¿De qué está hecho un portero?

Por Alejandro Almazán

i

Dentro de dos días, el lunes 12 de mayo de 2014, Humberto “el Gansito” Hernández y su esposa perderán a un tercer hijo. Esta vez, la inseminación fracasará y el legrado será impostergable. Pero eso sucederá hasta el lunes. Hoy apenas es la noche del sábado y el Gansito está en la cancha del Estadio Jalisco, jugando la final del Torneo de Ascenso del fútbol mexicano. El Gansito: el de los pelos de mohicano, el que alivia los nervios entrando al campo con el pie derecho y rezando un padre nuestro y encomendándose a San Judas Tadeo; el que debería traer cosido el número 1 en ese suéter rojo, pero ese número nunca le da suerte y ha preferido quedarse con el 20. Ese mismo Gansito, el portero de los Leones Negros, acaba de detenerle a un defensa de Estudiantes el quinto penal de la ronda y, cosas de la vida, ahora le toca a él tirar el siguiente penalti. Si lo anota, la Universidad de Guadalajara regresaría a primera división después de 20 años de permanecer en la sombra, y él, el Gansito Hernández, el aguafiestas del gol, el último recurso de un equipo, el que siempre tiene la culpa porque los porteros siempre la tienen, podría convertirse en el héroe y el griterío de los aficionados se escucharía hasta Japón.

El Gansito, que es un especialista en adversidades, soñó hace días lo que sucederá en los próximos segundos. Se lo contó por teléfono a su padre, Gabriel Hernández Zamudio, mejor conocido como “el Tibiri” o “el Profe Zamudio”.

Nos vamos a ir a penaltis y yo voy a meter el gol del gane.

¿Y pa’qué me cuentas el pinche sueño, güey?

***

El escritor F. Scott Fitzgerald lo tenía claro: “Enséñame un héroe y te escribiré una tragedia”. En mi caso, no sé si debería intentar otra entrada. No sé si al lector le interesen los infortunios de un héroe desconocido que no es ningún Chilavert (aunque quiera serlo), no juega para ninguna máquina deportiva ni gana al año la plata que Íker Casillas se embolsa en una hora; que no festeja sus triunfos acompañado de escorts ni presume su nuevo matrimonio en las revistas del corazón; que no tiene yates, no anuncia compañías telefónicas en la televisión, no jugará este Mundial porque ni seleccionado nacional es (y quién sabe si un día lo será) y no trae diamantes incrustados en las orejas o en algún premolar. Me pregunto entonces si el hecho de que no pueda doblar la mano derecha (por una lesión que tuvo en la adolescencia) lo convierte en un portero fuera de lo común. ¿Se consideraría una locura que el Gansito y su esposa carguen a donde vayan con las urnas de los mellizos que se les murieron? Qué simples son los héroes, ¿no?

En fin, creo que empezaré de esta otra manera.

***

Apenas hace dos días, el sábado 19 de octubre de 2013, el Gansito Hernández le paró un penal a Cuauhtémoc Blanco. El goleador, que a la menor provocación le sale lo mula, alguna maldición dijo, y el Gansito se dejó abrazar por varios de los diez jugadores a los que les cuida las espaldas. Dos minutos después, el Gansito salió en falso y le anotó un tipo que le apodan “el Talismán”. Al final, los Leones Negros de la UdeG ganaron 3-1 a Lobos de la UABP y el Gansito reunió a sus compañeros en el vestidor para decirles que en los siguientes dos partidos, los últimos de la temporada, debían jugar con el alma si querían calificar a la liguilla.

—El lunes nos vemos, cabrones.

Pero ese lunes ha llegado y la suerte le tiene reservada otra prueba al Gansito: a uno de sus mellizos de seis meses se le ha roto la fuente. La cesárea es urgente. Tadeo y Kevin la pasarán muy mal en la incubadora. Cinco horas después, Tadeo morirá y el Gansito sentirá que se hunde el piso del Hospital San Javier.

—No voy a jugar, no estoy concentrado.

—No la jodas, cabrón —le dirá Gabriel Hernández, su padre, el que le enseñó lo que sabe a punta de regaños, patadas y coscorrones—. Si no juegas y pierden los Leones, te vas a sentir peor.

Y como los porteros viven para aparentar que no tienen dolor, el Gansito irá a entrenar. Se ensuciará de tierra y de sacrificio, llorando. Y el sábado le atajará dos goles al Zacatepec, y, una semana después, le parará cuatro al Necaxa, y entonces los Leones calificarán, y justo ahí, como si el Gansito hubiera hecho desatinar a alguien, su esposa le hablará por teléfono desde el Hospital Civil para decirle que Kevin ha muerto en sus brazos.

(El Gansito me dijo apenas lo conocí en Guadalajara: “A mi Dios me manda todo junto”. Y a eso he venido aquí: a contarles la historia de un portero y sus vaivenes con la suerte).

