¿Es traición brincar de la marcha estudiantil a los pasillos de Televisa?

Por Patricia Mignani

La figura de Antonio Attolini Murra llena casi completamente de sombra el rectángulo de la puerta de luz blanca que asoma alrededor de su espalda. Los muebles parecen diminutos al lado del metro con 96 centímetros de altura que mide. Todo es exagerado en él: sus palabras, sus manos, su espalda. Pero por algún motivo, incluso sus gritos encajan en la partitura sin salirse del pentagrama Attolini.

Tal vez no lo supo en ese momento, pero desde el 18 de mayo del 2012, cuando tomó un micrófono y decidió ponerse frente a las cámaras de televisión, su vida no volvería a ser la misma. Lo que nació como un movimiento espontáneo, como un grupo de jóvenes estudiantes que se reunieron para solidarizarse con otros estudiantes que habían iniciado una revuelta, perdió fuerza en el camino.

Attolini inició como vocero del movimiento #YoSoy132, designado por la asamblea de su universidad, el Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM), sin embargo, las demás asambleas del país comenzaron a verse representadas también ante los medios por la figura de este joven alto y de flequillo caído sobre la frente.

La primera vez que hablé con Attolini fue en agosto de 2012. Su inquietud y capacidad multitask llevada al extremo no permitió que estuviera por completo en el momento de la charla. Las alertas de su celular no dejaban de sonar y parecía como si un hombre descontrolado me disparara datos, opiniones y reacciones del otro lado con un discurso muy elaborado. Luego de ocho meses lo volví a ver y era otro. Más maduro, paciente, con otras actividades en su agenda, y parecía más organizado. Se había perfeccionado como hombre de medios.

Ahora, a un año de finalizar las carreras de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales que estudia paralelamente en el ITAM, Attolini dictaba el curso Laboratorio en la misma universidad, clase que apoya al curso Historia de las relaciones internacionales. Administra el blog “Tigres de papel” en el periódico El Universal y participa como panelista en el programa Sin Filtro, por ForoTv, filial de Televisa desde octubre de 2012. En 2013 empezó a trabajar con el senador del PRD de Chiapas, Zoé Robledo, quien, si bien votó en contra de la reciente Reforma de Telecomunicaciones, fue uno de los tres senadores del PRD que aprobaron en lo general las leyes secundarias de la reforma.

Attolini nació en Torreón, Coahuila, estado que queda a 980 kilómetros de la Ciudad de México. Cuando decidió estudiar fuera de su ciudad natal, el hermano de su padre y su familia le dieron hospedaje en la Ciudad de México para poder llevar a cabo sus estudios universitarios. Vivió en esa mansión de lujo situada en un cerro, alejada del caos del Distrito Federal, entre 2009 y enero de 2013. A once horas por carretera de su hogar, encerrado en una realidad burguesa, vivía con una tía ama de casa perfecta y unos primos ocupados en actividades extracurriculares, un mozo, dos trabajadoras domésticas y un tío empresario que se codea con los grandes ejecutivos de la ciudad. El joven bi-carrera se sentía el Harry Potter de ese escenario durmiendo bajo la escalera y cenando Zucaritas cinco veces a la semana.

El ex-líder del movimiento tiene clínicamente diagnosticado déficit de atención con hiperactividad. Toma Ritalín, cuyo componente activo es el metilfenidato. Uno de los efectos secundarios del medicamento es la inhibición del hambre, efecto que dura unas ocho horas. Como Attolini vivía lejos de la universidad y en muchas ocasiones tenía clase a las siete de la mañana, salía demasiado temprano de la casa, sin hambre, y pasaba toda la mañana y parte de la tarde sin comer. A la 10 u 11 de la noche, cuando atravesaba la puerta de la casa, lo único que quería hacer era atacar la cocina, pero como él no podía entrar en horarios en que la familia no estuviera despierta y no le dejaban la llave del lugar, la cena se complicaba mucho más.

“Durante el día no podía regresar a la casa por el tráfico de la Ciudad de México, y en la noche me daba un hambre brutal. A la hora que llegaba ya no podía entrar a la cocina, y varias veces tuve que bajarme el hambre con agua; me iba a dormir tomando vasos de agua. Otras veces me preparaba cereal, pero cuando tienes cinco días cenando sólo eso, te hartas”. El joven era el agregado de un parentesco en donde, lejos de disfrutar los lujos de la mansión e incomprendido por su ideología de izquierda, sufría señalamientos y reacciones dignas de una familia asombrada por el desacato.

