Por Enrique Villa-Matas

Ilustración de la serie ‘Esquina con nuevo diseño  #64000’ por David Pulido

Una vez oí decir en México que para hacer hablar al difícil Juan Rulfo había que escarbar mucho, “como para buscar la raíz del chinchayote”. Y es que Rulfo no crecía hacía arriba, sino hacia adentro. Para hacer hablar a Monterroso de su gran amigo Rulfo no es preciso escarbar tanto.

Pasó el otro día Monterroso por Barcelona y, al caer la tarde, en un restaurante de la calle de Casp, tras haber presentado su libro La vaca, le dio por contarnos a los amigos recuerdos de su entrañable amistad con el raro, más que rarote, Juan Rulfo.

“Era la hora”, puede leerse en Pedro Páramo, “en que los niños juegan en las calles de todos los pueblos, llenando con sus gritos la tarde. Cuando aún las paredes negras reflejan la luz del sol”. A esa misma hora, pero alejados de los negros páramos sombríos de Rulfo, en un iluminado restaurante barcelonés, Monterroso invocó de pronto el nombre de Rulfo y se hizo el silencio. No habló Monterroso como se habla en Pedro Páramo, donde habla todo un pueblo, y las voces se revuelven una con otra y ya no se sabe quién es quién. Monterroso habló por él mismo y empezó por recuerdos de la presencia fantasmal de Rulfo en Barcelona.

No todo el mundo sabe que el bar preferido de Rulfo en Barcelona era el Treno, ese horrible local muy estrecho, que imitaba un vagón de tren y por el que pasaron todos los niños de la burguesía catalana cuando a principios de los sesenta se estrenó con la etiqueta moderna de cafetería. Pues bien, en el horrible Treno pasó Rulfo horas y horas de su vida, y algunos amigos que le veían allí sentado, solo, y no se atrevían a molestarle, pensaban que en cualquier momento Rulfo se pondría a hablar por su cuenta y diría: “Vine al Treno porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo”.

Como al parecer Rulfo vivía eternamente deprimido, a nadie habrá de extrañar que diga que otro de los lugares que le encantaban de Barcelona era el Navarra, restaurante del paseo de Gràcia, esquina Casp, hoy convertido en algo aún más deprimente, como si hubieran querido rizar el rizo de la tristeza de Rulfo: un Burger King. En un restaurante de la calle de Casp, muy cercano al antiguo Navarra, evocó el otro día Monterroso, al caer la tarde, una tarde distinta de hace algunos años cuando, encontrándose él y Barbara Jacobs hojeando un libro en el quiosco de paseo de Gràcia-Casp, estaban comentando la cantidad de imitadores que le habían salido a Rulfo, y en eso, sin saber que Rulfo estaba de paso por Barcelona, oyeron a sus espaldas la voz inconfundible y temblorosa del autor de Pedro Páramo:

—Ayúdenme —dijo Rulfo.

Como sus personajes, Rulfo podía aparecer, cual fantasma, en cualquier parte. No se extrañaron demasiado de verle, como tampoco de la complicada situación en la que se encontraba el escritor y para la que pedía ayuda. Un hombre le había parado en la calle hacía dos horas frente al Navarra, y se había confesado admirador de su obra. Rulfo llevaba dos horas con él en la barra del Navarra sin haber pronunciado todavía palabra alguna y, lo que era más alarmante, sin saber cómo deshacerse de aquel admirador que “platicaba como un alma en pena”.

Hombre deprimido y tímido, Rulfo padecía infernales insomnios. Ya había caído la tarde en Barcelona el otro día cuando Monterroso nos transportó a Varsovia, adonde había viajado en cierta ocasión en compañía de Rulfo. Recordó el día en Varsovia en que, a las cuatro de la madrugada, Rulfo golpeó la puerta del cuarto de hotel de Monterroso para decirle que ya era hora de levantarse. Monterroso le hizo ver que eran las cuatro de la madrugada.

—Sí, pero vamos a quedar muy mal —dijo Rulfo—, si nos levantamos tan tarde.

Monterroso comprendió que su amigo le pedía ayuda en su insomnio y le dejó pasar al cuarto y que se quedara sentado en una silla en la oscuridad mientras él seguía durmiendo. A eso de las cinco de la madrugada volvió a oírse la voz de Rulfo, desde la tiniebla más profunda de aquel cuarto, una tiniebla con un vago aire a silla deprimente del Treno y a la que ya sólo le faltaba una bandada de cuervos cruzando el cielo vacío de Comala.

—Los polacos son muy trabajadores y vamos a hacer el ridículo levantándonos tan tarde.

*Texto publicado en El País (1999).

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