Cuando llegué a El Barrio Antiguo, no entendía muy bien de qué se trataba el asunto. Ahora que me toca presenciar la publicación de su número 100 (y de esos 100, me ha tocado trabajar más que varios), creo tener un concepto más acertado de por dónde va la cosa.

El Barrio cuenta historias. Ese es, creo yo, su gran propósito, la razón por la que fue creado, el sentido último de su ser. Y estoy al tanto de lo burdo que puede sonar para muchos eso de que el fin práctico de cualquier cosa sea contar historias. Eso es, después de todo, ejercicio de padres primerizos y abuelitas, ¿no?

Puede que sean las Letras hablando, pero me parece que la narración es una de esos invenciones definitivas de la especie. Definitiva porque da continuidad y vida a mucho de lo que debió desvanecerse según los dictámenes de la apatía y el Tiempo. Rescata lo que está naturalmente condenado al olvido y lo consagra dentro de la memoria y la imaginación, donde palpita con cada evocación.

Esa ha sido la labor de El Barrio: rescatar. Rescata lo que no dicen los medios, lo que la ignora consciencia pública, lo que se pierde entre los renglones acumulados por la Historia. Lo hace a través de la escritura, una escritura que, a diferencia de la de muchos de los periódicos, está cargada de presencia, de cuerpos conscientes que perciben a otros cuerpos conscientes.

Eso es lo que más le admiro a El Barrio: su afán por mantener viva la escritura. Y con “viva” me refiero a que no apaga la fuerza que palpita detrás de la palabra, ni la que habita en los espacios y pensamientos tejidos por cada frase. Sus letras no están muertas.

Espero con ansias los otros cientos de Barrios que siguen, todos ellos igual de vivos que los anteriores. Por ahora, disfruto de lo mucho que me alegra y me conmueve saberme parte de esta lucha por mantener vivo lo que de otro modo se perdería entre el polvo.

Kaizar Cantù

 

***

‘Aquí va a pasar algo’, fue la frase con la que decidimos comenzar a picar piedra en El Barrio Antiguo.

Me fascina la provocación, la evocación, el deseo, seguimos en ello.

No estamos pasivamente esperando a Godot, lo convocamos y contamos todo lo que en torno está pasando.

Hablamos desde un aquí indefinido que puede ser cualquier lugar del universo, pero que tiene su corazón latiendo en el Barrio Antiguo.

Contamos lo que nos concierne, cada texto es un nuevo color que deja huella, nos propusimos pintar nuestra aldea y llegaron muchas manos y letras a ayudar.

Hoy llegamos a la edición no. 100, a lo largo de dos años y festejamos y brindamos con todas aquellas personas que se sientan incluidas en este festín.

Quedan muchas crónicas por contar, voces por sumar, grafitis que descubrir, entrevistas, cuentos, columnas, reseñas, paseos por la guía no oficial de Monterrey.

Los ornitorrincos seguirán siendo esos textos extraños de temas de todos los olores, sabores y colores ilustrados por series de imágenes que no corresponden al texto, pues con el paso del tiempo quienes los van identificando sabrán que son en realidad un punto de encuentro.

Larga vida al Barrio Antiguo, este día la embriagues que deja una buena crónica narrativa va a la salud de quien la lee.

Denise Alamillo

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