¿Qué cosas suavizaban el corazón del Führer?

Por Luz Mendiluce

Adolfo Hitler: ese hombre tan bondadoso. Contaba mi madre que lo conoció en un campo de flores, vistiendo pantalones cortos y con el cuerpo inclinado sobre un bellísimo pastor alemán. “Parecía un ángel”, repetía ella, atrapada en el éxtasis de su recuerdo, “un ángel florecido en medio del campo”. Fue la imagen de ese primer encuentro, grabada con pasión detrás de su retina, lo que la convenció de que aquel hombre no podía ser otra cosa más que un enviado de Dios, nacido de la humildad de la carne pero destinado a ejercer Su Voluntad sobre una tierra condenada, pestilente.

A mí también me fue concedida la gracia de conocer al Führer. Sucedió a una edad muy temprana, cuando carecía de razón y de memoria, pero incluso entonces pude sentir y hasta comprender la grandeza de aquel hombre, su calidez. Era yo apenas una cosita de año y medio que se retorcía ante la menor provocación, rociando un escándalo que atormentaba a la servidumbre y le tumbaba los cabellos a la pobre de mi madre. Entonces vivíamos en una casa en las afueras de Berlín, de tamaño modesto y tremendo encanto: las paredes estaban hechas con ladrillos gruesos y tenían ventanas altas, estiradas como sombras, con una máscara de enredaderas que cubría parcialmente el lado este en su ascenso hasta la punta de la chimenea. Era como un dibujo, del tipo que vive en la imaginación nostálgica de los pintores.

Decía mi madre que esa mañana yo estaba particularmente inquieta. Llevaba desde la madrugada hecha un torbellino, llorando y pataleando sin el menor asomo de tranquilidad o cansancio. Ella pasó la noche en vela junto a dos de mis nanas echando mano de todo su saber milenario de mujeres, pero ninguno de sus trucos fue capaz de apaciguar mi rabia primordial e indescifrable. El tormento sólo se acrecentó para mi madre con la salida del sol a las seis en punto. Días antes se había topado al Führer, que entonces aún era sólo Adolfo Hitler, en un banquete organizado por unos amigos de la familia, y éste, al enterarse de cuál era la casa que habitábamos —el edificio tenía su historia; al parecer perteneció a uno de esos poetas austriacos de fin de siglo, aburridos en sus pretensiones y su técnica—, programó una visita con intenciones de admirar la propiedad y disfrutar la paz de aquel paraje. La visita sucedería, por supuesto, la mañana de mi indomable escándalo, y la armonía tanto de la casa como de sus alrededores quedó eclipsada por mis berridos de bestia. “Aquella vez los pájaros estaban callados”, decía mi madre. “Todas las mañanas podía escuchárseles acompañando la salida del sol, llevando su canto de un árbol a otro, pero ese día no. Encontramos un par de ellos muertos al pie de la ventana”.

Las primeras horas del día se perdieron en apaciguar mis berridos de bestia, hasta que, a las diez en punto, alguien tocó a la puerta. Mi madre soltó un chillido, prácticamente me lanzó a los brazos de una de las nanas y subió corriendo escaleras arriba rumbo a su habitación, con el cabello vuelto nube volando tras de ella. Lanzó un grito desde arriba ordenando que abrieran la puerta y que alguien, por amor de cielo, me mantuviera lejos de la entrada. Pero para cuando había acabado la segunda de sus súplicas, el Führer ya estaba pisando la alfombra con su paso marcial e inclinando la cabeza levemente en saludo a la servidumbre.

Recuerdo particularmente bien la cara de la nana que me sostenía en aquel momento. Era una mujer joven, quizá una niña. Su piel tenía un tono tostado muy leve y sus ojos brillaban con una negrura casi resaltada por un pincel. La boca la tenía entreabierta, paralizada en una mueca teatral, de máscara, y su mirada permanecía fija en el hombre de la puerta, que ya estaba atravesando la sala, distrayéndose con la altura del techo, completamente ajeno a mis aullidos.

