Por Sam Villarreal Gatica

La importancia y el valor de las enseñanzas radica en que nunca tienen un sentido único, más bien, pueden derivar gracias a nuestra capacidad de síntesis, analogía y abstracción en conocimientos e ideas que pueden ayudarnos a solucionar problemas de distintos ámbitos. Por ello es que las disciplinas del conocimiento tendrían que aprender a aceptar abiertamente este diálogo entre ellas a fin de nutrirse para ampliar el horizonte que son capaces de observar y construir.

Hace seis meses que dirijo un volante para ir y venir de casa. Después de casi diez años de darle la vuelta a este procedimiento y gracias a las enseñanzas de mi madre es que cuatro ruedas me transportan. No voy a mentir, siento que desde que pongo las manos en ese volante he perdido libertad, pero no hablaré de ello en este momento. De lo que quiero hablar es de cómo podemos aprender cosas incluso sin la experiencia, pero tenemos que estar atentos.

En medio de esos años en los que el manejo de un auto era un conocimiento en absoluto desconocido para mí, alguien decidió darme consejos para que cuando aprendiera lo hiciera de una manera segura. Consejos valiosos que hoy traduzco en saberes prácticos y metafóricos, y es que de alguna manera hay que hacer que “valga la pena” (cómo me persigue esta frase últimamente) el esfuerzo que los otros hacen por enseñarnos cosas que un día habrán de servirnos. Hay que buscar las lecciones en todo lugar donde sea posible y rescatarlas, darles vida.

Frenar con motor, tomar las curvas con precaución pero con firmeza (frenar un poco antes de entrar, acelerar ligeramente en el centro de la misma para aprovecha la fuerza centrífuga), trazar la ruta mental antes de encender el auto, utilizar las intermitentes y las direccionales, usar un lenguaje claro cuando se dan indicaciones. Evitar “ahí, allá, de ese lado”; preferir: de frente, izquierda, derecha.

Repito mentalmente las palabras precisas con las que aprendí dichos consejos y los llevo a la práctica cada que se presenta la oportunidad. La memoria ayuda a construir mapas y pistas para no perder el rumbo, sobre todo en alguien como yo. Es una fortuna, claro, pero sólo a veces, porque así como recuerdo estas palabras, también recuerdo otras que sinceramente ojalá pudiera borrar. Por eso me aferro a las que me sirven de pistas prácticas y metafóricas, al tiempo que trato de extenderlas y de procurarlas para que me rindan lo suficiente. Para que no se me acaben. Me exijo extraer todo lo que pueda de ellas. Como si alguien me hubiera escondido en los bolsillos provisiones para el viaje que apenas se vislumbrara. Semillas que están ahí para extraerles de a poco, alientos y voluntad.

Ya he hablado sobre la facilidad con la que la vida cambia de rumbo en un instante, por ello, las personas que hoy son fundamentales en nuestros pasos puede que mañana no lo sean o ya no estén junto a nosotros. Sin embargo, eso no debería significar que la conversación se detenga; por el contrario, tendríamos que aprender a distinguir los elementos valiosos de esos vínculos para sembrarlos y nutrirlos aun sin la presencia del otro, de manera autónoma, pues tampoco se trata de amarrar al otro a nuestros pasos. Se trata de aprender a ser personas menos agrestes y más comunitarias, de lo contrario la vida no tendría sentido. Por ello aprender a sacar las semillas de nuestros vínculos más fuertes se convierte en un proceso fundamental de nuestro crecimiento. Ser sensibles de aquello que los otros nos quieren decir. Escuchar.

Los obsesivos pasamos demasiado tiempo en silencio. Bueno, ya saben lo que pasa adentro. Cosas como estas que escribo. Ensayamos una y otra vez los pasos dados. Nos inventamos procedimientos, arnés de seguridad, llaves chinas, conteos, manuales de traducción y toda clase de actos de magia que nos permitan sentir un poco de calma.

Pero nada nos sostiene, esa es la verdad. Verdad que en el fondo también sabemos.

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