II

Yo tenía como seis o siete años cuando supe lo que era perder un partido, me dice el Gansito segundos antes de que una treintañera se acerque a pedirle una foto. Soy Chiva, pero siempre le he ido a la udegé, le dice ella, y él, que desde la final ha venido escuchando a mucho tapatío con la misma historia, sonríe como niño en la paletería y deja que la selfie haga su parte. ¡Click! Gracias. De nada. Que Dios te bendiga. ¿En qué estábamos? Ah, sí. Te digo que yo estaba bien chavo cuando mi papá era el portero de los Guerreros de Acapulco, un equipo de segunda división que ora juega en Oaxaca. Me acuerdo que cuando ganaban, la gente abrazaba a los jugadores en la calle y les regalaban de todo. Mi papá no pagaba en los restaurantes, le daban cocos en la playa para todos nosotros, los taxistas no nos cobraban. Ah, pero si perdía, ¡uta!, ái sí se ponía bien cabrona la cosa. A donde fuéramos, la gente nos insultaba, nos apedriaban, y en la escuela nos madriaban a mi hermana y a mí. Luego había días que ni salíamos de la casa. En ese entonces yo no entendía por qué la agarraban nomás contra nosotros. Los delanteros fallaban frente a la portería y no pasaba nada. A unos los expulsaban, otros perdían balones y había quienes hacían faltas en el área chica y no había pedo. Con los años supe que el único que no tiene perdón es que el portero. Uno puede atajar un penalti o puede desviar el mejor gol de la historia, pero si la cagas, adiós, la gente olvida eso y te recuerda como un pendejo. Esa es la vida del portero.

III

Le digo al Gansito que el futbol dejó de entusiasmarme en la adolescencia y él me mira con cara de ¡uf!, de lo que te has perdido. Me dice que él no podría vivir sin futbol, que si no juega se pone de malas, que los sueños que más le gustan son en los que se ve debajo de una portería, que sufre los partidos de la selección pero más cuando juega el Real Madrid. También me dice que cuando no hay torneo busca equipos llaneros qué reforzar y que, si mal no recuerda, jamás se ha perdido un solo juego por estar enfermo o por lesionarse.

—Cuando me rompí los escafoides, a los 15 años, así jugué, por eso ora no puedo doblar bien la mano; y un día, también cuando porteriaba para el Pachuca, me dio viruela y así me la rifé. Si mal no recuerdo, creo que sólo contagié a los hijos del Chaco Giménez.

Por cierto: la cicatriz en la frente y que en vez de afearlo le da personalidad, también es culpa del fútbol.

IV

Es miércoles por la tarde, hace un aire que barre las calles, avisándonos que pronto lloverá, y en la cancha de futbol rápido del Deportivo Metropolitano de Ciudad Neza están el Profe Zamudio y el Gansito enseñándoles a una parvada de chicos cómo deben agarrar un balón elevado. Tendrían que estar practicando en la cancha sintética que queda acá a la vuelta, pero el presidente municipal ha llevado muy lejos su ideología de izquierda: dice que el profe es priista y para esa clase de gente ahí está el concreto.

El Profe abrió la escuela hace 23 años, cuando los Guerreros de Acapulco descendieron a tercera división y haberse quedado en ese equipo era como echar una moneda al aire. La escuela se llama Cachorros Neza, igual que el difunto equipo de segunda división donde el Profe tuvo sus mejores momentos como portero. Fue ideada para enseñarle a Beto (que entonces aún no era el Gansito), pero Beto quería jugar futbol americano. “Me cái que casi me infarto”, me dice el Profe ahora que se ha soltado uno de esos aguaceros que enlodan las calles de Neza y que dejan la sensación de que ha llovido mierda. “Hasta me bronquié con mi señora porque defendió al cabrón”. El Tibiri, sin embargo, terminó por acompañar a Beto a los entrenamientos durante casi seis años.

Lo llevaba hasta de las greñas.

¿Y eso? —le pregunto.

Los chingadazos subieron de tono y Beto se asustó. ’Tonces yo le decía: ¿pos no que eres troi eikman, cabrón?; órale: te echaste un compromiso y ora lo cumples.

Cuando Beto se había hecho la idea de que el futbol americano era su vida, dos niños le torcieron el rumbo. “Uno lo tacleó por enfrente y el otro le encajó el casco en la espalda”, me cuenta el Profe. “El doctor lo mandó a descansar un año y ái vino Beto a decirme que quería jugar futbol. ¿Y qué quieres ser?, le pregunté. Portero, me dijo, y yo le contesté que entonces también tenía que jugar de delantero. ¿Y eso por qué?, se sacó de onda. Porque tienes que aprender cómo piensa un delantero para chingártelo”.