“En la casa de mis tíos me empecé a volver muy ermitaño, muy aislado, cosa que también me reclamaban: ‘Es que esto no es un hotel, tienes que salir a convivir’. Un día salí a convivir, a ayudar a hacer los boletos de la kermés de la feria de Navidad, y a mí me daban ataques de ansiedad que me obnubilaban mucho el criterio, me costaba mucho pensar. Había veces que me equivocaba en la suma de los boletos y era la ridiculización de la mesa. Mis tíos me decían que no sabía sumar y mis primos chiquitos burlándose de mí. Lo que ha dejado de bueno esto es que la familia ahora ya me respeta un poco más después de lo que he hecho. Antes el único que me pelaba bien era mi abuelo. Él tenía párkinson y le costaba mucho hablar, pero me ubicaba bien. Era arquitecto y había diseñado esa casa hermosa”.

A pesar de la vida que nadie conocía que Attolini soportaba en la casa, el joven mantenía, y lo sigue haciendo, calificaciones mínimas de ocho en cada carrera para conservar las becas de ambas. Dice que de otra manera no podría estudiar en el ITAM. Por el modo de vestirse, con camisetas polo de Tommy Hilfiger que su tío y su abuelo le regalaban, la casa de lujo en la que vivía y las influencia de su familia, Attolini fue señalado ante la primera mirada de quienes no lo conocían como burgués y aristócrata. Cuando le pregunto si él nunca explicó la historia de su vida para que no lo molestaran ni insultaran sin saber, me responde que nunca se dedicó a hablar de su vida privada. “La gente juzga por lo que ve”.

Lee literatura especializada y no le gustan las novelas. Es tan fan de las palabras exactas que cuando quiere citar el nombre de un libro no se permite fallas. Se levanta y va a la otra habitación a buscar el libro, se queda más de un minuto en silencio y por fin lo encuentra: Acerca del infantilismo izquierdista y del espíritu pequeño burgués. Escucha a Mercedes Sosa, Miguel Bosé, Joaquín Sabina y Soda Estereo porque disfruta de la música que puede cantar. No come aceitunas y dice groserías cuando se emociona. Comunista declarado e hiperbólico nato, se le llenan los labios de saliva al hablar y grita mucho. Dibuja en el aire palabras, gestos, gráficos, explicaciones. Abre grande los ojos, modula todo lo que su mandíbula le permite y, cuando el enojo lo rebasa, culmina las frases, cual Cartman de South Park, con un “carajo”.

Sus facciones árabes interactúan con sus movimientos de manos que acreditan a su descendencia italiana. Une las yemas de los dedos hacia arriba formando una gota y agita ambas manos de arriba hacia abajo.

Tataranieto de un italiano que llegó a Argentina y luego emigró a Veracruz, nieto de un defeño e hijo de un hombre que se perdió por el amor de una mujer de procedencia árabe, Attolini Murra tiene manos de maestro pizzero y barba de musulmán. “Soy más árabe que italiano”, se identifica y asegura que si le ataran las manos su discurso perdería sentido y se volvería aburrido, además de que no podría liberar la energía que lo excede por su hiperactividad.

Se asume como intenso 24/7. Ha encausado bien su inquietud y tal vez sea este el motivo por el que a sus 24 años se siente cómodo en los medios de comunicación que desde hace más de un año y medio se volvieron su casa, con las hostilidades y abrazos propios de cualquier hogar. Un imán mediático que atrae la admiración de la gente que se siente identificada con su discurso y también el odio de los más críticos.

Aunque su entrada en los medios no fue del todo amable, ya que durante los meses en que fue vocero del 132, sus días tenían 20 horas y el colapso era inevitable. Halló la manera de no tener que responder a todas las entrevistas que le hacían para dar explicaciones de supuestos miembros del movimiento y ahora maneja el blog y su opinión semanal en televisión con el tiempo que le queda.

El día en que sus amigos lo llevaron al hospital por un cuadro crónico de cansancio, entendió que ese ejercicio intelectual constante había dejado de ser sano. “No me respondían las piernas, de la cintura para abajo empecé a no sentirlas”.

Dice que le encantan los medios de comunicación y que son un trabajo de ensueño para su personalidad. “Imagíname metido en una oficina de nueve a cinco haciendo reportes para un jefe que no entiende. Me mato”.

Si bien Attolini se exalta con facilidad, no se enoja tan rápido, pero lo que sí le “encabrona” es que lo acusen de protagonismo. “Yo sí me quedé todo el verano de 2012 aquí, aguantando insultos, y me decían: ‘Toño, tú estás cómodo siendo el rockstar del movimiento’”.