El Führer fue acercándose con zancadas firmes y distraídas mientras paseaba los ojos por los altos interiores de la casa, como un niño que se entretiene notando el asenso de los árboles. No requirió más de diez pasos para quedar plantado justo frente a mí y a la joven nana. Ahí se detuvo, con la cabeza aún alzada hacia las alturas, y luego la fue bajando con gracias de pontífice hasta que su rostro quedó alineado con mi cuerpo sostenido en brazos de la temblorosa jovencita.

Nadie suele mencionarlo —quizá por una noción confusa del respeto—, pero los retratos que se hicieron del Führer nunca fueron muy buenos, y menos aún sus fotografías. En casi todas aparece con un rostro severo, intimidante, de ojos profundos y poderosos; cualquiera que viera esas reproducciones pensaría de aquel hombre que era una especie de monstruo, una criatura vacía del soplo divino y llena de sepa qué abominación que lo enajenaba de todo ser creado. Ni siquiera el cinematógrafo fue capaz de capturar la expresión evidente de su esencia; sólo proyectaba su energía: el fuego de un ángel encendido por la Sabiduría y la Voluntad de Dios.

Menciono esto porque fue aquel rostro, flotando como una aparición frente a mi diminuto cuerpo, lo que trajo silencio a mi garganta. Quisiera recordarlo con los ojos entrecerrados por una sonrisa, pero no. En su cara no había líneas ni nada que definiera lo que estaba pensando, lo que estaba sintiendo. Era un rostro en el estado más puro, sereno. Su expresión era la de un hombre en completa paz consigo mismo y con sus alrededores. Al verlo, sentí cómo mi cólera incomprensible se iba apagando, cediendo ante una marejada fresca y pacífica que recorría mi interior. Poco a poco fui cerrando la boca, y los alaridos que tanto sufrimiento habían causado a mi madre y a toda la casa fueron extinguiéndose hasta dejar la habitación en bendita quietud.

El Führer estiró los brazos y colocó sus manos debajo de mis axilas. Ya que me tenía bien sujeta, jaló mi cuerpo hacia el suyo, liberándome del trémulo abrazo de la nana. Me sujetó en lo alto, por encima de sus ojos, y se dedicó a examinarme por un rato, moviendo la cabeza de lado a lado, acercándola en veces, y luego retirándola hasta donde había estado en un inicio. Yo lo miraba absorta, con los ojos bien abiertos y un barniz de mucosidad debajo de la nariz. Sus manos eran suaves, cálidas, casi esponjosas. Todavía puedo sentirlas debajo de mis brazos. También puedo percibir de vez en cuando el olor de su uniforme: marcial, evocador de la oficialía y documentos.

Después de un rato, el Führer me miró directo a la cara y dijo, con esa voz que movió a toda Alemania: “Es sin duda una niña maravillosa”.

Mi madre alcanzó a escucharlo desde lo alto de las escaleras. Todos notaron su presencia de inmediato y esperaron a que bajara, con mucho cuidado y en silencio. Ya en la planta baja, mi madre caminó casi hipnotizada hasta el Führer, que aún me tenía alzada en el aire. Ella le ofreció un saludo tímido y le agradeció por haber dado fin a mis lloriqueos. El Führer sólo me depositó en brazos de ella y dijo de nuevo: “Es sin duda una niña maravillosa”.

Contaba mi madre que el resto de la mañana fue muy agradable. El Führer les compartió anécdotas sobre sus días como estudiante de arte, y luego ella mandó a traer varias bandejas con bocadillos acomodados del modo más extravagante que se le pudo ocurrir. “Comía con elegancia, aunque sólo aceptó galletas con un poco de queso. Las sujetaba entre su pulgar e índice y luego las devoraba con mordiscos casi imperceptibles. Y el meñique bien alzado en el aire, como un soldadito”. Al final de la visita dieron una caminata por el campo que queda detrás de la casa, y antes de que se fuera, el Führer nos hizo el honor de posar conmigo en brazos para una fotografía. Cuando lo vimos partir de vuelta a Berlín en su automóvil, fue despedido por el canto de los pájaros entre los árboles.

*Texto publicado entre los anexos de Los argentinos nazis (2019).

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