¿Y qué pasó?

Nada, lo traje en chinga.

Y así, en chinga, trae esta tarde a Joshua, un niño de diez años que los Pumas quieren en sus fuerzas básicas. Joshua ha aguantado que el profe lo mande a correr diez minutos y lo regañe frente a todos porque aguantar, aunque duela hasta en el orgullo, es lo que el Profe, su abuelo, le ha enseñado desde que el chico comprendió que él no tenía padre, sólo una madre soltera.

Mi papá así nos ha enseñado a ser disciplinados”, me dice el Gansito sin complejos. “Cuando yo quise ser portero, se la pasaba grite y grite. ¡No cierres los ojos, cabrón! ¡Agarra la pelota, güey! ¡Así no se despeja! ¡Dale diez vueltas a la cancha! ¡Rápido! ¡No me contestes! ¿Te ganaste una patada por contestarme, sí o no? A lo mejor piensas que mi papá es un cabrón. Pero no. Él nomás, a su modo, a lo mejor porque viene de la calle, ha querido ayudarme. Todo lo que me ha enseñado me tiene aquí y se lo agradezco. Ese güey es mi mejor amigo. En nuestra amistad se permiten las groserías, pero mentadas de madre no.

En pocas palabras, las críticas del Profe son más bien una forma de generosidad.

V

1) Humberto tiene doce años y ya juega en las fuerzas básicas de Pumas. Terminarán por cortarlo porque la hermana del otro portero es la amante del entrenador.

2) Humberto se va a Monterrey a probar suerte con Tigres. Trata de matar la soledad yendo a la iglesia, pero ni Dios le ayuda a soportar la lejanía. Regresa a casa.

3) Humberto entra a Toros Neza, en segunda división, pero corren al entrenador que lo invitó y él también va para afuera.

4) Humberto descubre que en la vida sólo hay dos caminos: estudiar el bachillerato o jugar en el Pachuca. Escoge el futbol y lo mandan al equipo de tercera división, donde nunca jugará y, además, lo castigarán (en un juego contra Pumas, se le ocurre decir que ojalá expulsen al portero para que él pueda entrar).

5) Humberto es enviado a los Indios de Ciudad Juárez. Se luce, le ponen el apodo del Gansito —“por la trompa y por nalgón”—, pero eso no alcanza para que el equipo quede eliminado.

6) El Gansito regresa a Pachuca, lo devuelven a Indios, regresa a Pachuca y él cree que esto debe ser como una maldición.

7) El Gansito despierta y le avisan que Miguel Calero, el portero titular del Pachuca, ha sufrido una trombosis.

8) El Gansito debuta el 26 de agosto de 2006 en primera división. Desafortunadamente, Necaxa gana tres goles a uno. En total, jugará 14 partidos para Pachuca. Al final de la temporada, lo mandan de nuevo a Indios.

9) El Gansito se comporta como un portero prudente y ayuda a que Indios asciendan a primera división. “A ver si no te mandan a la banca esos cabrones”, prevé su padre, quien tendrá la boca atascada de razón: el equipo se refuerza y contrata a Cirilo Sauceda. El Gansito, como muchas otra veces, se queda en la banca, sintiéndose un suéter que se está haciendo viejo.

10) El Gansito va escuchando a Bronco en su auto. O a los Tigres del Norte. Pero debe ser uno de esos grupos porque no oye a otros. Entonces se detiene en un semáforo, en el centro de Ciudad Juárez. De pronto, carros adelante, un par de sicarios se acerca a una camioneta y matan a un tipo. “Un día también vi colgado a un bato de un puente”.

11) El Gansito quiere decir algo: “No es cierto que los narcos se hayan metido con los Indios. Sólo a Cirilo le robaron su Audi y el asalto a la casa de Andrés Chitiva, dicen, fue autorobo; Chitiva nunca quiso estar en Juárez”.

12) El Gansito se casa con Alejandra Olivares. Los 150 mil pesos que le pagan al mes le dan la posibilidad de hacer una fiesta como Dios manda. Semanas después, empiezan los tiempos turbulentos para Indios: la directiva no tiene plata para los salarios de los jugadores. La federación, luego, desafilia al equipo.

13) El Gansito se acaba sus ahorros. Necesita jugar. Consigue un lugar en Dorados de Culiacán. Le pagan 20 mil pesos y le dan una casa para gente a media desgracia.

14) El Gansito finaliza la temporada sin saber a dónde ir. Consigue un promotor que le jura y le perjura conseguirle equipo durante el draft. El promotor sólo era un tipo capaz de manejar las mentiras a su modo.

15) El Gansito no tiene equipo, ni dinero, y se pelea con su esposa. Ella se va a Juárez y él se regresa a Neza.

