Por Octavio Paz

Ilustración de la serie: ‘El deleite de la transgresión’ PorRicardo AEME/ foto Itandehui Franco Ortiz

 

La República de las Letras es una nación con un territorio vago y de fronteras movedizas. La rige una Constitución cuyas leyes, fantásticas y contradictorias, se anulan todos los días para proclamar otras aún más quiméricas. La gobierna un rey invisible, sin cara y sin nombre; mejor dicho, es un rey que cambia continuamente de cara y de nombre: lo llaman el gusto, pero también tiene otros nombres, casi todos feos y terminados en “ismo”.

 

Los ciudadanos de la República de las Letras pertenecen a todos los sexos, los conocidos y los desconocidos; los colores de su piel, de sus ideas y de sus filosofías son los de la escala cromática; cada uno de ellos pretende hablar en una lengua de su invención, que, sin embargo, se obstina en proclamar universal y comprensible para todos. En ese país hay muchos ermitaños, muchos magos y no pocos extáticos.


En los últimos años, la República ha sido asolada por dos epidemias: la frenética, de los doctrinarios y la letal de los escolásticos; contra ambas sólo hay un remedio conocido: la sonrisa. Estos letrados son imaginativos y contemplativos; también, por fatalidad astral, pendencieros 37 quisquillosos. Cuando no están ocupados en algunas de sus interminables guerras intestinas, se apasionan por los fenómenos más sutiles y por las realidades apenas perceptibles: el peso de un grano de luz sobre el ala de una mariposa, el color de la sombra de los anillos de su planeta, Saturno. Una propiedad extraordinaria de los nativos de esta nación: sus muertos ilustres conversan y conviven con los vivos.


La República de las Letras reside en el territorio de la República de México. A veces es más grande que el país que la contiene, otras se reduce hasta convertirse en un pequeño hormiguero urbano. Las relaciones entre la República de México y la República de las Letras son tirantes; a veces la escasa cordialidad se convierte en abierta hostilidad. Es natural, pues la literatura mexicana limita al este con la indiferencia, al oeste con la ignorancia, al norte con otro dialecto y al sur con un abismo. Para romper el cerco se han inventado varias estrategias. Una de ellas se llama premios literarios. Como todo lo que existe en esa Republica fantástica, los premios literarios han provocado grandes y enconadas disputas. Procuraré tocar este tema con un poco de imparcialidad.


Las opiniones sobre los premios literarios son encontradas. Unos los juzgan útiles y benéficos. Son el justo reconocimiento a méritos que no sólo son artísticos, sino morales; escribir es una tarea que pide algo más que dedicación y perseverancia: la vida entera del escritor. Además, los premios educan al pueblo; así pues, al mismo tiempo son empresas pedagógicas y actos de justicia. Para otros, los premios son torneos de pavorreales, peleas sórdidas por la fama y la ganancia material, pruebas irrefutables y repetidas de la injusticia, la estupidez o la incompetencia de las academias y cofradías literarias. Lo peor: los premios domestican al escritor independiente, cortan las alas al inspirado, castran al rebelde.


¿Quién tiene razón? Todos y ninguno. Los premios son buenos y son malos: depende de quién los otorga, de quién los recibe y de cómo se conceden. En una sociedad ideal no habría premios, pero tampoco habría castigos: unos y otros serían innecesarios. El saber, la bondad y el genio artístico no serían virtudes aisladas, sino comunes y naturales. Cada uno de nosotros sería una encarnación de la rectitud, la poesía y la ciencia; cada bicho viviente sería una obra maestra. Pero en esa sociedad de hombres y mujeres perfectos saldrían sobrando las constituciones y las instituciones, los gobiernos y los tribunales, las artes y la literatura misma.

 

Escribimos porque nos falta algo o porque algo nos sobra, por carencia o por exceso, es decir, por un desequilibrio. Leemos por la misma razón. Lo que llamamos civilización es la expresión del desequilibrio congénito de los hombres. Añado que ese desequilibrio es creador. Así pues, mientras haya hombres y sociedades habrá autores, lectores, críticos y coronas de laurel o de espinas. Los premios no son ni buenos ni malos: son necesarios.


Algunos premios (por ejemplo, el Premio Alfonso Reyes) son una ilustración de las relaciones entre el Estado y la literatura. En la larga historia de esas relaciones aparecen, desde el alba de la sociedad humana, dos situaciones extremas, a las que corresponden también dos lugares opuestos: la celda del prisionero y la antesala del príncipe, la isla del desterrado y el salón del cortesano. Dos tipos: el rebelde y el paniaguado. El premio introduce un tercer término, pues se realiza en un lugar de encuentro en el que, así sea fugazmente, se cruzan el gobernante y el escritor. El premio es propicio a la conversación, quiero decir, al diálogo entre el poder y la literatura. Este diálogo puede versar sobre distintos temas, muchos contradictorios, pero reposa en un acuerdo implícito: la convivencia. Es una palabra relativamente nueva en nuestro vocabulario (no aparece, por ejemplo, en el Diccionario de autoridades, 1726-1739) y que presupone, indirectamente, una noción más civilizada de las relaciones humanas. En efecto, convivir es vivir unos con otros, y exige, simultáneamente, independencia y solidaridad. La convivencia nos obliga a reflexionar sobre los límites de nuestra libertad y la extensión de nuestros derechos y obligaciones. Esos límites tienen muchos nombres, pero hay uno que los abarca a todos: el otro, los otros. En un momento de ese diálogo entre el uno y el otro surgen ciertas preguntas: ¿qué puede hacer el Estado ante la literatura y qué puede hacer la literatura ante el Estado?


