Por Carmen Libertad Vera

Aquel día, el arrabal se transformó en locación fílmica. Algún reportero local, por inercia, lo comparó con un “set tipo Hollywood”. Nada más alejado de la realidad. El arrabal, a pesar de haber tenido una “restauración”, más ilusoria  que verídica,  seguía siendo el mismo y sórdido espacio de siempre. Deprimido y deprimente.

Incluso ese día. A pesar de la presencia del medianamente aparatoso equipo técnico y humano, tan usual en cualquier tipo de evento fílmico. Es decir, crew, cámaras, cables, rieles, booms, mixers, parasoles, lonas y demás etcéteras que en él instalaron. Sin faltar las simbólicas sillas de tijera, exclusivas para el director, sus asistentes inmediatos y los protagonistas del film.

Además (¡claro!) de las decenas de curiosos que por el histórico callejón rondaban sin otra finalidad que la de presenciar, en vivo y en directo, cómo suelen decir en la tele, la mecánica para realizar una producción cinematográfica de a deveras. Como esas que luego suelen ver en la pantalla grande o, cuando menos, en una más de tantas copias de videos piratas, como las que por esos mismos rumbos se distribuyen abundantemente.

Y sí, no podía negarse que previamente el sitio recibió una pequeña dosis de folclórico maquillaje. De allí que colgantes se percibieran coloridos lazos de plástico, a manera de festivo papel de China picado. Y pendieran brillantes piñatas en forma de estrellas con siete picos lustrosamente oropelescos. Además, desde altas hiladas, a fin de que el sitio luciera tricolor y mexicanista, espaciadamente se acomodaron cadenetas plásticas en verde, blanco y colorado.

Queriendo acentuar aún más esa fingida atmósfera de pueblerina fiesta mexicana, varios metros de colorida tela cambaya, convertidos en listados manteles típicos  protegidos por un deslucido plástico cristal, cubrieron mesas de metal plateado que, con un look  extemporáneo, equiparon el espacio urbano como una fallida cantina al aire libre.

En el momento programado, la estrella de la película, un actor norteamericano medianamente famoso, apareció en la filmación, caracterizado con la típica indumentaria informal de un gringo salido de cualquier road movie: jeans de mezclilla y playera por demás casual; su entrada a escena fue cargando al hombro una mochila y una guitarra, denotando a leguas una actitud vagabunda en sus gestos.

          Poco antes, en horas de la madrugada, también habían filmado ahí otras escenas. Haciendo aparente caso omiso del intenso olor emergido de ocultos drenajes y acumulados orines en cenagosos charcos instalados al aire libre, así como del desparramado reguero de incontable basura, sobre el muro de una deteriorada construcción, la producción escenográficamente adhirió un removible collage construido con anuncios impresos de funciones de lucha libre, a manera de propaganda retro.

         También ahí, y durante toda la filmación, hubo curiosos. Muchos. La mayoría pasaba inadvertida. Tanto para los visitantes, como para ellos mismos. Porque nadie reparaba en esa especie de zombis urbanos, seres inherentes a ese sitio, al que habitualmente recorren, porque ahí es donde sobreviven.

Ellos eran los usufructuarios naturales del mugriento paraje. Residentes de tiempo completo en esa costra urbana. Ejerciendo sus variopintas profesiones. Junkies, homeless, prostitutas, ladronzuelos, teporochos, drug dealers.

Para ellos, la mugre y el cochambre del derredor no resultaban extraños. Como tampoco el intenso olor a orines que ahí todo lo impregna: muros y banquetas, o a sus mismos cuerpos. Para ellos,  todo ahí era familiar. Hasta los inertes postes que sobrecargados sostenían intrincadas marañas de “endiablados” cableados eléctricos.

           Parecía imposible que las sórdidas características de ese sitio pasaran desapercibidas por los fuereños recién llegados. Es decir, para todo el equipo fílmico de la película. A excepción, quizá, de los extras locales, los mismos que afanosos, tuvieron que pasar por un  proceso selectivo previo. El casting rutinario. La única posibilidad para obtener su visa al deseado reino del dreams come true; lo que en esa ocasión consistió en la oportunidad de estar cerca de la bella actriz principal, mexicana de origen pero más conocida que el actor protagonista.

           Lo que para todos los presentes sí pasó por completo desapercibido fue la verdadera importancia de ese sitio: su despreciada condición histórica.

Para el equipo de filmación, cuando mucho, el arrabal fue sólo un sitio de paso. Anacrónico vestigio de una forma de vida y diversión por completo obsoletas.

           Y el arrabal, con artistas de Hollywood o sin ellos, y más allá de filmaciones extraordinarias, si pudiera clamaría a gritos porque abogaran por la solución del intrínseco descuido social que padece. Pero no lo puede hacer.

Quizá sólo le queda el consuelo de recordarse, años atrás, un poco menos feo y más arbolado. Porque sí, en ese rincón hubo algunos árboles. Todavía, no hace mucho, algunos de sus habitantes tuvieron la oportunidad de disfrutar del frondoso árbol, un majestuoso laurel de la India, que durante casi 50 años creció en uno de sus extremos. Ahora ya no existe. Una madrugada también lo mandaron cortar impunemente. Nunca más se volvió ahí a tener el frescor de su sombra.

Por eso, quizá, cuando llueve, el arrabal se ve a sí mismo reflejado sobre el piso mojado y, probablemente, no se gusta.

Aunque seguramente nunca se observaría tan esperpénticamente fílmico como ahora. Disfrazado de algo que aún no logra entender bien a bien de qué se trata. Pero intuiría que lo volvieron falso, adulterado a fuerza de maquillaje grotesco, convirtiéndolo en una mera y alquilable escenografía de cartón piedra.

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