Por Kaizar Cantú

He gastado muchas horas de mis días escuchando podcasts de lucha libre. Lucha libre gringa, para ser más precisos. Paso tardes enteras o porciones de la madrugada escuchando historias recitadas con color y nostalgia de boca de Percy Pringle, Jim Ross, “Cowboy” Bill Watts y Jim Cornette, entre otros tantos veteranos de la industria, activos durante los años 70 (“the Territory Days”) como promotores, comentaristas, managers o gladiadores del ring.

Es un placer un tanto difícil de explicar. Por supuesto, para disfrutar de aquellas historias se requiere de un gusto por la lucha libre y cierto conocimiento (lamentablemente accesible en estos días, dirían algunos) de los tejes y manejes que hacen de ésta un arte y una industria. Pero las historias por sí solas tienen un valor que trasciende el nicho —tan grande y a la vez tan chico; tan pobre y a la vez tan glamuroso— del pro wrestling.

Primero hace falta conocer un poco de la historia referida por estos hombres. Durante los 60 y los 70, la lucha libre en Estados Unidos estaba conformada por un grupo de promociones independientes gobernadas por un organismo regulador conocido como la NWA (National Wrestling Alliance). Cada promoción operaba dentro de un territorio que abarcaba porciones de uno o varios estados de la Unión Americana y algunas ciudades en el sur de Canadá. Toda promoción tenía sus estrellas del ring, y algunos territorios eran más lucrativos que otros, lo cual propiciaba un ambiente competitivo (y a veces hostil) entre promotores, aunque también eran comunes los intercambios o préstamos de talento, además de otros negocios rentables para ambas partes.

Este sistema de territorios dio paso a un estilo de vida circense. La necesidad de estar moviéndose frecuentemente de una ciudad a otra obligó a los luchadores y demás involucrados en el negocio a pasar una porción considerable de su vida en la carretera, metidos en un automóvil con otros cuatro o cinco compañeros, a quienes acababan conociendo a fondo en todas sus virtudes y manías. Además, las rivalidades entre promociones y el ego a veces incontrolable de los luchadores, que en ocasiones alcanzaban niveles de estrellato comparables a los de un músico de rock, provocaban conflictos muy reales tras bambalinas o incluso sobre el ring, donde cada quien aprovechaba para desquitar la cólera bajo el pretexto del combate simulado. Si a eso se añade temperamentos volubles, altos niveles de testosterona y abuso de sustancias, no es de extrañar que en aquel tiempo hayan sido comunes las golpizas, peloteras y uno que otro asesinato.

Pero como sucede con muchas industrias, la lucha libre cambió a lo largo de las décadas, viéndose forzada a ceder ante la presión del desarrollo tecnológico y la corriente socio-cultural. El sistema de territorios murió con la llegada de la televisión por cable y las ambiciones expansionistas de algunos promotores, hasta quedar prácticamente obsoleto. Las promociones fueron muriendo una a una, dejando sólo unas cuantas que aprovecharon el vacío de poder para proyectarse a nivel nacional, creciendo hasta convertirse en conglomerados valuados en varios millones de dólares.

La desaparición de los territorios acabó con aquel mundo tan extravagante, habitado por isleños de 300 kilos, vaqueros sadomasoquistas y árabes que soplaban fuego. Se esfumaron la vida de circo, los pleitos detrás de la cortina y el vigor de un público que, si bien estaba al tanto de la naturaleza teatral de las luchas, se tomaba las cosas muy en serio; tanto que es común escuchar a los veteranos narrar, con la sombra de una triste sonrisa, aquella vez en la que tuvieron que salir huyendo de la arena por haber vencido al oponente incorrecto en la ciudad incorrecta.

Quienes vivieron aquella época disfrutan del recuerdo, que no dudan ni un segundo en compartir. Reviven amistades, pleitos, aventuras y más de una experiencia cercana a la muerte. Escucharlos es como recuperar la historia de una civilización que murió en silencio. Una historia tan excéntrica que se confunde a ratos con el romance y la mitología. ¿Y qué puede haber más placentero que eso?

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