gente caminando. Sentados en una banca, nos bebimos el café caliente y comimos unos plátanos que habíamos traído de casa.  Luego comenzamos a tomar fotos.

Casi no lo vemos. Bueno, en realidad sí lo vimos, pasamos al lado de él, observamos de reojo y creo que llegué a decir: “Qué buena foto”. Era un hombre de la calle, un vagabundo, un ‘sin casa’, un indigente. Permanecía sentado en una banca igualita en la que nosotros nos habíamos sentado antes, solo que parecía tener más frío y no bebía café ni comía plátanos.

México,-Mty,-Calle-Morelos,-Tecateman,-manos-2

Luego descubrí que “esa foto” tenía nombre y apellido, en fin, tenía toda una historia que contar. Al pasar de regreso, de salida, nos gritó “Los reporteros de la Morelos” a lo que nosotros respondimos con una pequeña sonrisa y un gesto con la mano. ¿Cuántas veces habrá hecho eso? Pedir desesperadamente que alguien se dé cuenta de él. Que alguien se siente a conversar. Que alguien borre mentalmente su apariencia sucia, desaliñada y lo mire a los ojos.  Ya cuando estábamos al término de la calle, Nadia y yo nos volteamos a ver y nos dijimos mutuamente “¿Vamos?”.

Su nombre es Manuel Salazar Chavarría, tiene 72 años y cumpliría 73 dentro de poco, el cuatro de marzo. Hace quince años que vive en la calle. Haciendo cálculos me puse a pensar que él había nacido en el año de 1943, el mismo mes y año que mi abuela. Este señor había nacido 16 días antes que mi abuela, en condiciones muy diferentes, lo que explica que yo tenga una chamarra impermeable mientras él usa un viejo trapo para protegerse las orejas del frío.

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Foto: Nadia Vázquez

De día deambula por las calles o se sienta a esperar en una banca de la Morelos. De noche se resguarda bajo el pórtico de la tienda Sanborns, donde el personal lo conoce y no le generan problemas. Lo importante es estar bien vestido y permanecer seco. Lleva doble pantalón y tres capas de ropa en el torso. Ya se acostumbró a traer mucha ropa cuando hace calor. Alrededor suyo hay tres carritos de supermercado donde guarda el resto de su ropa, algunos cartones y donde también descansan sus tres palomas.

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Antes solía vestirse con un traje reluciente hecho a base de latas de Tecate. Con el tiempo se volvió famoso y llegó a ser conocido como el ‘Tecateman’. Ahora, ya no cuenta con un traje reluciente pero tiene a sus palomas. Les cortó las alas para que no se le escapen. El mundo lo ha dejado olvidado a él en una calle, la gente rehúye de sus miradas o ignora sus comentarios. Todas las personas necesitan algo de compañía, así que se consiguió estas palomas. Les arrebató las alas para que se quedaran con él y atrajeran a algunas personas que le brinden una moneda. Lo que la sociedad no te da lo tomas a la fuerza, aunque sea un poco de compañía.

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Nos contó un poco de su historia. De joven vivió en los Estados Unidos, en los Ángeles. Se juntó con los hippies pero en general le pareció un lugar muy violento. Un lugar lleno de pandillas. O se pertenecía a ellas o estaba solo. Tener identidad significaba pertenecer a una pandilla. Mejor decide regresarse al lugar donde dejó a sus amigos y familiares.

Está solo porque no quiso pelearse por la herencia de sus padres. Eran varios hermanos y prefirió mantenerse al margen. Antes visitaba a sus hermanos pero nunca obtuvo demostraciones de afecto, siempre lo vieron como una posible amenaza. Eso es lo que ha dejado a Manuel en la calle. La causa primera de la lágrima que escurre por su mejilla. La soledad, la falta de cariño, el olvido de gente que él ve todos los días pero cuyos ojos no miran de vuelta.

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O quizá es rencor, quizá se lamenta no haber sido más ambicioso. “¿Si hubiera sido parte de una pandilla? ¿Si hubiera luchado por mi herencia?” He aquí la retribución de una persona que siempre prefirió la concordia a la violencia. Eso quizá es lo que le da tristeza, haber hecho lo correcto.

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