16) El Gansito juega, por mil pesos, partidos en la Central de Abastos y en campos de Texcoco, el Bordo de Xochiaca y Eduardo Molina.

17) El Gansito encuentra un lugar en la selección de futbol playero que juagará en Miami. El torneo se cancela y él, ahora sí, piensa seriamente en que el futbol no es lo suyo. “Aguanta, cabrón”, le dice su padre. “Uno soporta lo que se propone”.

18) El Gansito recibe una llamada desde Guadalajara: los Leones Negros necesitan un portero.

19) El Gansito llora porque cree que es su última oportunidad. Para entonces, él y su mujer han vuelto porque aún tienen en el corazón las mismas intenciones.

20) El Gansito está contándome la vida de un portero en 20 pasos.

VI

El comentarista del canal 44 ha perdido casi la voz. Todo el partido ha gritado, como si quisiera que lo escucharan los 65 mil aficionados que han ido al Estadio Jalisco. Yo, que no estoy ahí, escucho cómo lamenta la falla de Pepe Cruz, el jugador de Leones que pudo poner la serie de penaltis 4-3. “Es buen rematador de cabeza, pero mal tirador de penales”, se queja. Toma aire y luego dice:

Está en manos del Gansito pararle el penal a Daniel Acosta para que los Leones Negros vuelvan a la ventaja en los penales. Viene Acosta, de pierna derecha, al centro. ¡Acooosta!, ¡tirooo! ¡El Gansitoooo! ¡La paró el Gansitooooo! ¡Y vuelve a explotar el Jalisco! ¡Todo va a quedar en el último penal! ¡Acosta se quiere enterrar! ¡Y va a ser el Gansito el que viene a tirar! ¡No sólo en sus manos estaba el futuro de la udegé, ahora también está en sus pies! ¡El Gansito va por la gloria! ¡Como Chilavert!, ¡como Rogeiro Lelis! Viene el Gansito, pierna derecha, prepara, apunta. ¡Tirooooo¡ ¡Gooooooooooool!, ¡Goooooooool!, ¡goooooooooool de la udegé! ¡El Gansito Hernández! ¡Leones! ¡Leones! Leones! ¡La metió el Gansito! ¡20 años después regresa Leones a primera división!

Stop.

El problema de la televisión es que pierden de vista los detalles.

Por ejemplo:

Si el Gansito ha estado volteando hacia la tribuna durante toda la serie de penaltis es porque su papá, el Tibiri Hernández, le hace señas para indicarle a dónde le van a tirar.

Si el Gansito trae un suéter rojo es porque el amarillo que usaba lo quemó a principios de octubre de 2013, después de perder con Altamira cinco goles a dos. También se deshizo de los guantes (en 2010, cuando jugaba con Indios, solía vestirse de naranja, pero el Atlas le metió siete goles y tiró el maldito suéter).

Y si el Gansito levanta los índices al cielo es por la memoria de sus hijos, Tadeo y Kevin, los mellizos que nacieron el 21 de octubre de 2013. En uno de los brazos, el Gansito tiene tatuados la fecha, los nombres, con rigurosa caligrafía, y la huella del pie derecho que cada niño alcanzó a dejar en sus certificados de nacimiento.

VII

A lo mejor la gente va a decir que estoy loco, pero cada uno tiene sus formas de sobrellevar el dolor. Te lo digo porque luego, cuando ladra la perra [una pomerania llamada Princesa], pienso que mis chamacos andan ahí y entonces hablo con ellos. Los saludo, les digo que seguro andan de pingos y les pregunto cómo se han portado. Y entonces me agarro a platicar un buen rato. En las mañanas, cuando salgo a entrenar, me persino y les digo: Orita vengo, chamacos, ái cuiden a su mamá. Ha habido veces que la gente nos pregunta si tenemos hijos y les decimos que sí, que se llaman Tadeo y Kevin, y que a ver cuándo los conocen, pero se sacan de onda apenas saben que están en la sala de mi casa, cada uno en su urna. A las urnas luego nos las llevamos con nosotros. Acabamos de ir a Puerto Vallarta y cargamos con ellas. Y sí, he llorado, y un chingo; no lo hago frente a mi esposa porque yo soy el hombre de la casa y debo darle fuerzas, más ahora que perdimos otro bebé; él tenía ocho semanas. Pero ya buscaremos tener un hijo, o será lo que Dios diga. Orita la vida sigue y yo me estoy concentrado en el futbol, eso me saca adelante. Además, por lo que oí, la udegé va a contratar a otro portero, así que debo chingarle si quiero romper la maldición de ayudar a ascender equipos y que me manden a la banca.

El Gansito, al que jalaban de los pelos para ir a jugar futbol americano, tiene 28 años. Muchos héroes se han quedado en el camino. Ojalá él no sea uno de ellos.

*Esta crónica forma parte de la Colección de Crónicas Máspormás.

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