Por Carmen Libertad Vera

Ellas comercian su cuerpo. Prostituyéndose en la vía pública. De pie y haciendo gala de un insuperable old fashion style. Ya que para eso ellas permanecen ahí. Estoicas. Todos los días. Mañana, tarde, moda y noche, ellas venden sus carnes ahí. Sobre las banquetas de una calle estrecha que, de tan angosta, parece un callejón cuya longitud abarca apenas unas cuantas cuadras y, en uno de sus extremos, se convierte en cerrada.

Quienes las han mirado de cerca saben que todas son muy jovencitas. Y es que cualquiera que pase por el rumbo puede verlas. Porque siempre están ahí. A veces por docena. Entremetidas desparramadamente en la sinuosa callejuela. Bien sea junto a las puertas del hotel La Fuente o recargadas en los muros de adobe que conforman un alto paredón frente a ese hotel, en medio de la aparente clandestinidad que les proporciona una vía por donde casi no circulan automóviles.

De ellas se cuentan muchas historias. Ninguna confirmada. Meras especulaciones que a nivel vecinal corren de boca en boca.

Que ninguna pasa de los 25 años. Que la mayoría anda por los 18 o 19, si no es que menos. Que casi todas parecieran venir del sur. Que como de Oaxaca. O como de Chiapas. Que incluso, por su acento, pudieran ser de más allá del río Suchiate. Como allá de por Guatemala, o de Nicaragua.

Quién sabe si ellas sean siempre las mismas. Es difícil decirlo. Todas se parecen. Quizá porque usan ropa casi idéntica muy untada a esos sus morenos cuerpos. Estrechas faldas minúsculas. Mini shorts diminutos. Lycras tan adheridas a las destacadas formas que parecieran ser su propia piel. Blusas con escotes panorámicos. Zapatillas descubiertas de altos tacones y gruesas plataformas. Fulgores de diamantina titilando en párpados, uñas y bocas.

En cualquier otro sitio, ellas parecerían preparatorianas a punto de ir de farra al antro barrial más bullanguero. Pero no. Ellas ahí están trabajando. De putas.

Los cronistas refieren que en esa área arrabalera la prostitución se remonta a tiempo atrás. Existen testimonios que informan de la presencia de prostitutas en esa zona desde hace muchos años. Y eso significa varios siglos, si no es que antes.

Aunque según esto, hace apenas algunas décadas las sexo servidoras del rumbo vagabundeaban avistando y atendiendo a los parroquianos de un antiguo bar llamado El Rincón. Las prostitutas actuales de ese callejón, tienen relativamente poco tiempo instaladas de planta en tal sitio. Es decir, en esa calle. Algunos, cuando mucho, atribuyen un máximo de cinco años a su callejera presencia.

También se afirma, según esto, que antes, en esa zona, las trabajadoras estaban más a la vista del público. Apostadas sobre amplios banquetones de una inmediata y multi-transitada avenida. Lugar donde ellas, mientras aguardaban por sus clientes, hacían ronda y esquina tratando de ligar a los desbalagados transeúntes. O se entretenían mirando las portadas de las revistas exhibidas en los puestos de periódicos. Aunque sus sitios de operación eran los mismos: los hoteles cercanos de muy dudosa categoría y peor reputación.

En relación a sus posibles ingresos, algunos comentan, según “les han dicho”, que las tarifas de esas sexoservidoras tienen como base los 300 o 400 pesos. Por cliente. Cuarto incluido. Pero que según el cliente, es la pedrada. Porque ellas se consideran de más caché que las ficheras de las cantinuchas del arrabal, a quienes consideran de menor clase.

Sea como fuera, clientela no les falta, ya que el céntrico rumbo por donde se encuentra el hotel La Fuente es marcadamente comercial. Por las inmediaciones abundan tiendas con mercancía de todo tipo. Desde baratijas y piratería, hasta perfumes de imitación o complementos alimenticios. Sin faltar una sex shop cercana.

Destaca la abundancia de hueseríos para compra-venta de chatarra electrónica. Espacios densos y atiborrados con componentes desarmables de todo tipo. Recursos últimos para echar a andar celulares y computadoras que ya no quieren funcionar. Sin faltar expendios de tortas, comida china y taquerías. De estas últimas destaca en particular una muy cercana y antigua: La Guadalupana, Reconocida por la continua existencia de un afamado tepache, debidamente helado dentro de sendos barriles de madera.

En general, el entorno resulta populachero y miserable, sobre todo cuando en las calles transversales aledañas proliferó un incontrolado comercio que en plena banqueta expendía mercancía de “dudosa procedencia” de esa que denominan “caliente”, es decir, robada, pero que ahí se trocaba libre, como objetos expuestos a plena luz del día, en un abierto mercado negro con aspecto de un homeless flea market donde cualquier cosa de tercera, cuarta o quinta mano encontraba ahí escaparate.

Así, ellas estaban contiguas a ese comercio basuriento y chacharero. Rodeadas de zapatos mugrientos y desgastados. Trapos que alguna vez fueron ropa. Curiosidades rotas. Artilugios diversos de origen desconocido, pero generalmente en pésimo estado. Mercadeo irregular, confundido entre el caos urbano, pero que duro y tupido se extendía en un largo tramo invadiendo espacios peatonales, al margen de cualquier control sanitario.

Por los alrededores también existen varios estacionamientos, la mayoría acondicionados sobre predios baldíos que sobreviven como única huella de lo que alguna vez fueron altas construcciones de dobles pisos, fabricadas con gruesos muros de adobe y balcones enrejados.