Y Toño, que si de algo se jacta por su formación en ética y moral, es de ser coherente entre el decir y el hacer, defiende su posición contando que ese 18 de mayo de 2012, cuando salieron a la calle el Tecnológico de Monterrey (TEC), la Universidad Iberoamericana (IBERO) y el ITAM, la única universidad que hizo un posicionamiento político formal fue el ITAM, “y en particular yo”, asegura.

Dice que los estudiantes de su universidad son jóvenes viejos. Personas que reivindican la forma y el protocolo antes que la pasión, y que por eso cuando alguien se sale de ese esquema es protagonista, soberbio y presumido. “Un estudiante, al que se le invierte tiempo, dinero y esfuerzo, que además está seis horas al día sentado en una banca, no sé si aprendiendo, pero por lo menos sentado con un profesor que le está enseñando, tendría que él también comprometerse con su realidad inmediata y decir: hay que aportar”.

El primer amor

Las enormes e inquietas manos de Attolini acariciaron alguna vez los cabellos rebeldes pero congregados del 132 e hicieron el amor imparablemente durante cinco meses. Luego alguno de los decidió que ya no era suficiente el amor que se daban, o tal vez un tercero tomó partido en una relación que se decía de México para el mundo. Por algún motivo no volvieron a unirse, pero él lleva en su piel el tatuaje transparente de un hashtag.

Como lo cuenta (distante), dice que el movimiento sólo comenzó a darle forma a manifestaciones de gente que, desorganizadamente, se reunía para reclamar democracia.

Attolini habla del 132 con sentimientos encontrados. Una especie de resentimiento hacia la gente que, dice, ha burocratizado el sistema desde adentro y un anhelo por los inicios. En el 132, entre las muchas causas que terminó recogiendo, se marchaba por la democratización de los medios. Cuenta que él estaba concentrado en trabajar y en hacer que las cosas sucedan, con una mira humanista, social, integral y de dar voz a quien no la había tenido. “Siempre creen que un discurso así es de izquierda”, expresa el que en su casa se sentía desconectado cuando su familia lo miraba leer La Jornada.

Explica que lo que el movimiento quería era reivindicar al votante mediano, al que define como una persona que tiene entre 20 y 25 años, gana 3 mil pesos mexicanos, no terminó la preparatoria, no tiene acceso a crédito, ni perspectivas de movilidad social, ni acceso a justicia, educación o salud de calidad. “El 132 se volvió el depósito de aspiraciones por excelencia de la población. Gozamos de esta aura sacrosanta que son los estudiantes”.

A pesar del espíritu de lucha, Attolini ya veía problemas en la organización del movimiento a sólo tres meses de haberse creado ese órgano que por la necesidad de organizarse y legitimarse oficialmente “se volvió burocrático y se comió a sí mismo”.

Explica que eso pasó porque algunas personas fueron cediendo sus principios por “caer bien” y que él pensaba que el objetivo del grupo no era caerle bien a la gente porque la gente por la que estaban luchando no estaba congregada en una asamblea (que define como un microcosmos): “Tienes todo un país atrás. Si tienes amigos, qué bien, y si no, no venimos a eso”. En ese momento Attolini empezó a caer mal, por ultra-radical e insensible.

Sus propuestas ya no eran escuchadas, aunque sus compañeros le aceptaban lo asertivo de las mismas; en pocas palabras, se había convertido en un gulag. Si venía de Attolini, lo rechazaban.

—¿Te fuiste o te sacaron del 132?

—Me sacaron. Fue un proceso muy de la chingada. Muy vil y rancio. Muy cruento.

***

A las 15:30 del martes 23 de octubre de 2012, Attolini se reunió con Daniel Cubría, ex-integrante de la asamblea del ITAM del #YoSoy132 y su amigo personal desde el segundo semestre de la carrera de ciencias políticas.

Junto a un balcón, en una mesa de una esquina del restaurante El buen café, que queda cerca del ITAM, se sentaron a comer. Attolini pidió lo que siempre ordena por 50 pesos: arroz y consomé de entrada, pollo gratinado con queso encima de una pasta blanca, “pechuga italiana”, agua de jamaica y una canasta de pan. Cubría pidió un menú que incluía pollo a la poblana.

Attolini dice que Cubría no pidió nada porque ya había comido, y Cubría dice que Attolini pidió sólo una sopa. Tal vez ambos estaban tan ensimismados en el discurso que iban a dar que sólo pudieron prestar atención a lo que cada uno tenía en su plato.