Estas preguntas han tenido muchas y muy distintas respuestas. Sería presuntuoso tratar de exponerlas o, siquiera, resumirlas. No lo es arriesgarme a exponer, al margen, unas cuantas y someras reflexiones.


Los poderes del Estado sobre la literatura son inmensos, pero no son ilimitados. Mencionaré algunos posibles e imposibles: el Estado no puede inventar una literatura, pero sí puede suprimirla; el Estado no puede ser crítico literario, pero sí censor e inquisidor; el Estado puede y debe fundar colegios donde se enseñe la gramática y el arte de leer y escribir, pero no puede legislar sobre la gramática ni dictar leyes de estética; el Estado puede ayudar a los escritores, pero no demasiado y sin pedirles nada a cambio; el Estado puede y debe enseñar a leer a los mexicanos, pero no debe obligarlos a que lean o no lean estos ó aquellos libros… La lista puede prolongarse: sería redundante. Basta con repetir que el Estado no puede crear ni inventar una literatura, pero sí puede desnaturalizarla y, como ha ocurrido en otros países y en distintas épocas, estrangularla. En cambio, el Estado puede crear las condiciones sociales para el libre desarrollo de la literatura. Las dos palabras se completan: desarrollo significa el fomento de las condiciones materiales, intelectuales y legales que permiten la producción, edición y circulación de las obras; a su vez, el desarrollo necesita, para cumplirse de verdad, la libertad de escribir y publicar.


Los poderes de la literatura frente al Estado también son inmensos y limitados. El escritor tiene que elegir entre la literatura y el poder: no puede gobernar y escribir al mismo tiempo; el escritor tampoco puede ser funcionario, redentor social, fundador de hospitales o de casas de refugio para desamparadas, apóstol de pecadores arrepentidos, hierofonte del culto a Júpiter, Amón o jefe de banda. El escritor tiene que elegir entre la acción colectiva, sea filantrópica o mesiánica, y la solitaria escritura. Naturalmente, es bueno que el escritor, en algún momento de su vida, haya conocido la acción y los variados oficios de los hombres: capitán de caballería, ujier, conspirador, vendedor de helados, industrial, electricista, diplomático, hombre de Estado como Milton o salteador como Villon. Pero después, en el momento de su verdad, el escritor no puede ser sino escritor.


Aunque no es obligatorio que las tenga, el escritor sí puede tener opiniones morales y políticas: lo que no puede hacer es cambiar la literatura por la acción o la propaganda sin dejar de ser escritor. No propongo la abolición de la crítica; pido que no se convierta en sermón y que sea realmente literatura. La crítica de las costumbres y las ideas, las pasiones y las creencias, las instituciones y el Estado, ha sido y es uno de los dominios de la literatura moderna. Muchas y grandes obras literarias son creaciones que son criticas: Cervantes, Dostoievski, Flaubert, Proust y tantos otros. También a veces el pensamiento crítico se vuelve creación artística, poema: Nietzsche y Valéry, como ejemplos próximos. En suma, lo que puede hacer el escritor frente al Estado es, sobre todo y ante todo, escribir. Subrayo: escribir lo mejor que pueda.


Escribir bien significa decir su verdad. La palabra del escritor no es la palabra colectiva: es una palabra individual, única, singular. Si el escritor dice su verdad, sus lectores encontrarán que esa verdad les pertenece también a ellos. En la palabra individual del escritor se oye, en sus momentos más intensos, la palabra del mundo.

Esto se ha dicho muchas veces. Entre los que lo han dicho hay uno que lo dijo de una manera que no es exagerado llamar perfecta: Han Yu, un poeta chino que vivió en el siglo viii. Fue hombre público y poeta privado. Sus palabras parecen escritas hoy y para nosotros. Nada mejor que terminar con ellas: “Todo resuena, apenas se rompe el equilibrio de las cosas. Los árboles y las yerbas son silenciosas; el viento los agita, y resuenan. El agua está callada: el aire la mueve, y resuena; las olas mugen: algo las oprime; la cascada se precipita: le falta suelo; el lago hierve: algo lo calienta. Son mudos los metales y las piedras, pero si algo los golpea, resuenan. Así el hombre. Si habla, es que no puede contenerse; si se emociona, canta; si sufre, se lamenta. Todo lo que sale de su boca en forma de sonido se debe a una ruptura de su equilibrio… El más perfecto de los sonidos humanos es la palabra; la literatura, a su vez, es la forma más perfecta de la palabra. Y así, cuando el equilibrio se rompe, el cielo escoge entre los hombres a aquellos que son más sensibles y los hace resonar”.

*Discurso pronunciado por Octavio Paz tras su recepción del Premio Internacional Alfonso Reyes, entregado el 21 de febrero de 1986 por el entonces presidente de México, Miguel de la Madrid.

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