Algunas de esas antiguas fincas siguen en pie, conservando cierto donaire en sus detalles moriscos, muros de tezontle o alineadas balaustradas. Aunque no pocas de ellas, como las que están exactamente frente al hotel La Fuente, muestran el perceptible deterioro de sus roídas fachadas, ahora utilizadas como rayoneado muestrario de crípticos placazos grafiteros.

Todo el entorno físico de esa zona es una especie de escenario ideal, casi una locación insuperable, para las actividades de las prostitutas del callejón.

Según vecinos cuentan, la propietaria del hotel La Fuente es una vecina del barrio. Mujer de fisonomía imprecisa, a la que algunos ubican a la cuadra siguiente atendiendo una tienda de abarrotes, de la que se supone ella es también dueña. Otros afirman que su origen es español. Barcelonés, para ser exacto. Algo que, tomando en cuenta sus actividades como hotelera y abarrotera, no resultaría descabellado.

Lo que sí es cierto es que al hotel La Fuente no le va nada mal. De ello dan fe sus remozados muros externos, recién recubiertos con llamativos azulejos. O las lámparas de buena calidad que iluminan el discreto introito de su lobby. Porque clientela tiene. ¡Y mucha! Constante y abundante. Ni duda cabe. Aunque probablemente sus huéspedes difícilmente lleguen a pasar ahí más de algunas horas. Pareciera establecido que la apuesta comercial de ese hotel, como todos los hoteles y moteles de paso, no es por la permanencia, sino por la rotación continua de sus efímeras ocupaciones.

De eso precisamente se encargan las profesionales del sexo que a sus puertas están día y noche. Incluso domingos y días festivos, invitando con sus presencias a todos los que por ahí se acercan, en actitud de cómo no queriendo, de que andan por el rumbo por casualidad, pero sabiendo de antemano que ellas están ahí, dispuestas a ser la satisfacción efímera de sus apetencias sexuales.

Por eso, algunos hombres que han pasado cerca de ellas dicen que las chicas del callejón no tienen ninguna reticencia en ofrecerse a ellos a sotto voce. Mediante las consabidas frases clichés mecánicamente repetidas, calculadamente dichas. Palabras que, en definitiva, se convierten en seductoras ofertas de placer efímero, y que para más de alguno resultan imposibles de rechazar.

Ven, amigo, ¿no quieres subir al cuarto un ratito conmigo? ¡Ándale, no te vas a arrepentir! ¡Te lo aseguro!

Muchos aceptan el trato. En los alrededores convencidamente se afirma que de ellos, la mayoría tiene aspecto fuereño, como pueblerino, cuando no indígena. Identificándolos como viajeros rurales que andan por la ciudad en calidad de turistas de medio pelo. Sintiéndose, por lo tanto, inadvertidos dentro de la gran urbe.

A la parte restante de ese sector clientelar lo identifican con asalariados en trabajos de baja categoría social. Empleados de la construcción, chalanes mecánicos, cargadores, vendedores ambulantes, cuando no malandros o vagos de oficio.

Probablemente, entre ellos no falta algún urbano infiel de clase media, que muy ganoso de experimentar variantes distintas a la rutina de su anquilosado cumplimiento conyugal, se apersona hasta ahí para echarse una canita al aire.

Sea cual fuere el origen de sus clientes, eso es algo que a esas chicas del talón las tiene sin cuidado. Su mercantilizado oficio está lejano a solicitar de sus alquiladores la presentación de un curriculum vitae. Basta con que ellos, en sus carteras, traigan el suficiente efectivo para alquilar sus caricias; todo lo demás sale sobrando. Por lo que ellas, siempre con su preciado celular en mano, siguen allí, despreocupadamente.

Quizás lo único que probablemente a ellas les alarma no tiene que ver con el inminente y futuro descenso en su categoría profesional, cuando por la edad y el trajeteo tengan que emigrar de rumbo, o se vean obligadas a desplazarse hasta una piquera cercana para talonear por territorios de menor categoría. Ni con el constante riesgo de contagio de alguna enfermedad de transmisión sexual, mismo al que siempre están expuestas. O con la posibilidad de ser víctima de algún maniaco psicópata, de los que nunca faltan. O al hecho de quizá pertenecer ya a una posible red de trata de blancas.

Probablemente, su mayor preocupación actual tenga que ver con la muy nutrida competencia que ahora enfrentan. Y que no es otra sino los manojos de travestis exuberantemente operados, medio vestidos o semi-desnudos con mínimas y reveladoras indumentarias femeninas; e instalados, desparpajadamente y a sus anchas, apenas a unos cuantos pasos de ellas, en la esquina contigua de donde la calle hace cerrada.

Competencia amigable pero a la que hasta cierto punto consideran desleal, porque en cuanto emerge la noche, a tan sólo escasos metros de distancia, abiertamente ellos se dedican a ejercer su mismo y prostituido oficio. Sólo que con un mayor grado de exhibicionismo, y una menor tarifa por la prestación de servicios similares.

De allí que hay quien asegure que ahora son muchos los hombres quienes prefieren, borrachos o buenisanos, contratar los expertos trabajos orales o las “rusas” de 80 pesos ofertados por esos travestis, escamoteando así la clientela a las putas del callejón.

Porque en ese oficio, como en tantos otros, también aplican las reglas del libre comercio. Aunque de ello renieguen y se espanten muchas de nuestras supuestas buenas conciencias.

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