Cubría lanzó la primera piedra diciéndole a su entonces amigo que el movimiento ya no quería tener expectativas con él porque ya no asistía a las reuniones. Éstas se hacían a las nueve de la noche, horario que Attolini, cursando seis materias, sin automóvil y viviendo en un cerro, encontraba complicado, considerando además que si se extendían hasta las dos de la madrugada, tendría que tomar un taxi de 300 pesos hasta su casa.

El amigo güero de Attolini dice que ya había una relación tormentosa entre la gente del movimiento y él, “porque salía a hablar de cosas que no sabía”. La expulsión del vocero ya se había convertido en una “molestia” para el grupo y era un tema que se repetía constantemente. “La mayor parte de las asambleas se fue en esa estupidez”.

“Le pregunté si me estaba expulsando y me dijo que no”, dice Attolini.

Cuando el tema de la asamblea estuvo aclarado, hablaron de la oferta de trabajo que el vocero tenía en ForoTV. “Le dije que tenía una oportunidad de entrar a un programa de discusión que iba a salir los domingos, con Genaro Lozano. Se hizo como que no sabía… pero él ya sabía”, asegura Attolini, aunque Cubría dice que su amigo se lo planteó como una oferta concretada.

Cubría atinó a decir: “¿Qué chingados estás haciendo? ¿Te estás yendo con la gente de Televisa? ¿Por qué, de todas las opciones posibles para meterse a la televisión, tenía que ser Televisa? ¡Es que estás mandando al carajo todo por lo que hemos luchado en el movimiento por un pinche programa de televisión que va a ser para ti y para tus amigos!”.

Luego de dos horas se despidieron con la premisa en común, voluntaria y consensualmente, de que seguir apareciendo en los medios ya no era una opción para Attolini.

El ya ex-vocero tuvo tiempo de llegar a su casa para ver la notificación que lo esperaba en Facebook. El mensaje decía: “Antonio Attolini está expulsado de la asamblea local del ITAM por aceptar una oferta de trabajo en Televisa. Qué bueno que nuestro compañero sigue una ruta de honestidad y congruencia”.

—¿Qué pensaste cuando leíste el mensaje?

—Cubría es un tipo que ya perdió todo sentido de objetividad. Cubría es una mierda. No se vale.

Le costó varias horas a su ex-amigo tomar valor y finalmente postear ese mensaje que Attolini leyó en un parpadear.

“Tenía un conflicto moral y sí lo dudé varias veces. Había escrito ese mensaje y estaba a punto de darle enter, pero le daba muchas vueltas en mi cabeza. Lo primero que pensé fue que él, en alguna medida, ya había traicionado al movimiento y también a mí. También porque sentía que si no lo ponía en ese momento, la noticia no iba a ser nuestra. Era una manera de reprobar nosotros su comportamiento”.

El mensaje se vio en un grupo de la asamblea que al día de hoy tiene 203 miembros y la idea era que el “quemón” fuera, dentro de todo, local. Cuando Genaro Lozano vio el mensaje, publicó inmediatamente el trailer del programa Sin Filtro que saldría el domingo de esa misma semana. El trailer ya estaba grabado y faltaban sólo cinco días para el debut de Attolini como panelista.

El video de 1 minuto 49 segundos de duración explotó en las redes y se ganó memes y trollers, anónimos e influyentes, en cuestión de minutos. “¿Entonces nos dieron Attolini con el dedo con eso de los #YoSoy132?”, decía un tweet mientras que en otro se leía: “Participar en Sin Filtro es el peor error que has cometido @AntonioAttolini, estás muy joven y ya llevas la palabra TRAIDOR en la frente”.

Ese día, el ITAM había organizado un evento de conmemoración a Alonso Lujambio Irazábal, maestro de esa universidad, senador y ex-secretario de Educación Pública, que había fallecido el 25 de septiembre anterior. Attolini compartió el mensaje de Cubría y la sorpresa que le había causado con su amigo Pancho Parra. El evento en el ITAM comenzó a las 20 horas. Attolini llegó a tiempo y, aunque no fue de los primeros, alcanzó asiento casi a la mitad del auditorio.

En los pasillos de Televisa me la paso como en Disneylandia

A este comunista declarado que asegura que saldría con una bandera roja en los hombros a gritar que lo es se le cuestionó la decisión que había manchado su reputación y la del movimiento. Declara que el tema de su imagen fue lo último en lo que pensó para aceptar el trabajo. Tenía una previsión racional sobre lo que esperaba que sucediera, pero terminó rebasando sus expectativas. Pensó ya se perforó el barco, se está hundiendo, hazle como puedas para poder seguir nadando; y seguí nadando y sobreviví. “Igualmente no está mal. Al final de cuentas sí, es una empresa mafiosa y lo que quieras, pero es un canal que me permite llegar todos los domingos para hablar de lo que yo quiera a casi un millón de personas”.

Cuando lo trataron de incongruente respondió que él siempre había estado en la dimensión de la libertad de expresión y que ahora este canal le daba la posibilidad de hacerlo, con una hora y una vez a la semana pero que “ellos [el canal] no tienen incentivos de anularnos ni nosotros a ellos, entonces es un gane-gane”. Convencido de que el medio masivo de comunicación más importante sigue siendo la televisión, cuenta que está utilizándola para dar a conocer fenómenos sociales. “Yo no estoy luchando contra verdades. Un evento a favor de la verdad termina por ser tan autoritario como lo que se denunciaba en un primer momento, porque entonces no es tu verdad sino la mía”.

Dice que en varias ocasiones en el programa les toca hacer una cápsula a cada uno de los panelistas, y que cuando es su turno, hace el audio en una hora y toda la tarde “me la paso como en Disneylandia, yendo a ver a los noticieros y a ver a la gente. Saludo a todos, me hago presente. Estoy picando piedra porque estoy ahí adentro”.

Cuando le pregunto si no le impusieron una línea editorial, cuenta que se hizo un contrato que regresó tres veces. Lo analizó con una amiga que es abogada y ella le sugirió modificar algunas cláusulas porque eran ambiguas.

Una de las cláusulas que se cambiaron fue que si existía alguna modificación de segundo al contenido, se anulaba el contrato. Esto significa que, cuando el programa se graba se hace live on tape: lo que se graba se sube. Si se modifica un segundo sin la autorización de los conductores, el contrato se rescinde. También se modificaron aspectos referentes a los derechos de resolución, qué imágenes se pueden usar y cuáles no.

El joven con iniciales de centro de borrachos desconocidos es bueno para esquivar preguntas y no responde directamente si considera o no que la estrategia de la empresa pudiera responder a un baño de culpa. En cambio, destaca lo positivo de su decisión: “Un espacio de contenidos en un canal de una empresa no es democratización de los medios, eso viene desde la cámara, desde el Senado, desde la organización de la sociedad civil, desde la reforma a la ley de telecomunicaciones que se hizo. La reforma es más de lo que cualquier candidato a la presidencia pudo haber propuesto en su campaña, incluso Andrés Manuel López Obrador. Él manejaba la apertura de dos canales y ya. La reforma estaba para cargase, porque estaba bien”.

—¿Te pagan un sueldo?

—Sí. Tuve un conflicto tremendo, si cobrar o no. Con eso me pago la renta y pude salirme de la casa de mis tíos desde febrero de 2013. Fue como mes y medio de negociaciones y tuve tiempo para pensar. Quiero que se entienda que no fue un asunto en el que yo descabellada y cínicamente dije ‘A la mierda, sí’.

El joven que asegura haber madurado en seis meses lo que iba a madurar en los próximos diez años se maneja con seguridad y trata de no dejar que las críticas le afecten. Socavado en las redes sociales y acreedor de sus propios memes, no se debilita pero mira con añoranza lo que podría haber sido. “Con el 132 salimos a la calle a invocar pobreza, miseria, marginación y justicia. Eso nos dio luz, renombre, y luego hicimos todo para desperdiciarlo. Revolucionamos a un país y acabamos, por nuestras propias trampas, demostrando que la juventud no tiene la respuesta. Cuando me preguntan si el 132 me dejó una experiencia padrísima, les digo no, porque secuestramos la causa social”.

El movimiento fue para Attolini la novia de ensueño, la joven pomposa, atractiva, inteligente y soñadora. La novia de juventud que pasados los años se queda en el pasado, de la que uno se entera siguió construyendo su vida, pero no con él.

El 132 siguió su rumbo con otros hombres, cambiando, como todo ente que madura y se deja llevar por sus propias necesidades. Y aunque él y ella se separaron para siempre, los dos viven en el mismo barrio, en donde las calles le hablan a uno y al otro de la vida de su antiguo amante.

Al final, lo que molesta en las relaciones son los detalles, las pequeñeces de la convivencia. Tal vez al 132 no le gustó que Attolini fuera tan gritón.

*Esta crónica forma parte de la Colección de Crónicas Máspormás.

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